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GUNDI
EN PARIS
Mi amigo Gundi quería ir a París a comprar unos
cuadros.
--Mi nombre es Gundalecio pero todos me llaman Gundi.
Esto me lo dijo, un día, con un toque entre orgulloso
y un poco
avergonzado. En verdad que un nombre así es para buscar al
culpable y darle dos bofetadas.
Gundi quería comprar obras de arte para empezar una
colección.
Como soy casi catalán, y además fui tres veces a
Perpignan
a ver “El último tango” de Marlon Brando, creo que entiendo de
francés
lo suficiente como para servir de interprete a mi amigo en
París.
Así podría pasar unos días en Francia con los
gastos
pagos y le aligero un poco la pasta al Gundi que ha ganado demasiado
con
la venta del pescado congelado y se ha puesto muy gordo.
Antes de partir me compro un plano y una guía de París en
los almacenes Carrefour. Y además compré una
Enciclopedia
del Arte de Larousse para Gundi. Quería ponerle al día en
el asunto este de las modas y las tendencias en el arte.
Le llevé a Gundi el libro para entrar en detalles. Le
abrí
el libro y le fui pasando las páginas para que se haga una
idea.
--Qué tipo de pintura te gusta, Gundi? Aquí hay de
todo.
--¡Eh!
--Aquí hay de todo.
--Me gusta cuando se entiende lo que dice el cuadro.
--¿Te refieres al arte figurativo?
--Figurativo no. Nada de figuras.
--¡Ah!
--Las figuras las compramos otro día. Hacemos otro viaje
solo
para comprar figuras y algunos jarrones. Solo quiero pintura de
esas
que se entienden y que te dicen algo.
--Ya veo.
--Fíjate que yo no sé hablar idiomas como
tú.
Y si compro un cuadro de esos que no se entiende ¿cuándo
me pregunten los amigos qué les digo?
--Está claro.
--Por ejemplo me gusta ese cuadro que se ve aquí.
Era el cuadro ese con la gente merendando en el campo y tienen al lado
a una tía en pelotas.
--“Déjeuner sur l’herbe” de Manet --le dije.
--Merienda en la hierba, quiere decir. Se parece al
catalán.
--Sí, sí. Es lo mismo.
--Si alguien me pregunta ¿ese cuadro qué dice? Yo
les
respondo, dicen que “está muy buena la sobrasada y que no le
pongas
tanta mantequilla al pan que se te sube el colesterol”.
--No está mal. Es una buena idea.
--Pero si el cuadro no se entiende ¿qué les voy a
decir?
--Tienes razón.
--Además con los otros cuadros la gente te dice: “esos monigotes
los hace mejor mi hijo” Y ante eso ya no sabes que decirles
porque
sabes que tienen razón.
--Tratándose de arte figurativo, perdón, de pintura que
se
entienda, lo mejor es elegir un marchante de la “rive gauche”.
--¿Un marchan... qué? --preguntó Gundi.
--Un “marchante”; un vendedor profesional de cuadros.
--¡Ah, ya!
Eso fue lo que le dije y algunas cosas más, después de
leerme
bien lo que dice la guía turística de París.
Y nos fuimos enrollando muy bien. Y le iba enseñando al
tío
todos los secretos del arte para que viera el Gundi que yo era un
tío
entendido en el asunto de la plástica. Uno no es
ningún
berzas y se da cuenta enseguida que la gente experta dice “la
plástica”
en lugar de decir la pintura. Es como los chorizos que hablan en
lenguas germánicas para que la gente extraña no se entere
de lo que dicen.
*
*
*
El avión nos llevó al aeropuerto Charles De Gaulle de
París.
Un pequeño laberinto de pasillos nos esperaba y seguimos a la
masa
de viajeros expertos. Todos estábamos siguiendo a los
viajeros
expertos y seguro que íbamos bien porque nadie parecía
tener
dudas. Nosotros tampoco dudábamos. Sí se
perdiera
tanta gente acabaríamos en algún pasillo sin salida,
pronto
se llenaría todo de gente, nos echarían en falta y
vendrían
a rescatarnos. Llegamos al sitio de las maletas, esperamos, y al
fin vamos camino de la salida. “Sortie” que se dice en
francés.
