EL
MENSAJERO DEL KREMLIN
Un mensajero va venir al koljoz desde Moscú. Nos
traerá palabras del líder supremo. Tenemos que estar
guapos y presentables. Hemos lavado nuestros mejores pantalones y
camisas y hasta nos hemos afeitado. Alguno se ha lavado incluso los
calzoncillos. Pero teníamos un problema, casi nadie tenía
hojillas de afeitar.
No sé como ocurrió; pero de
pronto, en la tienda, a Marika no le quedaban hojas de afeitar.
Afortunadamente, tenemos a Ivan Vasilevitch que se enteró de
alguien que tenía hojas de afeitar en una aldea vecina.
Así que cogió un caballo y se fue veloz hasta
allí, y nos trajo hojas de afeitar para todos. No hay ni un solo
problema que no se pueda arreglar con algo de ingenio y un poco de
buena voluntad.
También tuvimos la suerte que hace cosa de cuatro
días a Korelev se le ocurrió hacer carbón vegetal.
Esta no es una cosa que esté permitida; de modo que solo se
puede hacer el carbón cuando el director se ausenta.
Además el carbón debemos hacerlo en un lugar apartado;
porque el coordinador tampoco quiere vernos en estas faenas.
Así que gracias al previsor Korolev hoy
podemos usar las viejas planchas de carbón. No habrá
problemas para planchar las camisas y los pantalones. Y no es que
estemos atrasados en este koljoz, pues también tenemos nada
menos que una plancha eléctrica. Es el último modelo de
la técnica moderna. Todos estamos orgullosos de esta
plancha. Es
algo muy importante y además es un gran adelanto, pues no tienes
que andar soplando. Era todo un símbolo de los tiempos
modernos.
Este artilugio es muy valioso, incluso en los días que no
tenemos que planchar nada o carecemos de corriente
eléctrica. En los días veraniegos, el
contable abre de par la ventana y la puerta de su despacho.
Así
que el moderno artilugio es muy útil para evitar que el viento
se lleve volando los papeles por toda la estepa. Si se pierden los
papeles no hay modo que se puedan llevar bien las cuentas. O sea que a
cualquier adelanto se le puede buscar una cantidad insospechada de
usos, a poco que seamos algo despiertos y creativos. Pero debo
reconocer que, por causa de nuestra proverbial pereza, pueden pasar
meses sin que nadie use este moderno artefacto para los fines que fue
pensado por los ingenieros.
Naturalmente, ahora nos hayamos en un caso de
emergencia. Y, en casos así, con una sola plancha
eléctrica se hace muy poca cosa. No es culpa de nadie, sino de
nosotros mismos. De nuestra incurable falta de previsión.
No digo que sea poco una plancha
eléctrica. Tal vez sea suficiente si tuvieramos más fe en
el futuro. Si aceptaramos que todos somos iguales, dentro de nuestras
naturales diferencias. Porque aquí todos somos iguales. Pero
algunos, dentro de la igualdad, tienen cometidos muy diferentes a los
demás. El primero para usar la plancha eléctrica
será siempre el camarada director y su esposa. Esto nadie lo
discute. Luego viene el turno del contable y el coordinador con sus
respectivas. Después están el mecánico, el
electricista, las esposas de estos y luego venimos todos los
demás, por no mencionar a las mujeres. De modo que si hubiera
que establecer prioridades, entre los que somos más iguales,
tienen turno preferente los camaradas de más edad. Los
jóvenes nos quedamos a la cola. Luego vienen las mujeres que, al
fin y al cabo, no tienen que planchar la raya de los pantalones.
No sé cuando será la
reunión, pero me estoy preparando. Por fortuna hace ya unas
horas que estoy afeitado.
Mientras plancho mis pantalones me voy preguntando,
¿qué novedades nos traerá el mensajero de
Moscú? Pongo unos trozos de carbón en la plancha y soplo
con energía, una y otra vez, para avivar la brasa. De ese modo
consigues que la plancha se caliente bien. Luego, ya más
calmado, me pregunto ¿de qué nos hablará el
camarada mensajero? Estoy impaciente por escuchar sus palabras.
¿Serán las palabras mismas del líder supremo?
