CUENTOS
DE LEOPOLDO PERDOMO

EL CORTAUÑAS

    Iba en automóvil paseando por una carretera del norte.  No iba a parte alguna.  Estaba acabando el invierno y trataba simplemente de disfrutar con la subida de las temperaturas.  Hacía un rato que me sentía molesto y me detuve al borde de la carretera en una recta para hacer aguas menores.  Estaba en un lugar despoblado y no me sentía capaz de esperar por más tiempo para hacerlo.  Me dirigí a un lugar discreto, un roble grueso.  No circulaba nadie por estos parajes, pero necesitaba un lugar para ocultar esta necesidad.   Una vez desahogado volvía de regreso al coche.   En esas estaba cuando observé un reflejo metálico entre la hierba.  Me fijé en él, pues tengo la manía de recoger y examinar todo lo que encuentro por si tuviera algo de valor.  De modo que recojo esas monedillas que se ven por el suelo.  Era solo un cortaúñas, pero parecía en buen estado.  Bueno.  No sé si debo decirlo.  Tenía toda la forma de un cortaúñas pero me di cuenta que le faltaba la parte del corte.  Me extrañó bastante esta cosa y por ello me vino a la mente que se trataba de un artilugio.  O sea que se trata de algo que no sabes lo que es y por eso le llamas un artilugio. Miro con  atención y me doy cuenta que tiene una parte redondeada en la base, como una moneda grande.  Me deja sorprendido que no lo hubiera visto antes.  ¿Acaso cambiaba de forma?  Esto despertó mi interés y decidí guardar la cosa.  Mi mano inconsciente le daba vueltas a la cosa entre los dedos.  En ese momento no me daba cuenta de un extraño calorcillo que desprendía aquello y que me invadía todo el cuerpo. 
     Entré en el coche y deje el aparatito sobre el asiento de al lado.  Decidí seguir la ruta y me puse en marcha.  A los pocos segundos note que la temperatura del cuerpo volvía a ser normal.  No llevaba mucho recorrido pero me perseguía la idea de que aquello no era de verdad un cortaúñas, pues le faltaba la parte esencial para cortar.  Debía poner atención a los detalles de la carretera, pero no podía quitarme de la cabeza aquel artilugio extraño. 
     Pronto vi como a cien o doscientos metros una curva y unas casas.  Al acercarme vi que había allí un espacio suficiente para aparcar el coche.  Tenía que examinar el aparatito con más detenimiento.  No sé de donde saqué que se trataba de un cortaúñas.  En verdad que se parece solo un poco, pero se trata de un artilugio diferente, y al cogerlo en la mano tienes una sensación rara que se apodera de ti.  Notas que tiene una cierta temperatura o, más bien, que el cuerpo tiene ahora la temperatura más alta.  Sabes que no debes apretar esa palanquita, pues puede ocurrir cualquier cosa inesperada.  Lo sabes, pero, ignoras el modo de evitarlo.  Sientes un impulso incontrolable y decides pulsar aquello un poco.  Pero, con precaución, lo vas a hacer con mucho cuidado.  Estás expectante.  Algo va a ocurrir.  Grande es tu sorpresa cuando ves que te levantas en tu asiento dentro del coche y estás levitando.  Notas que te balanceas en el aire y que te golpeas suavemente la cabeza contra el techo del automóvil.  Según aprietas más o menos subes o bajas.  Sientes una gran emoción, tienes el pecho hinchado y oyes en tu interior el ruido del corazón latiendo con fuerza.  Pum, pum.  Pum, pum.  Tienes una sensación de incredulidad.  No puedes pensar en nada racional porque la emoción te bloquea el cerebro.  Esto no es normal.  Sabes que no es normal.  Pero ves que está ocurriendo.  Tienes temor de que alguien pueda verte en estas raras maniobras;  podrían pensar que estás loco.  Dejo de pulsar la palanquita del artilugio y me caigo sobre el asiento del coche.  No me lo puedo creer.  Esto no ha ocurrido.  Me siento nervioso.  En mi familia no hay antecedentes de locura.  Bueno, no la hay si exceptuamos el caso de la tía Alicia.  Pero, en realidad, ella ni siquiera es mi tía.  Reconozco que la llamamos tía Alicia, pero solo es tía de mi padre.  Decían que Alicia era una cabra loca, se vestía de modo extravagante y siempre decían en voz baja algo sobre ella.  Decían que estaba como una cabra, pero nunca estuvo en tratamiento. 
