EL CENICERO
Fue
un capricho largamente ansiado. Un cenicero de cristal tallado que
se mostraba en el escaparate de aquella tienda llena de objetos de
cristalería. Era un objeto preciosista y grande que
parecía un cristal tallado de Bohemia, aunque no era
más que un simple trozo de vidrio corriente fundido entre un par de moldes.
Eufrasia, se imaginaba que era una cosa aristocrática;
siempre había envidiado las cosas innumerables que la gente de
dinero tiene en su casa. Trataba con gran esfuerzo monetario que se asemejase
el mobiliario y la apariencia de su casa a las casas de las
señoras con fundamento. Su marido a pesar de ser oficinista
del ayuntamiento no había podido deshacerse de sus modales
vulgares, tan propios entre los suyos. Ella todavía
persistía con abnegada virtud en su intento de cambiarle los modales.
Hasta ahora solo lo había conseguido hasta cierto punto.
Y no es que ella fuera de noble cuna, o tuviera cierta categoría social,
sino que en su juventud estuvo al servicio de una señora de ringo rango
para servirle el té y otras ayudas proximales. Doncella de
cámara, que se decía en otro tiempo; aunque quizá fuera una
mezcla endre doncella de cámara y doncella de compañía. Creo
que ella fue doncella toda su vida. Hay quien rumorea que tan fanática
es su virtud que aún sigue siendo doncella, tras veinte años de
casada. El caso es que ella quería parecerse a las señoras
con cierto pedigrí social, siempre en la medida de lo posible, claro está.
Tenía la señora unos sofás bien nutridos. Quiero decir que
tenían formas ampulosas muy sugestivas capaces de excitar las bajas pasiones de
cualquiera. Por nada del mundo hubiera dejado que su vulgar marido, Abelardo,
se apoltronarse en aquellos muebles dignos de mejor oficio. Y sobre los
respaldos había puesto unas piezas de encaje hechas a ganchillo que
protegían el tapizado de quienes reposaran en él su cabeza. No me queda claro si
la misión de estos encajes era agasajar a los huéspedes
con estas finuras, o la de proteger el precioso tejido del sofá
del sebo capilar de ciertos visitantes. Porque, si se tratara
de un sebo ilustre, de algún visitante con buenas referencias, hubiera sido
un honor recogerlo como si fuera una reliquia.
La mesa era redonda y estaba rodeada por sillas orgullosamente tapizadas.
Las sillas que daban a la mesa un no sé qué de pasada grandeza.
Y allí en el centro de la mesa, sobre un encaje circular de gran tamaño,
yacía el enorme cenicero de cristal tallado; estaba bien centrado para no
romper una imaginaria simetría que le daba al conjunto un tono señorial.
Según quien viniera de visita podía decirle que en aquel cenicero
había dejado una colilla de puro el Duque del Infantado, o algún otro pez de
calibre aristocrático. Pero era un secreto bien guardado que el enorme cenicero
era cuando menos virgen, o digamos que casi lo era. Al menos pasaba por ser una
virgen putativa, que no sé si esto es bueno o malo, pero digamos que suena bien.
En todas las familias casi siempre hay algún secreto vergonzoso y puedo decir a riesgo de
equivocarme que aquel precioso cenicero ya había perdido su virtud. Eso ocurrió
cierto día que la dueña de la casa se había ausentado con motivo de
una visita protocolaria en casa de las señoras de Pi. El grosero marido llegó
de la oficina y sus modales rudos le impedían gozar de la sacralidad de
aquel salón que tenía vedado usar. En cierto sentido podría decirse
que le tenía cogida cierta fobia al mobiliario y sentía deseos de quemarle
el tapizado con una colilla del más grosero tabaco negro extremeño.
Realmente no sabía muy bien como había aguantado tanto.
Pero de niño tuvo una madre muy severa que siempre le
castigó por las más leves infracciones. Y ahora su esposa era como su
madre y Abelardo sentía un impulso anárquico y destructivo. Se
sentó en el sofá más ancho y se solazó en
la lujuria de sus relieves ampulosos y carnales. Movió el trasero con
delectación sobre el mullido asiento y le vinieron unas sensaciones lascivas.
Una molicie malsana invadió su alma y hasta tuvo el atrevimiento de echarse
encima del casto mueble para gozar de sensaciones impúdicas. Evidentemente el
sofá era mucho más acogedor que su esposa y aceptaba todo el peso de
su concupiscencia sin refunfuñar palabras de reproche o emitir jaculatorias
demandando el perdón de los pecados.
En algún momento un pecador se da cuenta que se desliza por la pendiente
imparable del libertinaje y, lo que es peor, que puede dejar pruebas irrefutables de su
pecado sobre el tejido del pantalón, todo chorreado, o en el santo sofá
mismo, cosa que está prohibida por los santos padres. Consiguió
contenerse al borde mismo del pecado inminente; justo en el filo mismo de la incontinencia.
Se levantó del sofá con un bochornoso engrosamiento.
Se sentó en una silla de las que había en torno a la mesa redonda y
encendió un cigarrillo "Ducados" hecho con tabaco de noble cepa ibérica.
Al tiempo que fumaba le hubiera gustado tomarse una copa de
coñac; pero la botella estaba en un armario cerrado con una llave. Varias veces
había tenido la tentación de dar con la llave sin reultado alguno.
Abelardo trató de adaptarse a las circunstancias y disfrutar de la nicotina,
pecado autorizado por los santos padres.
