VIDAS DIVERGENTES
novela de
LEOPOLDO PERDOMO

VIDAS DIVERGENTES

CAPÍTULO PRIMERO

Algunos me llaman “el cuentista” porque me gusta contar historias.  Pero no soy un cuentista verdadero, sino funcionario de tercera clase con dos quinquenios de meritancia en el ayuntamiento.  De modo que cuando llego al bar de Braulio, siempre hay alguno que dice, “mira, ya ha llegado el cuentista”.
    Todas las tardes vengo a este bar donde me pongo a escribir las cosas que se me ocurren, y que suelen estar basadas mayormente en hechos reales.  Por eso, cuando no dan partidos de fútbol por la radio, algunos me piden que les lea algo de las historias que estoy escribiendo.  Algunas de mis historias tienen un fondo de realidad, aunque están embellecidas con alguna exageración. 
Creo que los hechos del mundo real son la mejor musa para contar historias.  Pero, esta ciudad es muy pequeña y casi todos se conocen, de lo que se deduce que el arte del chismorreo tiene algunas limitaciones.  Así que he cambiado casi todos los nombres de los personajes para evitarme problemas.  Algunos conocen a las gentes de las estoy hablando o, al menos, creen adivinar quienes son esas gentes de mis historias.

 

LE PUSIERON DE NOMBRE LIBERATA.

Todos hemos oído alguna historia de los gemelos, pero muy pocos saben que su madre se llamaba Liberata.  Yo mismo fui el primer sorprendido al enterarme, pues considerando los tiempos en que vivimos me pareció un nombre bastante raro.   
    Así que hice indagaciones entre la gente vieja que conozco y me dijeron cosas diferentes.  Alguien me contó que le pusieron ese nombre en agradecimiento por una tía abuela que había sido una gran ayuda para su madre.  Otros me decían cosas igualmente falsas o carentes de sentido.  Y es que casi nadie se abstiene de darse una respuesta, aunque no sepa nada sobre el asunto que se pregunta.
    Cierto día, Artemio se enteró que yo andaba haciendo preguntas sobre Liberata.  Seguro que usted ha visto alguna vez a Artemio.  Antes se le veía mucho dando vueltas por la plaza.  Era un hombre que hablaba solo.  Desde que quedó tocado por un cáncer de laringe ya es otro hombre y se le ve muy poco por la plaza.  Bueno, pues un día se presentó ante mí y me dijo:

    -Oí decir... que andabas preguntando por Liberata.
  El hombre entonaba muy bien su voz, como si fuera un viejo actor de teatro.  Yo asentí a sus palabras moviendo la cabeza.

    -Te extrañas de este nombre, ¿no?
    Yo asentí con un gesto.

    -Te extrañas de este nombre... porque ya no se usa.
    Asentí de nuevo y él hizo una pausa efectista para reforzar mi atención.

    -Ese nombre… y otros igual de raros…
    A Artemio le gustaba hablar lentamente y hacía pausas frecuentes que me hacían impacientar.  Él lo leía en mis ojos y disfrutaba como un domador de esos que controlan al león con la mirada.  Artemio, al ver la atención que le ponía, siguió hablando.

    -Esos nombres, digo…
    -..!  -Yo estaba pendiente de sus palabras.
    -Esos nombres nos vienen... de cuando estaba por aquí otro cura.  Uno que se llamaba Don José Esquimorcio.
    -¡Ah!  ¿Don José Esquimorcio?  No le conozco.
    -Hace ya tiempo que murió.  Tú no habías nacido.
    Me impresionó este nombre, Don José Esquimorcio.  Parecía un apellido muy raro.  Luego, Artemio alzó la cabeza e hizo una poderosa inspiración.  Pude ver como elevaba su pecho al aspirar el aire.  Me fijé que tenía el pelo enmarañado en un gran volumen y sus ojos azul-verdosos parecían irradiar un resplandor inspirado.  Me pareció un profeta de esos, desmelenado con sus ojos llenos de fuego divino.  En aquel momento creí que Artemio estaba poseído por un conocimiento infuso.
    Artemio se quedó callado y yo seguía mirando su cara.

    -Preguntabas... por el nombre de Liberata.
    No era más que una frase retórica.  Creo que no esperaba ninguna reacción por mi parte.

