CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO



EL MENSAJERO DEL KREMLIN

    Un mensajero va venir al koljoz desde Moscú. Nos traerá palabras del líder supremo. Tenemos que estar guapos y presentables. Hemos lavado nuestros mejores pantalones y camisas y hasta nos hemos afeitado. Alguno se ha lavado incluso los calzoncillos. Pero teníamos un problema, casi nadie tenía hojillas de afeitar.
    No sé como ocurrió; pero de pronto, en la tienda, a Marika no le quedaban hojas de afeitar. Afortunadamente, tenemos a Ivan Vasilevitch que se enteró de alguien que tenía hojas de afeitar en una aldea vecina. Así que cogió un caballo y se fue veloz hasta allí, y nos trajo hojas de afeitar para todos. No hay ni un solo problema que no se pueda arreglar con algo de ingenio y un poco de buena voluntad.

    También tuvimos la suerte que hace cosa de cuatro días a Korelev se le ocurrió hacer carbón vegetal. Esta no es una cosa que esté permitida; de modo que solo se puede hacer el carbón cuando el director se ausenta. Además el carbón debemos hacerlo en un lugar apartado; porque el coordinador tampoco quiere vernos en estas faenas.
     Así que gracias al previsor Korolev hoy podemos usar las viejas planchas de carbón. No habrá problemas para planchar las camisas y los pantalones. Y no es que estemos atrasados en este koljoz, pues también tenemos nada menos que una plancha eléctrica. Es el último modelo de la técnica moderna.  Todos estamos orgullosos de esta plancha.  Es algo muy importante y además es un gran adelanto, pues no tienes que andar soplando.  Era todo un símbolo de los tiempos modernos.  Este artilugio es muy valioso, incluso en los días que no tenemos que planchar nada o carecemos de corriente eléctrica.  En los días veraniegos, el contable abre de par la ventana y la puerta de su despacho.  Así que el moderno artilugio es muy útil para evitar que el viento se lleve volando los papeles por toda la estepa. Si se pierden los papeles no hay modo que se puedan llevar bien las cuentas. O sea que a cualquier adelanto se le puede buscar una cantidad insospechada de usos, a poco que seamos algo despiertos y creativos. Pero debo reconocer que, por causa de nuestra proverbial pereza, pueden pasar meses sin que nadie use este moderno artefacto para los fines que fue pensado por los ingenieros.
    Naturalmente, ahora nos hayamos en un caso de emergencia. Y, en casos así, con una sola plancha eléctrica se hace muy poca cosa. No es culpa de nadie, sino de nosotros mismos. De nuestra incurable falta de previsión.
    No digo que sea poco una plancha eléctrica. Tal vez sea suficiente si tuvieramos más fe en el futuro. Si aceptaramos que todos somos iguales, dentro de nuestras naturales diferencias. Porque aquí todos somos iguales. Pero algunos, dentro de la igualdad, tienen cometidos muy diferentes a los demás. El primero para usar la plancha eléctrica será siempre el camarada director y su esposa. Esto nadie lo discute. Luego viene el turno del contable y el coordinador con sus respectivas. Después están el mecánico, el electricista, las esposas de estos y luego venimos todos los demás, por no mencionar a las mujeres. De modo que si hubiera que establecer prioridades, entre los que somos más iguales, tienen turno preferente los camaradas de más edad. Los jóvenes nos quedamos a la cola. Luego vienen las mujeres que, al fin y al cabo, no tienen que planchar la raya de los pantalones.
    No sé cuando será la reunión, pero me estoy preparando. Por fortuna hace ya unas horas que estoy afeitado.

