EL RESTAURANTE
Laura se despertó con la neura depresiva. Entraba un
tremendo
sol por la ventana del dormitorio y se le hacía imposible seguir
vagueando. Se despertó desanimada y su marido trataba de
alentarla, según era su costumbre.
-Hoy vamos a tener un día horrible. -Dijo Laura, sin tomar la
decisión de levantarse.
-No digas eso, mujer. Mira el sol tan lindo que entra por la ventana.
Laura no parecía muy convencida.
-Seguro que ocurre algo como ayer. Que se pone todo nublado. Ya sabes
como se me pone la jaqueca en los días nublados.
Laura se levantó de mala gana y empezó a desperezarse.
Aún llevaba puesto su pijama de seda sintética; esa que
te dispara descargas eléctricas cuando lo tocas. Por la puerta
entreabierta del dormitorio se adivinaba la luz inmensa del
salón que se desparramaba por el pasillo. Laura entró en
el baño, se desperezó un poco y se mojó la cara
con agua fresca. No sabía aún que hacer y se fue
chancleteando hasta el salón. Allí, además del sol
rasante que entraba por la inmensa cristalera, estaba todo un mundo de
gente que no reconocía. Una señora mayor tricotaba alguna
cosa con sus agujas de latón galvanizado. Dos señoras
más charlaban de sus cosas sentadas en el sofá. Un poco
más lejos, otra señora de mediana edad leía con
gran interés un periódico atrasado.
-¡Buenos días tenga la señora!
Esto lo dijo la mujer que leía el periódico.
Pareció que usaba un ligero tono de burla. Las demás
mujeres del salón repitieron el saludo como un eco fiel. Un par
de niños hacían equitación sobre el respaldo del
sofá, mientras otros correteaban de un lado para otro. Otros
tres niños más pequeños se arrastraban por la
moqueta como tortugas. Frente al televisor había otro par de
niños que habían conseguido sintonizar unos videojuegos y
estaban masacrando marcianos a duo. La edad feliz.
Laura miró a las mujeres y les espetó:
-Perdonen la pregunta. ¿Ustedes quiénes son?
-¡Ay! ¡Que memoria tiene la señora! Somos los de San
Juan.
-¿De que San Juan me están hablando?
-San Juan el Intemerato.
Laura se quedó pasmada. No entendía una palabra.
-Y ¿eso que es? -Preguntó Laura.
-¡Ay, señora! ¡Cómo tiene la cabeza esta
mañana! ¡Somos los del terremoto!
-¿El terremoto? ¿Qué terremoto?
-La señora esta mañana tiene la cabeza en las nubes.
¡Qué terremoto va a ser! ¡El de San Juan! San Juan
el Intemerato.
Estas fueron las palabras de la señora más culta. La que
leía por las mañanas el periódico atrasado.
Laura se sentía fatal con todo aquel sol que entraba a raudales
por la cristalera. Y, luego, todos aquellos niños correteando
por el salón, gritando y llorando por turnos, la estaban
afectando. Pero, el griterío era más bien discreto. Las
señales medidas en el sonómetro solo indicaban ochenta y
cinco decibelios de nada con discretos picos de noventa y dos. Esto no
era nada para unos niños acostumbrados a correr y gritar
libremente por las laderas de una barriada sin asfalto ni cloacas.
Pero, Laura tenía la neura un tanto destemplada. Tenía
suerte que aquellos niños ya se habían adaptado a vivir
en una casa tan fina y gritaban mucho menos. Cosa de cinco o siete
decibelios menos. Y es que aquellas paredes tan macizas y las
cristaleras de doble luna reflejaban bastante bien el sonido. No es de
extrañar que por la componente aguda de sus propios gritos, los
niños notaran molestias de sus propios gritos en sus sensibles y
tiernos tímpanos.
Uno de los niños pequeños venía gateando y se
metió entre las piernas de Laura. Esta se cayó
tontamente. Hacía ya mucho que no andaba con críos la
pobre Laura y tenía perdidos los reflejos. Al verse en el suelo,
más que irritada, se sintió desvalida. En esas
llegó su marido Pablo por el pasillo. Llegaba tan fresco y tan
pimpante como siempre. Laura, desde el suelo, le miró con
irritación. No comprendía como aquel hombre podía
ser siempre tan feliz.