    -Eso significa...  que la bautizaron... en el mes de enero.  Debió ser el día dieciocho, más o menos.  Si no me falla la memoria...  ese debe ser el día de Santa Liberata.
    Me quedé perplejo.  Efectivamente, fue en una fecha de enero cuando la bautizaron.  Pero a Artemio le gustaba hablar y por eso me siguió diciendo:

    -Este cura, Don José, era todo un carácter.  A los niños les ponía el nombre del santo o la santa del día de su bautizo, sin importarle un carajo las protestas de la familia.
    -¡Ah!  -Asentí asombrado.
    -Esto era por causa... de que este cura... venía de una familia donde todos los varones... todos los hermanos, todos los tíos y todos los sobrinos, todos, todos, se llamaban José sin excepción.
    Yo me quedé pasmado con esta declaración.

    -¿Todos se llamaban José?
   -Eso es.  Se deduce de esta circunstancia... que si usaban para todos el mismo nombre... no habría forma de aclararse con tantas repeticiones.
    -Eso supongo.  -Le dije.
    Me estaba fascinando esta historia de Artemio.

    -Para facilitar las llamadas y las alusiones, desde que eran niños les iban poniendo motes diferentes a cada uno.
    -¡Ah!  Es más sencillo.  -Dije.
  -A su padre le llamaban “el Mentado” y a su abuelo paterno “el Afortunado”.  Aunque no se sabe el motivo, pues nunca tuvo dineros.
    -Ya veo.  Ya veo.
   -Al hermano mayor del cura le llamaban “el Largo” pues era alto;  y a nuestro cura, que era el menor de los hermanos, le llamaban “el Cojo”; aunque que no se le notaba casi nada la cojera.
    -No se le notaba...  casi nada.
    -No se le notaba nada.  El muchacho nunca llegó a estar seguro de que su cojera fuera un fenómeno real.  Pensaba que le habían puesto ese nombre para fastidiarlo.  Y aunque nunca dijo una palabra de protesta por este mote, estuvo molesto con él durante toda su vida.
    -¡El pobre!
    -Las palabras tienen poderes mágicos.
    -¿Poderes mágicos?
  -Sí.  El muchacho, después de estar un tiempo sentado, notaba una sensación de cojera en la pierna izquierda al levantarse.
    -¡Ah!
    -Como compensación a este fastidio, todo el mundo decía de él que era un niño muy inteligente.
    -¡Oh!
    -Y de ese modo…
    -¡…!
   -Al verse afectado por las palabras de los demás, cojeaba ligeramente.  Esto justificaba el “nombrete” que le habían puesto.
    -¡Ah!
   -De otra parte, aquello tenía sus compensaciones, porque todo el mundo venía y le hacía preguntas sobre esto y sobre lo otro.
    -¿Le preguntaban?
    -Y se admiraban de las respuestas del chiquillo.
    -¿Se ad... admiraban?
    -Para cuando el niño tenía siete u ocho años… ya lo habían convertido en una especie de oráculo.
    -¡Una especie de oráculo!
    -Al principio solo venían con preguntas fáciles.  Solo preguntaban sobre esas cosas que interesan a la gente del campo.
    -¿Y el niño respondía?
    -El niño respondía con bastante talento y seguridad.
    -¿Bastante seguridad?
  -Bueno, creo que solo repetía las frases que... esas cosas que más se repiten.  Algo de sabiduría rural, podríamos decir.
    -Ya entiendo.  Sabiduría rural.
   -Pero el niño respondía a las preguntas con tanto aplomo… que al pasar cierto tiempo venían y le hacían preguntas sobre asuntos complicados y sobre líos de familia que el niño no podía entender, debido a las limitaciones de su edad.
    -¡Caramba!
  -Sin embargo, como poseía cierta inspiración, siempre daba alguna respuesta; aunque con frecuencia las respuestas eran incomprensibles.
    -¡…!
    -Esta gente se tomaba sus palabras muy en serio.
    -En serio.
    -De modo que podías ver que volvían a sus casas repitiendo las palabras dichas por el niño para no olvidarse de lo que dijo.
    -Vaya.
    -La gente trataba de encontrar el significado oculto de sus palabras.
    -¡Oh!
    Artemio hizo una pausa, como tratando de recordar esas cosas de tiempos remotos.

