LOS
HECHOS DE ZARATUSTRA
Mucho es lo que se sabe sobre el origen de Zaratustra. Se sabe
tanto
que los sabios ya llevan escritos más de sesenta mil rollos de
papiro
sobre su vida. Verdades que nadie debería poner en
duda.
A pesar de los testimonios de los sabios, todavía existe un
nutrido grupo de heterodoxos que tienen el atrevimiento
de dudar de todo.
Todo el mundo sabe que Zaratustra bajó de la
montaña.
Sobre esto no tenemos ninguna duda. Incluso se puede decir que
convergen
en este punto los testimonios de los heterodoxos y asimismo el de los
iconoclastas. Y por supuesto convergen también los sabios
respetuosos de la tradición verdadera.
Pues bien. Es cierto que bajó de la montaña
porque todos estamos de acuerdo. Pero ¿que es lo que
hacía
en la montaña cuando todos vivimos en el llano? Esta es la
pregunta que muchos se hacen. Mucho se ha especulado sobre su
origen. Algunos dicen que era un pastor de ovejas oriundo del remoto
Afarguistán. Y dicen que su padre
y su abuelo también eran pastores de ovejas. Y que por aquellos
confines
las gentes habitan en las zonas montañosas. Pero esas
zonas
motañosas en nada se comparan con las cumbres heladas de donde
se dice
que bajó el sabio. Otros le niegan este origen humilde de
pastor y dicen que el sabio habitó desde siempre en las cumbres
más altas del mundo, o incluso otros afirman que nació en
ellas. Y añaden, para dar mayor peso a sus argumentos, que
fue amamantado por una osa, de nombre Eladia, que vivía en una
profunda
caverna. Los arcedianos son una especie heterodoxa porque dicen
que Zaratustra tiene un espíritu divino. Que un ser
etéreo bajó del cielo y se encarnó en el cuerpo de
un recién nacido, parido por una pastora prostituta.
Añaden el detalle notable de un águila imperial que
transportó
al bebé dulcemente en sus garras hasta su nido en las
cumbres.
Y que allí le alimentó dulcemente con su pico,
dándole
trocitos bien cortados de carne cruda procedente de los animales que
cazaba.
Otras historias hacen de Zaratustra un semidiós.
Éste
fue engendrado por un espíritu sidéreo en el cuerpo de
una
ninfa fontanal que habitaba en las montañas. Que en el
momento
de nacer, allá por el día vigésimo quinto del mes
décimo del año, una estrella emitió una luz
cegadora
anunciando el hecho portentoso. Y dicen que el recién
nacido
se crió y se hizo hombre allí, entre los vientos helados
y las ventiscas. Y que se alimentaba de las hierbas que
cogía
con sus propias manos. También dicen que trepaba por
riscos
inaccesibles para comerse los huevos de las águilas imperiales.
Todas estas cosas que os cuento se encuentran escritas en los rollos de
la famosa biblioteca de Alexandiriya. Pero yo no he podido
estudiar
todo esto por mí mismo, pues son contados los estudiosos que
pueden
entrar en la biblioteca y menos aún los que pueden leer los
rollos
que tratan de la vida del sabio. Y aún si me hubieran
permitido
el acceso, hubiera necesitado un vida de largura infinita para poder
leer
todos los escritos. Y, tal vez, cuando fuera estudiando el
último
documento, no podría acordarme de que lo decían los
primeros
setenta mil. El mismo patriarca Metusalah, con todo su milenio de
vida, no hubiera tenido tiempo para leer todos los rollos. Sino
solo
una parte ínfima del todo.
Sea
lo que fuere, está reputado que Zaratustra meditaba entre los
vientos
y las ventiscas, en las cumbres heladas. No está muy claro
si buscaba verdades ocultas dentro de sí mismo o si las
aprendía
de otros; escuchando las voces de los seres que pululan entre el
cielo y la tierra. Algunos exégetas creen que estos seres,
etéreos por más señas, se deslizan y vuelan en ese
espacio que media entre las cumbres más altas y las
estrellas.
Pues las cumbres gélidas llegan a los confines mismos de las
estrellas,
las cuales están tan cerca que se pueden tocar con los
dedos.
Basta con subirse a un taburete y alzar la mano para tocarlas. Se
dice que estas estrellas son tan frías como el mismo hielo, por
lo que tienes que alejar tu mano de inmediato si no quieres ver tu
cuerpo
convertido en piedra.