     Salgo fuera del coche para estirar las piernas y dejo el artilugio dentro.  Siento que me calmo un poco y el corazón vuelve a latir con normalidad.  Miro el paisaje.  La hierba está brotando con ganas desde que subió la temperatura estos días atrás.  Se ven las primeras flores.  Se ven algunos pajarillos revoloteando sobre las ramas desnudas de unos árboles al otro lado de la carretera.  Deben ser pájaros madrugadores.  Me fijo en las casas y parece que no hay nadie en ellas.  Son cuatro casas de una sola planta con tejado y pintadas de blanco.  Las ventanas están cerradas y parece que precisan otra mano de pintura.  Se me ocurre que estas ventanas nunca se abren o cuando menos se abren tan poco como sea posible. 
     Vuelvo a mirar a la hierba e intento distraerme con las cosas normales de este mundo, pero no puedo olvidarme del dichoso artilugio que dejé en el coche.  Me resisto a volver a cogerlo.  Debo tener fuerza de voluntad para dominar mis impulsos.  Si me ven jugando con esa cosa van a pensar que estoy loco. 
     Tengo una gran voluntad pero si me resisto por más tiempo voy a tener que quedarme en este sitio para siempre.  Estoy aquí delante de estas cuatro casas, mirando la hierba verde y esos árboles de ahí al lado.  Veo los pajarillos revoloteando que esperan a ver si esta mejora del tiempo tiene persistencia.  También puedo mirar a aquellas montañas de allí que aún tienen algo de nieve por la parte más alta.  De cuando en cuando me viene a la mente la imagen del artilugio que hay en el asiento del coche.   Pero no me puedo quedar en este sitio para siempre.  Aquí no tengo nada de que vivir, ni un sitio para dormir.  Decido volver al coche y marcharme.  Al entrar en él siento de nuevo la presencia del artilugio que lo invade todo.  Siento su presencia que altera todas las células de mi cuerpo.  Cuando estaba fuera había pensado coger este artefacto y tirarlo lejos de mí, para que no me afecte los nervios.  Pero ahora estoy seguro de que no puedo hacerlo.  No puedo tirarlo.  No entiendo como alguien pudo hacerlo.  Todo esto que me pasa es mentira.  No ocurrió nada.  Si cojo eso en la mano no ocurre nada.  He sufrido una alucinación.  Cojo la cosa en la mano siento que el cuerpo eleva su temperatura.  No puede ser.  Esto es falso.  Me estoy dejando sugestionar por esta cosa.  Si la aprieto no va a ocurrir nada. Solo es un cortaúñas averiado.  Aprieto suavemente este artefacto y noto que empiezo a levitar.  Algo algunas maniobras y siento que le corazón me late con fuerza.  Empiezo a sospechar del coche.  Hay algo en el coche que me hace ver visiones.  Cuando estaba fuera no me pasaba nada. 
     Salgo fuera del coche.  Todo vuelve a la normalidad.  Mi corazón está ya tranquilo y la temperatura enseguida se normaliza.  ¿Ves?  No me pasa nada.  No son sino alucinaciones mías.  Hay algo en el coche, algún gas, alguna emanación nociva que altera mis facultades mentales.  Y para probarlo abro la puerta del coche y cojo el cortaúñas.  No es más que un cortaúñas un poco mellado.  Trato de cortarme un poco las uñas para verificar su normalidad.  Bueno.  Esto es algo raro pues le falta la parte del corte.  Ahora noto que la temperatura de mi cuerpo sube de nuevo y el corazón vuelve a latir con fuerza.  No es posible.  No estoy alucinando.  Si aprieto esto no puede ocurrir nada.  La levitación no existe.  Solo es una fábula de místicos y monjes tibetanos.  Aprieto el artilugio para cerciorar a mi razón.  Todo esto no es más que una experiencia subjetiva. 
     Ahora me veo con sorpresa que me elevo por los aires suavemente.  Pero me invade una euforia extraña y disfruto al ver como floto y me desplazo suavemente por encima de la altura de los tejados de las casas.  Ya puedo ver los patios traseros pero no quiero subir tanto.  No es prudente subir mucho;  pues dice el refrán que más fuerte será la caída.  Me deslizo suavemente a pocos metros por encima de los tejados.  Me veo fisgoneando desde lo alto un patio trasero.  Veo como una jaula grande y casi sin darme cuenta aterrizo allí.  La jaula está hecha con varas cruzadas de avellano y esto me extraña mucho pues hay conejos dentro.  ¿No son roedores los conejos?  Examino la jaula con cuidado y no veo señal alguna de que los conejos hayan roído los barrotes de avellano.  El patio está lleno de cosas extrañas.  Restos de piezas de baño viejas, una bañera con algo de agua y algunas larvas de mosquitos que suben y bajan, un inodoro, un lavabo, una silla balancín con la malla rota.  Me vuelvo para inspeccionar la jaula de los conejos y aparece una señora de edad mediana que me pregunta bruscamente:  ¿Qué hace usted aquí, joven?