    Mientras plancho mis pantalones me voy preguntando, ¿qué novedades nos traerá el mensajero de Moscú? Pongo unos trozos de carbón en la plancha y soplo con energía, una y otra vez, para avivar la brasa. De ese modo consigues que la plancha se caliente bien. Luego, ya más calmado, me pregunto ¿de qué nos hablará el camarada mensajero? Estoy impaciente por escuchar sus palabras. ¿Serán las palabras mismas del líder supremo?
    Tal vez no sean exactamente sus palabras. Sino un eco fiel de las mismas. Porque ¿cómo podría el padre de Rusia enviar un mensaje justo para nosotros, pobres campesinos, perdidos en un koljoz de la estepa? No es que yo diga que el líder supremo no pueda hacerlo, pues sé que es muy poderoso. He oído decir que su capacidad de trabajo es infinita y muy grande el poder de su inteligencia. Si el camarada supremo quisiera enviarnos un mensaje no habría el modo de evitarlo. Pero tampoco debemos ser muy ambiciosos ni soberbios. Ni esperar que él se acuerde precisamente de nosotros, cuando hay tanta gente por ahí con mayores problemas. Y no solo con mayores problemas, sino con problemas graves, por no decir problemas inmensos.
    Tal vez el camarada mensajero no venga a resolver nuestros problemas. Pues son muy pequeños. Sino que viene a hablarnos de los problemas que tienen los otros, las gentes en otras partes de Rusia y en otros lugares remotos del mundo.

    Pienso yo que el mensajero del Kremlin nos traerá un mensaje del líder supremo. Pero tal vez no sean exactamente las palabras mismas del líder lo que trae, sino el eco fiel de sus intenciones. Imagino que el padrecito de todos estaba paseando por el jardín cuando se sintió inspirado. De pronto se volvió y dijo algo. Algún ayudante tomó rápidamente nota, para aliviarle de la enorme carga que acumulan sus profundos pensamientos. Pero la nota fue muy rápida, lo fue tanto, que al día siguiente el anotador solo ve sobre el papel unos garabatos indescifrables. Se perciben solo algunas palabras. Por otra parte, el anotador tiene la ventaja de haber oído en otros momentos una infinidad de palabras inspiradas. Y en su cerebro reverberan los principios inmutables, las verdades que se diseminan por las anchas estepas y por el resto del mundo, donde las estamos esperando impacientes.
    En cualquier caso, creo que las palabras de su mensaje aún resuenan en los salones del Kremlin. Pero no solo es un eco en los salones; también reverberan sus palabras en la cabeza de todos los grandes jefes que se enriquecen con su proximidad al líder. Y es que el padre de la patria no sólo sabe lo que todo un buen ciudadano debe saber hoy. Sino que su mente domina también los conocimientos que serán necesarios en el futuro; dentro de diez o veinte años; tal vez más. Pero no nos dice nada sobre esto. Pues sabe que, si mezcláramos las intrucciones del presente con los enrevesados conocimientos del futuro, nos haríamos un lío. Así es que el líder lo guarda todo en su cabeza para no crearle problemas a nuestra limitada inteligencia.

    Mientras plancho la raya de los pantalones, mi cabeza no para de darle vueltas a todas estas cosas. Hay un camarada veterano que suele decirme:
    --Valenti, como sigas pensando vas a terminar mal.
     Y yo le replico sonriendo
    --¿Por qué? ¿Es malo el pensar?
    --Si malgastas tu talento pensando...
    Hizo una pausa y me dejó expectante.
    --Te vas a quedar sin fuerzas.
    --Fuerzas ¿para qué?
    --Para superar las cotas del Plan Quinquenal.
    Me dejó perplejo.

    La plancha se enfría y tengo que volver a soplar. No sabemos nada sobre las palabras que nos trae el mensajero. No sabemos si es portador de la última consigna, o si viene a informarnos que con el calor de la primavera le han salido nuevos brotes al robusto tronco ideológico.
    Si nos dijeran que se trata de una nueva consigna no tendríamos dudas. Pero tampoco tendríamos dudas si nos dicen que se trata de una nueva directriz, o un cambio en los planes de la economía. Incluso, aún cuando ni siquiera lleguen a comunicarte las consignas o las nuevas directrices, tú ya te las crees. Porque eres así. Solo eres un simple campesino y no entiendes nada sobre lo que se extienden más allá de tu campo de remolachas. Sabes que las consignas no son otras cosas que palabras. Pero eso sí, están muy bien articuladas. Sabes que no son unas palabras cualquiera como esas que todo el mundo entiende. Sino que son palabras que proceden de un ser superior. O, tal vez, son palabras que proceden de los salones o los jardines donde habita un ser superior. Un ser superior que va y que viene y que se preocupa por todos nosotros. Allí, esas palabras se mezclan... o por decirlo mejor, se amalgaman en una suprema armonía con los trinos de los pajarillos. Sí, sí; y con el ronroneo de las abejas melíferas de la inmortal madre Rusia.