-¿Quién es toda esta gente? -Preguntó a su marido.
-Nada, querida. Son los damnificados.
-¿Qué dices?
-Los damnificados del terremoto. Son buena gente. Fueron escogidos
expresamente por tu amigo Paco, para que no tuvieras problemas.
¿Recuerdas?
-Pero ¿cómo vamos a vivir con tanta gente?
-Ya deberías estar acostumbrada. Llevan en la casa más de
tres meses. Y seguirán aquí hasta que el gobierno les
provea de una vivienda digna.
Laura se sentía muy extraña en su casa con tanto
niño correteando por aquí y por allá. Y, encima,
el irritante pazguato de su marido ¡lo encontraba todo tan
natural y tan aceptable! Nunca se enojaba por nada y parecía
inmunizado contra todas las contrariedades. Ella, sin embargo, notaba
que le venía a todo galope la jaqueca y adivinaba que iba a
tener un día fatal.
-¡Querida! ¡Querida! -Dijo Pablo con cariño-
¡Tienes una cara horrible! ¿Por qué no te das una
ducha y exorcisas la jaqueca?
-¿Una ducha?
-Luego, podemos irnos a comer a un restaurante.
Laura no estaba en condiciones de discutir nada y se sentía mal.
Pero, la idea de la ducha le pareció buena. Se fue por el
pasillo hasta el cuarto de baño que tenía la puerta
abierta. Al acercarse le llegó un hedor penetrante y Laura dijo
“fooo”. “Lo siento -respondió una voz desde el baño-.
Estos días ando mal de vientre.”
Laura huyó de nuevo en dirección al salón ruidoso
y lleno de niños que seguía fuertemente iluminado. Se dio
cuenta que los niños corrían alrededor de los muebles del
salón. Estos muebles habían sido corridos hacia el centro
por aquellas señoras para que los niños pudieran correr a
gusto dando vueltas por el salón.
Se les veía tan sanos y tan activos que
eran una gloria para la vista. Pero, Laura se echó las manos a
la cabeza tratando de conjurar con ese gesto la llegada de la jaqueca.
Pablo, al verla en aquel trance, la cogió tiernamente entre sus
brazos. Al hacerlo oyó como una de las niñas le
decía a la otra: “Ahora va a besarla. Va a darle un beso en la
boca. Mira. Mira. Ahora la besa.”
-Te veo mal, Laura -dijo Pablo-. Deja la idea de la ducha y vamos al
restaurante. Y no te preocupes. Con suerte, por el camino nos cae un
buen chubasco y te hace el mismo efecto que la ducha.
Laura se dejó convencer por las palabras siempre razonables de
su marido. Eran como palabras mágicas. Pablo siempre
conseguía con sus palabras cualquier capricho que se imaginara.
Salieron de la casa y se fueron bajando por la escalera. Iban bien
cogidos de la mano.
-Esto está muy oscuro.
-Ya lo sé querida. Pero el ascensor está averiado. Todo
es culpa del terremoto. Además, caminando haces ejercicio y
reduces la celulitis. Te vendrá muy bien.
Cuando llegaron a la calle se encontraron con que estaba lloviendo y
hacía sol al mismo tiempo. "Imposible esperar mejores augurios
-pensó Pablo-. Lluvia y sol. La luna en la casa de
Júpiter. Marte saltando la tapia para entrar en el patio de
Venus."
Laura casi mete su pie en un pequeño socavón y Pablo lo
evitó justo en el último par de segundos. Y esto lo hizo
a pesar de tener su cabeza visualizando las posiciones astrales.
-Marte saltando la tapia de Venus. Tal vez, estos planetas anunciaban
expectativas concupiscentes. ¡Quién sabe lo que se les
puede ocurrir a los planetas en un día como este! ¡Son tan
proclives al pendoneo! -Esto rondaba por la cabeza de Pablo.
Iba Laura por la calle con la frente levantada. Marchaba cogida del
brazo de su marido y aspirando el aire dulce de la mañana. La
jaqueca parecía haberse evaporado en la nada. Iba ella con su
pijama de fina seda... bueno, ya saben eso. Era una especie de pijama
pantalón con amplias perneras. Y éstas se ponían a
volar con la más ligera brisa; eran ingrávidas y
descaradas.
De pronto, empezaron a caer algunas gotas. No era nada. Unas gotitas de
muy poca cosa.
