CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO

LA FE MUEVE MONTAÑAS

    Todos tenemos mucha fe. Por eso nos dijeron "tenéis que palear y palear en esta montaña y desplazarla treinta millas más allá." Nos cogieron por sorpresa con esa orden. Pero los agentes del Emperador nos dijeron: "Al principio os parece una tarea imposible. Pero si os ponéis todos a una, los  miembros de la aldea, y persistís durante meses y años, al cabo de un tiempo podéis cambiar la montaña de lugar. Nosotros nos pusimos inmediatamente en marcha para llevar a cabo la faena. Recogimos todos nuestros aperos y nos pusimos a palear. Acarreábamos con sacos a la espalda y con carretillas todas esas piedras para cambiarlas de sitio. Y nos mortificábamos para ejecutar las ideas del mando supremo y educábamos a nuestros hijos y nietos en esa mortificación. Y lo hacíamos para poder un día terminar esa tarea y mover la montaña de lugar. 
   El emperador había dado una orden terminante, o al menos nos dijeron que esas eran las órdenes del emperador. Pero este Líder Supremo, nuestro Gran Timonel, no es como los demás gobernantes. Él da la orden y luego nos dice que discutamos las directivas en detalle a fin de que nos conveconvenzamos de que esa idea suprema no vino de su mente, sino que se nos ocurrió a nosotros de un modo casual. Pero todos sabemos, en el secreto de nuestros corazones, que una idea semejante no se nos podía ocurrir a nosotros mismos; porque somos de un natural perezoso y poco dados a tener ocurrencias geniales.  Así que el mando supremo nos invitó a pensar y nos decía. "Cultivad vuestras ideas. Airead vuestros más sutiles pensamientos." Pero teníamos miedo de hablar. Y los agentes del Gran Timonel nos decían: "No tengáis miedo de hablar. Porque de vuestras mentes saldrán miles de flores de modo que podréis pasear por vuestros propios jardines." Pero nosotros seguíamos medrosos y nos dijeron: El que no piense en voz alta está desobedeciendo al Emperador. Y el que desobedezca al emperador reo es muerte.
    Con este y parecidos argumentos empezamos a soltarnos la lengua y los agentes del Gran Timonel nos decían: ¡Así, así! ¡hablad del proyecto! ¡Liberad vuestras mentes! ¡Vuestros pensamientos son como las flores multicoles que adornan los prados en la primavera! 

   Así fue que nos pusimos a discutir las directrices superiores. Lo hacíamos solo por seguir las órdenes del Mando Supremo. Pero muchos lo hacíamos con temor. Teníamos miedo a decir alguna inconveniencia. Y los agentes escuchaban y tomaban notas y animaban a los más bravos para que echaran sus flores al viento. 
   Hoy ya lo entendemos. Fue de ese modo tan sencillo que pudieron separar el trigo de la paja. Enseguida hubo gente muy segura de sí misma. Algunos    empezaron a cultivar en su mente flores malolientes y decían: "¡Mover la montaña de sitio! ¿A quien se le ocurrió semejante gilipollez? ¿De verdad os creéis que vais a poder trasladar esa inmensa montaña treinta millas más allá?   ¡Sois una pandilla de estúpidos!" Y los guardianes aplaudían a los bravos pensadores. 

   Nadie se extrañó cuando en un día precioso de primavera vimos a los que cultivaban las flores fétidas colgando de venerables encinas. Los buitres ya estaban dando cuenta de sus restos y ya solo quedaban algunos huesos colgando. Sentimos cierto temor en el secreto de nuestros corazones porque muchos estuvimos casi convencidos de nuestra innata estupidez. Pasaron varios siglos y en nuestra provincia ya nadie se acordaba de aquellos disidentes. Pero del fértil suelo pronto salieron otros nuevos como si fueran setas en los primeros calores de la primavera.
   Nos quedamos sorprendidos cuando algunos se pusieron a refunfuñar. Poco a poco cogieron confianza y nos decían francamente: "Nos estáis robando nuestra bella montaña. Era tan alta como el cielo y era muy bella.   Ahora no es nada. Peor, es una basura." 
   Todos callábamos avergonzados. En verdad que todas aquellas laderas estaban en un estado lamentable. Pero al ver que aceptabamos nuestra culpa se sintieron animosos. Pronto ya no se recataban en sus protestas y decían,  "En los días de calor subíamos por las laderas de la montaña para  refrescarnos con la dulce brisa". 
    Pero tú no has venido a este mundo para argumentar con tus camaradas sino para obedecer las directrices de tu Sacro Emperador. Por eso no te extrañaste nada cuando viste las robustas ramas de las encinas decoradas con los disidentes colgando.

    Hay gente que no entiende estas cosas. La montaña en apariencia, pero solo en apariencia, parece que sigue en el mismo sitio de siempre. Pero todos nosotros ya vemos el futuro. Dentro mil años, otros dicen que será al cabo de dos mil, habremos cambiado la montaña de sitio. Y es justo que así sea, porque hemos venido a este mundo para obedecer y no para discutir la inteligencia suprema del Gran Timonel.  

   LEOPOLDO PERDOMO
 
 


 

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