UN NIÑO POBRE

Hubo un tiempo en que fui niño. Recuerdo que tenía cosa de diez años y ya me manejaba seguro con el vocabulario. Tenía aprendidas, ya muy bien, todas las palabras decentes y las otras que usaban los niños del barrio. Pero, sobre todo, debo agradecer a los cómics por haber elevado mi educación léxica hasta las cotas más altas a las que puede aspirar un niño pobre. Por eso algunos pensadores decían que yo era un niño mutante.
     En esta carrera mía colaboró con mucha energía mi tío Eustaquio; el cual era conocido por el nombre artístico de "Don Próculo". Este tío mío, lo era por parte de madre. Iba por las aldeas y los caseríos vendiendo hojas de afeitar, mecheros, peines, y otros adminículos del aseo. Para atraer a las masas pueblerinas se servía de su palabra rápida y potente y en un momento conseguía que se formara un corrillo a su alrededor. Su voz era tan milagrosa que conseguía vender rápidamente casi todas las existencias de hojas de afeitar, peines y piedras para el mechero que llevaba en la maleta.
     Tenía miedo mi tío que se pudieran perder estas habilidades artísticas y verbales con las que fue dotado por la madre naturaleza. Y por eso trataba de hacerme una transferencia, ilegal según la opinión de algunos, de aquel don divino: la palabra. Sea como fuere. Ilegal o no. Con la ayuda de mi tío conseguí enterrar, bajo diez metros de ierra, una timidez que me afectaba al habla con un cierto tartamudeo.
     Con el entrenamiento de mi tío, hablaba ya más que un loro. Y mi pobre madre trataba siempre de hacerme callar porque mi parloteo le daba dolor de cabeza. A tanto llegó mi soberbia parlanchina que como nadie me escuchaba tuve el atrevimiento de ponerme a escribir una novela. "Era un crudo invierno en las montañas nevadas de los Alpes y estabamos a tantos y tantos de mil ochocientos tantos." Creo que empezaba así mi novela. Reconozco mis faltas y ahora sé que se trataba de un conato de soberbia; casi un delito.
     De alguna manera, puede decirse que yo era entonces un niño travieso y poco dado al raciocinio; pero si hubiera que castigar a alguien, mejor deberían buscar a mi tío Eustaquio, él me soltó la lengua. Al pobre, que en paz descanse, ya poco mal pueden hacerle. Le salió un... ¡eso no se dice, niño! un algo tremendo en la laringe y acabó hablando por un agujero que le hicieron por delante en el cuello; justo debajo de la nuez. Fue una cosa horrible y sonaba fatal cuando hablaba. Resultado que nadie quiere hablar de lo que le pasó a mi tío Eustaquio. Mi madre me dice que eso le pasó por hablar tanto. Y añade que si no me corrijo me va a pasar a mí lo mismo. Entiendo que no se debe alentar esta tendencia en los niños con lo lindos que son calladitos. Pero menos que nada, no se debe hacer habladores a los desheredados de la fortuna que son los que más tienen que callar. Para hablar ya basta con los políticos y los predicadores. Y allí estaba yo, pecador de mí, dale que te dale al lápiz. Escribía más que nada porque mi madre ya no me dejaba contarle más historias y nadie más me escuchaba.
     Estaba escribiendo una novela ambientada en los Alpes. Casi nada. Me inspiraban unas montañas nevadas de un almanaque que había en la cocina. La culpa fue del almanaque. Imaginé que unas montañas con tanta nieve no podían ser otra cosa que los Alpes. Admito que siempre tuve el defecto de poner mis ojos en las alturas; sin darme cuenta de las dificultades. Entonces yo no entendía nada de montañas porque vivía en el llano. Y es que me gustan las cosas difíciles.
     Llevaba ya cosa de ocho o diez páginas escritas cuando un niño chivato le dijo al maestro: "Don Segi, Arturito está escribiendo una novela". Don Segismundo era un hombre que se indignaba ante las cosas intolerables y se escandalizaba de la velocidad con que se estaban perdiendo las virtudes cívicas. El maestro me miró con ojos severos y me dijo: ¿Es eso cierto, Arturito? Yo temblaba de miedo, pero al mismo tiempo me mantuve, solo por unos segundos, con un leve conato de soberbia; totalmente improcedente en un niño pobre. "¿Dónde está eso que estás escribiendo?", preguntó el maestro. Miró en mi mesa y allí estaba el cuaderno culpable. Se fue a su escritorio y se puso a leer. Al cabo de un rato me dijo: "Es una vergüenza que al copiar esta bella historia hayas puesto tantas faltas de ortografía. Debería castigarte por esto. ¿De dónde lo has copiado? Yo le dije que lo había inventado por mí mismo. La cosa se puso de tal modo tensa que el maestro decía que no y yo decía que sí. Y se formó un cierto guirigay de lo más impropio. En algún momento, las cosas se pusieron peor. Estaba desafiando impunemente a la autoridad civil. Eso era algo que no se podía tolerar. "¿Me vas a decir dónde está ese libro?" Y yo vuelta a decir que no. Que no había ningún libro. El bueno de Don Segismundo, sintió que le venía un conato de santa ira y no tuvo otro remedio que darme una bofetada. Solo por que no cundiera el mal ejemplo. Luego, ya con más calma, añadió: "Esto de leer está bien porque así lo ordena la autoridad competente, pero eso de andar escribiendo cosas sin el permiso de una entidad superior es algo muy peligroso y no se puede permitir. ¡Hasta ahí podíamos llegar!"
     Esta bofetada me hizo muy popular entre los chicos del barrio. Digamos que me dio una cierta aureola de algo; una especie de carisma. Ahora todos me respetaban y me saludaban. También me sonreían y les gustaba platicar conmigo.
     Ya no les importaba que tuviera aquel aspecto tan de muerto de hambre. Y olvidaron aquella mala costumbre que tenían de darme empujones e insultarme. Ahora, cuando había alguna duda sobre el uso de las palabras acudían a consultar conmigo. Me había convertido en un palabrero.
     Ese bofetón fue mi primer premio literario. Desde entonces trato de mantener un perfil discreto, no sea que me den otro premio.

     Autor:   Leopoldo Perdomo


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Espero que le hay gustado guste la lectura