-Se me va a mojar el pijama, Pablo.
-Míralo por el lado bueno, querida. Así se descarga un
poco toda esa electricidad estática que transportas.
Ahora, empezaron a caer gotas gordas como garbanzos que rebotaban y
cambiaban de dirección con solo ver el tejido eléctrico.
Era como si las esferas de agua se vieran repelidas por el campo
electrostático. Pero, poco a poco, el tejido fue perdiendo la
carga positiva y se fue mojando. Ahora Laura se veía casi
desnuda con su pijama mojado pegado a los relieves de su cuerpo.
-¡Es una idea horrible! ¿Y donde dices que vamos?
-preguntó Laura.
-Vamos al restaurante.
-Pero, estas no son horas de almorzar.
-¿Qué importa eso, querida? Si llegamos tarde, no vamos a
encontrar mesa.
Laura, de pronto, se dio cuenta que había una muchedumbre
dispersa por la calle. Todos iban en la misma dirección.
-Y esta gente ¿a dónde va?
-Creo que van todos al restaurante. Ya te dije que es un lugar
excelente. Debemos darnos prisa, no sea que se nos adelanten y no
consigamos mesa.
A Laura, todo aquello le parecía absurdo. Pero, las palabras de
su marido parecían siempre tan lógicas que no
podía negarse. Así que se vio chancleteando por los
charcos de agua como una niña pequeña y traviesa. El
pijama de seda estaba empapado por la lluvia. Se sentía entre
incómoda y desnuda. Miró a la gente que caminaba para ver
si la observaban con ojos de lascivia. Pero, no vio que nadie se fijara
en su bella desnudez. Empezó a temer que estuviera perdiendo
facultades. Ni siquiera su marido, siempre insaciable, se fijaba para
nada en su glorioso cuerpo pegado al pijama. Todo el mundo
parecía concentrado en la marcha que llevaba. Sintió que
su marido le obligaba a acelerar el paso. Todos iban a lo mismo. Era
decepcionante.
-¿A donde va toda esa gente?
-Ya te lo dije, Laura. Todos van al restaurante.
-Pero, fíjate en mi pijama. ¡Está empapado!
-Solo está húmedo, Laurita.
-Y encima está lloviendo.
-Pero, mira que lindo luce el sol por aquella banda. En un momento se
secará tu pijama.
-Es que me veo desnuda.
-Estás muy linda desnuda -dijo Pablo golpeándole
discretamente los glúteos con la palma de la mano.
Ella sintió el efecto agradable del golpe. Notó una
descarga eléctrica por sus centros placenteros y las zonas
adyacentes. Se sitió muy confortada. Una leve ola de sobrio
placer hizo vibrar todo su cuerpo. Se sintió mejor y notó
que su marido le apretaba los hombros con su fuerte brazo. Se
dejó llevar con paso ligero, a pesar de tener las chancletas
empapadas. Al llegar a un cruce, vio un arrollo inmenso de agua barrosa
que corría por toda la anchura de la calle.
-Tenemos que cruzar por aquí -le dijo Pablo.
-¿Por aquí? ¡Que horror! Está lleno de agua.
-Esto no es más que un agua de nada, Laura.
-Me voy a mojar las zapatillas.
-Ya las tienes empapadas. No te preocupes. Mira. Todo el mundo
está cruzando por esta parte.
De nuevo, Laura tuvo que reconocer que su marido tenía
razón en esto. Todo el mundo estaba cruzando la calle sin
importarle el agua que corría.
A Laura no le gustaba seguir los gustos de la mayoría. Pero,
estaba claro que ese restaurante debía ser un lugar muy
interesante. No había otra explicación mejor para el raro
fenómeno social. El agua corría rápidamente por la
calle y pasaba bastante mas alta que el tobillo.
-Me estoy mojando -dijo Laura.
-No son otra cosa que baños de pies. Muy sano para la
circulación.
Laura sentía con cierta irritación que su marido todo lo
encontraba soportable. Ella era más propensa a rebelarse contra
los elementos, las imposiciones y las modas sociales. Pero, su marido
siempre la llevaba dulcemente al huerto de su propia mansedumbre. Todo
lo encontraba bien y tenía siempre razones muy lógicas
para explicar las situaciones más absurdas e intolerables.