Nadie duda que Zaratustra se fue haciendo sabio, aunque no sabemos si
de
tanto cavar en su alma, o a fuerza de oír los mensajes de los
seres
volátiles. Se dice que estos empiezan sus cantos con el
crepúsculo
y no cesan en sus melopeas hasta que la aurora apaga la luz de las
últimas
estrellas. Otros entendidos dicen que aprendió las
verdades
inaccesibles del mismo Ahura Mazda, el Sabio Señor que habita en
los cielos.
Los hay que afirman que aprendió de las entidades impalpables,
que
se dicen inmateriales. Esas que solo se captan con la luz
cegadora
de la razón o de la fe. Que solo se captan con una
percepción
superior, que solo podemos captar por los argumentos que se
transportan
en el quejido del viento, o en las estelas que dejan las águilas
imperiales en su vuelo. Que solo podemos captarlo en el rastro
que
dejan las serpientes al deslizarse sobre las rocas, o en la virginidad
constatada de las doncellas preñadas. Que solo podemos
captarlo
en el murmullo mismo del mundo; cuando se escucha en las
profundas
cavernas de la montaña.
El sabio Zaratustra meditó. De eso no hay duda.
Meditó
tanto que un día se sintió preparado o, por decirlo de
otro
modo, henchido de sabiduría. Fue entonces cuando
decidió
bajar a las tierras llanas para comunicarse con los pueblos que
aquí
habitan.
El sabio ya lo sabía todo, poseía las llaves que abren
las
puertas de la gran alacena donde se guardan todos los frutos ocultos
del
bien y del mal. Por eso caminó y caminó por
difíciles
senderos. Y sentía, a medida que bajaba, que se espesaba
mucho
el aire y que le sobrevenía una sudación muy
fría.
Vio como todo el entorno se volvía brumoso y húmedo y que
no se podía ver a más de diez pasos. Eso
producía
un gran desasosiego a su alma, pues estaba acostumbrado al aire
gélido
y fino, a la extrema transparencia del aire en las cumbres.
El camino hacia el llano no era fácil de seguir y con frecuencia
se perdía entre matorrales que le impedían el paso.
Esto le obligaba a desandar el camino o a subir sin rumbo por los
riscos.
Con frecuencia se encontró con abismos que le cerraban el paso y
le obligaban a retornar o a trepar por lugares inaccesibles. Era
como si los dioses celosos no quisieran que los habitantes del valle se
enteraran de los secretos que Zaratustra atesoraba en su alma.
Otros
dicen que más de una vez fue despeñado por los mismos
dioses
y que así perdió su vida en los profundos
barrancos.
Pero también se dice que resucitó milagrosamente por
designio
expreso de Urania, la diosa que gobierna el cosmos y las sendas de los
cuerpos celestes. Es por eso que algunos dicen que Zaratustra dio
su vida por nosotros, la gente del llano.
Según bajaba, más y más, tuvo que irse quitando
las
pieles con que cubría su cuerpo pues estaba empapado de
sudor.
Fue bebiendo de las fuentes que hallaba en su camino, las cuales se
quedaban
secas.
Poco a poco el sabio fue rebasando los infinitos obstáculos que
los espíritus superiores pusieron en su camino. Y por fin
llegó a las tierras llanas y así fue como lo vieron unos
cabreros, desnudo y escuálido, con un fardo de pieles al
hombro.
Iba enseñando todos sus huesos tan claramente que se
podían
contar sin esfuerzo. Y así es como apareció por los
confines de las llanuras resecas por el estío. Estos
confines
que solo están habitados por pastores de cabras y ovejas que se
quedaron extrañados al ver su escualidez y creyeron que era un
muerto
resucitado que venía desde su tumba con el propósito de
alguna
venganza.
Zaratustra fue saludando a los pastores que encontró a su paso y
estos le contestaban con reverencia y temor; aunque no
entendían
muy bien sus palabras, pues hablaba un extraño dialecto. A
los pastores les parecía un resucitado de mucho poder pues
avanzaba
a pleno sol, en lugar de ocultarse en las sombras de la noche.
Así
ocurrió que todos agachaban la cabeza al verle pasar.
Tanta era la reverencia que sentían, pastores y campesinos, que
el sabio no podía comunicarse con ellos, pues lo miraban como un
ser superior e inaccesible.
Se fue corriendo la voz. “Ha llegado un gran señor de la
montaña”.
“Es tan flaco como una vara de avellano”, decían.
“¿A
qué viene?” Se preguntaban. Y cada cual encontraba
una
respuesta lógica. “Viene a cobrarse una deuda de
sangre”.
“Viene a ver al rey”. “Viene a crear un ejercito que nos libre de
los impuestos”. Había opiniones para todos los
gustos.
