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EL CORTAUÑAS
Iba en
automóvil paseando por una carretera del norte. No iba a
parte alguna. Estaba acabando el invierno y trataba simplemente
de disfrutar con la subida de las temperaturas. Hacía un
rato que me sentía molesto y me detuve al borde de la carretera
en una recta para hacer aguas menores. Estaba en un lugar
despoblado y no me sentía capaz de esperar por más tiempo
para hacerlo. Me dirigí a un lugar discreto, un roble
grueso. No circulaba nadie por estos parajes, pero necesitaba un
lugar para ocultar esta necesidad. Una vez desahogado
volvía de regreso al coche.
En esas estaba cuando observé un reflejo metálico
entre la hierba. Me fijé en él, pues tengo la
manía de recoger y examinar todo lo que encuentro por si tuviera
algo de valor. De modo que recojo esas monedillas que se ven por
el suelo. Era solo un cortaúñas, pero
parecía en buen estado. Bueno. No sé si debo
decirlo. Tenía toda la forma de un cortaúñas
pero me di cuenta que le faltaba la parte del corte. Me
extrañó bastante esta cosa y por ello me vino a la mente
que se trataba de un artilugio. O sea que se trata de algo que no
sabes lo que es y por eso le llamas un artilugio. Miro con
atención y me doy cuenta que tiene una parte redondeada en la
base, como una moneda grande. Me deja sorprendido que no lo
hubiera visto antes. ¿Acaso cambiaba de forma? Esto
despertó mi interés y decidí guardar la
cosa. Mi mano inconsciente le daba vueltas a la cosa entre los
dedos. En ese momento no me daba cuenta de un extraño
calorcillo que desprendía
aquello y que me invadía todo el cuerpo.
Entré en el coche y deje el
aparatito sobre el asiento de al
lado. Decidí seguir la ruta y me puse en marcha. A
los pocos
segundos note que la temperatura del cuerpo volvía a ser
normal. No
llevaba mucho recorrido pero me perseguía la idea de que aquello
no era de verdad un cortaúñas, pues le faltaba la parte
esencial para cortar. Debía poner atención a los
detalles de
la carretera, pero no podía quitarme de la cabeza aquel
artilugio extraño.
Pronto vi como a cien o doscientos metros una curva y unas casas.
Al acercarme vi que había allí un espacio suficiente para
aparcar el coche. Tenía que examinar el aparatito con
más detenimiento. No sé de donde saqué que
se trataba
de un cortaúñas. En verdad que se parece solo un
poco,
pero se trata de un artilugio diferente, y al cogerlo en la mano tienes
una sensación rara que se apodera de ti. Notas que tiene
una cierta temperatura o, más bien, que el cuerpo tiene ahora la
temperatura más alta. Sabes que no debes apretar esa
palanquita, pues
puede ocurrir cualquier cosa inesperada. Lo sabes, pero, ignoras
el modo de evitarlo. Sientes un impulso incontrolable y decides
pulsar aquello un poco. Pero, con precaución, lo vas a
hacer con
mucho cuidado. Estás expectante. Algo va a
ocurrir.
Grande es tu sorpresa cuando ves que te levantas en tu asiento dentro
del
coche y estás levitando. Notas que te balanceas en el aire
y que te golpeas suavemente la cabeza contra el techo del
automóvil.
Según aprietas más o menos subes o bajas. Sientes
una gran emoción, tienes el pecho hinchado y oyes en tu interior
el
ruido del corazón latiendo con fuerza. Pum, pum.
Pum, pum. Tienes una sensación de incredulidad. No
puedes pensar en nada racional porque la emoción te bloquea el
cerebro.
Esto no es normal. Sabes que no es normal. Pero ves que
está
ocurriendo. Tienes temor de que alguien pueda verte en estas
raras
maniobras; podrían pensar que estás loco.
Dejo
de pulsar la palanquita del artilugio y me caigo sobre el asiento del
coche.
No me lo puedo creer. Esto no ha ocurrido. Me siento
nervioso.
En mi familia no hay antecedentes de locura. Bueno, no la hay si
exceptuamos el caso de la tía Alicia. Pero, en realidad,
ella ni siquiera es mi tía. Reconozco que la llamamos
tía Alicia, pero solo es tía de mi padre.
Decían que
Alicia era una cabra loca, se vestía de modo extravagante y
siempre
decían en voz baja algo sobre ella. Decían que
estaba como una
cabra, pero nunca estuvo en tratamiento.
Salgo fuera del coche para estirar las piernas y dejo el artilugio
dentro. Siento que me calmo un poco y el corazón vuelve a
latir con
normalidad. Miro el paisaje. La hierba está brotando
con ganas desde
que subió la temperatura estos días atrás.
