|
VIDAS
DIVERGENTES
CAPÍTULO
PRIMERO
Algunos
me llaman “el cuentista” porque
me gusta contar historias. Pero no soy
un cuentista verdadero, sino funcionario de tercera clase con dos
quinquenios
de meritancia en el ayuntamiento. De
modo que cuando llego al bar de Braulio, siempre hay alguno que dice,
“mira, ya
ha llegado el cuentista”.
Todas las tardes vengo a este bar donde me pongo a
escribir
las cosas que se me ocurren, y que suelen estar basadas mayormente en
hechos
reales. Por eso, cuando no dan partidos
de fútbol por la radio, algunos me piden que les lea algo de las
historias que
estoy escribiendo. Algunas de mis
historias tienen un fondo de realidad, aunque están embellecidas
con alguna
exageración. Creo que los hechos del
mundo real son la mejor musa para contar historias. Pero, esta ciudad
es muy pequeña y casi todos
se conocen, de lo que se deduce que el arte del chismorreo tiene
algunas
limitaciones. Así que he cambiado
casi
todos los nombres de los personajes para evitarme problemas. Algunos conocen a las gentes de las estoy
hablando o, al menos, creen adivinar quienes son esas gentes de mis
historias.
LE PUSIERON
DE NOMBRE LIBERATA.
Todos
hemos oído alguna historia de los gemelos, pero muy pocos saben
que su madre se
llamaba Liberata. Yo mismo fui el
primer sorprendido al enterarme, pues considerando los tiempos en que
vivimos
me pareció un nombre bastante raro.
Así
que
hice indagaciones entre la gente vieja que conozco y me dijeron cosas
diferentes. Alguien me contó que le
pusieron ese nombre en agradecimiento por una tía abuela que
había sido una
gran ayuda para su madre. Otros me
decían cosas igualmente falsas o carentes de sentido. Y es que casi nadie se abstiene de darse una
respuesta, aunque no
sepa nada sobre el asunto que se pregunta.
Cierto
día, Artemio se enteró que yo andaba haciendo preguntas
sobre Liberata. Seguro que usted ha visto
alguna vez a
Artemio. Antes se le veía mucho
dando
vueltas por la plaza. Era un hombre que
hablaba solo. Desde que quedó
tocado
por un cáncer de laringe ya es otro hombre y se le ve muy poco
por la
plaza. Bueno, pues un día se
presentó
ante mí y me dijo:
-Oí
decir... que andabas preguntando por Liberata.
El
hombre entonaba muy bien su voz, como si fuera un viejo actor de teatro. Yo asentí a sus palabras moviendo la
cabeza.
-Te
extrañas de este nombre, ¿no?
Yo
asentí con un gesto.
-Te
extrañas de este nombre... porque ya no se usa.
Asentí
de nuevo y él hizo una pausa efectista para reforzar mi
atención.
-Ese
nombre… y otros igual de raros…
A
Artemio le gustaba hablar lentamente y hacía pausas frecuentes
que me hacían
impacientar. Él lo leía en
mis ojos y
disfrutaba como un domador de esos que controlan al león con la
mirada. Artemio, al ver la atención
que le ponía, siguió
hablando.
-Esos
nombres, digo…
-..! -Yo estaba pendiente de sus palabras.
-Esos
nombres nos vienen... de cuando estaba por aquí otro cura. Uno que se llamaba Don José
Esquimorcio.
-¡Ah!
¿Don
José Esquimorcio? No le conozco.
-Hace
ya tiempo que murió. Tú no
habías
nacido.
Me
impresionó este nombre, Don José Esquimorcio. Parecía un apellido muy raro. Luego,
Artemio alzó la cabeza e hizo una poderosa inspiración. Pude ver como elevaba su pecho al aspirar el
aire. Me fijé que tenía el
pelo
enmarañado en un gran volumen y sus ojos azul-verdosos
parecían irradiar un
resplandor inspirado. Me pareció un
profeta
de esos, desmelenado con sus ojos llenos de fuego divino.
En aquel momento creí que Artemio estaba
poseído por un conocimiento infuso.
Artemio
se quedó callado y yo seguía mirando su cara.
-Preguntabas...
por el nombre de Liberata.
No era
más que una frase retórica. Creo
que no
esperaba ninguna reacción por mi parte.
