CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO

GUNDI EN PARIS

    Mi amigo Gundi quería ir a París a comprar unos cuadros. 
    --Mi nombre es Gundalecio pero todos me llaman Gundi. 
  Esto me lo dijo, un día, con un toque entre orgulloso y un poco avergonzado.  En verdad que un nombre así es para buscar al culpable y darle dos bofetadas. 
    Gundi quería comprar obras de arte para empezar una colección.  Como soy casi catalán, y además fui tres veces a Perpignan a ver “El último tango” de Marlon Brando, creo que entiendo de francés lo suficiente como para servir de interprete a mi amigo en París.  Así podría pasar unos días en Francia con los gastos pagos y le aligero un poco la pasta al Gundi que ha ganado demasiado con la venta del pescado congelado y se ha puesto muy gordo. 
    Antes de partir me compro un plano y una guía de París en los almacenes Carrefour.  Y además compré una Enciclopedia del Arte de Larousse para Gundi. Quería ponerle al día en el asunto este de las modas y las tendencias en el arte. 
    Le llevé a Gundi el libro para entrar en detalles.  Le abrí el libro y le fui  pasando las páginas para que se haga una idea. 
    --Qué tipo de pintura te gusta, Gundi?  Aquí hay de todo.
    --¡Eh!
    --Aquí hay de todo. 
    --Me gusta cuando se entiende lo que dice el cuadro.
    --¿Te refieres al arte figurativo?
    --Figurativo no.  Nada de figuras. 
    --¡Ah!
    --Las figuras las compramos otro día.  Hacemos otro viaje solo para comprar figuras y algunos jarrones.  Solo quiero pintura de esas que se entienden y que te dicen algo. 
    --Ya veo. 
    --Fíjate que yo no sé hablar idiomas como tú.  Y si compro un cuadro de esos que no se entiende ¿cuándo me pregunten los amigos qué les digo?
    --Está claro.
    --Por ejemplo me gusta ese cuadro que se ve aquí. 
   Era el cuadro ese con la gente merendando en el campo y tienen al lado a una tía en pelotas. 
    --“Déjeuner sur l’herbe” de Manet  --le dije. 
    --Merienda en la hierba, quiere decir.  Se parece al catalán. 
    --Sí, sí.  Es lo mismo. 
    --Si alguien me pregunta ¿ese cuadro qué dice?  Yo les respondo, dicen que “está muy buena la sobrasada y que no le pongas tanta mantequilla al pan que se te sube el colesterol”. 
    --No está mal.  Es una buena idea. 
    --Pero si el cuadro no se entiende ¿qué les voy a decir? 
    --Tienes razón.
    --Además con los otros cuadros la gente te dice: “esos monigotes los hace mejor mi hijo”  Y ante eso ya no sabes que decirles porque sabes que tienen razón.
    --Tratándose de arte figurativo, perdón, de pintura que se entienda, lo mejor es elegir un marchante de la “rive gauche”. 
    --¿Un marchan... qué?  --preguntó Gundi. 
    --Un “marchante”;  un vendedor profesional de cuadros. 
    --¡Ah, ya! 
     Eso fue lo que le dije y algunas cosas más, después de leerme bien lo que dice la guía turística de París. 
      Y nos fuimos enrollando muy bien.  Y le iba enseñando al tío todos los secretos del arte para que viera el Gundi que yo era un tío entendido en el asunto de la plástica.  Uno no es ningún berzas y se da cuenta enseguida que la gente experta dice “la plástica” en lugar de decir la pintura.  Es como los chorizos que hablan en lenguas germánicas para que la gente extraña no se entere de lo que dicen.

                                        *        *        *

     El avión nos llevó al aeropuerto Charles De Gaulle de París.   Un pequeño laberinto de pasillos nos esperaba y seguimos a la masa de viajeros expertos.  Todos estábamos siguiendo a los viajeros expertos y seguro que íbamos bien porque nadie parecía tener dudas.  Nosotros tampoco dudábamos.  Sí se perdiera tanta gente acabaríamos en algún pasillo sin salida, pronto se llenaría todo de gente, nos echarían en falta y vendrían a rescatarnos.  Llegamos al sitio de las maletas, esperamos, y al fin vamos camino de la salida.  “Sortie” que se dice en francés.  Esta palabra la aprendí en los cines de Perpignan. 
     Por fin dimos con la salida y cogimos un taxi para ir al Hotel Mercoury que estaba en las quimbambas.  Esto es lo que se dice cuando no sabemos a donde vamos, o como vamos a llegar a ese sitio. 

