CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO
 

LOS HECHOS DE ZARATUSTRA

     
   Mucho es lo que se sabe sobre el origen de Zaratustra.  Se sabe tanto que los sabios ya llevan escritos más de sesenta mil rollos de papiro sobre su vida.  Verdades que nadie debería poner en duda.  A pesar de los testimonios de los sabios, todavía existe un nutrido grupo de heterodoxos que tienen el atrevimiento de dudar de todo.  
   Todo el mundo sabe que Zaratustra bajó de la montaña.  Sobre esto no tenemos ninguna duda.  Incluso se puede decir que convergen en este punto los testimonios de los heterodoxos y asimismo el de los iconoclastas.  Y por supuesto convergen también los sabios respetuosos de la tradición verdadera. 
    Pues bien.  Es cierto que bajó de la montaña   porque todos estamos de acuerdo.  Pero ¿que es lo que hacía en la montaña cuando todos vivimos en el llano?  Esta es la pregunta que muchos se hacen.  Mucho se ha especulado sobre su origen. Algunos dicen que era un pastor de ovejas oriundo del remoto Afarguistán.  Y dicen que su padre y su abuelo también eran pastores de ovejas. Y que por aquellos confines las gentes habitan en las zonas montañosas.  Pero esas zonas motañosas en nada se comparan con las cumbres heladas de donde se dice que bajó el sabio.  Otros le niegan este origen humilde de pastor y dicen que el sabio habitó desde siempre en las cumbres más altas del mundo, o incluso otros afirman que nació en ellas.  Y añaden, para dar mayor peso a sus argumentos, que fue amamantado por una osa, de nombre Eladia, que vivía en una profunda caverna.  Los arcedianos son una especie heterodoxa porque dicen que Zaratustra tiene un espíritu divino.  Que un ser etéreo bajó del cielo y se encarnó en el cuerpo de un recién nacido, parido por una pastora prostituta.  Añaden el detalle notable de un águila imperial que transportó al bebé dulcemente en sus garras hasta su nido en las cumbres.  Y que allí le alimentó dulcemente con su pico, dándole trocitos bien cortados de carne cruda procedente de los animales que cazaba.   
   Otras historias hacen de Zaratustra un semidiós.  Éste fue engendrado por un espíritu sidéreo en el cuerpo de una ninfa fontanal que habitaba en las montañas.  Que en el momento de nacer, allá por el día vigésimo quinto del mes décimo del año, una estrella emitió una luz cegadora anunciando el hecho portentoso.  Y dicen que el recién nacido se crió y se hizo hombre allí, entre los vientos helados y las ventiscas.  Y que se alimentaba de las hierbas que cogía con sus propias manos.  También dicen que trepaba por riscos inaccesibles para comerse los huevos de las águilas imperiales.   
   Todas estas cosas que os cuento se encuentran escritas en los rollos de la famosa biblioteca de Alexandiriya.  Pero yo no he podido estudiar todo esto por mí mismo, pues son contados los estudiosos que pueden entrar en la biblioteca y menos aún los que pueden leer los rollos que tratan de la vida del sabio.  Y aún si me hubieran permitido el acceso, hubiera necesitado un vida de largura infinita para poder leer todos los escritos.  Y, tal vez, cuando fuera estudiando el último documento, no podría acordarme de que lo decían los primeros setenta mil.  El mismo patriarca Metusalah, con todo su milenio de vida, no hubiera tenido tiempo para leer todos los rollos.  Sino solo una parte ínfima del todo.  
Sea lo que fuere, está reputado que Zaratustra meditaba entre los vientos y las ventiscas, en las cumbres heladas.  No está muy claro si buscaba verdades ocultas dentro de sí mismo o si las aprendía de otros;  escuchando las voces de los seres que pululan entre el cielo y la tierra.  Algunos exégetas creen que estos seres, etéreos por más señas, se deslizan y vuelan en ese espacio que media entre las cumbres más altas y las estrellas.  Pues las cumbres gélidas llegan a los confines mismos de las estrellas, las cuales están tan cerca que se pueden tocar con los dedos.  Basta con subirse a un taburete y alzar la mano para tocarlas.  Se dice que estas estrellas son tan frías como el mismo hielo, por lo que tienes que alejar tu mano de inmediato si no quieres ver tu cuerpo convertido en piedra.  