Tal vez no sean exactamente sus palabras. Sino
un eco fiel de las mismas. Porque ¿cómo podría el
padre de Rusia enviar un mensaje justo para nosotros, pobres
campesinos, perdidos en un koljoz de la estepa? No es que yo diga que
el líder supremo no pueda hacerlo, pues sé que es muy
poderoso. He oído decir que su capacidad de trabajo es infinita
y muy grande el poder de su inteligencia. Si el camarada supremo
quisiera enviarnos un mensaje no habría el modo de evitarlo.
Pero tampoco debemos ser muy ambiciosos ni soberbios. Ni esperar que
él se acuerde precisamente de nosotros, cuando hay tanta gente
por ahí con mayores problemas. Y no solo con mayores problemas,
sino con problemas graves, por no decir problemas inmensos.
Tal vez el camarada mensajero no venga a
resolver nuestros problemas. Pues son muy pequeños. Sino que
viene a hablarnos de los problemas que tienen los otros, las gentes en
otras partes de Rusia y en otros lugares remotos del mundo.
Pienso yo que el mensajero del Kremlin nos traerá un
mensaje del líder supremo. Pero tal vez no sean exactamente las
palabras mismas del líder lo que trae, sino el eco fiel de sus
intenciones. Imagino que el padrecito de todos estaba paseando por el
jardín cuando se sintió inspirado. De pronto se
volvió y dijo algo. Algún ayudante tomó
rápidamente nota, para aliviarle de la enorme carga que acumulan
sus profundos pensamientos. Pero la nota fue muy rápida, lo fue
tanto, que al día siguiente el anotador solo ve sobre el papel
unos garabatos indescifrables. Se perciben solo algunas palabras. Por
otra parte, el anotador tiene la ventaja de haber oído en otros
momentos una infinidad de palabras inspiradas. Y en su cerebro
reverberan los principios inmutables, las verdades que se diseminan por
las anchas estepas y por el resto del mundo, donde las estamos
esperando impacientes.
En cualquier caso, creo que las palabras de su
mensaje aún resuenan en los salones del Kremlin. Pero no solo es
un eco en los salones; también reverberan sus palabras en la
cabeza de todos los grandes jefes que se enriquecen con su proximidad
al líder. Y es que el padre de la patria no sólo sabe lo
que todo un buen ciudadano debe saber hoy. Sino que su mente domina
también los conocimientos que serán necesarios en el
futuro; dentro de diez o veinte años; tal vez más. Pero
no nos dice nada sobre esto. Pues sabe que, si mezcláramos las
intrucciones del presente con los enrevesados conocimientos del futuro,
nos haríamos un lío. Así es que el líder lo
guarda todo en su cabeza para no crearle problemas a nuestra limitada
inteligencia.
Mientras plancho la raya de los pantalones, mi cabeza no para
de darle vueltas a todas estas cosas. Hay un camarada veterano que
suele decirme:
--Valenti, como sigas pensando vas a terminar
mal.
Y yo le replico sonriendo
--¿Por qué? ¿Es malo el
pensar?
--Si malgastas tu talento pensando...
Hizo una pausa y me dejó expectante.
--Te vas a quedar sin fuerzas.
--Fuerzas ¿para qué?
--Para superar las cotas del Plan Quinquenal.
Me dejó perplejo.
La plancha se enfría y tengo que volver a soplar. No
sabemos nada sobre las palabras que nos trae el mensajero. No sabemos
si es portador de la última consigna, o si viene a informarnos
que con el calor de la primavera le han salido nuevos brotes al robusto
tronco ideológico.
Si nos dijeran que se trata de una nueva
consigna no tendríamos dudas. Pero tampoco tendríamos
dudas si nos dicen que se trata de una nueva directriz, o un cambio en
los planes de la economía. Incluso, aún cuando ni
siquiera lleguen a comunicarte las consignas o las nuevas directrices,
tú ya te las crees. Porque eres así. Solo eres un simple
campesino y no entiendes nada sobre lo que se extienden más
allá de tu campo de remolachas. Sabes que las consignas no son
otras cosas que palabras. Pero eso sí, están muy bien
articuladas. Sabes que no son unas palabras cualquiera como esas que
todo el mundo entiende. Sino que son palabras que proceden de un ser
superior. O, tal vez, son palabras que proceden de los salones o los
jardines donde habita un ser superior. Un ser superior que va y que
viene y que se preocupa por todos nosotros. Allí, esas palabras
se mezclan... o por decirlo mejor, se amalgaman en una suprema
armonía con los trinos de los pajarillos. Sí, sí;
y con el ronroneo de las abejas melíferas de la inmortal madre
Rusia.