-Eso
significa... que la bautizaron... en el
mes de enero. Debió ser el
día dieciocho,
más o menos. Si no me falla la
memoria... ese debe ser el día de
Santa
Liberata.
Me
quedé perplejo. Efectivamente, fue
en
una fecha de enero cuando la bautizaron. Pero
a Artemio le gustaba hablar y por eso me
siguió diciendo:
-Este
cura, Don José, era todo un carácter.
A
los niños les ponía el nombre del santo o la santa del
día de su bautizo, sin
importarle un carajo las protestas de la familia.
-¡Ah!
-Asentí
asombrado.
-Esto
era por causa... de que este cura... venía de una familia donde
todos los
varones... todos los hermanos, todos los tíos y todos los
sobrinos, todos,
todos, se llamaban José sin excepción.
Yo me
quedé pasmado con esta declaración.
-¿Todos
se llamaban José?
-Eso
es. Se deduce de esta circunstancia...
que si usaban para todos el mismo nombre... no habría forma de
aclararse con
tantas repeticiones.
-Eso
supongo. -Le dije.
Me
estaba fascinando esta historia de Artemio.
-Para
facilitar las llamadas y las alusiones, desde que eran niños les
iban poniendo
motes diferentes a cada uno.
-¡Ah!
Es más
sencillo. -Dije.
-A
su padre le llamaban “el Mentado” y a su abuelo paterno “el Afortunado”. Aunque no se sabe el motivo, pues nunca tuvo
dineros.
-Ya
veo. Ya veo.
-Al
hermano mayor del cura le llamaban “el Largo” pues era alto; y a nuestro cura, que era el menor de los
hermanos, le llamaban “el Cojo”; aunque que no se le notaba casi nada
la
cojera.
-No
se le notaba... casi nada.
-No
se le notaba nada. El muchacho nunca
llegó a estar seguro de que su cojera fuera un fenómeno
real. Pensaba que le habían puesto
ese nombre para
fastidiarlo. Y aunque nunca dijo una
palabra de protesta por este mote, estuvo molesto con él durante
toda su
vida.
-¡El
pobre!
-Las
palabras tienen poderes mágicos.
-¿Poderes
mágicos?
-Sí.
El muchacho,
después de estar un tiempo
sentado, notaba una sensación de cojera en la pierna izquierda
al
levantarse.
-¡Ah!
-Como
compensación a este fastidio, todo el mundo decía de
él que era un niño muy
inteligente.
-¡Oh!
-Y
de ese modo…
-¡…!
-Al
verse afectado por las palabras de los demás, cojeaba
ligeramente. Esto justificaba el
“nombrete” que le habían
puesto.
-¡Ah!
-De
otra parte, aquello tenía sus compensaciones, porque todo el
mundo venía y le
hacía preguntas sobre esto y sobre lo otro.
-¿Le
preguntaban?
-Y
se admiraban de las respuestas del chiquillo.
-¿Se
ad... admiraban?
-Para
cuando el niño tenía siete u ocho años… ya lo
habían convertido en una especie
de oráculo.
-¡Una
especie de oráculo!
-Al
principio solo venían con preguntas fáciles.
Solo preguntaban sobre esas cosas que interesan a la gente
del
campo.
-¿Y
el niño respondía?
-El
niño respondía con bastante talento y seguridad.
-¿Bastante
seguridad?
-Bueno,
creo que solo repetía las frases que... esas cosas que
más se repiten. Algo de
sabiduría rural, podríamos
decir.
-Ya
entiendo. Sabiduría rural.
-Pero
el niño respondía a las preguntas con tanto aplomo… que
al pasar cierto tiempo
venían y le hacían preguntas sobre asuntos complicados y
sobre líos de familia
que el niño no podía entender, debido a las limitaciones
de su edad.
-¡Caramba!
-Sin
embargo, como poseía cierta inspiración, siempre daba
alguna respuesta; aunque
con frecuencia las respuestas eran incomprensibles.
-¡…!
-Esta
gente se tomaba sus palabras muy en serio.
-En
serio.
-De
modo que podías ver que volvían a sus casas repitiendo
las palabras dichas por
el niño para no olvidarse de lo que dijo.
-Vaya.
-La
gente trataba de encontrar el significado oculto de sus palabras.
-¡Oh!
Artemio
hizo una pausa, como tratando de recordar esas cosas de tiempos remotos.