    Nadie duda que Zaratustra se fue haciendo sabio, aunque no sabemos si de tanto cavar en su alma, o a fuerza de oír los mensajes de los seres volátiles.  Se dice que estos empiezan sus cantos con el crepúsculo y no cesan en sus melopeas hasta que la aurora apaga la luz de las últimas estrellas.  Otros entendidos dicen que aprendió las verdades inaccesibles del mismo Ahura Mazda, el Sabio Señor que habita en los cielos.  
    Los hay que afirman que aprendió de las entidades impalpables, que se dicen inmateriales.  Esas que solo se captan con la luz cegadora de la razón o de la fe.  Que solo se captan con una percepción superior,  que solo podemos captar por los argumentos que se transportan en el quejido del viento, o en las estelas que dejan las águilas imperiales en su vuelo.  Que solo podemos captarlo en el rastro que dejan las serpientes al deslizarse sobre las rocas, o en la virginidad constatada de las doncellas preñadas.  Que solo podemos captarlo en el murmullo mismo del mundo;  cuando se escucha en las profundas cavernas de la montaña.  
   El sabio Zaratustra meditó.  De eso no hay duda.  Meditó tanto que un día se sintió preparado o, por decirlo de otro modo, henchido de sabiduría.  Fue entonces cuando decidió bajar a las tierras llanas para comunicarse con los pueblos que aquí habitan. 
    El sabio ya lo sabía todo, poseía las llaves que abren las puertas de la gran alacena donde se guardan todos los frutos ocultos del bien y del mal.  Por eso caminó y caminó por difíciles senderos.  Y sentía, a medida que bajaba, que se espesaba mucho el aire y que le sobrevenía una sudación muy fría.  Vio como todo el entorno se volvía brumoso y húmedo y que no se podía ver a más de diez pasos.  Eso producía un gran desasosiego a su alma, pues estaba acostumbrado al aire gélido y fino, a la extrema transparencia del aire en las cumbres.  
    El camino hacia el llano no era fácil de seguir y con frecuencia se perdía entre matorrales que le impedían el paso.  Esto le obligaba a desandar el camino o a subir sin rumbo por los riscos.  Con frecuencia se encontró con abismos que le cerraban el paso y le obligaban a retornar o a trepar por lugares inaccesibles.  Era como si los dioses celosos no quisieran que los habitantes del valle se enteraran de los secretos que Zaratustra atesoraba en su alma.  Otros dicen que más de una vez fue despeñado por los mismos dioses y que así perdió su vida en los profundos barrancos.  Pero también se dice que resucitó milagrosamente por designio expreso de Urania, la diosa que gobierna el cosmos y las sendas de los cuerpos celestes.  Es por eso que algunos dicen que Zaratustra dio su vida por nosotros,  la gente del llano. 
    Según bajaba, más y más, tuvo que irse quitando las pieles con que cubría su cuerpo pues estaba empapado de sudor.  Fue bebiendo de las fuentes que hallaba en su camino, las cuales se quedaban secas.  
    Poco a poco el sabio fue rebasando los infinitos obstáculos que los espíritus superiores pusieron en su camino.  Y por fin llegó a las tierras llanas y así fue como lo vieron unos cabreros, desnudo y escuálido, con un fardo de pieles al hombro.  Iba enseñando todos sus huesos tan claramente que se podían contar sin esfuerzo.  Y así es como apareció por los confines de las llanuras resecas por el estío.  Estos confines que solo están habitados por pastores de cabras y ovejas que se quedaron extrañados al ver su escualidez y creyeron que era un muerto resucitado que venía desde su tumba con el propósito de alguna venganza.  
    Zaratustra fue saludando a los pastores que encontró a su paso y estos le contestaban con reverencia y temor;  aunque no entendían muy bien sus palabras, pues hablaba un extraño dialecto.  A los pastores les parecía un resucitado de mucho poder pues avanzaba a pleno sol, en lugar de ocultarse en las sombras de la noche.  Así ocurrió que todos agachaban la cabeza al verle pasar. 
   Tanta era la reverencia que sentían, pastores y campesinos, que el sabio no podía comunicarse con ellos, pues lo miraban como un ser superior e inaccesible.  