Por fin cruzaron la calle convertida en arroyo y se vieron de pronto
ante un portero vestido con un bello uniforme verde fosforescente.
Estaba hecho con un grueso tejido de lana y tenía las solapas
cosidas a doble paño. Éstas iban cruzadas con amplitud y
lucían unos grandes botones dorados que reflejaban la luz del
sol. Éste surgía en este momento exacto en un claro de
las nubes para anunciarles de modo milagroso que habían llegado
al restaurante. La luz reflejada por los botones deslumbraba la vista.
Pero, esto no impidió que Pablo se fijara con cierta envidia en
unas cuerdas muy gruesas de seda roja que colgaban de las hombreras del
portero. Y para terminar, su atención se concentró en las
gruesas borlas que le daban fin y colgaban de los aquellos cordones. Se
parecían a esas borlas que usaba antaño la aristocracia
para tocar la campana y así llamar al servicio. El portero
reflejaba en su cara una dignidad insospechada. Mantenía su
rostro con la frente alta, como mirando al futuro, y mostraba un
mentón protuberante y amplio. Además, conseguía
realzar esa dignidad con una panza de buenas dimensiones; ésta
se extendía desde la púdica entrepierna hasta el mismo
cuello.
-Ya ves lo bien alimentado que está el portero -dijo Pablo-. Si
este restaurante fuera tacaño no sobraría nada para darle
de comer. Y los empleados se verían famélicos y
demacrados. Pero, esto me indica que se trata de un restaurante con
mucha abundancia y mucha calidad.
El portero señalaba con su brazo extendido a una escalera sin
decir una palabra. Pues, al parecer, debía tener instrucciones
de la dirección de permanecer en esa postura inmóvil. Era
para no descomponer su imagen solemne. La gente que llegaba allí
tampoco precisaba de mayores explicaciones. Se entendía
perfectamente que habían de subir por aquella estrecha escalera
de hormigón. Era una escalera muy empinada, pero también
muy flexible. Se encontraba libre de obstrucciones materiales por ambos
lados y esto le daba un aire muy esbelto. Imagino que se hizo
así a propósito. Con el fin de que oscilara libremente en
el vacío. Y según la gente subía por la escalera
se generaba un ligero y suave balanceo como si fueras en un buque por
el mar. Algunos sentían que se mareaban. El marido de Laura la
empujó tiernamente para que se decidiera a subir por la
escalera. En muchos tramos no tenía barandilla protectora y en
otros había unas tablas provisionales de esas que se usan en las
obras, de modo que no inspiraban mucha confianza. Daba la
impresión de que si tocabas esas tablas con poca delicadeza se
podían caer al suelo sobre las cabezas de la gente que llegaba.
Pablo y el resto de la gente subían y subían por la
escalera que parecía interminable. Se veía mucha gente
que subía por la parte de arriba y otra que llegaba por la parte
de abajo. La escalera se balanceaba como dije. Y era tal la
armonía de este balanceo que estaba considerada como una obra
maestra de la arquitectura. No sería descabellado que a este
lugar tan singular llegaran de visita los estudiantes de arquitectura
de todo el mundo. De ese modo podrían admirarse del atrevimiento
de la obra y sacar fotografías. Imagino que podrían decir
con orgullo justificado: Yo estuve en la escalera oscilante del famoso
restaurante.
-¿Cuánto falta para llegar? -Dijo Laura jadeando.
-No puede faltar mucho.
Las palabras de Pablo confortaron a Laura. Su marido casi siempre
tenía razón. Incluso cuando le atacaba una de aquellas
horribles jaquecas. Él sabía hacer, con sus habilidosas
manos, unos certeros masajes que le cambiaban por completo la desgana
de su cuerpo. En este momento decía que no y en cosa de pocos
minutos se veía Laura, sin saber como, diciendo que sí.
Era un brujo. Y se tomaba para ello todo el tiempo que fuera necesario.
Pero no entraba nunca hasta que ella le rogara y suplicara que lo
hiciera. La jaqueca, con este tratamiento, solía desaparecer de
un modo milagroso.