    Ya he terminando de planchar mi pantalón. Ahora pongo otro poco de carbón y soplo para avivar las brasas. Y ya, con la plancha en su justa temperatura, procedo a planchar la camisa. Sólo pienso bien cuando estoy haciendo alguna cosa sencilla y placentera. Así que volviendo a las palabras, me refiero a las que trae el mensajero, creo que no son para ser discutidas, ni para ser entendidas, como si fueran las palabras del bizco Iván. Son palabras que serán dichas para ser acatadas. Solo eso.

    El mensajero llega en el tren de las cinco. Habrá que ir a buscarle a la estación. En otro tiempo el director hubiera ido a buscarle con el auto. Pero al auto hace ya muchos años que se le rompió el motor. Lo tenemos todavía en el inventario, un poco por ilusión. Porque nos recuerda tiempos mejores. Podríamos ir con la camioneta a buscarle. Pero está en el taller de la aldea en espera de unos repuestos.

    Esta mañana le encargaron a Gregor que limpie bien el viejo coche de caballos que hay en el almacén. Así que este jovial veterano le hizo un concienzudo lavado con jabón y estropajo. Vamos, lo dejó como los chorros del oro. Luego engancharon un caballo al coche y dieron un par de vueltas para ver que todo funciona correctamente. Estamos todos nerviosos pensando en como será el mensajero, que será lo que nos viene a decir. Cosas de gran importancia, sin duda.

    Estamos todos esperando en la plaza del koljoz cuando el vigía nos avisa: Ya llega el carruaje con el mensajero. Todos estamos expectantes formando una fila, con nuestros pantalones luciendo las rayas recién planchadas. ¿Cómo será este mensajero de Moscú? Hace tiempo que no viene, por estas tierras olvidadas, ningún mensajero eminente. Estoy nervioso. Es la primera vez que participo en la recepción de un mensajero.

    El coche se detiene en la plaza y el cochero le ofrece la mano al mensajero, no sea que se lastime al bajar del carruaje. Pues todos sabemos que los mensajeros de Moscú no están acostumbrados a los coches de caballos. Aquí tenemos algunos años de retraso.

    El camarada director se adelanta para saludar al mensajero.
     --Soy Martov, director de este koljoz.
     --Yo soy Gennady, mensajero del Kremlin.
    --Le presento al camarada contable, Petro Denisovitch.
    --Mucho gusto.
    --El gusto es mío.
    Y el camarada director fue presentado a los principales y luego a los que somos menos iguales que los principales. Y a todos nos fue dando la mano el mensajero del Kremlin. Justo al sentir el toque de su mano sobre la mía, sentí como una descarga eléctrica que me sacudió todas las fibras del cuerpo. Durante un tiempo estuve tratando de memorizar esta emoción tan viva.

    Luego pasamos al salón de actos, donde se discuten todas las materias de suma importancia. Fuimos entrando todos al salón detrás de los camaradas de mayor igualdad que son los que más saben de todo.
    El camarada director hizo un pequeño discurso glosando la importancia del mensajero y el mensaje que nos trae. De suma importancia sin duda alguna.

    El mensajero habló y habló. De su boca las palabras abundantes fluían como el agua que mana de una fuente en la primavera. Todos estabamos absortos escuchando las palabras profundas y llenas de sentido. Tanto sentido tenían que no conseguíamos saber plenamente la relación que tenían con el cultivo de la remolacha o la cebada. Pero seguramente que debía tener mucha relación porque no se habrían molestado en enviar un mensajero para decirnos todo esto sin alguna razón.