     -Verá, señora.  No sabría como explicarle...
     -¡Manolo!  Ven enseguida que tenemos aquí a un ladrón. 
     -No, señora.  No soy un ladrón.  Yo solo...
En estas aparece Manolo con una escopeta y una cara de muy malas pulgas. 
     -¡Qué hace usted aquí!
     -Ya trataba de explicarle a su mujer que...
     -A ver si me lo explica antes de que le pegue un tiro.
     -Yo llegué... volando. 
     -¿Volando?   De verdad que vas a volar cuando te pegue un tiro. 
     -Verá usted, señor.  Este aparatito que tengo aquí... 
     Y yo le enseño mi cortaúñas volador.  El hombre me mira con una sonrisa irónica.  Creo que podré explicarle lo que me pasa.
     -Este pequeño dispositivo... es tal que cuando yo lo pulso así...
     -¿Te vas a creer todas esas tonterías, Manolo?
     -¡Pero, señora, es verdad!  Mire, mire usted como levito. 
     Pulso la cosita y empiezo a ascender suavemente por el aire.  Quiero demostrarles que no miento. Veo la cara de asombro del hombre que se transforma lentamente en una mueca de cólera. 
    -¡No creerás que vas salir de aquí tan fácilmente!
    Veo que me apunta con la escopeta.  Imagino que me va a disparar.  Si antes tenía algún reparo en disparar, ahora me ve como un pato gigante y se siente con derecho a cazarme a tiros.  Al fin y al cabo un ladrón volador es mucho más peligroso que un ladrón terrestre.  Si le dispara a un ladrón terrestre tendrá que responder a un buen número de preguntas.  Él lo sabe por experiencia.  Pero, si uno le dispara a un ladrón volador... ¡bah!  Eso no es nada.  ¿Quién te iba a pedir cuentas por que le pegues un par de tiros a un ladrón volador?  La gente comenta estas cosas continuamente:  ¡Hay que ver lo que adelantados que están los ladrones de hoy día! 
     Estoy asustado por el gesto homicida del cazador y pulso el aparatito con fuerza.  Siento una fuerte aceleración y salgo volando por el aire al tiempo que oigo un disparo de escopeta.  Luego, cuando ya estoy algo más lejos oigo otro tiro más, ¡Pum!  Me libré por los pelos.  Pude oír el silbido suave de los perdigones volando. 
     Ahora voy simplemente volando por el aire.  Veo que dejo a lo lejos la casa y que mi coche se queda allí aparcado.  Veo los árboles aún con pocas hojas y la carretera que serpentea para eludir las colinas.  Simplemente voy volando.  Estoy un poco nervioso porque soy novicio en esto.  Pero, el aire fresco me va dando en la cara y se me está enfriando el pecho.  Debo abrigarme el pecho o voy a coger un resfriado.  Siento que el corazón se me va calmando y el calor ese que me provocaba el aparatito al principio ha desaparecido.  Más bien ahora siento frío.  Trato de abrigarme desdoblando las solapas de mi chaqueta con la mano izquierda, mientras sostengo en la derecha el artefacto prodigioso que me permite volar.  Me doy cuenta que si dejo caer este aparato al suelo me voy a dar un gran golpe de esos mortales.  En un caso así no podrías contárselo a nadie.  ¡Plaf!  Te quedas hecho papilla.  Los periódicos dirían: Un joven aparece muerto en el campo en extrañas circunstancias.  Por el estado irreconocible de su cuerpo pensamos que se cayó desde una gran altura formando con el impacto un cráter de modestas dimensiones. 

     Mientras vuelo por los aires, oigo unos débiles sonidos musicales.  Oriento mis orejas para saber de donde viene el sonido.  Más bien se oye el sonido de un tambor, pum, pum, pum, que acompaña a unos retazos de melodía que se pierden por el espacio.  A veces parece que se oye el sonido de una trompeta y me dirijo en esa dirección.  Creo que daré con el lugar.   De momento voy volando y tratando de no perder la fuente del sonido.  Debe haber una verbena en alguna parte.  Me resulta extraño este asunto de la música porque aún no ha empezado la temporada de las verbenas.  Pero si vas volando por los aires tampoco puedes tener pensamientos racionales.  Una vez que vuelas de este modo puede ocurrirte cualquier cosa y no debes extrañarte para nada. 
