LOS CUENTOS DE PERDOMO

Tócale los preludios a Mister Johnson

Yo soy de un familia muy afortunada de Mallorca. Bueno, muy de Mallorca tampoco somos, porque mi padre es de Teruel y mi madre de Zaragoza. Ambos trabajaron duro en la hostelería, y a fuerza de ahorros y privaciones sobre las cosas más banales de la vida, hemos conseguido tener una casa muy coqueta con dos habitaciones alquiladas a unos ingleses que regresan todos los años como las golondrinas. En esta familia todos tenemos algo en común. Y es que somos de la Iglesia de los Testigos de Jehová. Desde ahora mismo les ruego que me perdonen por la cantidad de veces que nuestros misioneros han ido de puerta en puerta dándoles la lata a uestedes, los pobres infieles, aunque mejor me quedaría si diría que van pregonando la palabra de Jehová.
    Digo que somos una familia afortunada y no miento del todo. Mi madre es muy sencilla y amable, y no sé muy bien de donde sacó estos modales tan cosmopolitas que tiene pues no casan con el estilo de los parientes que tenemos en Zaragoza. Ni tampoco nos parecemos nada a los parientes de Teruel. Claro que estos parientes nos miran un poco con recelo desde que se enteraron que nos hemos hecho adictos a la verdadera iglesia de Jesucristo.
    Yo realmente no debería estar contándoles estas cosas porque no me está permitido hablar con los infieles, o sea ustedes, como no sea para venderles una Biblia o un folleto religioso que se llama La Atalaya.

Una de las cosas que nos hace más interesantes es que estamos pues tan felices y esperamos como si tal cosa, la llegada del Fin de Mundo. O sea, el Armagedom propiamente dicho, que así es como le llaman los entendidos que somos nosotros.
    Pues aparte de tener una casa un tanto preciosista, con unos muebles que parecen de lujo, tenemos unos grandes ventanales por donde entra la sana luz del sol. Digo que, aparte de tener una casa tan linda, tenemos también un gato de Cheshire y un piano Goldenstein. El supervisor nos ha venido muchas veces con la historia de que debemos vender el piano y así le damos a la iglesia el dinero obtenido de la venta. Como hacían los cristianos primitivos. Yo creo que tenemos nuestra fe como los demás hermanos, o incluso más que algunos, si esto se puede decir. Pero no acabamos de entrar por el aro en cosa de vender el piano. Más que nada porque perderíamos una gran parte de nuestro encanto. Que una cosa es que seamos Testigos de Jehová, y otra muy distinta es que seamos cristianos primitvos. Vamos que mi madre no está dispuesta a echar por la borda una parte substancial de nuestros modales cosmopolitas.
    Y es que no se lo van a creer, pero entre los ventanales, el gato de Cheshire y el piano, tenemos como un no sé qué de encantador. Yo diría que tenemos carisma, porque hasta el mismo supervisor (el cura que dirían mis queridos lectores) viene con frecuencia a nuestra casa a tomar el té y bien que se atiborra, sin el menor disimulo, con las galletas danesas que valen un dinerito. O sea que mucho decirnos que vendamos el piano pero no pierde oportunidad de pedirle a mi hermana que le toque algo. Ella como es muy amable le toca algo al piano. Porque, no lo he dicho todavía, pero mi hermana Helena toca muy bien el piano. Está especializada en cosas de esas finas, de Chopin sobre todo, pero también hace algunos pinitos con unas piezas de Tchaikovsky pero esto es mucho más difícil. Yo soy muy torpe con el piano y solo toco algunas tonterías de esas que llaman "potpourri" que es una palabra en francés. Porque en casa, aunque somos unos cosmopolitas del quince, el francés no lo hablamos, sólo el inglés y el alemán.
    A mi hermana Helena le encanta tocar las cosas de Chopin. Se pasa mucho tiempo tocando para terminar la carrera de piano; aunque yo creo que lo tiene muy difícil. Mejor sería que se dedicara a trabajar en la hostelería, pero mi mamá no quiere que lo deje. En fin que tendremos una pianista para mucho tiempo.