Se
ven las primeras flores. Se ven algunos pajarillos revoloteando
sobre
las ramas desnudas de unos árboles al otro lado de la
carretera.
Deben ser pájaros madrugadores. Me fijo en las casas y
parece
que no hay nadie en ellas. Son cuatro casas de una sola planta
con
tejado y pintadas de blanco. Las ventanas están cerradas y
parece que precisan otra mano de pintura. Se me ocurre que estas
ventanas nunca se abren o cuando menos se abren tan poco como sea
posible.
Vuelvo a mirar a la hierba e intento distraerme con las cosas normales
de este mundo, pero no puedo olvidarme del dichoso artilugio que
dejé en el coche. Me resisto a volver a cogerlo.
Debo tener
fuerza de voluntad para dominar mis impulsos. Si me ven jugando
con esa
cosa van a pensar que estoy loco.
Tengo una gran voluntad pero si me resisto por más tiempo voy a
tener que quedarme en este sitio para siempre. Estoy aquí
delante de estas cuatro casas, mirando la hierba verde y esos
árboles de ahí al lado. Veo los pajarillos
revoloteando que
esperan a ver si esta mejora del tiempo tiene persistencia.
También puedo mirar a aquellas montañas de allí
que aún
tienen algo de nieve por la parte más alta. De cuando en
cuando
me viene a la mente la imagen del artilugio que hay en el asiento del
coche. Pero no me puedo quedar en este sitio para
siempre. Aquí
no tengo nada de que vivir, ni un sitio para dormir. Decido
volver
al coche y marcharme. Al entrar en él siento de nuevo la
presencia del artilugio que lo invade todo. Siento su presencia
que altera
todas las células de mi cuerpo. Cuando estaba fuera
había
pensado coger este artefacto y tirarlo lejos de mí, para que no
me afecte los nervios. Pero ahora estoy seguro de que no puedo
hacerlo.
No puedo tirarlo. No entiendo como alguien pudo hacerlo.
Todo
esto que me pasa es mentira. No ocurrió nada. Si
cojo
eso en la mano no ocurre nada. He sufrido una
alucinación.
Cojo la cosa en la mano siento que el cuerpo eleva su
temperatura.
No puede ser. Esto es falso. Me estoy dejando sugestionar
por esta cosa. Si la aprieto no va a ocurrir nada. Solo es un
cortaúñas averiado. Aprieto suavemente este
artefacto y noto que empiezo a
levitar. Algo algunas maniobras y siento que le corazón me
late con fuerza. Empiezo a sospechar del coche. Hay algo en
el coche que me hace ver visiones. Cuando estaba fuera no me
pasaba nada.
Salgo fuera del coche. Todo vuelve a la normalidad. Mi
corazón está ya tranquilo y la temperatura enseguida se
normaliza. ¿Ves? No me pasa nada. No son sino
alucinaciones
mías.
Hay algo en el coche, algún gas, alguna emanación nociva
que altera mis facultades mentales. Y para probarlo abro la
puerta
del coche y cojo el cortaúñas. No es más que
un cortaúñas un poco mellado. Trato de cortarme un
poco las uñas para verificar su normalidad. Bueno.
Esto
es algo raro pues le falta la parte del corte. Ahora noto que la
temperatura de mi cuerpo sube de nuevo y el corazón vuelve a
latir
con fuerza. No es posible. No estoy alucinando. Si
aprieto
esto no puede ocurrir nada. La levitación no existe.
Solo es una fábula de místicos y monjes tibetanos.
Aprieto el artilugio para cerciorar a mi razón. Todo esto
no es más que una experiencia subjetiva.
Ahora me veo con sorpresa que me elevo por los aires suavemente.
Pero me invade una euforia extraña y disfruto al ver como floto
y me desplazo suavemente por encima de la altura de los tejados de las
casas. Ya puedo ver los patios traseros pero no quiero subir
tanto.
No es prudente subir mucho; pues dice el refrán que
más
fuerte será la caída. Me deslizo suavemente a pocos
metros por encima de los tejados. Me veo fisgoneando desde lo
alto
un patio trasero. Veo como una jaula grande y casi sin darme
cuenta
aterrizo allí. La jaula está hecha con varas
cruzadas
de avellano y esto me extraña mucho pues hay conejos
dentro.
¿No son roedores los conejos? Examino la jaula con cuidado
y no veo señal alguna de que los conejos hayan roído los
barrotes de avellano. El patio está lleno de cosas
extrañas.