Esta palabra la aprendí en los cines de Perpignan.
Por fin dimos con la salida y cogimos un taxi para ir al Hotel Mercoury
que estaba en las quimbambas. Esto es lo que se dice cuando no
sabemos
a donde vamos, o como vamos a llegar a ese sitio.
Al día siguiente nos fuimos a dar una vuelta. Gundi
quería
subir a la torre Eiffel. Pero yo tenía ganas de andar y le
hice coger el metro y nos apeamos en la plaza de Concordia. Desde
allí nos fuimos paseando en dirección contraria a la
torre
por los jardines de Les Tuilleries hasta el museo del Louvre.
--¿Y esa pirámide de cristal qué es?
--La entrada del museo del Louvre.
--¿Esto tiene pintura?
--Sí. Es unos de los museos más famosos del
mundo.
Ya que estabamos allí, era cosa de hacer una visita. El
Gundi
se quedó pasmado mirando la pirámide de cristal. Se
me ocurrió que una cuadra con caballos parecería
más
normal junto a aquel edificio antiguo. Pero el arte es el
arte.
Tampoco le vas a pedir sentido común al Arte.
Cuando llevas más de media hora en un museo, la cabeza te da
vueltas
y sientes un tremendo dolor de cabeza.. Por eso pasas como un
sonámbulo
por delante de los cuadros más famosos del mundo sin
pestañear.
Pasado este tiempo calculo que inviertes dos segundos de
observación
por cada metro cuadrado de cuadro. El cerebro no puede con tanta
maravilla, una tras otra. Habría que venir a este sitio
durante
diez años, día tras día, para ver una obra o dos
de
cada vez. Es demasiado arte en un solo día para el
cuerpo.
Al salir, no solo respiramos con alivio el aire del exterior, sino que
también nos sentíamos aliviados al vernos libres de tanta
grandeza. Vi como el Gundi aspiraba con placer el aire exterior y
miraba para un cielo azul donde solo se dibujaba alguna pequeña
nube.
Nos fuimos andando de vuelta por los jardines de la Tuillerie. Al
llegar a la plaza de la Concordia ya vimos...
--¿Esa es la torre Infiel?
--La torre... ¡No! ¡Eso es el Arco del triunfo!
--¿Entonces?
--Vamos por el camino equivocado. Déjame ver.
--¿Eh?
--La torre Eiffel está por allá.
--¿Y como vamos?
--Déjame ver en el mapa.
--...
--Tenemos que cruzar por el puente de la Concordia y seguir por el Quai
d’Orsay.
--Parece lejos.
--No. Llegaremos enseguida.
Gundi estaba cansado, pues no estaba acostumbrado a caminar
tanto.
Así que iba cojeando por la orilla del Sena, el famoso Quai
d'Orsay
que le dicen. Yo trataba de distraerlo:
--Mira, Gundi, ese es el puente de Alejandro III
--¿Eh?
--Mira que delgado se ve el arco. Parece excitado.
--¿Excitado?
--Sí. como si estuviera dispuesto a echarse encima del
Sena.
--¿Eh?
--Es como si le dijera al río "voulez vouz coucher avec moi?"
--¡...!
--Es que este río tiene nombre femenino "La Seine"
--¡...!
--El puente está arriba y La seine debajo.
--¡Ah! Ya lo cogí --dijo Gundi.
Era evidente que no le hizo gracia el chiste. No tenía el
coco para historias.
Nos sentamos en un banco de la orilla a descansar.
--A esos barcos cargados de turistas le llaman "bataux mouche".
--¡Ah! -decía Gundi con desgana.
--Un día de estos tenemos que darnos una vuelta.
Así
vas sentado viéndolo todo; así no te cansas.
--Estoy hecho polvo de los pies.
--Has perdido la costumbre de caminar. Necesitas salir de la
oficina
y caminar un poco.
Gundi estaba cansado y no se sentía inspirado para
contemplaciones
estéticas.
Por fin llegamos a la famosa torre. De modo que había que
hacer lo que todo el mundo, pagarse un entrada para subir allá
arriba.
