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Todos tenemos mucha fe. Por eso nos
dijeron "tenéis
que palear y
palear en esta montaña y desplazarla treinta millas más
allá."
Nos cogieron por sorpresa con esa orden. Pero los agentes del Emperador
nos dijeron: "Al principio os parece una tarea imposible. Pero si os
ponéis
todos a una, los miembros de la aldea, y persistís durante
meses y años, al cabo de un tiempo podéis cambiar la
montaña
de lugar. Nosotros nos pusimos inmediatamente en marcha para llevar a
cabo
la faena. Recogimos todos nuestros aperos y nos pusimos a palear.
Acarreábamos
con sacos a la espalda y con carretillas todas esas piedras para
cambiarlas
de sitio. Y nos mortificábamos para ejecutar las ideas del mando
supremo y educábamos a nuestros hijos y nietos en esa
mortificación.
Y lo hacíamos para poder un día terminar esa tarea y
mover
la montaña de lugar.
Así fue que nos pusimos a discutir las directrices superiores.
Lo
hacíamos solo por seguir las órdenes del Mando Supremo.
Pero
muchos lo hacíamos con temor. Teníamos miedo a decir
alguna
inconveniencia. Y los agentes escuchaban y tomaban notas y animaban a
los
más bravos para que echaran sus flores al viento.
Nadie se extrañó cuando en un día precioso de
primavera
vimos a los que cultivaban las flores fétidas colgando de
venerables
encinas. Los buitres ya estaban dando cuenta de sus restos y ya solo
quedaban
algunos huesos colgando. Sentimos cierto temor en el secreto de
nuestros
corazones porque muchos estuvimos casi convencidos de nuestra innata
estupidez.
Pasaron varios siglos y en nuestra provincia ya nadie se acordaba de
aquellos
disidentes. Pero del fértil suelo pronto salieron otros nuevos
como
si fueran setas en los primeros calores de la primavera.
Hay gente que no entiende estas cosas. La montaña en apariencia,
pero solo en apariencia, parece que sigue en el mismo sitio de siempre.
Pero todos nosotros ya vemos el futuro. Dentro mil años, otros
dicen
que será al cabo de dos mil, habremos cambiado la montaña
de sitio. Y es justo que así sea, porque hemos venido a este
mundo
para obedecer y no para discutir la inteligencia suprema del Gran
Timonel.
LEOPOLDO PERDOMO |
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