Ya he terminando de planchar mi pantalón. Ahora pongo
otro poco de carbón y soplo para avivar las brasas. Y ya, con la
plancha en su justa temperatura, procedo a planchar la camisa.
Sólo pienso bien cuando estoy haciendo alguna cosa sencilla y
placentera. Así que volviendo a las palabras, me refiero a las
que trae el mensajero, creo que no son para ser discutidas, ni para ser
entendidas, como si fueran las palabras del bizco Iván. Son
palabras que serán dichas para ser acatadas. Solo eso.
El mensajero llega en el tren de las cinco. Habrá que
ir a buscarle a la estación. En otro tiempo el director hubiera
ido a buscarle con el auto. Pero al auto hace ya muchos años que
se le rompió el motor. Lo tenemos todavía en el
inventario, un poco por ilusión. Porque nos recuerda tiempos
mejores. Podríamos ir con la camioneta a buscarle. Pero
está en el taller de la aldea en espera de unos repuestos.
Esta mañana le encargaron a Gregor que limpie bien el
viejo coche de caballos que hay en el almacén. Así que
este jovial veterano le hizo un concienzudo lavado con jabón y
estropajo. Vamos, lo dejó como los chorros del oro. Luego
engancharon un caballo al coche y dieron un par de vueltas para ver que
todo funciona correctamente. Estamos todos nerviosos pensando en como
será el mensajero, que será lo que nos viene a decir.
Cosas de gran importancia, sin duda.
Estamos todos esperando en la plaza del koljoz cuando el
vigía nos avisa: Ya llega el carruaje con el mensajero. Todos
estamos expectantes formando una fila, con nuestros pantalones luciendo
las rayas recién planchadas. ¿Cómo será
este mensajero de Moscú? Hace tiempo que no viene, por estas
tierras olvidadas, ningún mensajero eminente. Estoy nervioso. Es
la primera vez que participo en la recepción de un mensajero.
El coche se detiene en la plaza y el cochero le ofrece la
mano al mensajero, no sea que se lastime al bajar del carruaje. Pues
todos sabemos que los mensajeros de Moscú no están
acostumbrados a los coches de caballos. Aquí tenemos algunos
años de retraso.
El camarada director se adelanta para saludar al mensajero.
--Soy Martov, director de este koljoz.
--Yo soy Gennady, mensajero del Kremlin.
--Le presento al camarada contable, Petro
Denisovitch.
--Mucho gusto.
--El gusto es mío.
Y el camarada director fue presentado a los
principales y luego a los que somos menos iguales que los principales.
Y a todos nos fue dando la mano el mensajero del Kremlin. Justo al
sentir el toque de su mano sobre la mía, sentí como una
descarga eléctrica que me sacudió todas las fibras del
cuerpo. Durante un tiempo estuve tratando de memorizar esta
emoción tan viva.
Luego pasamos al salón de actos, donde se discuten
todas las materias de suma importancia. Fuimos entrando todos al
salón detrás de los camaradas de mayor igualdad que son
los que más saben de todo.
El camarada director hizo un pequeño
discurso glosando la importancia del mensajero y el mensaje que nos
trae. De suma importancia sin duda alguna.
El mensajero habló y habló. De su boca las
palabras abundantes fluían como el agua que mana de una fuente
en la primavera. Todos estabamos absortos escuchando las palabras
profundas y llenas de sentido. Tanto sentido tenían que no
conseguíamos saber plenamente la relación que
tenían con el cultivo de la remolacha o la cebada. Pero
seguramente que debía tener mucha relación porque no se
habrían molestado en enviar un mensajero para decirnos todo esto
sin alguna razón.
Al terminar el discurso, el mensajero nos preguntó que
si lo habíamos entendido todo. Le dijimos que sí con
mucho convencimiento, pero con poca sincronización. Algunos
abrieron la boca y movieron los labios pero no consiguieron decir nada.
Era un momento muy emocionante.
--Debe haber alguien --dijo el mensajero--
capaz de decir unas palabras en el nombre de todos.
Todos miraron en dirección a mí.
Yo me sentía aterrado por la tremenda responsabilidad que me
echaban encima. Entonces algún mal nacido dijo:
--El joven Valentinovitch hablará por
nosotros.
--Yo… yo… --balbucí tartamudeando.