Nos sentíamos un poco privilegiados al vernos rodeados de
turistas
japoneses y americanos. Una vez arriba nos acariciaba una
brisa
agradable. Había en el sitio una gran cantidad de turistas
americanos, japoneses, chinos, alemanes y de otras nacionalidades menos
definidas, que no paraban de hacer fotos. Un japonés
intrépido
se separó de su grupo y se dirigió a unas americanas
diciendo:
--Possible photo... American girls?
Y las americanas, después de un momento de duda, se volvieron y
con un gesto coqueto, se sacudieron sus rubias melenas, levantaron
discretamente
el busto, y le gratificaron con una de sus mejores sonrisas.
Dientes
perfectos, maquillaje total, ropa de Barbie, caras felices.
Uniforme
de un mundo feliz.
--Cheese! --dijeron todas sonriendo en armonía.
El japonés aprovechó para disparar varias fotos.
Por fin bajamos y nos dimos cuenta que estabamos hechos polvo de los
pies
con tanto caminar de un lado para otro. Gundi además,
acostumbrado
a pasar muchas horas sentado en la oficina estaba muerto de
hambre.
Pero, más que hambre yo creo que teníamos necesidad de
sentarnos.
Por eso nos fuimos con la desesperada intención de sentarnos
aunque
hubiera que comer algo. Lo que vimos más a mano era la Rue
de l’Université que estaba cerca de la torre y se veía
abundante
en restaurantes. Conociendo muy poco a los franceses sabía
lo suficiente para imaginar que aquellos restaurantes eran lo
más
apropiado para darte un atraco a mano armada.
--Calma --me dije-- que todo esto lo va a pagar el Gundi que es el que
tiene la pasta.
Pero soy algo pesimista y sobre este punto no me sentía
seguro.
¿Con cuántos días fregando platos serán
necesarios
para pagarse una comida en un restaurante de estos?
“Restaurante Michel Feiffer” decía un gran cartel.
Corría
un ligera brisa que atemperaba el calor del día, pues el sol
estaba
pegando de pleno. Había unas lindas y amplias sillas de
mimbre
en la calle rodeando las mesas. Vimos una mesa vacía y nos
lanzamos sobre las sillas como buitres. Por lo pronto ya
estabamos
sentados y era un alivio. No había terminado la
batalla,
pero las cosas iban bien. Me pareció que había
pocos
camareros y los pocos que había los vi como envarados y con
gesto
adusto. Imagino que era necesario ese gesto de parte de los
camareros.
Pensé que pudiera ser una política de la casa. Algo
así como si te dijeran
--Este es un sitio serio. Prepara bien la cartera y cuenta bien
los
billetes que te estamos esperando.
Estabamos satisfechos con la fortuna de estar sentados; pero nada
es perfecto en este mundo y pronto empezamos a sentir hambre.
Pero
el camarero no daba señales de vida.
Justo al lado un americano y su mujer llevaban un buen rato
allí.
Creo que se sentía impaciente y un poco cabreado porque agitaba
su brazo en alto. Me pareció que tenía en la mano
como
un abanico con varios billetes de cien dólares mientras
gritaba.
--Waiteeer!
--¿Qué dice ese? --preguntó Gundi.
--Nada. Está llamando al camarero.
--What are you doing, Peter? --le recriminó la esposa.
--Nothing. Let’s make them clear we are not Polish tourists.
--¿Qué dice?
--Que no quiere que le confundan con un turista polaco.
Esta escena me provocó la risa y me olvidé por un momento
que tenía mucha hambre. Me acordé de aquellas
películas
antiguas, cuando los franceses eran unos seres felices que
decían
“Oh, la la” y esas cosas tan graciosas. Recuerdo que mis primeras
palabras de francés eran “Oh, la, la” y al repetirlas me
sentía
un ser superior y casi un políglota.
De pronto vi llegar a un camarero de esos antiguos de las
películas,
un francés feliz que sonreía de oreja a oreja.
--Aquí llega el camarero.
--Quelle est votre commande?
--¿Qué dice?
--¡Ah! ¿Pero son ustedes españoles?
--Si. ¿Cómo lo sabe?
--Yo soy de Murcia.
--Ah! Estamos de enhorabuena.
--¿Qué le pasa a esta gente? No se les ve
sonreír
ni de coña.
--Es que son parisinos. Los parisinos no sonríen ni
copulando.