-No
recuerdo como empezó todo. -Dijo Artemio en un momento de
inseguridad.
-No
recuerda...
-Hubo
un momento en que todo el mundo se puso de acuerdo.
“Este niño hay que enviarlo a estudiar a una
escuela”,
dijeron.
Como
ven, amigos, este Artemio tenía un gran empuje verbal. Yo no podía meter baza porque soy algo
lento
en los diálogos. Además,
estaba
asombrado con esta historia. Y al verme
totalmente cautivo, siguió diciendo.
-Al
tener tanta inteligencia, en lugar de mandarlo a llevar las vacas de
este prado
al otro, todo el mundo se puso a decir: "A
este niño hay que mandarlo a estudiar".
-¡...!
-Estas
palabras resultaron muy poderosas y le fueron de gran ayuda al Cojo. Porque, delante mismo del niño, todos
decían
sin tapujos “esta criatura tiene mucho talento”.
Yo no
salía de mi asombro y Artemio remató la faena diciendo:
-Enviarlo
a la escuela.
-Eso
es. Pero no sabían a donde
enviarlo. La escuela quedaba muy
lejos. A un día a caballo. Por lo que convencieron al cura para que se
hiciera cargo de enseñarle a leer y a escribir al niño,
así como los primeros
latines.
-¿Los
primeros latines?
-Claro.
Sin latines no
puedes ir a ninguna parte,
como no sea a pastorear ganado por los montes, o sembrar un poco de
maíz o
patatas.
-Ya
veo.
-El
cura aceptó el encargo a regañadientes, porque esta
familia no le caía bien al
cura. Pequeños detalles de nada
entre
ellos. O sea que el cura se hizo cargo
de todo. Y los padres del niño le
llevaban algunos huevos y patatas al cura.
-Claro.
-Luego,
cuando el niño ya tenía los diez años, el cura
dijo que ya estaba preparado
para enviarlo a un seminario. Escribió
una carta de recomendación alabando las cualidades del
niño, sus dotes naturales
y su docilidad.
-Que
bien.
-Pero,
el seminario quedaba lejos. De modo que
cierto día llevaron al niño acompañado de su madre
y el cura hasta el seminario
que estaba a diez leguas de distancia. Tuvieron
que emplear varias horas en burro hasta el apeadero y luego tomaron un
tren. El niño estaba un poco
amedrentado al entrar en el seminario pero consiguieron dejarlo
allí sin que
armara un alboroto llorando.
Yo
estaba fascinado.
Artemio
siguió contando su historia.
-Se dice
que en el seminario el niño aprendió a leer con tanta
rapidez que dejó muy
impresionado a los curas.
-¡...!
Artemio
siguió impertérrito contando su historia.
-El
niño volvía a su casa durante los meses de verano y
ayudaba a su manera durante
la siega y el ensilado de la hierba.
-¡Que
bien! -Dije yo por decir algo.
-El
milagro fue tal que durante el verano venía gente a la casa,
allá por la
tardecita, para ver al niño y le pedían al niño
que leyera algo de un libro que
trajo.
Artemio
hizo una pausa para coger resuello y siguió.
-El
niño se ponía a leer en voz alta y todos se quedaban
admirados. O sea que era algo frecuente
que llegara
gente a la casa y su madre decía: “cojito, querido, léele
un poco a este “mal
encarao”, que no se cree que sabes leer.”
-¡…!
-Cada
verano se fue viendo que el niño se ponía a estudiar
cuando le dejaba tiempo
libre las faenas del campo. Siempre
estaba leyendo un libro lleno de cosas incompresibles.
Estaba lleno de esas cosas que estudian los
curas.
-¡Asombroso! -le dije.
Esto
animó a Artemio a seguir con la historia.
-La
gente del pueblo, al oírle decir aquellos latines, se admiraba
de sus
conocimientos.
-¡…!
-Porque
las palabras que no se entienden tienen mucho más poder que las
otras. Las palabras que no se entienden
son sagradas.
-¡…!
-Es
obvio que son importantes. Además
son
mágicas y muy difíciles de recordar, aunque acabes justo
de oírlas.
-¡...!
-Además,
esas palabras raramente se discuten. Porque
no estamos en condiciones de enfrentarnos a su significado.
-Es
cierto.
Dije de
pronto, cortándole el flujo narrativo al Artemio.