     Al día siguiente nos fuimos a dar una vuelta.  Gundi quería subir a la torre Eiffel.  Pero yo tenía ganas de andar y le hice coger el metro y nos apeamos en la plaza de Concordia.  Desde allí nos fuimos paseando en dirección contraria a la torre por los jardines de Les Tuilleries hasta el museo del Louvre. 
    --¿Y esa pirámide de cristal qué es?
    --La entrada del museo del Louvre. 
    --¿Esto tiene pintura?
    --Sí.  Es unos de los museos más famosos del mundo. 
    Ya que estabamos allí, era cosa de hacer una visita.  El Gundi se quedó pasmado mirando la pirámide de cristal.  Se me ocurrió que una cuadra con caballos parecería más normal junto a aquel edificio antiguo.  Pero el arte es el arte.  Tampoco le vas a pedir sentido común al Arte.

    Cuando llevas más de media hora en un museo, la cabeza te da vueltas y sientes un tremendo dolor de cabeza..  Por eso pasas como un sonámbulo por delante de los cuadros más famosos del mundo sin pestañear.  Pasado este tiempo calculo que inviertes dos segundos de observación por cada metro cuadrado de cuadro.  El cerebro no puede con tanta maravilla, una tras otra.  Habría que venir a este sitio durante diez años, día tras día, para ver una obra o dos de cada vez.  Es demasiado arte en un solo día para el cuerpo. 
    Al salir, no solo respiramos con alivio el aire del exterior, sino que también nos sentíamos aliviados al vernos libres de tanta grandeza.  Vi como el Gundi aspiraba con placer el aire exterior y miraba para un cielo azul donde solo se dibujaba alguna pequeña nube. 

     Nos fuimos andando de vuelta por los jardines de la Tuillerie.  Al llegar a la plaza de la Concordia ya vimos... 
    --¿Esa es la torre Infiel?
    --La torre...  ¡No!  ¡Eso es el Arco del triunfo!
    --¿Entonces?
    --Vamos por el camino equivocado.  Déjame ver.
    --¿Eh?
    --La torre Eiffel está por allá. 
    --¿Y como vamos?
    --Déjame ver en el mapa. 
    --...
    --Tenemos que cruzar por el puente de la Concordia y seguir por el Quai d’Orsay.
    --Parece lejos.
    --No.  Llegaremos enseguida.
    Gundi estaba cansado, pues no estaba acostumbrado a caminar tanto.  Así que iba cojeando por la orilla del Sena, el famoso Quai d'Orsay que le dicen. Yo trataba de distraerlo:
    --Mira, Gundi, ese es el puente de Alejandro III
    --¿Eh?
    --Mira que delgado se ve el arco.  Parece excitado.
    --¿Excitado?
    --Sí.  como si estuviera dispuesto a echarse encima del Sena.
    --¿Eh?
    --Es como si le dijera al río "voulez vouz coucher avec moi?"
    --¡...!
    --Es que este río tiene nombre femenino "La Seine"
    --¡...!
    --El puente está arriba y La seine debajo.
    --¡Ah!  Ya lo cogí --dijo Gundi.
    Era evidente que no le hizo gracia el chiste.  No tenía el coco para historias. 
    Nos sentamos en un banco de la orilla a descansar.
    --A esos barcos cargados de turistas le llaman "bataux mouche".
    --¡Ah!  -decía Gundi con desgana.
    --Un día de estos tenemos que darnos una vuelta.  Así vas sentado viéndolo todo; así no te cansas.
    --Estoy hecho polvo de los pies.
    --Has perdido la costumbre de caminar.  Necesitas salir de la oficina y caminar un poco. 
    Gundi estaba cansado y no se sentía inspirado para contemplaciones estéticas. 

