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EL
PUENTE COLGANTE
Gorgonia,
la orgullosa capital de los gorgonitas, presumía de tener el
puente colgante más largo del mundo. Era este un signo
patriótico de su superioridad racial y de una tecnología
tan avanzada que nadie ponía en duda. Era una nimiedad
considerar que
hacía ya mucho tiempo el susodicho puente hubiera sido
triplicado en longitud por otros en doce de las más orgullosas
bahías del
mundo. Para ellos Gorgonia seguía teniendo el puente
colgante
más largo del mundo y eso era una prueba irrefutable del genio
ingenieril
de los gorgonitas. No menguaba este orgullo ni un poco que la
obra
maestra fuera el producto inteligente de un maldito extranjero, con
materiales
y cables traídos de fuera, pues estos detalles insignificantes
se ocultaban pudorosamente por los medios del país para que el
pueblo no cayera en un lamentable derrotismo.
En estos tiempos el puente ha adquirido un fama creciente por causa de
los
suicidas. No se saben muy bien sus motivaciones; pero algunos
expertos aseguran
que los suicidas han elegido este puente y no otro cualquiera
para
impregnarse por asociación. Quiero decir que desean
asociarse con algo
tan grandioso como nuestro puente. Por algún motivo,
sienten que sus vidas son anodinas y carecen de sentido. Esta
falta
de trascendencia les deprime. Y esto se comprende
fácilmente
cuando uno lee los informes secretos del Pentágono. En
estos
se constata que los suicidas carecen de filiaciones deportivas
sólidas.
Este vacío no puede colmar de satisfacciones su existencia, pues
tampoco saben tocar el saxofón, ni la guitarra
eléctrica.
Según
las estadísticas de la Unesco, los gorgonitas tendrían
pronto
un nuevo motivo de orgullo, pues se acercaba la posbilidad de celebrar
el suicida millonésimo. Ese millón se había
conseguido en unas décadas de nada mientras otros países
se iban quedando rezagados en esta carrera prestigiosa. En otros
tiempos se hubieran avergonzado por el alarde de racionalidad y la
autarquía
de los valerosos suicidas. Fue por ese motivo que algunos
reaccionarios
ordenaron poner vallas de alambre para que impedir unas decisiones que
estaban reputadas por la curia y el episcopado como actos
lamentables.
A pesar de esa valla, los pertinaces suicidas, en un alarde inesperado
de creatividad, conseguían cortar los hilos de la malla con
limas,
cortaúñas, tijeras y alicates. Otros menos
hábiles
con las manualidades demostraron una asombrosa capacidad
trepadora.
Trepaban cual primates arborícolas hasta el límite
superior
de la malla y desde allí se lanzaban al vacío para
celebrar
la grandeza de aquella maravillosa obra de ingeniería, orgullo
de
la patria.
Los caminos
de la grandeza son con frecuencia insondables, por no decir
incomprensibles.
Los efectos de la electrólisis, las limas, los alicates, los
cortaúñas,
y otros artefactos fueron destruyendo de un modo continuo la malla del
orgulloso puente. Esta malla ya presentaba numerosas oquedades de
modo que empezaba a parecer una vergüenza tercermundista.
Alguien
sugirió la idea de cambiar la vieja malla del puente por otra
nueva.
Fue una idea muy luminosa pero incompatible con los presupuestos del
ayuntamiento
que arrastraba desde hacía unos años un lamentable
déficit.
Éste fue calificado por algunos de catatonia
presupuestaria.
Algunos pensaban que todavía se estaba pagando la factura del
puente
al Banco Monetario Internacional que les prestó los
dineros.
Pero esto no lo hubiera dicho nadie en voz alta por temor a las
consecuencias.
Con el
tiempo
las ideas dominantes se van volviendo más sofisticadas y lo que
en otro tiempo se estimaba como una vergüenza vino a ser
considerado
como un signo de orgullo. Hoy se sabe que los altos
índices
de suicido son una característica esencial de las naciones
más
avanzadas y pacíficas del planeta. En los países
ricos
en hambre, revoluciones, guerras civiles, o en esos donde abunda un
exceso
de gente, se dispara alegremente a los viandantes, a los
escolares,
a los clientes de los bancos y a los tenderos. En estos
casos
el suicidio casi no existe, pues la vida parece mucho más
trascendente.
Hoy se
sabe que el índice de suicidios de un país presenta una
correlación
positiva con su bienestar material y espiritual. O lo que es lo
mismo,
nos produce una sensación de intrascendencia. Por eso
algunos
ven el suicidio como una ruta alternativa a hacia un mundo
superior.
Las naciones más orgullosas rivalizan las con las otras
mostrando
sus índices industriales, su polución atmosférica,
sus cotizaciones de la bolsa y el gigantismo de sus bancos. Pero
tampoco se olvidan de mencionar el número de suicidas por cien
mil
habitantes, junto con el índice de automoviles o los televisores
con conexión a los satélites.
Con la
perspectiva del suicida número un millón, el actual
alcalde
de la ciudad tenía unas excelentes perspectivas para salir
reelegido.