     Al fin cruzas volando por encima de un monte y ahí esta todo.  La fuente del ruido musical, los tejados de las casas, una plaza amplia con algunos árboles y mucha gente.  Me fijo y veo la pequeña orquesta tocando.  Un joven toca la trompeta, otro una especie de batería con un gran tambor.  Este es el origen del acompañamiento, pum, pum, pum.  Saxofón, clarinete y tuba.  Una orquesta completa.  No se puede pedir más.  Aterrizo discretamente detrás de la gente; no deseo llamar la atención.  Me acerco andando hasta un grupo de personas.  Hay un par de muchachas contemplando el baile.  Me acerco a ellas.  Puedo ver el perfil de una que tiene unos pectorales de tamaño gratificante.  Me fijo por detrás y también se observan unas protuberancias de gran agrado.  Siento un gran confort y una hinchazón placentera. Deseo quedarme allí, junto aquellas chicas. 
     -Buenas tardes -les dije. 
     -Buenas tardes. 
     Respondieron ellas al tiempo que fingían desinterés.  Pero, se separaron un poco como para dejarme sitio entre ellas. 
     -¿Eres forastero?
     -Sí -les respondí.
     Al verme entre ellas mozas rotundas sentí una especie de plenitud que no se suele mencionar por discreción.  Notaba mi pecho henchido y dominado por fuerzas incontrolables.  Una de las muchachas se dio cuenta que la miraba.  Unas veces la miraba por delante y otras por detrás.  Ella parecía satisfecha con mis percepciones visuales y yo también.  Al mismo tiempo, me estaba resistiendo a un impulso irracional de darle unas nalgaditas con mi mano pecadora. 
     En esas estaba cuando apareció un mozo, con estructura corporal como de mulero o levantador de piedras colosales, que nos dirigió unas miradas asesinas. 
     -¡Ya estás otra vez ligando, no! 
     Y añadió para darle más fuerza a sus palabras llenas de rabia.
     -¡Te voy a romper la cabeza, forastero mierda!
     Vi que se acercaba con ánimo belicoso y antes de que pudiera reaccionar recibí un fuerte puñetazo en la mandíbula.  Me veo en el suelo y el mulero está esperando que empiece a levantarme del suelo justo para tener un pretexto y tumbarme otra vez de una hostia. 
     Al ver que me miraba el mulero con cara de bestia agresiva me di cuenta que no había venido a este mundo para recibir más golpes.  Así que busqué el artefacto milagroso en el bolsillo del pantalón, lo pulsé y salí disparado hacia arriba delante de toda aquella gente.  Los que estaban cerca se percataron del incidente y me vieron flotando por encima de sus cabezas.  Me miraban pasmados. Yo sentía un gran alivio por haber podido salir con bien de esta aventura.  Mucha gente me miraba con cara de incredulidad como si estuvieran viendo un ovni.  Imagino que algunos empezaron a pensar mal de la cerveza que se vendía en aquel tenderete.  Allí había mucha gente con una botella de cerveza en la mano mirando hacia arriba con cara de incredulidad.  Y justo al lado, los que comían perros calientes estaban igual de pasmados.  La misma orquesta empezó a sentirse afectada y perdió el ritmo de la melodía.  El trompeta fue el primero en sentirse afectado y se fue atrasando.  Sucesivamente, los demás instrumentos se fueron callando uno tras otro.  Hubo un momento en que toda la orquesta estaban mirando hacía lo alto y luego la gente del baile fue volviendo la cabeza para mirarme.  Yo andaba un poco despistado oscilando en el espacio de un lado para otro.  Pero me di cuenta enseguida que estaba dando un espectáculo poco edificante.  Esto era un mal ejemplo para los jóvenes, los menores y las gentes con pocas luces.  Así que decidí marcharme del lugar inmediatamente.  Espero que mañana esta gente lo habrá olvidado todo, un poco por vergüenza.  Que no va uno por la vida recordando cosas como para avergonzarse de sus facultades mentales. 

      Me di cuenta que en tan poco tiempo había oscurecido.  Debo reconocer que no me parece decente estar de noche volando por lugares desconocidos.  ¿Cómo podría volver, de regreso hasta el coche que dejé aparcado allá lejos, vete a saber donde?  Me sentía muy mal.  Como un niño desobediente que hizo una travesura y que ahora espera las consecuencias desagradables de su mala conducta. Uno debería ser más precavido con las consecuencias probables de sus actos. 
 

Autor: Leopoldo Perdomo

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