     Por fin llegamos a la famosa torre.  De modo que había que hacer lo que todo el mundo, pagarse un entrada para subir allá arriba.  Nos sentíamos un poco privilegiados al vernos rodeados de turistas japoneses y americanos.   Una vez arriba nos acariciaba una brisa agradable.  Había en el sitio una gran cantidad de turistas americanos, japoneses, chinos, alemanes y de otras nacionalidades menos definidas, que no paraban de hacer fotos.  Un japonés intrépido se separó de su grupo y se dirigió a unas americanas diciendo:
    --Possible photo... American girls?
   Y las americanas, después de un momento de duda, se volvieron y con un gesto coqueto, se sacudieron sus rubias melenas, levantaron discretamente el busto, y le gratificaron con una de sus mejores sonrisas.  Dientes perfectos, maquillaje total, ropa de Barbie, caras felices.  Uniforme de un mundo feliz. 
   --Cheese! --dijeron todas sonriendo en armonía. 
   El japonés aprovechó para disparar varias fotos. 

   Por fin bajamos y nos dimos cuenta que estabamos hechos polvo de los pies con tanto caminar de un lado para otro.  Gundi además, acostumbrado a pasar muchas horas sentado en la oficina estaba muerto de hambre.  Pero, más que hambre yo creo que teníamos necesidad de sentarnos.   Por eso nos fuimos con la desesperada intención de sentarnos aunque hubiera que comer algo.  Lo que vimos más a mano era la Rue de l’Université que estaba cerca de la torre y se veía abundante en restaurantes.  Conociendo muy poco a los franceses sabía lo suficiente para imaginar que aquellos restaurantes eran lo más apropiado para darte un atraco a mano armada. 
    --Calma --me dije-- que todo esto lo va a pagar el Gundi que es el que tiene la pasta. 
    Pero soy algo pesimista y sobre este punto no me sentía seguro.  ¿Con cuántos días fregando platos serán necesarios para pagarse una comida en un restaurante de estos? 

   “Restaurante Michel Feiffer” decía un gran cartel.  Corría un ligera brisa que atemperaba el calor del día, pues el sol estaba pegando de pleno.  Había unas lindas y amplias sillas de mimbre en la calle rodeando las mesas.  Vimos una mesa vacía y nos lanzamos sobre las sillas como buitres.  Por lo pronto ya estabamos sentados y era un alivio.  No había terminado la batalla,  pero las cosas iban bien.  Me pareció que había pocos camareros y los pocos que había los vi como envarados y con gesto adusto.  Imagino que era necesario ese gesto de parte de los camareros.  Pensé que pudiera ser una política de la casa.  Algo así como si te dijeran
    --Este es un sitio serio.  Prepara bien la cartera y cuenta bien los billetes que te estamos esperando.
    Estabamos satisfechos con la fortuna de estar sentados;  pero nada es perfecto en este mundo y pronto empezamos a sentir hambre.  Pero el camarero no daba señales de vida. 
    Justo al lado un americano y su mujer llevaban un buen rato allí.  Creo que se sentía impaciente y un poco cabreado porque agitaba su brazo en alto.  Me pareció que tenía en la mano como un abanico con varios billetes de cien dólares mientras gritaba. 
   --Waiteeer! 
   --¿Qué dice ese? --preguntó Gundi. 
   --Nada.  Está llamando al camarero. 
   --What are you doing, Peter? --le recriminó la esposa.
   --Nothing.  Let’s make them clear we are not Polish tourists.
   --¿Qué dice?
   --Que no quiere que le confundan con un turista polaco. 
   Esta escena me provocó la risa y me olvidé por un momento que tenía mucha hambre.  Me acordé de aquellas películas antiguas, cuando los franceses eran unos seres felices que decían “Oh, la la” y esas cosas tan graciosas.  Recuerdo que mis primeras palabras de francés eran “Oh, la, la” y al repetirlas me sentía un ser superior y casi un políglota. 
     De pronto vi llegar a un camarero de esos antiguos de las películas, un francés feliz que sonreía de oreja a oreja. 
    --Aquí llega el camarero.
    --Quelle est votre commande?
    --¿Qué dice? 
    --¡Ah! ¿Pero son ustedes españoles?
    --Si.  ¿Cómo lo sabe?
    --Yo soy de Murcia.
    --Ah!  Estamos de enhorabuena. 
    --¿Qué le pasa a esta gente?  No se les ve sonreír ni de coña. 
    --Es que son parisinos.  Los parisinos no sonríen ni copulando. 
    --Y ¿qué hay de aquellas películas, cuando salían los franceses sonriendo y diciendo “Oh, la la”?
    --Esa gente feliz no era de aquí.  Son gente del sur.  De Marsella, Niza, Cannes, etc.  Aquí en París están todos estreñidos.  Debe ser cosa de la calidad del agua.  O de los cielos grises. 
    --Hoy hace sol.
    --Ojalá dure.  En cualquier caso.  Desde que empieza el otoño se te plantan unas nubes por aquí que no ves el sol ni en broma.   Es lo normal por aquí. 