De modo que debía aprovechar muy bien esta oportunidad o estaba
perdido para siempre. Este alcalde había hecho su fortuna
en el negocio de los embutidos. Esta forma plebeya de hacer
fortuna
era denostada por la gente de rancio abolengo que no ven honor alguno
en
hacerse rico con la villana laboriosidad del populacho. Eran de
la
opinión que solo puede haber honor en lo que se toma de un modo
súbito con un golpe de suerte al poquer o con el capital
recibido
en herencia.
El alcalde era considerado por muchos como un garrulo pero tenía
buenos asesores de imagen. Así que fueron preparando con
cuidado
una campaña para aprovechar el momento memorable del suicida
millonésimo
y así triunfar en las próximas elecciones.
Afinando
con exquisito cuidado las estadísticas se sabía ya desde
ahora mismo la fecha exacta para el esperado suicidio. Se
empezó
a hablar del glorioso evento en la prensa y la televisión.
¿Quién sería el afortunado?
¿Quién
tendría el honor de ocupar ese espacio privilegiado de
notoriedad?
Se empezaba a especular con la llegada de las cadenas extranjeras de TV
para retransmitir el acto. Rumores no confirmados hablaban de un
contrato en exclusiva con la cadena TNN para retransmitirlo a todo el
mundo.
Se acercaba el día inexorable y había que actuar
rápido.
De modo que ante el aluvión de peticiones el municipio
decidió
ser justo y dar a todos los voluntarios una oportunidad igualitaria de
gloria. Es por eso que se decidió subastar el derecho a
suicidarse
en el día y la hora que predecían las
estadísticas.
Para conseguirlo con la máxima eficacia se contrataron los
servicios
de la famosa casa inglesa de subastas Lockerby. Pero se
presentaron
algunos problemas para establecer el día exacto y la hora.
Los matemáticos tuvieron muchos quebraderos de cabeza calculando
la fecha pues las expectativas creadas por tan esperado acontecimiento
habían generado un cierto freno en el ritmo de los
suicidios.
Era previsible que algunos potenciales suicidas aplazaran su muerte
para
poder disfrutar de aquel magno evento transmitido a todo el mundo por
radio
y televisión. Esto obligó a los matemáticos
a hacer un ajuste fino en la definición de la fecha. Los
medios
de comunición no hablaban de otra cosa, si descontamos los
eventos
deportivos, los amores, los cuernos y las rupturas sentimentales
de los famosos.
Por fin
llegó el día glorioso. Se había interrumpido
la circulación por el puente, pero eso no fue ningún
trastorno
notable porque todo el electorado estaba pendiente de los actos en sus
televisores. Allí estaban en primera fila las autoridades
municipales, junto con el cuerpo consular y los periodistas
extranjeros.
Para no atiborrar el lugar con demasiadas cámaras de
televisión,
la TNN tenía el derecho exclusivo de retransmisión para
todo
el mundo. La banda de música municipal estaba
también
sobre el puente para tocar una marcha triunfal. La policía
trataba
de retener a los curiosos en ambos extremos del puente pero algunos en
un alarde de funambulismo se subían por los cables y por las
vigas
externas del puente, sin miedo alguno al vértigo, ni a caerse a
las aguas de una bahía famosa por sus antropófagos
tiburones.
Estos jóvenes atrevidos ponían nerviosos a los guardias
que
no sabían si dispararles a la cabeza, a los pies, o al
abdomen.
Pero, el comandante le dijo a sus hombre que les dejaran por
allí
colgados. Tenía la esperanza de que se cayeran al agua en
un descuido y fueran devorados por los tiburones. En cualquier
caso
los guardias se preocupaban de que estas distracciones banales de la
juventud
pudieran deslucir el evento. De modo que las fuerzas del orden
optaron
por mantener un perfil discreto, pensando con razón que
podían
ser expedientados por mala conducta o negligencia si se veían
implicados
en algún alboroto idiota.
Allí
estaba esperando toda la gente de cierta categoría para que les
vieran bien las cámaras de televisión y aprovechar el
tirón
publicitario. Habían colocado para este evento una tarima
elevada con peldaños que alguien había cubierto con una
alfombra
roja. Y hasta ahí llegaba en ese momento la carroza
triunfal
cubierta de flores que transportaba al suicida número un
millón.
El helicóptero de la TNN filmaba todo desde arriba, pero el
viento
generado por las aspas amenazaba con hacer volar algún
peluquín.
Cuando faltaban cosa de 50 metros para llegar al lugar, a una
señal
convenida la banda municipal se arrancó con la marcha triunfal
de
Aída. Fue un momento que electrizante y uno sentía
que se le erizaba el vello de los brazos y las espalda. Colocaron
una escalerilla para bajar de la carroza triunfal y los mandatarios
locales
y demás allegados se acercaron al suicida para darle la mano y
congratularle
por el gran honor que representaba para todos en ese momento. Las
cámaras registraban la pompa de estos instantes mientras el
suicida
iba estrechando manos, aunque trataba de aferrarse a ellas en un
incomprensible
rito. Pero las manos así aferradas tras una leve duda
intentaban
zafarse del honorable suicida por algún motivo que se me
escapa.