--Muy bien, Valenti, sigue. Sigue que vas bien.
--Son palabras… palabras… llenas de profundidad
y de sentido.
--¡Bravo! --gritó alguien.
--¡Vas bien! --dijo otro.
--Palabras… palabras… que no caben…
Hubo un ligero murmullo de frustración.
--Que no caben en nuestra cabeza… Pero nos
llenan orgullo…
--¡Muy bueno!
--Llenan de orgullo… nuestros corazones.
--¡Bravo!
--Nuestros corazones…
--¡Eso!
--Que no tienen sentimientos…
Hubo un silencio gélido.
--Que no tienen… más preocupaciones…
que seguir… seguir las directrices del partido.
--¡Bravo!
Después de esto cerré mi boca
decidido. No diría ni una sola palabra si no me amenazaban con
la tortura.
Después de mi silencio se guardó una pausa y el
mensajero del Kremlin echó un breve discurso. Las palabras
terminaban según el ritual y todos nos pusimos a aplaudir con
mucho fervor y entusiasmo.
Ibamos aplaudiendo ya durante diez minutos y
nadie se decidía por aflojar. Nadie quería que se pusiera
en duda la proverbial hospitalidad de los campesinos de la estepa rusa.
De modo que seguimos y seguimos. Y los aplausos, por algún
fenómeno extraño de resonancia magnética, iban
subiendo y bajando de un modo armonioso.
Tanta era la armonía que cuando
llevábamos como veinte minutos aplaudiendo estábamos ya
como adormilados. La energía estaba en un punto muy bajo.
Hubiéramos acabado en ese justo momento. Justo ahora. Pero
ocurrió que Mitrokhin, siempre tan obsequioso con los camaradas
de mayor igualdad, se puso a aplaudir con mucho frenesí. Todos
le vimos lanzado y no tuvimos más remedio que seguirle en su
entusiasmo delirante. Nadie quería quedarse atrás en la
manifestación de nuestra más sincera adhesión a
los principios fundamentales del socialismo proletario. Fue por eso que
seguimos todos aplaudiendo. La energía iba fluctuando como
antes, formando, según digo, suaves cumbres y vaguadas
armoniosas de entusiasmo sonoro. Era como dicen que son las olas del
mar, algo parecido a las ondulaciones que vemos en la estepa.
Ibamos ya aplaudiendo durante treinta y cinco
minutos, según pude ver en el gran reloj que había en el
salón de actos. Y cuando ya la cosa se estaba debilitando, el
mismo Mitrokhin volvió a levantar nuestros ánimos, un
tanto decaídos, con una enérgica inyección de
entusiasmo aplauditorio. Y así seguimos golpeando nuestras
palmas que ya se veían un tanto enrojecidas por nuestra
pasión infatigable. Nadie estaba dispuesto a dejarse caer en un
lamentable y vergonzoso derrotismo, frente a la conspiración
capitalista. Por eso seguimos aplaudiendo con vigor fluctuante.
El reloj del salón me indicaba que
llevábamos ya cuarenta y dos minutos aplaudiendo.
Teníamos las palmas enrojecidas y hubieran sangrado sino fuera
que tenemos la piel encallecida de trabajar con la noble azada del
campesino proletario. Hubo un momento que estaba bajando la intensidad
sonora de nuestro sincero entusiasmo, y algunos ya le echaban a
Mitrokhin lo que me parecieron unas miradas asesinas. Fue en ese justo
momento, cuando nuestro bienvenido mensajero del Kremlin, empezó
a derrumbarse. El camarada-jefe del koljoz por la derecha y el contable
por la izquierda se prestaron solícitos para sujetarle. Todos
dejamos de aplaudir expectantes. El mensajero se había
desmayado, o tal vez se había quedado dormido, por causa del
cansancio, suponemos.
Como no volviera en sí mismo, lo
cogieron con muchas precauciones y lo llevaron hasta la cama que le
habían preparado al efecto. Pues el mensajero debía
seguir su periplo en tren al día siguiente por la mañana.
Todos abandonamos aliviados y en silencio el salón de actos.
Ibamos con las manos ardiendo, pero teníamos la conciencia
tranquila. Habíamos conseguido transmitirle al mensajero la
contundencia de nuestra inquebrantable adhesión a los principios
ideológicos de la revolución proletaria.
Autor: Leopoldo Perdomo
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