    Teníamos que elegir algo de comida y procuramos seguir los consejos del camarero murciano que nos decía:  No pidas eso que te apuñalan.  Al final, pedimos unas chuletas de ternera, una ensalada y una botella de vino. 
Como teníamos bastante hambre no tuvimos razones para protestar de la comida.  Todo estaba muy bueno. 
     El camarero que llegó con la cuenta tenía tal cara de palo que te daba miedo emitir la más tímida protesta. 
    --¿Cuánto es la cuenta? --preguntó Gundi.
    --Mil doscientos francos.
    --¿Y eso cuanto es?
    --Mejor que pagues y no saques cuentas.
    --Tengo curiosidad. 
    --La curiosidad mató al gato.
    --¡Dime!
    --Solo son treinta mil pesetas de nada. 
    --¿Quéee?
    --Ya te dije que era mejor no sacar cuentas.

     *   *   *

     Si quieres tener un trato exclusivo deber acordar una cita con un marchante.  Estaba claro que Gundi quería comprar algún cuadro de tipo figurativo.  De acuerdo con la guía las galerías especializadas en este tema están situadas en la ribera izquierda del Sena.  La “rive gauche” que se dice.  Elegimos una galería de las que vienen en la guía.  El marchante René Bernard 
    Para visitar a un marchante hay que concertar una cita previa.  Imagino que esto se hace por teléfono. 
    --Allô!  Monsieur Bernard?
    --Oui.  Ici la Galerie René Bernard. 
    Así que voy a traducir todo el rollo porque no sé como llegué a entenderme con esta gente.
   --Una cita para el Mesié Gundi de la Peña.
   --...
   --Oui.  De la Peña.  Gundi, oui.
   --...
   --¿La carta de crédito? 
   --...
   --¿La tarjeta Visa? 
   --...
   --¿La tarjeta Visa?
   --Gundi, preguntan que si tienes tarjeta Visa.
   --Sí que tengo. 
   --¿Una Visa qué? --pregunté incrédulo.
   --...
   --Dice que si es una Visa P/D
   --Pues no sé yo de esas cosas.
   --Déjame ver.  VISA Platino con Diamantes.  ¡Jesús!
   --Sí, señor.  Gundi tiene de todo.
   --Es un mesié tres riche. 
   --Ya están en el bote, Gundi.
   --Sí.  Mañana a las diez de la mañana. 
   --Ya lo tenemos, Gundi.  Mañana a las diez de la mañana.
   Y así fue como Gunbdi consiguió una cita con el famoso marchante René Bernard. 

    Desde nuestro Hotel que estaba en las quimbambas había que coger un taxi hasta la calle des Baux Arts, en la “rive gauche”.  Para los pobres, les digo que eso queda cerca de la estación Odeon del Metro.  No hay pérdida.  Si te disfrazas de americano puedes entrar en la parte donde van los turistas.  Hay mogollón de galerías en esta parte.  Todo pintura de calidad fetén.  De las cosas que le gustan al Gundi
    El marchante René Bernard nos esperaba a la hora convenida delante de la galería.  Nos esperaba a la puerta por donde entran los turistas y nos desvió discretamente hacia la puerta de al lado que estaba cerrada, reservada para clientes con pedigrí. 
    Nos recibió cordialmente con una de sus mejores sonrisas y nos hizo pasar a un salón reservado.  Estaba situado al margen de las salas donde andaban los turistas americanos y japoneses contemplando sus cuadros.  Nos llevó hasta una mesa donde había unos platillos con caviar.  Me pareció un poco cutre que no presentara un buen caviar “beluga”, sino allí estaba un caviar de tipo “payusnaya”, de lo más tirado.  Otro platito tenía unos pinchitos discretos de salmón ahumado sobre trocitos de pan de centeno.  Un par de botellas de vodka.  Una de ellas era un Zubrowka aromatizado con hierbas de alcaravea.  Yo entiendo un poco de estas cosas finas porque cuando era más joven fui acompañante de una señora con mucha pasta.  El marchante nos preguntó que si nos gustaba el vodka.  Como Gundi no está puesto en estos rollos del vodka yo contesté por él. 
    --Tomaremos dos “screwdrivers”, mesié. 
    Se lo dije en inglés para que viera que éramos gente mundo.
    La secretaria echó zumo de naranja en tres vasos y luego un generoso chorro de vodka en cada vaso.  Me parece que echó muy poco vodka en el vaso de su jefe.  Estuvimos unos minutos bebiendo y aproveché para comerme todo el caviar.  Gundi probó el caviar y lo escupió discretamente en una maceta.  René nos contaba que le gustaba mucho España.  Me fui comiendo el salmón, que estaba riquísimo, mientras el marchante nos explicaba que tiene una casa en Marbella.  Luego nos dijo unas cuantas frases en español para que viéramos que él también era un hombre mundo. 