Aproveché la pausa para decir:
-A
mí me ocurre lo mismo. Cuando
alguien
me dice algo incomprensible no sé que responder.
Artemio
siguió diciendo:
-Se
dice que en el seminario, el niño fue destacando por su
tesón en el
estudio. Y al parecer tenía una
gran
memoria.
-Tenía
una gran memoria.
-Cada
verano llegaba el niño a la aldea y la gente se interesaba por
él y visitaban
su casa. Pero a mediada que se fue
haciendo cura, la gente fue perdiendo el interés.
Hubo
una pausa momentánea y un corto silencio, luego Artemio
siguió diciendo:
-Te
diría más cosas, pero no quiero cansarte.
Todos en aquella familia se llamaban José. Y todos llevaban motes propios.
Esta es la historia de este cura.
Yo me
quedé abrumado con este diluvio de datos. Artemio
se dio cuenta de mi asombro y aprovechó
para darme más datos
todavía. Pero yo estaba a tope; por
lo
que tuve que echar todo exceso de inteligencia en el olvido.
Por las
explicaciones de Artemio, deduzco que el cura estaba harto de esta mala
costumbre, repetir los nombres más populares.
Por eso, cuando llegó a la parroquia impuso unas
reglas estrictas
respecto a los nombres. Mientras él
mandara en aquella parroquia no se iba a poner a nadie el nombre de
José, si no
figuraba algún santo con ese nombre en el santoral de ese
día. Y lo mismo se aplicaba a otros
nombres más
repetidos como Antonio, Juan o María.
* * *
El
día
que llevaron a la niña a bautizar era un dieciocho de enero y
hacía poco que
terminara la Gran Guerra. Creo que eso
ocurrió cuando empezaron las conversaciones para la Conferencia
de Paz de
Versalles. Pero ya nadie se acuerda de
eso y yo mismo lo sé porque leí algo sobre esto en un
periódico. Por aquel entonces,
todos estaban pasmados
de aquellas horribles matanzas en la dulce Francia.
Por eso se decía que esta sería la
última Gran Guerra y que nunca
más volvería a ocurrir nada semejante.
Es
como si estuvieran arrepentidos de tanta carnicería.
Mientras
el cura se preparaba para el bautizo y se ponía sus ropas
sagradas, no pensaba
para nada en aquellas matanzas. Me
imagino que no había leído los periódicos. O quizá sería que aquella guerra
le quedaba
muy lejos o que no afectaba
para nada a los curas. Creo que no se
había enterado. Él iba a lo
suyo; a las
cosas de su ministerio.
Bueno,
pues llevaban toda la familia ya un buen rato esperando cuando
apareció el cura
con todos sus atavíos ceremoniales y un monaguillo.
Miró con autoridad a los presentes, emitió
unas toses para pedir
atención y les dijo sin previo aviso:
-Nada
de ponerle a esta niña nombres compuestos de María.
La
gente se quedó muda por la sorpresa y los iluminó
diciendo:
-Ya
hay demasiadas Marías en la parroquia.
La
mudez de todos se hacía eterna.
-La
niña llevará un nombre de acuerdo con el santoral de este
día. De modo que se llamará
Liberata que fue
virgen.
Los
familiares protestaron en voz baja; pero lo hicieron sin mucho ardor,
pues no
se habían puesto de acuerdo para poner un nombre a la
niña. Viendo las dudas, el cura
aprovechó la
ventaja y añadió:
-Si
no les gusta el nombre de Liberata le podemos poner Prisca que fue
virgen y
mártir.
-¡...!
-Veo
que les parece un nombre raro.
Hubo un
silencio macizo. Y el cura
aprovechó
para seguir argumentando.
-No
creo que les guste ponerle el nombre de alguno de los santos varones de
hoy.
-¡...!
-Tenemos
para elegir a Moseo y Amonio, que fueron soldados mártires.
-¡...!
-Otro
santo es Volusiano, que fue obispo.
-¡...!
-Tenemos
a Deícola, que fue abad.
Se hizo
una pausa molesta.
Al ver
el silencio provocado por sus palabras, el cura siguió diciendo.
-También
tenemos a Atenógenes, que fue mártir;
o
si lo prefieren...
El cura
hizo una pausa para reforzar el efecto.