   Se fue corriendo la voz.  “Ha llegado un gran señor de la montaña”.  “Es tan flaco como una vara de avellano”, decían.  “¿A qué viene?”  Se preguntaban.  Y cada cual encontraba una respuesta lógica.  “Viene a cobrarse una deuda de sangre”.  “Viene a ver al rey”.  “Viene a crear un ejercito que nos libre de los impuestos”.  Había opiniones para todos los gustos.  
   Algunos pensaron que la llegada de Zaratustra presagiaba la inminencia de una guerra.  Otros decían que ya era hora que alguien viniera a librarles de la tiranía.  Pero eran cosas que se decían en voz baja.  Porque eran tiempos de mucho calor y la gente y los ganados estaban agotados por la sequía.  La gente se pasaba las horas tumbada a la sombra y solo se atrevían a dar unos paseos con el fresco de la noche. 

   Los cabreros y los campesinos tenemos cierta dificultad para entender a Zaratustra.  No sólo porque nuestra lengua es diferente, sino porque las profundas verdades que anidan en el corazón del sabio son difíciles de expresar con palabras.  Las verdades del sabio fueron aprendidas de los seres etéreos que pululan entre el cielo y la tierra.  Mientras que las verdades que nos preocupan a los habitantes del llano son como más a ras del suelo.  Estamos gobernados por los ciclos de la lluvia y la sequía y quisiéramos tener algún poder para cambiar las cosas.  Los impuestos nos parecen también excesivos y nos gustaría vernos libres de ellos.  
   El calor del estío tiene agostados los pastos y las cabras se mueren cada día por decenas.  Muchos pozos ya se han quedado sin agua y las mujeres tienen que ir con sus cántaros hasta las fuentes lejanas.  Pero cuando llegan allí se encuentran con una muchedumbre de pastores y de rebaños que llegan de todas partes a por agua.  Las gentes están muy nerviosas y con frecuencia se generan peleas y alguna que otra muerte.
   A veces llega por las aldeas un aguador con el carro cargado con pellejos de agua, pero estos odres salen muy caros.  De modo que se tienen que entregar ocho libras de queso por un odre de agua.  Y eso es un abuso y no está al alcance de cualquiera.  ¿Para cuándo vendrán las lluvias?  Esta es la pregunta que nos ronda por la cabeza cuando no podemos dormir en el calor seco de la noche.  En los momentos peores tenemos pesadillas y alguno sueña que todo su ganado amanece muerto en los corrales.  
    Por eso ahora que ha llegado Zaratustra todos afinamos el oído para entender lo que dice.  ¿Parirá por fin la yegua?  ¿O acaso se morirá del parto?  ¿Vendrán por fin las lluvias del otoño de modo que vuelva a crecer la hierba?  Y es que nos preocupa mucho la ausencia de hierba y la persistencia de la sequía.  Las cabras ya no tienen sino huesos y pronto empezarán a morirse de diez en diez.  
   El sabio Zaratustra parece que conoce nuestras preocupaciones.  Y por eso habla y habla y todos ponemos mucha atención para entender lo que dice.  ¿Tendrá algún poder para atraer las nubes y los vientos húmedos del oeste?  En verdad que ya estamos hartos de este viento seco.  En estos tiempos los que aún tienen alguna energía van hasta la capital para implorar a los dioses.  Hacen alguna ofrenda y encienden un cirio para aplacar a las divinidades, suplicando la lluvia.  
    El sabio Zaratustra habla y habla.  Y con frecuencia se congrega gente a su alrededor con el oído alerta para ver si dice algo de la lluvia.  Es muy difícil entender las palabras del sabio.  Algunos creemos que ya le hemos captado una serie de palabras que éste repite con cierta frecuencia.  Las guardamos en nuestra memoria y las repetimos una vez tras otra, para que no se pierdan en el olvido.  Aún no sabemos bien su significado, pero nos reunimos y hacemos comentarios.  Unos le encuentran cierto sentido y otros dicen algo diferente.  Por eso nos repetimos las palabras del sabio los unos a los otros.  Y a veces, alguno te rectifica alguna pequeña partícula de lo que dices.  Alega que lo has memorizado mal.  Y discutimos durante horas sobre las palabras de algún fragmento y siempre hay alguno te dice “eso no es así” o “eso es asá”. 
    De momento no sabemos mucho y el propio Zaratustra tiene dificultades para hacerse entender.  Nosotros le damos tortas de harina para que coma, que vemos muy flaco al pobre sabio.  Pero no nos duele porque come muy poco, a pesar de ser tal alto.  Le damos también a beber de nuestra agua que es de pozo, pues no tenemos otra.  Ya que vivimos muy lejos del río.  
    De momento, el sabio ya sabe decir algo que se comprende sin duda alguna.  Sabe decir pan, queso y otras palabritas sencillas.  Con el paso del tiempo creo que llegaremos a entender todo lo que dice.  Y es esa esperanza nos da fuerza hasta que lleguen por el oeste las nubes cargadas de lluvia. 
  


Autor: Leopoldo Perdomo

 

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