    Al rato nos pusimos a mirar los cuadros. 
    El Gundi reconoció allí colgado un cuadro de Van Gogh, “Los lirios” y se quedó pasmado pues no hacía mucho se hablo de él en la tele. 
    Y para viera Gundi que yo entendía de estas cosas, le dije:
    --Este cuadro, por ejemplo, vale mucho.  La última vez que se vendió en la subasta de Christy’s por 140 millones de dólares. 
    El Gundi pareció impresionado con mi seguridad.  Así que cogí la calculadora, hice unas cuentas y seguí largando.
   --Esto nos da un valor de 300.000 mil dólares por pulgada cuadrada. 
El Gundi seguía pasmado.  El marchante René Bernard y su secretaria estaban torciendo el hocico con mis intromisiones.  Pero yo seguía soltando el rollo.
   --En este sentido se han superado los precios unitarios pagados por algunos cuadros de Picasso. 
   --El Gundi sintió necesidad de decir también algo.
   --¿Este cuadro no es el que se compró un millonario Australiano, hace pocos años? 
   --Lo compró pero no tenía dinero suficiente para pagarlo.  Los bancos se le echaron encima.  ¿Serás mamón? le dijeron.  Primero nos pagas las deudas pendientes y luego miras a ver si tienes para comprar un cuadro.  Así que ahora el cuadro está de vuelta y aquí lo tienes en esta galería. 
   --No lo sabía. 
   René el marchante estaba a punto de darnos dos patadas en el culo.  Así que pasamos a contemplar otro cuadro. 
   --Este cuadro de Matisse, por ejemplo, se entiende perfectamente.  ¿Qué te parece?
  --Pissst
   --Tiene un gran valor.  Déjame ver...  Esto sale a 220.000 dólares por pulgada cuadrada.  Y además parece que se entiende mejor que lo de Van Gogh que parece como más de aficionado. 
   --Bueno.  No está mal. 
   --Además como tu mismo dijiste tiene una “charme” de grado “pissst”.
   --¿Qué es lo que dices de Carmen?
   --¿Carmen?  ¿Qué Carmen?
   --Es lo que dices tú.  No sé que rollo del pis de la Carmen.
  --¡Ah!  La Carmen, no.  Eso es “la charme”.  Una palabra francesa que quiere decir el encanto. 
   --No entiendo.
   --De una parte tenemos el precio y de otra tenemos el efecto “charme”.
   --¿El qué?
   --“La charme”;  El efecto de charme; es el encanto en español. 
   --¡Ah!
   --Mientras los precios varían mucho.  Algo así como de cien mil a uno.  El efecto “charme” varía muy poco.  Solo existen cinco grados.
   --¿Cinco grados?
   --El grado uno es el “Que c’est ça”.  “Esto que’s”, en español.  Es para cuando no entendemos un carajo lo que significa la obra.  Por ejemplo, un cuadro con brochazos o con salpicaduras de pintura. 
    --¿Entonces?
   --Luego viene el grado dos de “charme”; el “Mon-petit” que viene de “mon petit fis le fais mieux”.  O sea, “Mi nieto lo hace mejor”. 
   --Mucha gente lo dice. 
   --El grado tres es el Pissst!  Que quiere decir lo mismo es español.  Como diciendo:  “Pissst!  No está mal para un principiante”.
   --Lo entiendo.
   --El grado cuatro se llama “plutot bien”;  o sea bastante bien.
   --¡Ah!
   --Y el grado cinco es Tresbon.  O sea Muy Bueno.  Ya ves que los gustos van por lo tanto definidos por diferentes parámetros. 
   --¿Qué es eso?
   --¿Los parámetros?  Nada.  Una palabra técnica para hablar del arte sin que te entiendan los extraños. 
 