--Y ¿qué hay de aquellas películas, cuando
salían
los franceses sonriendo y diciendo “Oh, la la”?
--Esa gente feliz no era de aquí. Son gente del sur.
De Marsella, Niza, Cannes, etc. Aquí en París
están
todos estreñidos. Debe ser cosa de la calidad del
agua.
O de los cielos grises.
--Hoy hace sol.
--Ojalá dure. En cualquier caso. Desde que empieza
el
otoño se te plantan unas nubes por aquí que no ves el sol
ni en broma. Es lo normal por aquí.
Teníamos que elegir algo de comida y procuramos seguir los
consejos
del camarero murciano que nos decía: No pidas eso que te
apuñalan.
Al final, pedimos unas chuletas de ternera, una ensalada y una botella
de vino.
Como
teníamos bastante hambre no tuvimos razones para protestar de la
comida. Todo estaba muy bueno.
El camarero que llegó con la cuenta tenía tal cara de
palo
que te daba miedo emitir la más tímida protesta.
--¿Cuánto es la cuenta? --preguntó Gundi.
--Mil doscientos francos.
--¿Y eso cuanto es?
--Mejor que pagues y no saques cuentas.
--Tengo curiosidad.
--La curiosidad mató al gato.
--¡Dime!
--Solo son treinta mil pesetas de nada.
--¿Quéee?
--Ya te dije que era mejor no sacar cuentas.
Si quieres tener un trato exclusivo deber acordar una cita con un
marchante.
Estaba claro que Gundi quería comprar algún cuadro de
tipo
figurativo. De acuerdo con la guía las galerías
especializadas
en este tema están situadas en la ribera izquierda del
Sena.
La “rive gauche” que se dice. Elegimos una galería de las
que vienen en la guía. El marchante René
Bernard
Para visitar a un marchante hay que concertar una cita previa.
Imagino
que esto se hace por teléfono.
--Allô! Monsieur Bernard?
--Oui. Ici la Galerie René Bernard.
Así que voy a traducir todo el rollo porque no sé como
llegué
a entenderme con esta gente.
--Una cita para el Mesié Gundi de la Peña.
--...
--Oui. De la Peña. Gundi, oui.
--...
--¿La carta de crédito?
--...
--¿La tarjeta Visa?
--...
--¿La tarjeta Visa?
--Gundi, preguntan que si tienes tarjeta Visa.
--Sí que tengo.
--¿Una Visa qué? --pregunté incrédulo.
--...
--Dice que si es una Visa P/D
--Pues no sé yo de esas cosas.
--Déjame ver. VISA Platino con Diamantes.
¡Jesús!
--Sí, señor. Gundi tiene de todo.
--Es un mesié tres riche.
--Ya están en el bote, Gundi.
--Sí. Mañana a las diez de la mañana.
--Ya lo tenemos, Gundi. Mañana a las diez de la
mañana.
Y así fue como Gunbdi consiguió una cita con el famoso
marchante
René Bernard.
Desde nuestro Hotel que estaba en las quimbambas había que coger
un taxi hasta la calle des Baux Arts, en la “rive gauche”. Para
los
pobres, les digo que eso queda cerca de la estación Odeon del
Metro.
No hay pérdida. Si te disfrazas de americano puedes entrar
en la parte donde van los turistas. Hay mogollón de
galerías
en esta parte. Todo pintura de calidad fetén. De las
cosas que le gustan al Gundi
El marchante René Bernard nos esperaba a la hora convenida
delante
de la galería. Nos esperaba a la puerta por donde entran
los
turistas y nos desvió discretamente hacia la puerta de al lado
que
estaba cerrada, reservada para clientes con pedigrí.
Nos recibió cordialmente con una de sus mejores sonrisas y nos
hizo
pasar a un salón reservado. Estaba situado al margen de
las
salas donde andaban los turistas americanos y japoneses contemplando
sus
cuadros. Nos llevó hasta una mesa donde había unos
platillos con caviar. Me pareció un poco cutre que no
presentara
un buen caviar “beluga”, sino allí estaba un caviar de tipo
“payusnaya”,
de lo más tirado. Otro platito tenía unos pinchitos
discretos de salmón ahumado sobre trocitos de pan de
centeno.