-Tenemos
a Leobardo el Emparedado. Santo este
muy discreto, pero que tiene una merecida fama de milagroso.
Cuando
los asistentes vieron las alternativas, aceptaron de buen grado la
inteligencia
del cura. No en vano era un hombre de
carrera. Así que se dieron cuenta
que
el nombre elegido, Liberata, era muy lindo y le quedaría muy
bien a la
criatura.
Aunque
los parientes de la niña eran lentos pensando, se dieron cuenta
que no le iría
bien a la criatura llamarse ni Mosea, ni Amonia. Y
no digamos nada un nombre de esos como Atenógena o
Leobarda. Ellos eran gente pobre, pero
tenían cierto sentido de la decencia. O
sea que hacían lo posible para no llamar la atención con
excentricidades.
Y
tenían razón. Con uno de
esos nombres,
tan raros, no sería para extrañarse si la niña
acababa tirándose a un pozo o
que le diera por meterse a puta. Pero
mirando las cosas desde otra perspectiva más optimista, un pobre
santo de
estos, con estos nombres tan raros, al tener poca clientela
dispondrían de más
tiempo para proteger la virtud de la niña. De
modo cualquiera de ellos estaría lo bastante
desocupado como para
inspirar en la niña la idea de meterse en un convento.
Pero a
pesar de todas estas ayudas celestiales, imagino que una niña
bautizada como
Mosea, Atenógena o Leobarda, terminaría por dejarse
llevar de los consejos
vanidosos de las monjitas más veteranas. Quiero
decir que al hacer los votos, según dicta la
costumbre, cambiaría
su nombre, bastardo y primigenio, por otro mucho más noble y
melodioso. Solo con imaginarte un lindo
ejemplo como
Sor Inés de la Santísima Cruz ya me entiendes lo que
quiero decir. De ese modo, las monjitas
mayores, tendrían
el placer de llamarla Inesita, un nombre mucho más dulce, pues
el nombre de
Liberata tiene resonancias pecaminosas y librepensadoras.
Y los otros nombres, Atenógena, Leoborda,
etc., tienen algo así como resonancias paganas.
Una vez
aclarado el detalle de los nombres, el cura pasó a ejecutar la
ceremonia. Les dieron a los parientes unos
cirios para
que los sostuvieran encendidos en la mano derecha.
Cirios representan la luz de los evangelios que ilumina
las almas
de los creyentes. Luego, el monaguillo
preguntó,
-¿Quién
es el padrino?
-Yo. -Dijo Antonio Melodio.
Y el
monaguillo se puso a su lado.
Luego el cura empezó a decir unos latines.
-Credis in Deum
Patrem omnipotentem,
El monaguillo le dio un
codazo al padrino y le dijo:
-Tienes que
decir:
credo.
-¿El
qué?
-Que tienes
que decir,
credo.
-¿Cómo?
-Que lo
digas, ¡caray!
-¿El
que?
-Que digas la
palabra
“credo”.
-Credo.
El cura hacía
muecas de
impaciencia pero siguió:
-Credis in
Creatorem coeli et terrae?
-Di credo. -Le dijo el
monaguillo.
-Credo.
-Credis
in Iesum Christum?
-Di credo. -Repitió
el monaguillo.
-Credo
-¿Credis in
Spiritum Sanctum?
-Di credo, -le dijo el monaguillo.
-Credo.
-Liberata,
¿vis
baptizari?
El monaguillo le dio un
codazo al padrino y le dijo:
-Debes decir, “volo”.
-Vuelo.
-Vuelo, no. Debes
decir “volo”.
-Bolo.
Entonces el cura fue
derramando el agua bendita y recitando las palabras rituales:
-Liberata, Ego te baptizo in
nomine Patris... et Filii... et Spiritus
Sancti.
La criatura se puso a
llorar, tal vez debido a la frigidez del agua, pues estábamos en
mes de enero y
soplaba un viento húmedo del noroeste.
La tierna criatura se
calmó enseguida pues se dio cuenta que los espíritus del
mal salieron huyendo
de su cabeza tras el enfriamiento sufrido por la virtud de las aguas
bautismales.
Así que
terminó la
ceremonia, el monaguillo apagó los cirios y el cura les dijo a
los familiares
de la niña: Pasen por la
sacristía para
escribir en el libro. El cura anotó
en
el libro los nombres de la criatura, del padre, la madre, el padrino y
los
testigos. Estos firmaron con un breve
garabato o una cruz y el cura les dijo: “Pueden marcharse”.
