CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO


EOS, LA DIOSA DE LA AURORA

Donde se habla de las locuras del amor

Estabamos en casa de Aristóbulo que está muy cerca al puerto de Pirra. Desde allí se contempla la preciosa bahía bien guardada de todos los vientos; pues está rodeada de altas montañas. Aún después de muerto no podré olvidar esta isla cariñosa, Lesbos, ni tampoco la preciosa bahía de Mitilene que me trae tan dulces recuerdos.
    Decía que estaba en casa de Aristóbulo y que le traje un ánfora grande con el mejor vino del ática. Y, aunque la gente de aquí está muy orgullosa de su vino lesbiano, aceptaron de buen grado mi obsequio. Estaba en la ciudad, de paso, el sabio Herodonte y pedí a mi amigo que le invitara al simposio pues hacía años que no lo saludaba. Al día siguiente por la tarde estaba ya la pandilla de amigos, impacientes por beberse todo el vino de Grecia en una sola tarde, cuando por fin llegó el sabio. Algunos solo le conocían de oídas y todos estaban ansiosos por escuchar sus palabras.

    Iba el sabio ya por la tercera copa de vino. Este estaba este aligerado y fresco por la mezcla con el agua que nace en una fuente de una cueva cercana. Tomó un sorbo de su tercera copa y las musas le llenaron la cabeza de palabras. Sentimos la agitación de su rostro inspirado y nos quedamos todos pendientes de su voz. Y así fue que se arrancó diciendo:
     Muchas son las locuras con que nos aflige el amor a los mortales. Pero, ni los mismos dioses se libran de estas fiebres malignas y vemos que pierden con cierta frecuencia la divina compostura. Cuan lejos quedan esas aventuras alocadas de la sagrada inmovilidad con que nos miran sus grandes ojos desde lo alto de sus estatuas en el silencio de los templos.

     Me viene a la memoria unas palabras de Eos, la diosa de la aurora. Y Herodonte se tomo un breve trago y todos quedamos esclavos de sus dulces palabras.
     No más, al término cabal de la noche, se monta la diosa de los rosados dedos en su dorado carro. Y dando una sacudida a las riendas de sus caballos, Lampo y Faetonte, sale rauda por el espacio del aire y deja flotar en el éter los pliegues de su túnica. A toda prisa se dirige hasta el Olimpo para despertar presto a los dioses que aún yacen dormidos en sus lechos. Y esto causa una gran conmoción entre aquellos que son más proclives al pendoneo nocturno y las francachelas. Pero la aurora con voz chillona e insoportable les conmina: ¡Arriba! ¡Arriba! ¡Gandules! ¡Levantaos! ¡Que ya llega pronto mi hermano Helios, presuroso en su carro de fuego! ¡Ya no queda más tiempo! ¡Arriba! ¡Arriba! Y al oír estas palabras contundentes, todos los dioses empiezan a estirar sus divinos brazos y a frotarse los ojos con sus dedos suaves para liberarlos de las pesadas cadenas del sueño. Y es que comienza un nuevo día.


     Todos quedamos poseídos por la fuerza con que hablaba la musa de Herodonte y prestamente ponía en su lengua una palabra tras otra en secuencia dulce y armoniosa. Hizo una pausa, se tomó un leve trago del dulce vino y siguió narrando.

    Y todo esto viene a cuento porque quiero contaros unas cosas que se dicen de esta diosa. En la mañana madrugadora, ella nos muestra sus sonrosados dedos y nos llama para el trabajo. Es, quizá, por esta molestia, una diosa un tanto discutida. De modo, que todo el mundo no acepta su divinidad. Y algunos llegan incluso a considerarla un simple fenómeno de la física. Yo mismo he viajado por todo el mundo y jamás he visto un templo dedicado a la diosa Eos. Pero se dice que ella provoca cierta querencia en los jóvenes. Pues ya saben que éstos se trastornan y extravían en la oscuridad de la noche. Y que no se vuelven a casa porque se dice que esperan al alba. Salen los jóvenes de noche descolgandose desde la alta ventana para no hacer ruido con la pesada puerta bien atrancada. Y se pierden de un lado para otro por callejones y caminos inciertos; lugares de temor en esas horas de la noche; pues los ladrones y los bandidos acechan en cualquier esquina. Tiene la diosa de la aurora fama de raptar en la madrugada a los jóvenes descarriados para llevárselos a su lecho amoroso. Se justifican estas afirmaciones porque algunas veces le ha ocurrido a algún joven noctámbulo que se pierde al salir de alguna taberna y ya nadie sabe jamás de él. También abunda este razonamiento porque los jóvenes plenos de vigor, e incluso muchos adultos, se despiertan al tiempo que llega la aurora con el miembro erecto y lleno de vitalidad.

    Se dice que el poder de la aurora está llamando a los seres viriles al refocile de su lecho amoroso. Es por eso que, al filo del alba, muchos maridos despiertan a sus esposas para aprovechar la inspiración divina que nos trae la diosa madrugadora.

     Todos estábamos admirados de la fácil palabra del sabio Herodonte y de cómo sus relatos nos llenan la cabeza de bellos pensamientos. Hubo una breve pausa para llenar de nuevo las copas pues nadie quería perderse una sola palabra. Hasta los esclavos se quedaban parados prisioneros de la magia de las lindas palabras.

    Hay otra historia, siguió diciendo, de sobra conocida. Se sabe que Afrodita siente gran pasión amorosa por Ares, el imberbe dios de la guerra. Y esta atracción se ve reforzada por su forma perversa de hacer el amor; modalidad que el pudor no aconseja mencionar en público. Cierto día, reparó Afrodita en unos musculosos glúteos que se agitaban con los vaivenes del frenesí copulativo. La diosa reconoció de inmediato ese trasero prodigioso. Estaba acostumbrada a verlo en un gran espejo de plata que había sobre su mismo lecho. Este increíble artilugio fue un regalo de Hefestos, el herrero divino, en recuerdo de sus mejores noches de amor. Digo que Afrodita reconoció de inmediato las prominentes nalgas de Ares, su amante favorito. Allí estaba su amante ante su vista en el lecho amoroso de la divina Eos. Esta yacía sobre su vientre mientras Ares agitaba con vigor sus prominentes y atractivos glúteos, pues no se daba cuenta de la presencia de la diosa que los miraba con ojos llenos de ira. Se dice que la diosa irritada echó tremenda maldición a Eos por esta faena. “A partir de ahora, sentirás un deseo irrefrenable por los jóvenes mortales. Y este deseo será insaciable y eterno.” Estas se cree que fueron las palabras de Afrodita.
     Esta sólida teoría explica la querencia de los jóvenes que deambulan de un lado para otro en la oscuridad de la noche hasta que sale el sol. Para entonces ya se habrán ido todos a dormir. Un sostenido murmullo de aprobaciones cerraron el discurso de Herodonte que sonrió satisfecho y pidió otra copa. Luego, insistieron todos para que nos contara otra historia. Este se resistió por cortedad, pero seguimos insistiendo y el sabio se echó un buen trago antes de seguir.

Es un fragmento de Afrodisia
Autor: Leopoldo Perdomo



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