Un par de botellas de vodka. Una de ellas era un Zubrowka
aromatizado
con hierbas de alcaravea. Yo entiendo un poco de estas cosas
finas
porque cuando era más joven fui acompañante de una
señora
con mucha pasta. El marchante nos preguntó que si nos
gustaba
el vodka. Como Gundi no está puesto en estos rollos del
vodka
yo contesté por él.
--Tomaremos dos “screwdrivers”, mesié.
Se lo dije en inglés para que viera que éramos gente
mundo.
La secretaria echó zumo de naranja en tres vasos y luego un
generoso
chorro de vodka en cada vaso. Me parece que echó muy poco
vodka en el vaso de su jefe. Estuvimos unos minutos bebiendo y
aproveché
para comerme todo el caviar. Gundi probó el caviar y lo
escupió
discretamente en una maceta. René nos contaba que le
gustaba
mucho España. Me fui comiendo el salmón, que estaba
riquísimo, mientras el marchante nos explicaba que tiene una
casa
en Marbella. Luego nos dijo unas cuantas frases en español
para que viéramos que él también era un hombre
mundo.
Al rato nos pusimos a mirar los cuadros.
El Gundi reconoció allí colgado un cuadro de Van Gogh,
“Los
lirios” y se quedó pasmado pues no hacía mucho se hablo
de
él en la tele.
Y para viera Gundi que yo entendía de estas cosas, le dije:
--Este cuadro, por ejemplo, vale mucho. La última vez que
se vendió en la subasta de Christy’s por 140 millones de
dólares.
El Gundi pareció impresionado con mi seguridad. Así
que cogí la calculadora, hice unas cuentas y seguí
largando.
--Esto nos da un valor de 300.000 mil dólares por pulgada
cuadrada.
El
Gundi seguía pasmado. El marchante René Bernard y
su
secretaria estaban torciendo el hocico con mis intromisiones.
Pero
yo seguía soltando el rollo.
--En este sentido se han superado los precios unitarios pagados por
algunos
cuadros de Picasso.
--El Gundi sintió necesidad de decir también algo.
--¿Este cuadro no es el que se compró un millonario
Australiano,
hace pocos años?
--Lo compró pero no tenía dinero suficiente para
pagarlo.
Los bancos se le echaron encima. ¿Serás
mamón?
le dijeron. Primero nos pagas las deudas pendientes y luego miras
a ver si tienes para comprar un cuadro. Así que ahora el
cuadro
está de vuelta y aquí lo tienes en esta
galería.
--No lo sabía.
René el marchante estaba a punto de darnos dos patadas en el
culo.
Así que pasamos a contemplar otro cuadro.
--Este cuadro de Matisse, por ejemplo, se entiende perfectamente.
¿Qué te parece?
--Pissst
--Tiene un gran valor. Déjame ver... Esto sale a
220.000
dólares por pulgada cuadrada. Y además parece que
se
entiende mejor que lo de Van Gogh que parece como más de
aficionado.
--Bueno. No está mal.
--Además como tu mismo dijiste tiene una “charme” de grado
“pissst”.
--¿Qué es lo que dices de Carmen?
--¿Carmen? ¿Qué Carmen?
--Es lo que dices tú. No sé que rollo del pis de la
Carmen.
--¡Ah! La Carmen, no. Eso es “la
charme”. Una
palabra
francesa que quiere decir el encanto.
--No entiendo.
--De una parte tenemos el precio y de otra tenemos el efecto “charme”.
--¿El qué?
--“La charme”; El efecto de charme; es el encanto en
español.
--¡Ah!
--Mientras los precios varían mucho. Algo así como
de cien mil a uno. El efecto “charme” varía muy
poco.
Solo existen cinco grados.
--¿Cinco grados?
--El grado uno es el “Que c’est ça”. “Esto que’s”, en
español.
Es para cuando no entendemos un carajo lo que significa la obra.
Por ejemplo, un cuadro con brochazos o con salpicaduras de
pintura.
--¿Entonces?
--Luego viene el grado dos de “charme”; el “Mon-petit” que viene de
“mon
petit fis le fais mieux”. O sea, “Mi nieto lo hace mejor”.
--Mucha gente lo dice.
--El grado tres es el Pissst! Que quiere decir lo mismo es
español.
Como diciendo: “Pissst! No está mal para un
principiante”.
