El caso de Johny McKorman

By Jon Aiworth


ÍNDICE




Personajes

Johny McKorman, este personaje se declara culpable.
    Fidelio, amigo de la escuela de Johny.
    Sir Alex Gloucester Du-Mond, altruista.
    Rewardo Chabloski,
narrador.
    Sir Alistair Walter Boldman
, agente federal.
  Bringham Blockers, Limited.
Empresa donde trabaja Johny al principio de la historia.

Artefactos:

VIGI:  Computador que analiza la presencia de cada individuo en el lugar que debe estar en cada momento. Así como las anomalías del ambiente social.
  Elestick, o simplemente ‘stick’, vara eléctrica para provocar una descarga de castigo desde cierta distancia.
  Olfabot’, aparato que toma muestras del olor corporal de las personas; que sirve como complemento de su identidad y estado de salud.
   Cubi, abreviatura de cubículo. Espacio unipersonal de un individuo para pernoctar o descansar.
   Treini,
persona a la que se está entrenando en la obediencia.






Johny falta al trabajo


Martes, día 2 de Abril. Año75 de la Nueva Era.


Johny faltó al trabajo esta mañana. Al mirar a las mesas me di cuenta que faltaba el muchacho.
   Abrí el fichero de personal y me quedé sorprendido al enterarme de que el joven Johny había sido acusado. Al parecer nadie parecía darse cuenta de las faltas de Johny. Yo mismo nunca denuncié su conducta, pues no tenía motivos para quejarme de su trabajo.  Realmente, no lo hice porque me caía simpático. Y creo que esta actitud podía comprometerme. Espero que nadie lea este cuaderno.

   No sé cual es la razón que me empuja para escribir todo esto.  Tal vez se debe a la influencia de sir Alistair Walter Boldman.  Él fue quien me invitó a leer aquel libro tan extraño, en un cubículo llamado biblioteca.  En esa extraña colección de “libros” se contiene toda la sabiduría de los antiguos, su modo de pensar y de vivir. Yo no sabía una sola palabra sobre este tema hasta que sir Alistair me alistó para el servicio. De no ser por eso, jamás habría podido leer un libro, salvo los libros de cuentas o el resumen comentando del estado financiero de la nación y la balanza exterior.

   Mi emoción era muy grande, porque al escribir en este cuaderno, estoy imitando a esos antiguos tan horribles que escribían libros. Yo lo hago porque en el futuro, en el caso de que tengamos un futuro, alguien pueda leerlo y se entere de como es nuestra vida. Es más o menos lo mismo que me ha ocurrido a mí, al leer Crimen y Castigo de un señor ruso que tiene un nombre muy raro, al que cuesta entender, pues escribió en el dialecto de los antiguos. El improbable lector del futuro, podrá saber como es nuestra vida, cuales son nuestras preocupaciones en el año 75 de la Nueva Era.

   Tal vez, yo mismo necesito un rectificado de conducta. Tal vez yo mismo acabe cualquier día como Johny. Si algún habitante de esta Nueva Era flamante leyera este cuaderno, me vería envuelto en problemas, pues es seguro que me enviarían al retraining.
   A todos sin excepción nos observan, una infinidad de cámaras y sensores, de modo que creo que son capaces de adivinar nuestros más íntimos pensamientos.  Y conociendo nuestros pensamientos, saben muy bien cual será el derrotero previsible de nuestra conducta. Y aunque el sistema no parece darle importancia a las frecuentes faltas que cada día cometemos, la meticulosa integración de esas faltas puede un día sorprendernos de una manera desagradable. Un día cuando menos lo esperamos, vamos a recibir una nota de un agente de la fiscalía, donde nos invita a presentarnos ante el abogado defensor de oficio.
   El sistema es algo lento, pero tiene la precisión de un reloj atómico. Al día siguiente al de hoy, recibí una nota donde comunicaban que Johny se había declarado culpable y le habían condenado a dos años de “retraining”.
   Johny era un subordinado bajo mi control y esto me provocó un poco de temor. Pero me preocupa un poco al constatar que sentí tristeza por Johny. A pesar de sus leves defectos, el muchacho era alegre y tenía todo el encanto de la juventud de su parte. Yo me sentía muy reconfortado cada mañana al verle, aunque llegara cinco o siete minutos tarde con su eterna sonrisa.
   Espero no tener que dar explicaciones sobre esto. Siempre he sido discreto en mis expresiones verbales y corporales. Espero que esta reacción mía haya pasado inadvertida ante las cámaras.

   Me levanté y miré a las mesas.  Todos tecleaban del modo habitual, pero ese día me daba la impresión que lo hacían con más intensidad.
   −¿Sabe alguno dónde está Johny?  −Pregunté por decir alguna cosa.
   Algunos levantaron cabeza un segundo, interrumpiendo el tecleo.   La mayoría aparentó no enterarse de mi pregunta.  Algún otro hizo un gesto negativo con la cabeza. Pero en un par de caras, me pareció ver un ánimo sombrío.
   Tras ver su respuesta, me senté ante mi mesa para seguir con el trabajo del día.