Algunos pensaron que la llegada de Zaratustra presagiaba la inminencia
de una guerra. Otros decían que ya era hora que alguien
viniera
a librarles de la tiranía. Pero eran cosas que se
decían
en voz baja. Porque eran tiempos de mucho calor y la gente y los
ganados estaban agotados por la sequía. La gente se pasaba
las horas tumbada a la sombra y solo se atrevían a dar unos
paseos
con el fresco de la noche.
Los cabreros y los campesinos tenemos cierta dificultad para entender a
Zaratustra. No sólo porque nuestra lengua es diferente,
sino
porque las profundas verdades que anidan en el corazón del sabio
son difíciles de expresar con palabras. Las verdades del
sabio
fueron aprendidas de los seres etéreos que pululan entre el
cielo
y la tierra. Mientras que las verdades que nos preocupan a los
habitantes
del llano son como más a ras del suelo. Estamos gobernados
por los ciclos de la lluvia y la sequía y quisiéramos
tener
algún poder para cambiar las cosas. Los impuestos nos
parecen
también excesivos y nos gustaría vernos libres de
ellos.
El calor del estío tiene agostados los pastos y las cabras se
mueren
cada día por decenas. Muchos pozos ya se han quedado sin
agua
y las mujeres tienen que ir con sus cántaros hasta las fuentes
lejanas.
Pero cuando llegan allí se encuentran con una muchedumbre de
pastores
y de rebaños que llegan de todas partes a por agua. Las
gentes
están muy nerviosas y con frecuencia se generan peleas y alguna
que otra muerte.
A veces llega por las aldeas un aguador con el carro cargado con
pellejos
de agua, pero estos odres salen muy caros. De modo que se tienen
que entregar ocho libras de queso por un odre de agua. Y eso es
un
abuso y no está al alcance de cualquiera. ¿Para
cuándo
vendrán las lluvias? Esta es la pregunta que nos ronda por
la cabeza cuando no podemos dormir en el calor seco de la noche.
En los momentos peores tenemos pesadillas y alguno sueña que
todo
su ganado amanece muerto en los corrales.
Por eso ahora que ha llegado Zaratustra todos afinamos el oído
para
entender lo que dice. ¿Parirá por fin la
yegua?
¿O acaso se morirá del parto?
¿Vendrán
por fin las lluvias del otoño de modo que vuelva a crecer la
hierba?
Y es que nos preocupa mucho la ausencia de hierba y la persistencia de
la sequía. Las cabras ya no tienen sino huesos y pronto
empezarán
a morirse de diez en diez.
El sabio Zaratustra parece que conoce nuestras preocupaciones. Y
por eso habla y habla y todos ponemos mucha atención para
entender
lo que dice. ¿Tendrá algún poder para atraer
las nubes y los vientos húmedos del oeste? En verdad que
ya
estamos hartos de este viento seco. En estos tiempos los que
aún
tienen alguna energía van hasta la capital para implorar a los
dioses.
Hacen alguna ofrenda y encienden un cirio para aplacar a las
divinidades,
suplicando la lluvia.
El sabio Zaratustra habla y habla. Y con frecuencia se congrega
gente
a su alrededor con el oído alerta para ver si dice algo de la
lluvia.
Es muy difícil entender las palabras del sabio. Algunos
creemos
que ya le hemos captado una serie de palabras que éste repite
con
cierta frecuencia. Las guardamos en nuestra memoria y las
repetimos
una vez tras otra, para que no se pierdan en el olvido.
Aún
no sabemos bien su significado, pero nos reunimos y hacemos
comentarios.
Unos le encuentran cierto sentido y otros dicen algo diferente.
Por
eso nos repetimos las palabras del sabio los unos a los otros. Y
a veces, alguno te rectifica alguna pequeña partícula de
lo que dices. Alega que lo has memorizado mal. Y discutimos
durante horas sobre las palabras de algún fragmento y siempre
hay
alguno te dice “eso no es así” o “eso es asá”.
De momento no sabemos mucho y el propio Zaratustra tiene dificultades
para
hacerse entender. Nosotros le damos tortas de harina para que
coma,
que vemos muy flaco al pobre sabio. Pero no nos duele porque come
muy poco, a pesar de ser tal alto. Le damos también a
beber
de nuestra agua que es de pozo, pues no tenemos otra. Ya que
vivimos
muy lejos del río.
De momento, el sabio ya sabe decir algo que se comprende sin duda
alguna.
Sabe decir pan, queso y otras palabritas sencillas. Con el paso
del
tiempo creo que llegaremos a entender todo lo que dice. Y es esa
esperanza nos da fuerza hasta que lleguen por el oeste las nubes
cargadas
de lluvia.
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