No estuve en el bautizo
de Liberata porque aún no había nacido.
Pero así es como cuento esta historia.
Así es como me imagino que ocurrieron las cosas.
Siempre me gusta
investigarlo todo de un modo meticuloso. Pero
en esta historia había pasado ya tanto tiempo
que casi nadie sabía
los detalles de nada. Liberata
tenía
escasa familia por parte de su madre. Aunque
por parte de su padre la tenía en abundancia;
pero esto no era ninguna ventaja pues andaban todos muy
mal de memoria,
o no entendían mis preguntas. O sea
que
nadie sabía una palabra sobre la historia que a mí me
interesaba. Por eso con frecuencia tuve
que acudir a los
recursos de mi propia imaginación.
Cuando le dije esto a mi
amigo Estulcio se extrañó mucho de estos trucos del
oficio escribano. Aproveché la
ocasión para darme alguna
importancia y admirado de mi propio ingenio le dije:
-Esto lo
hacen los
científicos todos los días.
Y pronuncié
despacio la
palabra científico para que la idea no se perdiera tontamente en
las circunvoluciones
enrevesadas de su cerebro.
-¿Estás
seguro?
-Totalmente. Los
científicos le llaman a este
artificio
“hipótesis de campo”.
Mi amigo Estulcio
quedó
asombrado por esta frase y por la profundidad de mis conocimientos. Así que se sintió inspirado y me
dijo:
-Eres un gran
hipotisador.
No sé bien por
qué, pero
este halago me dio escalofríos. Cualquier
día de estos me podría detener la policía por
ejercer de sabio sin tener
título. Ya me imagino al severo
juez
dictando la sentencia: “Queda declarado
culpable de crear hipótesis de campo sin licencia facultativa. Y por esta mi sentencia le condeno a pagar
una multa de cincuenta rupias y a sufrir el castigo de quince azotes en
la
plaza pública para que sirva de escarmiento a otros
descarriados.”
Así que le digo a
Estulcio:
-Calla
tío. No vayas diciendo por
ahí estas cosas
confidenciales que me vas a meter en líos.
Esto me preocupa. Imagino
que pude ir por ahí presumiendo
de
que tiene un amigo hipotisador. Lo que
me podría acarrear algunos problemas. Aunque
tal vez, la mayoría de la gente sentirá un saludable
menosprecio por este noble
oficio y creo que le van a responder:
-“¿Poetisador?
¡Fuerte bobería! Mejor
haría en buscarse un modo ganar la vida
decentemente.”
A Estulcio le hubiera
gustado ser sabio. Realmente, creo que
tiene vocación de sabio. Y yo le
digo,
tienes que leer muchos libros, tío. Pero
vivimos en unos tiempos en que los libros escasean mucho o son muy
caros. Por otra parte, los sabios debemos
tener la
vista muy atlética, y lo peor de todo es que mi amigo tiene la
vista
cansada. O sea que son tantos los
libros que tenemos que leer los aspirantes a sabios que se nos cansa la
vista. Creo para llegar a sabio, los
libros
son tantos que si los pones en fila pueden dar varias vueltas alrededor
de la
Tierra. Esta idea me llena de
acojono. Por esta razón algunos
tomamos
unas pastillas de “Fósforo Ferrero” y ensalada de espinacas. Esta verdura es crucial pues contiene mucha
vitamina A, que es muy buena para fortalecer la vista y reforzar el
nervio
óptico. Porque es precisamente
éste
último nervio el que aguanta con toda la carga del sabio lector. Y es que los libros de ciencia son muy
enredosos y fatigan mucho la vista de tantos latines que tienen. Eso sin contar que algunos tienen hasta
verbos en griego. Por eso se dice que
el fósforo es muy bueno para el estudio. Yo
diría que es fundamental para aprender los
latines y todas esas cosas
profundas como el binomio de Newton y las ecuaciones regresivas.
* * *
Fragmento
de "Vidas Divergentes".
Nota:
Si recibo algún interés por parte de los lectores,
iré poniendo más de esta historia.
Me pueden contar lo que les
parece en este correo: leopoldo.perdomo@gmail.com
AUTOR: LEOPOLDO PERDOMO
|