Con frecuencia, en invierno, viene a hospedarse en casa Mister Johnson de Newton Abbot, que eso queda por la parte de Devon. Según llegas al canal de la Mancha pues te queda como a mano izquierda. Mr. Johnson siempre viene echando pestes de la humedad de su tierra como si aquí no tuviéramos también la parte de humedad que nos toca como a todo el mundo. Le encantan los ventanales tan amplios que tenemos y dice que por ellos entra la gracia de Dios. Como la mayoría de los ingleses que nos visitan son paganos, o sea que no son de la verdadera iglesia de Dios, pues de cuando en cuando el supervisor viene con dimes y diretes a ver si nos saca algún dinero. Y añade que todo lo que le demos a Dios nos será devuelto al ciento por uno. Y dice que esto es mucho más interés de lo que ningún banco nos pueda pagar nunca. También dice que no nos conviene que acumulemos dinero ya que los hermanos murmuran de nosotros y dicen que somos ricos. La verdad sea dicha que tampoco le hacemos mucho caso a estas habladurías. Pero el supervisor es muy sabio porque siempre consigue que mi madre le dé algo de dinero al marcharse.

Nosotros conocemos cuales son los gustos y caprichos de Mister Jonhson. Mi mamá le prepara el té al modo antiguo, como a él gusta. Nada de usar esas horribles bolsitas, sino que se monta todo un ritual muy meticuloso como si hubiera aprendido a hacer el té en una escuela de geishas de Kyoto. A mister Johnson le encantan también las galletas danesas de mantequilla. Se repantinga en el sofá con delectación y separa las rodillas discretamente. Entonces mi mamá le dice a mi hermana en un tono cantarín.  ¡Helena, querida! ¡Tócale los preludios a Mister Johnson! Y mi hermana, que ya estaba esperando este momento de gloria, se pone muy contenta. Su cara se ilumina con una luz celestial y parece un ángel venido del cielo. Ella se pone en la posición correcta y le toca los preludios a Mister Johnson. Y uno ve como el mister se va excitando con la melodía y se queda como transpuesto o en trance. Y no es para menos, porque conozco muy bien las virtudes de las manos de mi hermana. Tiene los dedos suaves como la seda y la milagrosa propiedad de tenerlos siempre calientes. Lo cual que es una gozada como bien se pueden imaginar. Mientras ella va le tocando los preludios, Mister Johnson se va quedando en trance y entornando los ojos. En algún momento, cuando ocurre un silencio entre la melodía, me ha parecido oír que emitía una especie de jadeo. Pero al hacerlo de un modo muy discreto no he podido nunca estar seguro de este detalle.
    Yo creo que el mister viene tanto a nuestra casa por lo bien que mi hermana le toca los preludios.
    Otros vienen también a nuestra casa una o dos veces al año. Tal es el caso de Mister Haddock de Salisbury. A él también le encanta tomar el té de las cinco, cómo a todo buen cristiano, pero en lugar de galletas danesas prefiere la tarta de manzana que mi mamá hace muy bien con canela y pasta de jengibre. Y aunque a este mister también le gusta que le toquen los preludios, he podido ver que prefiere los nocturnos. De modo que mi hermana Helena, fiel al espíritu hospitalario y cosmopolita de la familia, se ha he hecho muy habilidosa también con los nocturnos. Helena prefiere el nocturno de Chopin pero es capaz de ejecutar todos los nocturnos de los grandes compositores.