Por fin, Laura y Pablo llegaron al final de la escalera. Terminaba la
escalera con un puente a mano izquierda que conducía a una
entrada cavernosa. Allí, una mujer muy pequeña y
regordeta hacía gestos de saludo al estilo japonés y
decía algo, que sonaba como chino mandarín, al tiempo que
les hacía señas con la mano para que avanzaran por el
largo pasillo. Al cabo de un rato, el pasillo iba presentando giros y
más giros en ángulo recto. El pasillo estaba inclinado en
rampa de modo que no hacías otra cosa que bajar y bajar. Pero,
todos iban muy bien dispuestos y no se preocupaban por la escasa luz
del pasillo. Por fin, después de muchas vueltas, aparecía
una pared con un gran cartel que decía “Entrada al Restaurante”.
Y debajo del cartel podía verse una puerta. Ésta era
cuando menos peculiar. Era tan pequeña que escasamente
tenía un metro de altura. Laura vio los esfuerzos que
hacía un gringo rubio y alto, de complexión robusta, para
pasar por aquella puerta. El gringo se agachó, se encogió
y se retorció con tal habilidad que consiguió pasar,
aunque la abertura era bastante estrecha para su cuerpo. Laura
pensó, con razón que, si había conseguido pasar
por allí aquel corpulento gringo, ella no tendría ninguna
dificultad para hacerlo, pues era menuda. Y se acurrucó de
inmediato para pasar. Pablo se sintió aliviado al ver que no
tenía necesidad de dar instrucciones a su mujer para pasar por
aquella puerta.
Una vez que hubieron pasado se vieron en un gran patio de estilo
español. Cuando menos, Pablo, aunque no era experto en
arquitectura, creía saber que aquello era un patio
español. No sabría dar razones del por qué. Era un
instinto, quizá. Había una enorme palmera tropical
plantada en un gran barril, debía ser la famosa palmera
española del Guadarrama, y el suelo estaba pavimentado con
losetas grandes de basalto. Noble basalto español, sin duda.
Esto por si solo ya era un detalle que le daba una gran
categoría al patio. En la pared, una flecha indicaba la
dirección probable del restaurante.
De pronto, llegaron al punto donde existía una valla para el
control ordenado del acceso al comedor. Este debía ser lugar,
sin duda.
-¡Que pasen diez más! -Dijo un sujeto con pinta de
camarero.
Éste no tenía la camisa muy limpia y se podía ver
claramente que tenía unas manchas de vino y otras de aceite.
Además, por la zona de la panza se podía ver toda una
tonalidad grisácea de origen mal determinado.
El paso estaba cortado por una barrera de control. Esto ya lo dije.
Pero se trataba de una barrera tan singular que solo te imaginas pueda
existir otra igual en un restaurante tan deseado como éste. Era
una barrera ecológica. Construida con un seto de plantas vivas.
Estaba hecha con arbustos de boj bien recortados y mezclado todo
sabiamente con piracantas y hiedras. Todo quedaba revuelto con un arte
un tanto ácrata y despendolado. A la mayoría de los que
llegaban se les veía en sus caras que estaban impacientes por
entrar al comedor. Los más, siendo de complexión
atlética, no dudaban en saltar fácilmente por encima de
la valla protectora que tenía poca altura. Pero, Laura nunca fue
muy buena en deportes y se vio cortada en sus deseos de pasar al otro
lado saltando. Por fortuna, Pablo estaba al tanto de todo y vio la
manera de pasar el seto sin necesidad de saltar. Era un hueco apenas
insignificante. Pero, si te arrastrabas hábilmente por el suelo
podrías pasar fácilmente al interior. Pablo se
sentía capaz de saltar el seto, pero se quedó al lado de
Laurita por pura solidaridad conyugal. Y de eso modo fue como
entró, arrastrándose por el suelo después de pasar
ella. Laura se veía muy feliz. Hacía tanto tiempo que no
hacía una cosa igual. ¡Que placer, arrastrarse por el
suelo!
Ya en el interior del comedor, los esposos se encontraron con una dama
gruesa que les cortaba el paso. Tenía todo el aspecto de ser una
cocinera o, tal vez, era la ayudante misma de la cocina. Se la
veía toda pringada de grasa y se cubría la cabeza con un
paño bastante sucio por el aceite de las fritangas.
La señora, al ver que traían las
manos vacías, con tono hosco les pregunto: ¿Dónde
están las viandas? Ellos se quedaron perplejos, pues eran unos
ignorantes en lo que respecta al tema este de los restaurantes
afamados. De modo que habían llegado hasta allí y no
habían traído nada.
La señora impaciente les gritó diciendo: “Fuera, fuera.
