CUENTOS DE LEOPOLDO PERDOMO


EL CENICERO

Fue un capricho largamente ansiado. Un cenicero de cristal tallado que se mostraba en el escaparate de aquella tienda llena de objetos de cristalería. Era un objeto preciosista y grande que parecía un cristal tallado de Bohemia, aunque no era más que un simple trozo de vidrio corriente fundido entre un par de moldes. Eufrasia, se imaginaba que era una cosa aristocrática; siempre había envidiado las cosas innumerables que la gente de dinero tiene en su casa. Trataba con gran esfuerzo monetario que se asemejase el mobiliario y la apariencia de su casa a las casas de las señoras con fundamento. Su marido a pesar de ser oficinista del ayuntamiento no había podido deshacerse de sus modales vulgares, tan propios entre los suyos. Ella todavía persistía con abnegada virtud en su intento de cambiarle los modales.
   Hasta ahora solo lo había conseguido hasta cierto punto. Y no es que ella fuera de noble cuna, o tuviera cierta categoría social, sino que en su juventud estuvo al servicio de una señora de ringo rango para servirle el té y otras ayudas proximales.  Doncella de cámara, que se decía en otro tiempo; aunque quizá fuera una mezcla endre doncella de cámara y doncella de compañía. Creo que ella fue doncella toda su vida.  Hay quien rumorea que tan fanática es su virtud que aún sigue siendo doncella, tras veinte años de casada.  El caso es que ella quería parecerse a las señoras con cierto pedigrí social, siempre en la medida de lo posible, claro está. 
  Tenía la señora unos sofás bien nutridos.  Quiero decir que tenían formas ampulosas muy sugestivas capaces de excitar las bajas pasiones de cualquiera.  Por nada del mundo hubiera dejado que su vulgar marido, Abelardo, se apoltronarse en aquellos muebles dignos de mejor oficio. Y sobre los respaldos había puesto unas piezas de encaje hechas a ganchillo que protegían el tapizado de quienes reposaran en él su cabeza. No me queda claro si la misión de estos encajes era agasajar a los huéspedes con estas finuras, o la de proteger el precioso tejido del sofá del sebo capilar de ciertos visitantes.  Porque, si se tratara de un sebo ilustre, de algún visitante con buenas referencias, hubiera sido un honor recogerlo como si fuera una reliquia.