Una de las cosas más encantadoras de mi casa, aparte de que mi hermana que toca muy bien el piano, es que somos cristianos de la verdadera fe. O sea que otras personas no son felices porque no viven en la verdadera fe como nosotros, ni tampoco tienen un piano y un gato. Que esto ayuda mucho. La gracia de la verdadera fe es que cuando llegue el fin del mundo, todos se van a fastidiar por infieles y se quedarán en el infierno. Pero nosotros estaremos aquí en la tierra disfrutando de la vida en calidad de bienaventurados. La tierra se quedará sin polución y todos los animales se volverán vegetarianos. Por eso el león pacerá yerba junto a las gacelas y las ovejas. Y las serpientes venenosas ya no picarán a nadie ni le inyectarán su veneno, sino que comerán solo los frutos que se caigan de los árboles. Y los adultos y los niños no envejeceremos nunca más, ni los niños crecerán, sino que todos se quedarán tal cual son de pequeños para siempre. Con lo cual seremos muy felices. Imagínate a mamá por toda la eternidad diciéndole a mi hermano pequeño de siete años, ¡David! Hazme el favor de quitarte el dedo de la nariz. Y mi hermano va y se quita el dedo, pero al cabo de un rato, cuando ella no mira, va y se mete otra vez el dedo en la nariz. Las muchachas se pasarán la vida tonteando con los novios sin llegar nunca a nada, no solo porque es pecado, sino por su falta de madurez y decisión, ya que no crecerían nunca. Se pasarán la vida en una eterna adolescencia. Y yo me veré a mí mismo metiendo la mano en le bolsillo del pantalón y la cosa se me pone… pues ya se imaginan como se me pone, porque ya tengo catorce años, y así estaré por toda la eternidad. Metiéndome la mano en el bolsillo. Y las mamás entrometidas le dirán al niño pequeño, ¡Jacobo! ¡No te toques la cosa fea que luego va y te crece! Y así recriminando a los niños por toda la eternidad. Y como ya no envejecerán pues tampoco tendrían necesidad ninguna de parir más hijos y así por los siglos de los siglos. Y como al señor no le gusta nada que la gente ande copulando al sol por los prados pues no sé como se las arreglarán las parejas adultas y mucho menos las solteras. Creo yo que el Señor, en su infinita sabiduría, les dará como una hipnosis que les borrará la lujuria de la cabeza. Que ésta debe ser una de esas cosas que le salieron mal a Dios ya que justo después de haber inventado la lujuria cambió de opinión y se ha pasado toda la historia de la humanidad prohibiéndola con mucha perseverancia.
    Por eso imagino que el Señor echará sobre los pastos un rocío de hormonas anticonceptivas para que las ovejas no se queden preñadas.  De ese modo se evita que las bestias crezcan de un modo desordenado y se agoten los pastos miserablemente.  Porque en las estampas ilustradas se pintan unos prados verdes que nunca se agostan porque las nubes obedecen la voluntad del Señor y todos los días al anochecer llueve un poco para que la yerba se mantenga fresca y verde durante todo el año. Y nosotros también seremos vegetarianos y podremos comer yerba junto con los leones, las ovejas y las cabras, aunque no me veo bien en esa postura de cuatro patas por toda la eternidad. Por eso prefiero imaginar que seremos como buenos primates y siempre estaremos comiendo frutas. De modo que algunos artistas nos pintan como si fuéramos una banda de chimpancés enganchados en las ramas de las higueras y de los albaricoqueros. Y que los árboles no pararán de dar sus frutos durante todo el año y estarán así para siempre. Todo muy bonito, mientras tenemos una especie de amnesia, de modo que uno no se acuerda para nada de los incrédulos que están condenados en el infierno por haberles dado con la puerta en las narices a los pobres misioneros que venían a brindarles las verdades verdaderas de Jesucristo el Hijo de Dios.

A todo esto debo confesar que tenemos un pequeño agujero en nuestra felicidad y es que nuestro padre se hizo apóstata y ya no vive en casa. Yo no sé nada de esto porque no he tenido oportunidad de preguntarle. Pero mi tío Federico, que no es de nuestra misma fe, me dijo el otro día: ¿Tu padre? ¿Qué es qué? Y yo le digo "que es apóstata". Y él me dice: No es apóstata ni gaitas. Lo que pasa es que tu padre se lió con la secretaria, que tiene veinte años menos. Por eso se fue de casa.
    Y digo yo que como es que mi padre a su edad, y con esa calva que tiene, se dejó llevar por un arrebato de lujuria. Pero mi tío dice que yo soy muy joven para entender estas cosas y lo mucho que mandan las hormonas cuando uno se pasa de los cuarenta. Por eso pienso yo que, por causa del adulterio, mi padre ya no podrá pacer yerba fresca con nosotros por toda la eternidad en las praderas del Señor. No podremos estar juntos en la misma higuera comiendo higos dulces, ni melocotones en almíbar, ni tartas de manzana con canela y jengibre. Me da a mí que no podrá. Pero no sé si esto será posible en el paraíso terrenal que se lo tengo que preguntar al supervisor. Bueno, mejor no se lo pregunto que igual me toma por apóstata y me dice: Llevas el mismo camino que tu padre. El camino de la apostasía.

LEOPOLDO PERDOMO



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