Restos de piezas de baño viejas, una bañera con algo de
agua
y algunas larvas de mosquitos que suben y bajan, un inodoro, un lavabo,
una silla balancín con la malla rota. Me vuelvo para
inspeccionar
la jaula de los conejos y aparece una señora de edad mediana que
me pregunta bruscamente: ¿Qué hace usted
aquí,
joven?
-Verá, señora. No sabría como explicarle...
-¡Manolo! Ven enseguida que tenemos aquí a un
ladrón.
-No, señora. No soy un ladrón. Yo solo...
En
estas aparece Manolo con una escopeta y una cara de muy malas
pulgas.
-¡Qué hace usted aquí!
-Ya trataba de explicarle a su mujer que...
-A ver si me lo explica antes de que le pegue un tiro.
-Yo llegué... volando.
-¿Volando? De verdad que vas a volar cuando te pegue
un tiro.
-Verá usted, señor. Este aparatito que tengo
aquí...
Y yo le enseño mi cortaúñas volador. El
hombre
me mira con una sonrisa irónica. Creo que podré
explicarle
lo que me pasa.
-Este pequeño dispositivo... es tal que cuando yo lo pulso
así...
-¿Te vas a creer todas esas tonterías, Manolo?
-¡Pero, señora, es verdad! Mire, mire usted como
levito.
Pulso la cosita y empiezo a ascender suavemente por el aire.
Quiero
demostrarles que no miento. Veo la cara de asombro del hombre que se
transforma
lentamente en una mueca de cólera.
-¡No creerás que vas salir de aquí tan
fácilmente!
Veo que me apunta con la escopeta. Imagino que me va a
disparar.
Si antes tenía algún reparo en disparar, ahora me ve como
un pato gigante y se siente con derecho a cazarme a tiros. Al fin
y al cabo un ladrón volador es mucho más peligroso que un
ladrón terrestre. Si le dispara a un ladrón
terrestre
tendrá que responder a un buen número de preguntas.
Él lo sabe por experiencia. Pero, si uno le dispara a un
ladrón
volador... ¡bah! Eso no es nada. ¿Quién
te iba a pedir cuentas por que le pegues un par de tiros a un
ladrón
volador? La gente comenta estas cosas continuamente:
¡Hay
que ver lo que adelantados que están los ladrones de hoy
día!
Estoy asustado por el gesto homicida del cazador y pulso el aparatito
con
fuerza. Siento una fuerte aceleración y salgo volando por
el aire al tiempo que oigo un disparo de escopeta. Luego, cuando
ya estoy algo más lejos oigo otro tiro más,
¡Pum!
Me libré por los pelos. Pude oír el silbido suave
de
los perdigones volando.
Ahora voy simplemente volando por el aire. Veo que dejo a lo
lejos
la casa y que mi coche se queda allí aparcado. Veo los
árboles
aún con pocas hojas y la carretera que serpentea para eludir las
colinas. Simplemente voy volando. Estoy un poco nervioso
porque
soy novicio en esto. Pero, el aire fresco me va dando en la cara
y se me está enfriando el pecho. Debo abrigarme el pecho o
voy a coger un resfriado. Siento que el corazón se me va
calmando
y el calor ese que me provocaba el aparatito al principio ha
desaparecido.
Más bien ahora siento frío. Trato de abrigarme
desdoblando
las solapas de mi chaqueta con la mano izquierda, mientras sostengo en
la derecha el artefacto prodigioso que me permite volar. Me doy
cuenta
que si dejo caer este aparato al suelo me voy a dar un gran golpe de
esos
mortales. En un caso así no podrías
contárselo
a nadie. ¡Plaf! Te quedas hecho papilla. Los
periódicos
dirían: Un joven aparece muerto en el campo en extrañas
circunstancias.
Por el estado irreconocible de su cuerpo pensamos que se cayó
desde
una gran altura formando con el impacto un cráter de modestas
dimensiones.
Mientras vuelo por los aires, oigo unos débiles sonidos
musicales.
Oriento mis orejas para saber de donde viene el sonido.
Más
bien se oye el sonido de un tambor, pum, pum, pum, que acompaña
a unos retazos de melodía que se pierden por el espacio. A
veces parece que se oye el sonido de una trompeta y me dirijo en esa
dirección.
Creo que daré con el lugar. De momento voy volando y
tratando de no perder la fuente del sonido. Debe haber una
verbena
en alguna parte. Me resulta extraño este asunto de la
música
porque aún no ha empezado la temporada de las verbenas.
Pero
si vas volando por los aires tampoco puedes tener pensamientos
racionales.
Una vez que vuelas de este modo puede ocurrirte cualquier cosa y no
debes
extrañarte para nada.