   La mesa era redonda y estaba rodeada por sillas orgullosamente tapizadas. Las sillas que daban a la mesa un no sé qué de pasada grandeza. Y allí en el centro de la mesa, sobre un encaje circular de gran tamaño, yacía el enorme cenicero de cristal tallado; estaba bien centrado para no romper una imaginaria simetría que le daba al conjunto un tono señorial. Según quien viniera de visita podía decirle que en aquel cenicero había dejado una colilla de puro el Duque del Infantado, o algún otro pez de calibre aristocrático. Pero era un secreto bien guardado que el enorme cenicero era cuando menos virgen, o digamos que casi lo era. Al menos pasaba por ser una virgen putativa, que no sé si esto es bueno o malo, pero digamos que suena bien.
   En todas las familias casi siempre hay algún secreto vergonzoso y puedo decir a riesgo de equivocarme que aquel precioso cenicero ya había perdido su virtud. Eso ocurrió cierto día que la dueña de la casa se había ausentado con motivo de una visita protocolaria en casa de las señoras de Pi. El grosero marido llegó de la oficina y sus modales rudos le impedían gozar de la sacralidad de aquel salón que tenía vedado usar. En cierto sentido podría decirse que le tenía cogida cierta fobia al mobiliario y sentía deseos de quemarle el tapizado con una colilla del más grosero tabaco negro extremeño. Realmente no sabía muy bien como había aguantado tanto. Pero de niño tuvo una madre muy severa que siempre le castigó por las más leves infracciones. Y ahora su esposa era como su madre y Abelardo sentía un impulso anárquico y destructivo. Se sentó en el sofá más ancho y se solazó en la lujuria de sus relieves ampulosos y carnales. Movió el trasero con delectación sobre el mullido asiento y le vinieron unas sensaciones lascivas. Una molicie malsana invadió su alma y hasta tuvo el atrevimiento de echarse encima del casto mueble para gozar de sensaciones impúdicas. Evidentemente el sofá era mucho más acogedor que su esposa y aceptaba todo el peso de su concupiscencia sin refunfuñar palabras de reproche o emitir jaculatorias demandando el perdón de los pecados.
   En algún momento un pecador se da cuenta que se desliza por la pendiente imparable del libertinaje y, lo que es peor, que puede dejar pruebas irrefutables de su pecado sobre el tejido del pantalón, todo chorreado, o en el santo sofá mismo, cosa que está prohibida por los santos padres. Consiguió contenerse al borde mismo del pecado inminente; justo en el filo mismo de la incontinencia.
   Se levantó del sofá con un bochornoso engrosamiento.  Se sentó en una silla de las que había en torno a la mesa redonda y encendió un cigarrillo "Ducados" hecho con tabaco de noble cepa ibérica.
   Al tiempo que fumaba le hubiera gustado tomarse una copa de coñac; pero la botella estaba en un armario cerrado con una llave.  Varias veces había tenido la tentación de dar con la llave sin reultado alguno. 
   Abelardo trató de adaptarse a las circunstancias y disfrutar de la nicotina, pecado autorizado por los santos padres.
   Mientras fumaba vio sobre la mesa el enorme cenicero. Soñó con placeres vedados.  Le asaltó la tentación de violar la virginidad del santo artificio, del más puro cristal de Bohemia.  Su mente se vio asaltada por la imagen de un puro gigantesco y obsceno que vio en una tienda de tabacos. 
   La tentación se acrecentaba por la pureza del cenicero, jamás mancillado.  Parecía que el santo cenicero tuviera un voto de castidad. ¡ Se le veía tan limpio y tan brillante! 
   Su esposa nunca faltaba a la diaria liturgia de limpiarlo meticulosamente, mañana y tarde. Su santa era enemiga jurada del polvo y la suciedad y no le permitía  mancillar con su presencia la sacriladad del salón.  Esa era la razón por la que tenía instalada la tele en la cocina, sobre una encimera orientable.  Y ese era el lugar apropiado para ver los partidos de fútbol. Este era un secreto que no se atrevía a confesar a nadie. De modo que no podía invitar a ninguno de sus compañeros de trabajo a pasar unas horas viendo el fútbol o las corridas de toros.
    Ahora Satanás se había apoderado de su alma y estaba fumando, sin recato alguno, su cigarillo "Ducados" en el salón.  Se estaba intoxicando con la nicotina por pura malicia perniciosa. 
   El cigarrillo ya iba por la mitad de su longitud cuando lo aplastó con rabia contra la impoluta santidad del cenicero. Sintió una maligna satisfacción interior, una realización de su yo oprimido, un revolución loca, por la que trataba de romper los barrotes de las restricciones morales que padecía desde siempre. 
   Encendió con prisas otro cigarrillo y le temblaba la mano. Se puso a fumar nerviosamente y con furia, aspiraba profundamente el humo llenando de sus alvéolos pulmonares de alquitrán y nicotina pecadora. Recordó la mirada llena de ira de su madre cuando le sorprendió cierto día fumando en el retrete. Recordó su mano que le abofeteaba diciendo ¡no en esta casa! ¡mientras yo viva!  Su esposa al principio le toleraba el vicio de fumar, aunque con frecuencia le interrumpía algún beso para decirle, ¡apestas a tabaco! Dios, las cosas que tiene que soportar un hombre. Y se quedaba acojonado con esta queja sin poder reaccionar. Ahora chupaba con ansiedad del cigarrillo, como si fuera el último cigarrillo de un condenado a muerte. Como si le hubieran dado un plazo de medio minuto para fumarlo antes de que el verdugo apretara el botón para descargar las pastillas de estricnina en el ácido nítrico.
   No había llegado aún a la mitad del cigarrillo cuando lo aplastó con rabia sobre el cenicero de cristal. Encendió otro con manos temblorosas, y luego otro, y otro. Y los fue aplastando con rabia contra el cenicero. Le hubiera gustado disponer del tiempo suficiente para poder llenar el inmenso cenicero todo hasta el borde de colillas. Que digo hasta el borde.  Se imaginó el cenicero bien colmado con una montaña de colillas que no cabía en toda su inmensa grandeza.  Dejó varios cigarrillos ardiendo sobre el cristal para que dejaran una mancha de alquitrán inborrable sobre la superficie transparente. Y como el tabaco negro tiene una tendencia a apargarse por sí solo, volvió a encender esos cigarrillos dejándolos en otro lugar para destruir totalmente la virginidad sin mancha de aquel cenicero violado. 
   Abelardo se fue intoxicando con la nicotina satánica por la velocidad con que estaba fumando. Ya le dolía la cabeza del exceso y la excitación, pero sentía como una especie de borrachera incontrolada. Encendió varios cigarrillos uno tras otro y sorbió el humo de tres o cuatro cigarrillos a un tiempo. Luego, los aplastaba contra el odiado cenicero. Se estaba desquitando de todo el tiempo de abstinencia que había soportado, se desquitaba de las penurias de su humilde cenicero de barro cocido, "Recuerdo de Albacete", que decía en su leyenda.
   Eufrasia aborrecía ese pecado maloliente del tabaco.  No podía odiar al hombre directamente, pues era una criatura hecha por Dios en un momento de distracción.   ¡En que estaría pensando el día que creó al hombre!  Pero, al odiar al tabaco, rechazaba a todo el género masculino en bloque.  ¡Qué asco de hombres!  Siempre estaban pensando en lo mismo.  Y cuando no pensaban en lo mismo, solo pensaban en fumar.  No tienen ni una pizca de sensibilidad.
   Tan exiguo era el cenicero "Recuerdo de Albacete" que apenas le cabían tres o cuatro colillas dentro. "Así fumarás menos", solía decir Eufrasia.
    Y ahora, Abelardo, en plena orgía nicotínica, no oyó un leve ruido en la cerradura.  No se percató del asunto porque su mente estaba ebria de libertinaje.
   Ella entró por la puerta. Se oyó un  grito agudo de horror que rompió varias copas de cristal de bohemia; los que se hallaban en el mueble vitrina.
Un bofetón inmensó golpeó la cara de aquel libertino que se había atrevido a violar de modo ignominioso la virginidad del santo cenicero, hecho con el más noble cristal de Bohemia.  Vasija esta casi sagrada, solo digna de contener, en su perfecta concavidad, los higadillos mismos de San Sisebuto, o el prepucio incorrupto de San Stanilao del Bendeje.

LEOPOLDO PERDOMO




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