   -No recuerdo como empezó todo.  -Dijo Artemio en un momento de inseguridad.
    -No recuerda...
    -Hubo un momento en que todo el mundo se puso de acuerdo.  “Este niño hay que enviarlo a estudiar a una escuela”, dijeron.

Como ven, amigos, este Artemio tenía un gran empuje verbal.  Yo no podía meter baza porque soy algo lento en los diálogos.  Además, estaba asombrado con esta historia.  Y al verme totalmente cautivo, siguió diciendo.
    -Al tener tanta inteligencia, en lugar de mandarlo a llevar las vacas de este prado al otro, todo el mundo se puso a decir:  "A este niño hay que mandarlo a estudiar".
    -¡...!
   -Estas palabras resultaron muy poderosas y le fueron de gran ayuda al Cojo.  Porque, delante mismo del niño, todos decían sin tapujos “esta criatura tiene mucho talento”.
    Yo no salía de mi asombro y Artemio remató la faena diciendo:

    -Enviarlo a la escuela.
    -Eso es.  Pero no sabían a donde enviarlo.  La escuela quedaba muy lejos.  A un día a caballo.  Por lo que convencieron al cura para que se hiciera cargo de enseñarle a leer y a escribir al niño, así como los primeros latines.
    -¿Los primeros latines?
    -Claro.  Sin latines no puedes ir a ninguna parte, como no sea a pastorear ganado por los montes, o sembrar un poco de maíz o patatas.
    -Ya veo.
    -El cura aceptó el encargo a regañadientes, porque esta familia no le caía bien al cura.  Pequeños detalles de nada entre ellos.  O sea que el cura se hizo cargo de todo.  Y los padres del niño le llevaban algunos huevos y patatas al cura.
    -Claro.
   -Luego, cuando el niño ya tenía los diez años, el cura dijo que ya estaba preparado para enviarlo a un seminario.  Escribió una carta de recomendación alabando las cualidades del niño, sus dotes naturales y su docilidad.
    -Que bien.
    -Pero, el seminario quedaba lejos.  De modo que cierto día llevaron al niño acompañado de su madre y el cura hasta el seminario que estaba a diez leguas de distancia.  Tuvieron que emplear varias horas en burro hasta el apeadero y luego tomaron un tren.  El niño estaba un poco amedrentado al entrar en el seminario pero consiguieron dejarlo allí sin que armara un alboroto llorando.
    Yo estaba fascinado.
    Artemio siguió contando su historia.

    -Se dice que en el seminario el niño aprendió a leer con tanta rapidez que dejó muy impresionado a los curas.
    -¡...!
    Artemio siguió impertérrito contando su historia.

    -El niño volvía a su casa durante los meses de verano y ayudaba a su manera durante la siega y el ensilado de la hierba.
    -¡Que bien!  -Dije yo por decir algo.
    -El milagro fue tal que durante el verano venía gente a la casa, allá por la tardecita, para ver al niño y le pedían al niño que leyera algo de un libro que trajo.
    Artemio hizo una pausa para coger resuello y siguió.

    -El niño se ponía a leer en voz alta y todos se quedaban admirados.  O sea que era algo frecuente que llegara gente a la casa y su madre decía: “cojito, querido, léele un poco a este “mal encarao”, que no se cree que sabes leer.”
    -¡…!
   -Cada verano se fue viendo que el niño se ponía a estudiar cuando le dejaba tiempo libre las faenas del campo.  Siempre estaba leyendo un libro lleno de cosas incompresibles.  Estaba lleno de esas cosas que estudian los curas.
    -¡Asombroso!  -le dije.
    Esto animó a Artemio a seguir con la historia.