Al fin cruzas volando por encima de un monte y ahí esta
todo.
La fuente del ruido musical, los tejados de las casas, una plaza amplia
con algunos árboles y mucha gente. Me fijo y veo la
pequeña
orquesta tocando. Un joven toca la trompeta, otro una especie de
batería con un gran tambor. Este es el origen del
acompañamiento,
pum, pum, pum. Saxofón, clarinete y tuba. Una
orquesta
completa. No se puede pedir más. Aterrizo
discretamente
detrás de la gente; no deseo llamar la atención. Me
acerco andando hasta un grupo de personas. Hay un par de
muchachas
contemplando el baile. Me acerco a ellas. Puedo ver el
perfil
de una que tiene unos pectorales de tamaño gratificante.
Me
fijo por detrás y también se observan unas protuberancias
de gran agrado. Siento un gran confort y una hinchazón
placentera.
Deseo quedarme allí, junto aquellas chicas.
-Buenas tardes -les dije.
-Buenas tardes.
Respondieron ellas al tiempo que fingían
desinterés.
Pero, se separaron un poco como para dejarme sitio entre ellas.
-¿Eres forastero?
-Sí -les respondí.
Al verme entre ellas mozas rotundas sentí una especie de
plenitud
que no se suele mencionar por discreción. Notaba mi pecho
henchido y dominado por fuerzas incontrolables. Una de las
muchachas
se dio cuenta que la miraba. Unas veces la miraba por delante y
otras
por detrás. Ella parecía satisfecha con mis
percepciones
visuales y yo también. Al mismo tiempo, me estaba
resistiendo
a un impulso irracional de darle unas nalgaditas con mi mano
pecadora.
En esas estaba cuando apareció un mozo, con estructura corporal
como de mulero o levantador de piedras colosales, que nos
dirigió
unas miradas asesinas.
-¡Ya estás otra vez ligando, no!
Y añadió para darle más fuerza a sus palabras
llenas
de rabia.
-¡Te voy a romper la cabeza, forastero mierda!
Vi que se acercaba con ánimo belicoso y antes de que pudiera
reaccionar
recibí un fuerte puñetazo en la mandíbula.
Me
veo en el suelo y el mulero está esperando que empiece a
levantarme
del suelo justo para tener un pretexto y tumbarme otra vez de una
hostia.
Al ver que me miraba el mulero con cara de bestia agresiva me di cuenta
que no había venido a este mundo para recibir más
golpes.
Así que busqué el artefacto milagroso en el bolsillo del
pantalón, lo pulsé y salí disparado hacia arriba
delante
de toda aquella gente. Los que estaban cerca se percataron del
incidente
y me vieron flotando por encima de sus cabezas. Me miraban
pasmados.
Yo sentía un gran alivio por haber podido salir con bien de esta
aventura. Mucha gente me miraba con cara de incredulidad como si
estuvieran viendo un ovni. Imagino que algunos empezaron a pensar
mal de la cerveza que se vendía en aquel tenderete.
Allí
había mucha gente con una botella de cerveza en la mano mirando
hacia arriba con cara de incredulidad. Y justo al lado, los que
comían
perros calientes estaban igual de pasmados. La misma orquesta
empezó
a sentirse afectada y perdió el ritmo de la
melodía.
El trompeta fue el primero en sentirse afectado y se fue
atrasando.
Sucesivamente, los demás instrumentos se fueron callando uno
tras
otro. Hubo un momento en que toda la orquesta estaban mirando
hacía
lo alto y luego la gente del baile fue volviendo la cabeza para
mirarme.
Yo andaba un poco despistado oscilando en el espacio de un lado para
otro.
Pero me di cuenta enseguida que estaba dando un espectáculo poco
edificante. Esto era un mal ejemplo para los jóvenes, los
menores y las gentes con pocas luces. Así que
decidí
marcharme del lugar inmediatamente. Espero que mañana esta
gente lo habrá olvidado todo, un poco por vergüenza.
Que no va uno por la vida recordando cosas como para avergonzarse de
sus
facultades mentales.
Me di cuenta que en tan poco tiempo había oscurecido. Debo
reconocer que no me parece decente estar de noche volando por lugares
desconocidos.
¿Cómo podría volver, de regreso hasta el coche que
dejé aparcado allá lejos, vete a saber donde? Me
sentía
muy mal. Como un niño desobediente que hizo una travesura
y que ahora espera las consecuencias desagradables de su mala conducta.
Uno debería ser más precavido con las consecuencias
probables
de sus actos.
Autor:
Leopoldo Perdomo
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