Mientras fumaba vio sobre la mesa el enorme cenicero. Soñó con
placeres vedados. Le asaltó la tentación de violar la virginidad del
santo artificio, del más puro cristal de Bohemia. Su
mente se vio asaltada por la imagen de un puro gigantesco y obsceno que vio en
una tienda de tabacos.
La tentación se acrecentaba por la pureza del cenicero, jamás
mancillado. Parecía que el santo cenicero tuviera un voto de castidad. ¡
Se le veía tan limpio y tan brillante!
Su esposa nunca faltaba a la diaria
liturgia de
limpiarlo meticulosamente, mañana y tarde. Su santa era
enemiga
jurada del polvo y la suciedad y no le permitía
mancillar
con su presencia la sacriladad del salón. Esa era
la
razón por la que tenía instalada la tele en la
cocina,
sobre una encimera orientable. Y ese era el lugar apropiado
para
ver los partidos de fútbol. Este era un secreto que no se
atrevía a confesar a nadie. De modo que no podía
invitar
a ninguno de sus compañeros de trabajo a pasar unas horas
viendo
el fútbol o las corridas de toros.
Ahora Satanás se
había apoderado de su
alma y estaba fumando, sin recato alguno, su cigarillo "Ducados" en el
salón. Se estaba intoxicando con
la nicotina
por pura malicia perniciosa.
El cigarrillo ya iba por la mitad de su
longitud
cuando lo aplastó con rabia contra la impoluta santidad del
cenicero. Sintió una maligna satisfacción
interior, una realización de su yo oprimido, un
revolución loca, por la que trataba de romper los barrotes
de
las restricciones morales que padecía desde
siempre.
Encendió con prisas otro
cigarrillo y le
temblaba la mano. Se puso a fumar nerviosamente y con furia, aspiraba
profundamente el humo llenando de sus alvéolos pulmonares de
alquitrán y nicotina pecadora. Recordó la mirada
llena de
ira de su madre cuando le sorprendió cierto día
fumando
en el retrete. Recordó su mano que le abofeteaba
diciendo ¡no en esta casa! ¡mientras yo
viva! Su
esposa al
principio le toleraba el vicio de fumar, aunque con frecuencia le
interrumpía algún beso para decirle,
¡apestas a
tabaco! Dios, las cosas que tiene que soportar un hombre. Y se quedaba
acojonado con esta queja sin poder reaccionar. Ahora chupaba con
ansiedad del
cigarrillo, como si fuera el último cigarrillo de un
condenado a
muerte. Como si le hubieran dado un plazo de medio minuto para fumarlo
antes de que el verdugo apretara el botón para descargar
las pastillas de estricnina en el ácido
nítrico.
No había llegado aún a
la mitad del cigarrillo cuando lo aplastó con rabia sobre el
cenicero de cristal. Encendió otro con manos temblorosas, y
luego otro, y otro. Y los fue aplastando con rabia contra el
cenicero. Le hubiera gustado disponer del tiempo suficiente para poder
llenar el inmenso cenicero todo hasta el borde de colillas. Que digo
hasta el borde. Se imaginó el cenicero bien
colmado con una montaña de colillas que no cabía en toda su
inmensa grandeza. Dejó varios cigarrillos
ardiendo sobre el cristal para que dejaran una mancha de
alquitrán inborrable sobre la superficie transparente. Y
como el tabaco negro tiene una tendencia a apargarse por sí solo,
volvió a encender esos cigarrillos dejándolos en otro lugar para
destruir totalmente la virginidad sin mancha de aquel cenicero
violado.
Abelardo se fue intoxicando con la nicotina satánica por la velocidad
con que estaba fumando. Ya le dolía la cabeza del exceso y la
excitación, pero sentía como una especie de borrachera incontrolada.
Encendió varios cigarrillos uno tras otro y sorbió el
humo de tres o cuatro cigarrillos a un tiempo. Luego, los aplastaba contra
el odiado cenicero. Se estaba desquitando de todo el tiempo de abstinencia
que había soportado, se desquitaba de las penurias de su humilde cenicero de
barro cocido, "Recuerdo de Albacete", que decía en su
leyenda.
Eufrasia aborrecía ese pecado maloliente del tabaco. No podía odiar
al hombre directamente, pues era una criatura hecha por Dios en un momento de
distracción. ¡En que estaría pensando
el día que creó al hombre! Pero, al odiar al
tabaco, rechazaba a todo el género masculino en bloque.
¡Qué asco de hombres! Siempre estaban pensando en lo
mismo. Y cuando no pensaban en lo mismo, solo pensaban en
fumar. No tienen ni una pizca de sensibilidad.
Tan exiguo era el cenicero "Recuerdo de Albacete" que apenas le cabían
tres o cuatro colillas dentro. "Así fumarás menos", solía
decir Eufrasia.
Y ahora, Abelardo, en plena orgía nicotínica, no oyó
un leve ruido en la cerradura. No se percató del asunto porque
su mente estaba ebria de libertinaje.
Ella entró por la puerta. Se oyó un grito agudo de
horror que rompió varias copas de cristal de bohemia; los que se hallaban
en el mueble vitrina.
Un bofetón inmensó golpeó la cara de aquel libertino que se
había atrevido a violar de modo ignominioso la virginidad del santo cenicero,
hecho con el más noble cristal de Bohemia. Vasija esta casi sagrada,
solo digna de contener, en su perfecta concavidad, los higadillos mismos de San
Sisebuto, o el prepucio incorrupto de San Stanilao del Bendeje.
LEOPOLDO
PERDOMO
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