    -La gente del pueblo, al oírle decir aquellos latines, se admiraba de sus conocimientos.
    -¡…!
    -Porque las palabras que no se entienden tienen mucho más poder que las otras.  Las palabras que no se entienden son sagradas.
    -¡…!
    -Es obvio que son importantes.  Además son mágicas y muy difíciles de recordar, aunque acabes justo de oírlas.
    -¡...!
  -Además, esas palabras raramente se discuten.  Porque no estamos en condiciones de enfrentarnos a su significado.
    -Es cierto.
    Dije de pronto, cortándole el flujo narrativo al Artemio.  Aproveché la pausa para decir:

    -A mí me ocurre lo mismo.  Cuando alguien me dice algo incomprensible no sé que responder.
    Artemio siguió diciendo:

   -Se dice que en el seminario, el niño fue destacando por su tesón en el estudio.  Y al parecer tenía una gran memoria.
    -Tenía una gran memoria.
    -Cada verano llegaba el niño a la aldea y la gente se interesaba por él y visitaban su casa.  Pero a mediada que se fue haciendo cura, la gente fue perdiendo el interés.
  Hubo una pausa momentánea y un corto silencio, luego Artemio siguió diciendo:

   -Te diría más cosas, pero no quiero cansarte.  Todos en aquella familia se llamaban José.  Y todos llevaban motes propios.  Esta es la historia de este cura.
   Yo me quedé abrumado con este diluvio de datos.  Artemio se dio cuenta de mi asombro y aprovechó para darme más datos todavía.  Pero yo estaba a tope; por lo que tuve que echar todo exceso de inteligencia en el olvido. 

Por las explicaciones de Artemio, deduzco que el cura estaba harto de esta mala costumbre, repetir los nombres más populares.  Por eso, cuando llegó a la parroquia impuso unas reglas estrictas respecto a los nombres.  Mientras él mandara en aquella parroquia no se iba a poner a nadie el nombre de José, si no figuraba algún santo con ese nombre en el santoral de ese día.  Y lo mismo se aplicaba a otros nombres más repetidos como Antonio, Juan o María.

 

 

*      *      *

 

El día que llevaron a la niña a bautizar era un dieciocho de enero y hacía poco que terminara la Gran Guerra.  Creo que eso ocurrió cuando empezaron las conversaciones para la Conferencia de Paz de Versalles.  Pero ya nadie se acuerda de eso y yo mismo lo sé porque leí algo sobre esto en un periódico.  Por aquel entonces, todos estaban pasmados de aquellas horribles matanzas en la dulce Francia.  Por eso se decía que esta sería la última Gran Guerra y que nunca más volvería a ocurrir nada semejante.  Es como si estuvieran arrepentidos de tanta carnicería.
    Mientras el cura se preparaba para el bautizo y se ponía sus ropas sagradas, no pensaba para nada en aquellas matanzas.  Me imagino que no había leído los periódicos.  O quizá sería que aquella guerra le quedaba muy lejos o que no afectaba para nada a los curas.  Creo que no se había enterado.  Él iba a lo suyo; a las cosas de su ministerio.
  Bueno, pues llevaban toda la familia ya un buen rato esperando cuando apareció el cura con todos sus atavíos ceremoniales y un monaguillo.  Miró con autoridad a los presentes, emitió unas toses para pedir atención y les dijo sin previo aviso:

    -Nada de ponerle a esta niña nombres compuestos de María.
    La gente se quedó muda por la sorpresa y los iluminó diciendo:

    -Ya hay demasiadas Marías en la parroquia.
    La mudez de todos se hacía eterna.

   -La niña llevará un nombre de acuerdo con el santoral de este día.  De modo que se llamará Liberata que fue virgen.
    Los familiares protestaron en voz baja; pero lo hicieron sin mucho ardor, pues no se habían puesto de acuerdo para poner un nombre a la niña.  Viendo las dudas, el cura aprovechó la ventaja y añadió:

    -Si no les gusta el nombre de Liberata le podemos poner Prisca que fue virgen y mártir.
    -¡...!
    -Veo que les parece un nombre raro.
    Hubo un silencio macizo.  Y el cura aprovechó para seguir argumentando.

    -No creo que les guste ponerle el nombre de alguno de los santos varones de hoy.
    -¡...!
    -Tenemos para elegir a Moseo y Amonio, que fueron soldados mártires.
    -¡...!
    -Otro santo es Volusiano, que fue obispo.
    -¡...!
    -Tenemos a Deícola, que fue abad.
    Se hizo una pausa molesta.
    Al ver el silencio provocado por sus palabras, el cura siguió diciendo.

    -También tenemos a Atenógenes, que fue mártir;  o si lo prefieren...
    El cura hizo una pausa para reforzar el efecto.

