EOS, LA DIOSA DE LA AURORA
Donde se habla de las locuras del amor
Estabamos en casa de
Aristóbulo que está
muy cerca al puerto de Pirra. Desde allí se contempla la
preciosa bahía bien guardada de todos los vientos; pues
está rodeada de altas montañas. Aún después
de muerto no podré olvidar esta isla cariñosa, Lesbos, ni
tampoco la preciosa bahía de Mitilene que me trae tan dulces
recuerdos.
Decía que estaba en casa de
Aristóbulo y que le traje un ánfora grande con el mejor
vino del ática. Y, aunque la gente de aquí está
muy orgullosa de su vino lesbiano, aceptaron de buen grado mi obsequio.
Estaba en la ciudad, de paso, el sabio Herodonte y pedí a mi
amigo que le invitara al simposio pues hacía años que no
lo saludaba. Al día siguiente por la tarde estaba ya la pandilla
de amigos, impacientes por beberse todo el vino de Grecia en una sola
tarde, cuando por fin llegó el sabio. Algunos solo le
conocían de oídas y todos estaban ansiosos por escuchar
sus palabras.
Iba el sabio ya por la tercera copa de
vino. Este estaba este aligerado y fresco por la mezcla con el agua que
nace en una fuente de una cueva cercana. Tomó un sorbo de su
tercera copa y las musas le llenaron la cabeza de palabras. Sentimos la
agitación de su rostro inspirado y nos quedamos todos pendientes
de su voz. Y así fue que se arrancó diciendo:
Muchas son las locuras con que nos aflige el
amor a los mortales. Pero, ni los mismos dioses se libran de estas
fiebres malignas y vemos que pierden con cierta frecuencia la divina
compostura. Cuan lejos quedan esas aventuras alocadas de la sagrada
inmovilidad con que nos miran sus grandes ojos desde lo alto de sus
estatuas en el silencio de los templos.
Me viene a la memoria unas palabras de
Eos, la diosa de la aurora. Y Herodonte se tomo un breve trago y todos
quedamos esclavos de sus dulces palabras.
No más, al término cabal de la
noche, se monta la diosa de los rosados dedos en su dorado carro. Y
dando una sacudida a las riendas de sus caballos, Lampo y Faetonte,
sale rauda por el espacio del aire y deja flotar en el éter los
pliegues de su túnica. A toda prisa se dirige hasta el Olimpo
para despertar presto a los dioses que aún yacen dormidos en sus
lechos. Y esto causa una gran conmoción entre aquellos que son
más proclives al pendoneo nocturno y las francachelas. Pero la
aurora con voz chillona e insoportable les conmina: ¡Arriba!
¡Arriba! ¡Gandules! ¡Levantaos! ¡Que ya llega
pronto mi hermano Helios, presuroso en su carro de fuego! ¡Ya no
queda más tiempo! ¡Arriba! ¡Arriba! Y al oír
estas palabras contundentes, todos los dioses empiezan a estirar sus
divinos brazos y a frotarse los ojos con sus dedos suaves para
liberarlos de las pesadas cadenas del sueño. Y es que comienza
un nuevo día.
Todos quedamos poseídos por la
fuerza con que hablaba la musa de Herodonte y prestamente ponía
en su lengua una palabra tras otra en secuencia dulce y armoniosa. Hizo
una pausa, se tomó un leve trago del dulce vino y siguió
narrando.
Y todo esto viene a cuento porque quiero
contaros unas cosas que se dicen de esta diosa. En la mañana
madrugadora, ella nos muestra sus sonrosados dedos y nos llama para el
trabajo. Es, quizá, por esta molestia, una diosa un tanto
discutida. De modo, que todo el mundo no acepta su divinidad. Y algunos
llegan incluso a considerarla un simple fenómeno de la
física. Yo mismo he viajado por todo el mundo y jamás he
visto un templo dedicado a la diosa Eos. Pero se dice que ella provoca
cierta querencia en los jóvenes. Pues ya saben que éstos
se trastornan y extravían en la oscuridad de la noche. Y que no
se vuelven a casa porque se dice que esperan al alba. Salen los
jóvenes de noche descolgandose desde la alta ventana para no
hacer ruido con la pesada puerta bien atrancada. Y se pierden de un
lado para otro por callejones y caminos inciertos; lugares de temor en
esas horas de la noche; pues los ladrones y los bandidos acechan en
cualquier esquina. Tiene la diosa de la aurora fama de raptar en la
madrugada a los jóvenes descarriados para llevárselos a
su lecho amoroso. Se justifican estas afirmaciones porque algunas veces
le ha ocurrido a algún joven noctámbulo que se pierde al
salir de alguna taberna y ya nadie sabe jamás de él.
También abunda este razonamiento porque los jóvenes
plenos de vigor, e incluso muchos adultos, se despiertan al tiempo que
llega la aurora con el miembro erecto y lleno de vitalidad.
Se dice que el poder de la aurora está
llamando a los seres viriles al refocile de su lecho amoroso. Es por
eso que, al filo del alba, muchos maridos despiertan a sus esposas para
aprovechar la inspiración divina que nos trae la diosa
madrugadora.
Todos estábamos admirados de la
fácil palabra del sabio Herodonte y de cómo sus relatos
nos llenan la cabeza de bellos pensamientos. Hubo una breve pausa para
llenar de nuevo las copas pues nadie quería perderse una sola
palabra. Hasta los esclavos se quedaban parados prisioneros de la magia
de las lindas palabras.
Hay otra historia, siguió diciendo,
de sobra conocida. Se sabe que Afrodita siente gran pasión
amorosa por Ares, el imberbe dios de la guerra. Y esta atracción
se ve reforzada por su forma perversa de hacer el amor; modalidad que
el pudor no aconseja mencionar en público. Cierto día,
reparó Afrodita en unos musculosos glúteos que se
agitaban con los vaivenes del frenesí copulativo. La diosa
reconoció de inmediato ese trasero prodigioso. Estaba
acostumbrada a verlo en un gran espejo de plata que había sobre
su mismo lecho. Este increíble artilugio fue un regalo de
Hefestos, el herrero divino, en recuerdo de sus mejores noches de amor.
Digo que Afrodita reconoció de inmediato las prominentes nalgas
de Ares, su amante favorito. Allí estaba su amante ante su vista
en el lecho amoroso de la divina Eos. Esta yacía sobre su
vientre mientras Ares agitaba con vigor sus prominentes y atractivos
glúteos, pues no se daba cuenta de la presencia de la diosa que
los miraba con ojos llenos de ira. Se dice que la diosa irritada
echó tremenda maldición a Eos por esta faena. “A partir
de ahora, sentirás un deseo irrefrenable por los jóvenes
mortales. Y este deseo será insaciable y eterno.” Estas se cree
que fueron las palabras de Afrodita.
Esta sólida teoría explica
la querencia de los jóvenes que deambulan de un lado para otro
en la oscuridad de la noche hasta que sale el sol. Para entonces ya se
habrán ido todos a dormir. Un sostenido murmullo de aprobaciones
cerraron el discurso de Herodonte que sonrió satisfecho y
pidió otra copa. Luego, insistieron todos para que nos contara
otra historia. Este se resistió por cortedad, pero seguimos
insistiendo y el sabio se echó un buen trago antes de seguir.
Es un fragmento de Afrodisia
Autor: Leopoldo Perdomo
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