    Al terminar el discurso, el mensajero nos preguntó que si lo habíamos entendido todo. Le dijimos que sí con mucho convencimiento, pero con poca sincronización. Algunos abrieron la boca y movieron los labios pero no consiguieron decir nada. Era un momento muy emocionante.
    --Debe haber alguien --dijo el mensajero-- capaz de decir unas palabras en el nombre de todos.
  Todos miraron en dirección a mí. Yo me sentía aterrado por la tremenda responsabilidad que me echaban encima. Entonces algún mal nacido dijo:
    --El joven Valentinovitch hablará por nosotros.
    --Yo… yo… --balbucí tartamudeando.
    --Muy bien, Valenti, sigue. Sigue que vas bien.
    --Son palabras… palabras… llenas de profundidad y de sentido.
    --¡Bravo! --gritó alguien.
    --¡Vas bien! --dijo otro.
    --Palabras… palabras… que no caben…
    Hubo un ligero murmullo de frustración.
    --Que no caben en nuestra cabeza… Pero nos llenan orgullo…
    --¡Muy bueno!
    --Llenan de orgullo… nuestros corazones.
    --¡Bravo!
    --Nuestros corazones…
    --¡Eso!
    --Que no tienen sentimientos…
    Hubo un silencio gélido.
   --Que no tienen… más preocupaciones… que seguir… seguir las directrices del partido.     --¡Bravo!
    Después de esto cerré mi boca decidido. No diría ni una sola palabra si no me amenazaban con la tortura.

    Después de mi silencio se guardó una pausa y el mensajero del Kremlin echó un breve discurso. Las palabras terminaban según el ritual y todos nos pusimos a aplaudir con mucho fervor y entusiasmo.
    Ibamos aplaudiendo ya durante diez minutos y nadie se decidía por aflojar. Nadie quería que se pusiera en duda la proverbial hospitalidad de los campesinos de la estepa rusa. De modo que seguimos y seguimos. Y los aplausos, por algún fenómeno extraño de resonancia magnética, iban subiendo y bajando de un modo armonioso.
     Tanta era la armonía que cuando llevábamos como veinte minutos aplaudiendo estábamos ya como adormilados. La energía estaba en un punto muy bajo. Hubiéramos acabado en ese justo momento. Justo ahora. Pero ocurrió que Mitrokhin, siempre tan obsequioso con los camaradas de mayor igualdad, se puso a aplaudir con mucho frenesí. Todos le vimos lanzado y no tuvimos más remedio que seguirle en su entusiasmo delirante. Nadie quería quedarse atrás en la manifestación de nuestra más sincera adhesión a los principios fundamentales del socialismo proletario. Fue por eso que seguimos todos aplaudiendo. La energía iba fluctuando como antes, formando, según digo, suaves cumbres y vaguadas armoniosas de entusiasmo sonoro. Era como dicen que son las olas del mar, algo parecido a las ondulaciones que vemos en la estepa.
    Ibamos ya aplaudiendo durante treinta y cinco minutos, según pude ver en el gran reloj que había en el salón de actos. Y cuando ya la cosa se estaba debilitando, el mismo Mitrokhin volvió a levantar nuestros ánimos, un tanto decaídos, con una enérgica inyección de entusiasmo aplauditorio. Y así seguimos golpeando nuestras palmas que ya se veían un tanto enrojecidas por nuestra pasión infatigable. Nadie estaba dispuesto a dejarse caer en un lamentable y vergonzoso derrotismo, frente a la conspiración capitalista. Por eso seguimos aplaudiendo con vigor fluctuante.

    El reloj del salón me indicaba que llevábamos ya cuarenta y dos minutos aplaudiendo. Teníamos las palmas enrojecidas y hubieran sangrado sino fuera que tenemos la piel encallecida de trabajar con la noble azada del campesino proletario. Hubo un momento que estaba bajando la intensidad sonora de nuestro sincero entusiasmo, y algunos ya le echaban a Mitrokhin lo que me parecieron unas miradas asesinas. Fue en ese justo momento, cuando nuestro bienvenido mensajero del Kremlin, empezó a derrumbarse. El camarada-jefe del koljoz por la derecha y el contable por la izquierda se prestaron solícitos para sujetarle. Todos dejamos de aplaudir expectantes. El mensajero se había desmayado, o tal vez se había quedado dormido, por causa del cansancio, suponemos.
     Como no volviera en sí mismo, lo cogieron con muchas precauciones y lo llevaron hasta la cama que le habían preparado al efecto. Pues el mensajero debía seguir su periplo en tren al día siguiente por la mañana. Todos abandonamos aliviados y en silencio el salón de actos. Ibamos con las manos ardiendo, pero teníamos la conciencia tranquila. Habíamos conseguido transmitirle al mensajero la contundencia de nuestra inquebrantable adhesión a los principios ideológicos de la revolución proletaria.

Autor: Leopoldo Perdomo


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