   El marchante René empezaba a estar harto de mi amigo Gundi.  Tal vez era por culpa de mi presencia que calculadora en mano le estaba enseñando a mi amigo los secretos de fiduciarios del mundo artístico. 
   --Ils me pissent bien ces nouvaux riches de la merde, --dijo René. 
   --¿Qué es lo que dicen estos?
   --Nada importante.  Dicen que “cuanto se lo piensan los nuevos ricos de izquierda”.

    Para terminar, René estaba que se tiraba de los pelos.  Nos habíamos comido todo el caviar y todo el salmón ahumado.  Bueno es un decir, Gundi solo comió un poco de salmón y dijo que no le gustaba el olor.  Este Gundi necesita unas lecciones de mundología.  Pues el caviar no estaba mal a pesar de ser de una   calidad inferior.  Tacaño mierda.  Nos puso caviar “payusnaya”.  Y es que estos marchantes de hoy día son unos chorizos. 

    El Gundi se compra dos impresiones en cuatricromía de Dalí a 7.000 dólares cada una y te las venden con certificados de autenticidad.
    Los impresiones dan el pego y parecen verdaderas acuarelas.  Pues tienen los tonos propios de la rugosidad del papel, tal como lo vemos en las acuarelas.  Una se llama “Femme se penchant sur la frenêtre”, o sea en español “mujer asomada a la ventana”. 
    --¿Qué te dice este cuadro Gundi?
    --La tía tiene un buen culo.

    La otra obra era como más acojonante y se titulaba “L’hirondelle carnivore” y representa la imagen de un inmenso buitre devorando el cadáver nada menos que de un hombre blanco.  Es un sarcasmo del autor porque l’hirondelle significa golondrina y no buitre.  Por otra parte, este tipo de buitre tan grande se ve que es una especie etiópica y el hombre blanco no pertenece al mismo ecosistema.  Por lo que resultaba como una imagen chocante, por no decir  francamente repulsiva.  Pero todo es cuestión de acostumbrase.   Pasado un tiempo de verla colgada en casa del Gundi terminaré por verle un cierto encanto. 

    El Gundi está pasmado con el cuadro.  Los ojos los tenía muy abiertos, como de loco. 
   --¿Qué te dice este cuadro, Gundi?
   --No sé lo que me dice.  Me ha dejado sin palabras. 
   --Yo también me quedé sin palabras --le dije.
   En el cuadro se ve la piel blanca del explorador y su chaqueta color garbanzo.  Está tirado cerca el gorro de corcho, o salacot, que usaban los exploradores en los tiempos coloniales.  En la chaqueta abierta ha estado cavando a picotazos el buitre etiópico.  Algún asunto del subconsciente será lo que le empujó al Gundi a comprar este cuadro tan horrible.  Igual la cara de este cadáver le recuerda a algún cabronazo que tuvo que soportar en esta vida. 
 

    Unos quinientos metros más allá  había un callejón un poco cutre y algunas galerías de aspecto modesto. 
    Entramos en ella y el Gundi se compró un cuadro con su montaña, su casita con una bougainville adosada al muro, una chimenea echando humo y un camino de tierra marrón.  Valía solo a diez dólares por pulgada cuadrada;  resumiendo, solo 3.500 dólares de nada.  Era un cuadro de firma y te lo vendían con un certificado y todo.  Estaba firmado una tal Jeannette Delajoie.  Me gusta este apellido, Delajoie;  me suena como a tarde lujuriosa con moza placentera.  La autora no era muy conocida todavía pero le aseguraron que pronto despegaría como un cohete para orbitar en el universo de la fama.  A estas alturas no soy yo el que critique los gustos de Gundi.  Esta Delajoie me imagino que debe estar muy buena.  La misma palabra lo dice.  "de la joie". 
  


Autor: Leopoldo Perdomo

 

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