--Lo entiendo.
--El grado cuatro se llama “plutot bien”; o sea bastante bien.
--¡Ah!
--Y el grado cinco es Tresbon. O sea Muy Bueno. Ya ves que
los gustos van por lo tanto definidos por diferentes
parámetros.
--¿Qué es eso?
--¿Los parámetros? Nada. Una palabra
técnica
para hablar del arte sin que te entiendan los extraños.
El marchante René empezaba a estar harto de mi amigo
Gundi.
Tal vez era por culpa de mi presencia que calculadora en mano le estaba
enseñando a mi amigo los secretos de fiduciarios del mundo
artístico.
--Ils me pissent bien ces nouvaux riches de la merde, --dijo
René.
--¿Qué es lo que dicen estos?
--Nada importante. Dicen que “cuanto se lo piensan los nuevos
ricos
de izquierda”.
Para terminar, René estaba que se tiraba de los pelos. Nos
habíamos comido todo el caviar y todo el salmón
ahumado.
Bueno es un decir, Gundi solo comió un poco de salmón y
dijo
que no le gustaba el olor. Este Gundi necesita unas lecciones de
mundología. Pues el caviar no estaba mal a pesar de ser de
una calidad inferior. Tacaño mierda. Nos
puso caviar “payusnaya”. Y es que estos marchantes de hoy
día
son unos chorizos.
El Gundi se compra dos impresiones en cuatricromía de
Dalí
a 7.000 dólares cada una y te las venden con certificados de
autenticidad.
Los impresiones dan el pego y parecen verdaderas acuarelas. Pues
tienen los tonos propios de la rugosidad del papel, tal como lo vemos
en
las acuarelas. Una se llama “Femme se penchant sur la
frenêtre”,
o sea en español “mujer asomada a la ventana”.
--¿Qué te dice este cuadro Gundi?
--La tía tiene un buen culo.
La otra obra era como más acojonante y se titulaba “L’hirondelle
carnivore” y representa la imagen de un inmenso buitre devorando el
cadáver
nada menos que de un hombre blanco. Es un sarcasmo del autor
porque
l’hirondelle significa golondrina y no buitre. Por otra parte,
este
tipo de buitre tan grande se ve que es una especie etiópica y el
hombre blanco no pertenece al mismo ecosistema. Por lo que
resultaba
como una imagen chocante, por no decir francamente
repulsiva.
Pero todo es cuestión de acostumbrase. Pasado un
tiempo
de verla colgada en casa del Gundi terminaré por verle un cierto
encanto.
El Gundi está pasmado con el cuadro. Los ojos los
tenía
muy abiertos, como de loco.
--¿Qué te dice este cuadro, Gundi?
--No sé lo que me dice. Me ha dejado sin palabras.
--Yo también me quedé sin palabras --le dije.
En el cuadro se ve la piel blanca del explorador y su chaqueta color
garbanzo.
Está tirado cerca el gorro de corcho, o salacot, que usaban los
exploradores en los tiempos coloniales. En la chaqueta abierta ha
estado cavando a picotazos el buitre etiópico.
Algún
asunto del subconsciente será lo que le empujó al Gundi a
comprar este cuadro tan horrible. Igual la cara de este
cadáver
le recuerda a algún cabronazo que tuvo que soportar en esta
vida.
Unos quinientos metros más allá había un
callejón
un poco cutre y algunas galerías de aspecto modesto.
Entramos en ella y el Gundi se compró un cuadro con su
montaña,
su casita con una bougainville adosada al muro, una chimenea echando
humo
y un camino de tierra marrón. Valía solo a diez
dólares
por pulgada cuadrada; resumiendo, solo 3.500 dólares de
nada.
Era un cuadro de firma y te lo vendían con un certificado y
todo.
Estaba firmado una tal Jeannette Delajoie. Me gusta este
apellido,
Delajoie; me suena como a tarde lujuriosa con moza
placentera.
La autora no era muy conocida todavía pero le aseguraron que
pronto
despegaría como un cohete para orbitar en el universo de la
fama.
A estas alturas no soy yo el que critique los gustos de Gundi.
Esta
Delajoie me imagino que debe estar muy buena. La misma palabra lo
dice. "de la joie".
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