    -Tenemos a Leobardo el Emparedado.  Santo este muy discreto, pero que tiene una merecida fama de milagroso.
    Cuando los asistentes vieron las alternativas, aceptaron de buen grado la inteligencia del cura.  No en vano era un hombre de carrera.  Así que se dieron cuenta que el nombre elegido, Liberata, era muy lindo y le quedaría muy bien a la criatura.

Aunque los parientes de la niña eran lentos pensando, se dieron cuenta que no le iría bien a la criatura llamarse ni Mosea, ni Amonia.  Y no digamos nada un nombre de esos como Atenógena o Leobarda.  Ellos eran gente pobre, pero tenían cierto sentido de la decencia.  O sea que hacían lo posible para no llamar la atención con excentricidades.
  Y tenían razón.  Con uno de esos nombres, tan raros, no sería para extrañarse si la niña acababa tirándose a un pozo o que le diera por meterse a puta.  Pero mirando las cosas desde otra perspectiva más optimista, un pobre santo de estos, con estos nombres tan raros, al tener poca clientela dispondrían de más tiempo para proteger la virtud de la niña.  De modo cualquiera de ellos estaría lo bastante desocupado como para inspirar en la niña la idea de meterse en un convento.
  Pero a pesar de todas estas ayudas celestiales, imagino que una niña bautizada como Mosea, Atenógena o Leobarda, terminaría por dejarse llevar de los consejos vanidosos de las monjitas más veteranas.  Quiero decir que al hacer los votos, según dicta la costumbre, cambiaría su nombre, bastardo y primigenio, por otro mucho más noble y melodioso.  Solo con imaginarte un lindo ejemplo como Sor Inés de la Santísima Cruz ya me entiendes lo que quiero decir.  De ese modo, las monjitas mayores, tendrían el placer de llamarla Inesita, un nombre mucho más dulce, pues el nombre de Liberata tiene resonancias pecaminosas y librepensadoras.  Y los otros nombres, Atenógena, Leoborda, etc., tienen algo así como resonancias paganas. 

Una vez aclarado el detalle de los nombres, el cura pasó a ejecutar la ceremonia.  Les dieron a los parientes unos cirios para que los sostuvieran encendidos en la mano derecha.  Cirios representan la luz de los evangelios que ilumina las almas de los creyentes.  Luego, el monaguillo preguntó,
    -¿Quién es el padrino?
    -Yo.  -Dijo Antonio Melodio.
    Y el monaguillo se puso a su lado. 

    Luego el cura empezó a decir unos latines.

    -Credis in Deum Patrem omnipotentem,
    El monaguillo le dio un codazo al padrino y le dijo:
    -Tienes que decir: credo.
    -¿El qué?
    -Que tienes que decir, credo.
    -¿Cómo?
    -Que lo digas, ¡caray!
    -¿El que?
    -Que digas la palabra “credo”.
    -Credo.
    El cura hacía muecas de impaciencia pero siguió:

    -Credis in Creatorem coeli et terrae?
    -Di credo.  -Le dijo el monaguillo.
    -Credo.
    -Credis in Iesum Christum?
    -Di credo.  -Repitió el monaguillo.
    -Credo
    -¿Credis in Spiritum Sanctum?
    -Di credo, -le dijo el monaguillo.
    -Credo.
    -Liberata, ¿vis baptizari?
    El monaguillo le dio un codazo al padrino y le dijo:

    -Debes decir, “volo”.
    -Vuelo.
    -Vuelo, no.  Debes decir “volo”.
    -Bolo.
    Entonces el cura fue derramando el agua bendita y recitando las palabras rituales:

    -Liberata, Ego te baptizo in nomine Patris... et Filii... et Spiritus Sancti. 

La criatura se puso a llorar, tal vez debido a la frigidez del agua, pues estábamos en mes de enero y soplaba un viento húmedo del noroeste.
La tierna criatura se calmó enseguida pues se dio cuenta que los espíritus del mal salieron huyendo de su cabeza tras el enfriamiento sufrido por la virtud de las aguas bautismales.
    Así que terminó la ceremonia, el monaguillo apagó los cirios y el cura les dijo a los familiares de la niña:  Pasen por la sacristía para escribir en el libro.  El cura anotó en el libro los nombres de la criatura, del padre, la madre, el padrino y los testigos.  Estos firmaron con un breve garabato o una cruz y el cura les dijo:  “Pueden marcharse”.