Tal vez sería debido a las obligaciones del protocolo que tiene
definido un espacio de tiempo y un momento para cada cosa. Cuando
ya hubo estrechado todas las manos de todos, el suicida se quedo
allí
parado sin moverse. Pero el alcalde en un detalle deferente, le
mostró
cortésmente, con una de sus encantadoras sonrisas, la
escalerilla
de subida cubierta por la alfombra roja. En vista de la timidez
del
suicida otras manos le señalaban la escalerilla para animarle a
decidirse, pues todo el tiempo estaba perfectamente cronometrado y en
todo
el mundo las naciones estaban pendientes de aquella ceremonia.
Por fin
el héroe del día empezó a subir los escalones y
llegó
a lo alto del podio. Los consejeros psicológicos le
habían aconsejado al héroe que no miraba hacia
abajo.
Pero este miró. Allá abajo se veía como un
círculo
mágico de agua marina acorralado por una infinidad de yates,
unos
de motor y otros de vela. La gente se había vestido para
el
evento con sus mejores galas. Ropas blancas y multicolores.
Las hermosas hembras de los yates aprovechaban el cálido sol de
primavera para lucir sus bikinis, sus abultados muslos y sus inmensas
tetas
de silicona. Se podían vislumbrar algunas olas rompiendo
en
leve espuma y la mancha ominosa de algún tiburón se
movía
en el fondo el azul de las aguas. El héroe se quedó
paralizado por un momento. Esta demora también estaba
prevista,
le daba al evento un no sé qué de emoción.
No
se va uno de este mundo sin celebrar su efímera gloria con un
leve
titubeo. Las autoridades empezaron a ponerse algo
nerviosas.
Los tripulantes de los barcos allá abajo se impacientaban por
causa
de que estaban viendo todo a contraluz del sol. El héroe
seguía
mirando las oscuras aguas de la bahía. Alguien se puso
nervioso
y tocó por accidente la bocina antiniebla. De pronto se
desplomaron
los nervios de los marinos en sus embarcaciones de recreo y se
formó
una horrible cacofonía de bocinas. El alcalde hizo una
seña
a la banda para que se arrancara con la marcha triunfal de Aída
a ver si se decidía de una puñetera vez el suicida.
Este seguía inmóvil en lo alto del podio. Me parece
que el alcalde le hizo señas a un policía. Este
subió
los escalones y le dijo al héroe algo en el oído.
Este
hizo un gesto negativo y agito los brazos, el policía le
cogió
discretamente por el codo, pero nuestro héroe se revolvió
como un gato y se puso a forcejear con él. Pasaron unos
segundos
preciosos retransmitidos por la TNN a todo el mundo. Y
allí
seguían forcejeando en lo alto del podio el policía y el
suicida. Subió alguien para hacer de refuerzo pero el
héroe
del día estaba resultando un hueso difícil de
roer.
De modo que subieron más voluntarios. En algún
momento
el alcalde mismo pensó que estaba perdiendo mucha cuota de
pantalla
en este magno evento mientras la cámara de la TNN desde el
helicóptero
solo se fijaba en el forcejeo de varias personas en los alto del
podio.
De modo que el alcalde se decidió por una apuesta de imagen y se
subió también al podio para disfrutar de su parte
alícuota
en ese momento de gloria. Las cámaras de la TNN enfocaron
al alcalde subiendo al podio, al alcalde metiendo su fuerte brazo en
aquel
barullo y luego, en una imagen memorable para el recuerdo, filmaron la
caída entera del grupo desde lo alto de puente. No era un
puente cualquiera, sino el puente colgante más largo y
más
alto del mundo.
Los tiburones
que esperaban con gran clarividencia los resultados del evento y se
abalanzaron
hacia el grupo de personas que caían al mar. Los
navegantes
en sus barcos hacia un rato que habían dejado de sonar sus
bocinas
de niebla para filmar con sus cámaras de vídeo la mortal
caída. Era evidente que estabamos dando ante el mundo un
espectáculo
glorioso. No fue nada de extrañar que durante varias
semanas
Gorgonia se convirtió en una de las capitales más
populares
del mundo.
Cayeron
al agua con un fuerte golpe. Los tiburones se aproximaron al
lugar
del impacto y empezaron a merendarse aquellos cuerpos. Pero, la
gente
no sentía dolor alguno, pues se había quedado
inconsciente
por el tremendo batacazo. Los marinos deportivos filmaban la
escena
mientras otros más blandengues empezaron a disputar los cuerpos
mutilados a los tiburones. Se recogieron cinco cuerpos que
resultaron
cadáveres con grados diversos de mutilación y
traumatismos.
Los cadáveres se colocaron en las cubiertas de los yates y
fueron
fotografiados con ansia y filmados pensando en la envidia que
pasarían
los parientes y amigos. Y es que todos no podemos permitirnos el
gusto de tener una yate o una cámara de vídeo. Y
mucho
menos una tía buena con unas tetas grandes de silicona.
Leopoldo
Perdomo. ..
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