Dejen sitio a la clientela.” Pablo, sintió que tenía
derecho a hacer alguna pregunta.
-¿Que nos aconseja, la señora, que hagamos?
-Vuelvan al punto de partida y traigan algo de comida.
Laura se sintió muy contrariada. Pero, Pablo razonó con
una sonrisa diciendo que toda la culpa era solo suya. Pues no
había tenido la precaución de venir bien provisto para el
viaje. Y abrazó a Laura con su brazo poderoso para compensarla
de aquella decepción. Ella sintió la fuerza de su brazo y
se calmó un tanto de su irritación.
-Es natural, Laurita. Este restaurante es muy importante y es necesario
respetar sus normas. Si no fuera así, el mundo se
hundiría en la anarquía.
Pablo aceptó la situación con una resignación
inteligente. En un lugar tan solicitado no va uno a venir con
exigencias. Y se dirigieron de nuevo hacia la barrera ecológica.
Pero ésta estaba, en estos momentos, ocupada con toda una
muchedumbre de hambrientos que saltaban alegremente por encima del
seto. Y cuando miraron a la parte baja vieron que todos los huecos
posibles estaban ocupados con la gente menos deportiva que reptaba con
gran afán para entrar en el comedor.
Decidieron tomarse las cosas con paciencia y se dispusieron a esperar
que el seto se viera libre de tanto hambriento pugnando por entrar.
Estaba a la vista que el camarero, el que mantenía el orden
cuando ellos llegaron, ya se había retirado de su puesto. Es por
eso que el lugar se había sumergido en un estado de
anarquía lamentable.
Para calmar los nervios de Laura, Pablo le daba discretas palmadas en
las nalgas con su mano. Ella sentía como se expandían por
su cuerpo leves oleadas de corrientes placenteras. Por otra parte, el
pijama de Laura estaba ya totalmente seco y se estaba cargando de
electricidad estática. Esto hacía que el tejido de seda
se comportara como una barrera flotante e inmaterial. Gracias a estas
propiedades, Laura podía sentir sobre los vellos de su piel
hipersensible las más leves corrientes de aire que
ascendían por sus muslos. Esto la excitaba mucho y le
hacía sentirse completamente desnuda. Esta sensación se
incrementaba mucho en ciertos días privilegiados; sin que ella
pudiera explicar el por qué de estos fenómenos
atmosféricos.
Sabía Laura que, en cualquier momento, uno de aquellos clientes
atléticos que saltaban la barrera se iba a percatar de la
plenitud de sus muslos; tan ocultos a la vista pero, al mismo tiempo,
tan cercanos al tacto de una mano intrépida. Una mano que
tuviera el valor de perder la compostura y la decencia; en un momento
de esos que luego resultan totalmente inexplicables. Ella sentía
que algo iba pasar en cualquier momento.
Hubo un momento en que Laura entrevió un destello de lujuria en
los ojos de un joven que se arrastraba bajo el suelo. Creyó ver
que la miraba desde el suelo de un modo lascivo y esto aumentó
su excitación. Pero el joven, al parecer, supo controlar sus
bajos instintos con firmeza. Y al incorporarse se fue directamente
hacia la cocinera que cerraba el paso a todos con su inmenso cuerpo y
sus brazos potentes. El joven le entregó unas chuletas de vacuno
y unos chorizos parrilleros y se fue raudo a ocupar sitio en una mesa.
Laura se dio cuenta que todos traían algo para la cocinera. En
lugar de carne vacuna, algunos traían gallinas o conejos.
También traían botellas de vino. Pero, había gente
generosa que incluso traía botellas de champán. La gente
más modesta traía su tartera de aluminio con los
ingredientes justos para hacer una tortilla de papas. Los clientes
llegaban todos bien provistos y se notaba que no habían dejado
nada al azar de la improvisación.
Pero, Pablo, a pesar de su ingenuidad y de su
falta de precauciones, tenía una paciencia infinita y estaba
dispuesto a esperar todo lo que fuera necesario. Estaba dispuesto a
rehacer todo el camino hasta su casa. Entraría en ella,
tomaría todo lo necesario de la despensa y volvería a
este lugar. Quería disfrutar de las delicias de un restaurante
tan prestigioso como este. Por nada se perdería esta experiencia.
Autor: Leopoldo Perdomo
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