No estuve en el bautizo de Liberata porque aún no había nacido.   Pero así es como cuento esta historia.  Así es como me imagino que ocurrieron las cosas.  

Siempre me gusta investigarlo todo de un modo meticuloso.  Pero en esta historia había pasado ya tanto tiempo que casi nadie sabía los detalles de nada.  Liberata tenía escasa familia por parte de su madre.  Aunque por parte de su padre la tenía en abundancia;  pero esto no era ninguna ventaja pues andaban todos muy mal de memoria, o no entendían mis preguntas.  O sea que nadie sabía una palabra sobre la historia que a mí me interesaba.  Por eso con frecuencia tuve que acudir a los recursos de mi propia imaginación.
    Cuando le dije esto a mi amigo Estulcio se extrañó mucho de estos trucos del oficio escribano.  Aproveché la ocasión para darme alguna importancia y admirado de mi propio ingenio le dije:

    -Esto lo hacen los científicos todos los días.
    Y pronuncié despacio la palabra científico para que la idea no se perdiera tontamente en las circunvoluciones enrevesadas de su cerebro.

    -¿Estás seguro?
    -Totalmente.  Los científicos le llaman a este artificio “hipótesis de campo”.
    Mi amigo Estulcio quedó asombrado por esta frase y por la profundidad de mis conocimientos.  Así que se sintió inspirado y me dijo:

    -Eres un gran hipotisador.
    No sé bien por qué, pero este halago me dio escalofríos.  Cualquier día de estos me podría detener la policía por ejercer de sabio sin tener título.  Ya me imagino al severo juez dictando la sentencia:  “Queda declarado culpable de crear hipótesis de campo sin licencia facultativa.  Y por esta mi sentencia le condeno a pagar una multa de cincuenta rupias y a sufrir el castigo de quince azotes en la plaza pública para que sirva de escarmiento a otros descarriados.”
    Así que le digo a Estulcio:

   -Calla tío.  No vayas diciendo por ahí estas cosas confidenciales que me vas a meter en líos.
    Esto me preocupa.  Imagino que pude ir por ahí presumiendo de que tiene un amigo hipotisador.  Lo que me podría acarrear algunos problemas.  Aunque tal vez, la mayoría de la gente sentirá un saludable menosprecio por este noble oficio y creo que le van a responder:

    -“¿Poetisador?  ¡Fuerte bobería!  Mejor haría en buscarse un modo ganar la vida decentemente.” 

 

A Estulcio le hubiera gustado ser sabio.  Realmente, creo que tiene vocación de sabio.  Y yo le digo, tienes que leer muchos libros, tío.  Pero vivimos en unos tiempos en que los libros escasean mucho o son muy caros.  Por otra parte, los sabios debemos tener la vista muy atlética, y lo peor de todo es que mi amigo tiene la vista cansada.  O sea que son tantos los libros que tenemos que leer los aspirantes a sabios que se nos cansa la vista.  Creo para llegar a sabio, los libros son tantos que si los pones en fila pueden dar varias vueltas alrededor de la Tierra.  Esta idea me llena de acojono.  Por esta razón algunos tomamos unas pastillas de “Fósforo Ferrero” y ensalada de espinacas.  Esta verdura es crucial pues contiene mucha vitamina A, que es muy buena para fortalecer la vista y reforzar el nervio óptico.  Porque es precisamente éste último nervio el que aguanta con toda la carga del sabio lector.  Y es que los libros de ciencia son muy enredosos y fatigan mucho la vista de tantos latines que tienen.  Eso sin contar que algunos tienen hasta verbos en griego.  Por eso se dice que el fósforo es muy bueno para el estudio.  Yo diría que es fundamental para aprender los latines y todas esas cosas profundas como el binomio de Newton y las ecuaciones regresivas. 

 

*      *      *

Fragmento  de "Vidas Divergentes".

Nota: 
Si recibo algún interés por parte de los lectores, iré poniendo más de esta historia.

Me pueden contar lo que les parece  en este correo:   leopoldo.perdomo@gmail.com


   


AUTOR: LEOPOLDO PERDOMO



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