   Supongo que el caso de Johny McKorman nos sorprendió a todos en la oficina. A la hora de la comida, alguno cuchicheaba en voz baja con el otro. Probablemente se referían al asunto de Johny. Me pareció que alguno decía algo así como... “el caso de Johny”. Pobre Johny; me dije al pensar que estaba metido en todo un caso.
   Creo que este asunto de Johny tuvo que influir de alguna manera en la actitud de los compañeros de la oficina. Esto me hacía suponer que la dirección estaba alerta por causa de nuestra floja motivación laboral. Siempre nos están dando charlas sobre la necesidad de no aflojar ni un solo punto en nuestra productividad, pues la competencia de los mercados mundiales es cada día más dura. Con frecuencia, en las charlas dinamizadoras nos hacen escuchar charlas para que asimilemos el bushido; filosofía del guerrero samurai aplicada al trabajo. No se cansan de repetir que esperan de nosotros una emulación de los samurais, en productividad y sacrificio. Cuando un agente dinamizador nos conminó a superar a los propios guerreros samurais, nadie se atrevió a esbozar el más leve gesto de incredulidad. Las cámaras hubieran registrado los signos de nuestra resistencia a la “revolución permanente” de la mejora productiva. Hemos llegado hasta el punto mismo de adoptar muchas de las costumbres japonesas, pues uno debe adoptar las tácticas de nuestros poderosos competidores. Hemos adoptado muchos de sus ritos sociales, así como las posturas y los gestos; las frases mismas y muchas palabras japonesas para tratar empaparnos en el espíritu guerrero japonés.
   Sería un delito de traición, un derrotismo culpable, creer que no estamos en camino de asimilar el bushido.  Sospecho que estamos jadeando, esto es una metáfora, de tanto correr tras los talones de todos nuestros competidores, los tigres asiáticos.


Domingo, día 17 de Abril, Año75 de la Nueva Era

Hace ocho días que me enteré de que el caso de Johny ‘no tiene relevancia’. Puede haber parecido un caso para la gente de la oficina, pues nadie recordaba que hubiera ocurrido algo semejante en muchos años. Solo un hombre, ya mayor, recordaba algo parecido en esta oficina.
  Tampoco es fácil que uno se entere de cosas que no se mencionan por la tele.  Y si preguntas a alguien sobre algo que no se haya dicho en la tele estás infringiendo los protocolos sociales más básicos.  La razón de estos protocolos se fundamenta en el ciudadano no debe saber más que lo sea estrictamente necesario. Un exceso de información puede resultar negativo para nuestro esfuerzo productivo. Es decir, un exceso de información nos distrae de los objetivos marcados por la dirección. Pues esos objetivos, pueden cambiar de un mes para otro, según cambia la coyuntura de los mercados.
  Si se dijera que andas haciendo preguntas... “inapropiadas”, te podrías ver declarando ante el juez instructor. Esto sería un indicio de desconfianza culpable por nuestros medios de información. Esto signos pueden indicar que albergas dudas contra el sistema. Pueden pensar peor que tienes pensamientos derrotistas. Este tipo de traiciones se castiga severamente, con un barrido total de tus pensamientos, y una nueva programación. Y esto no es un buen augurio, ni una saludable prognosis; los reprogramados suelen padecer algunos defectos muy básicos, por lo que son enviados a los trabajos de la más baja categoría.
  Con frecuencia voy a un pub para tomar una cerveza. En el pub puedes ver casi siempre las mismas caras, pero no conoces a nadie en concreto. Y esto es una buena cosa, pues no podemos hablar con desconocidos. Si te vieran haciendo tal cosa, te podrían considerar un depravado, o cosas peores, como por ejemplo, una palabra que raramente se oye, terrorista. Y si te dicen esa palabra “nefanda” estás en filo mismo de la perdición. No se puede caer jamás en ese horrendo crimen, hablar con desconocidos.
   Si alguien trabaja en tu misma oficina ya le conoces mejor. Es decir, que lo ves a diario, y puedes intercambiar alguna palabra con él, reírte de un modo sincronizado y previsible ante los chistes del jefe, aplaudir con ardor los discursos de los jefes de la empresa, etc. Pero, solo lo haces en las horas de oficina. Fuera del trabajo, cada cual debe dirigirse a su cubículo sin detenerse. Solo aquellos que tienen un plus de salario, como es mi caso, pueden tomarse una cerveza de vez en cuando en un pub. Y en ocasiones, hasta puede entrar a tomarse un té en algún salón refinado.
  Como soy supervisor, puedo mirar las fichas del personal, y leer los informes sobre sus ‘indicadores fisiológicos y metabólicos’. Estos datos lo dicen todo sobre el valor de una persona. Allí puedes ver los déficits ergométricos que los empleados de la oficina puede ir acumulando en el gimnasio. Y esos déficits denuncian su pereza física de una manera objetiva. Se considera que el sobrepeso es una muestra clara de tu desidia. Existe otro indicador muy importante, el colesterol de baja densidad, así como la presión arterial y la flexibilidad de tus arterias. Todos estos indicadores se anotan automáticamente en la ficha y presentan un retrato detallado sobre el carácter de una persona; se dice que delatan sus deficiencias y su baja productividad. Con frecuencia te repiten un viejo refrán de los antiguos, “la báscula es el espejo del alma.” Pero la mayoría de esa gente antigua no hacía el menor caso de este santo refrán, pues llevaban una vida muy pecaminosa. Tomando como referencia el sobrepeso, se intuyen con claridad todos los demás defectos personales, como la pereza, la hipertensión y el colesterol.
  Y por último, las moléculas propias de tus efluvios corporales, no solo sirven para identificarte como un individuo único e indistinto, sino que detectan, al llegar por la mañana al trabajo, si has estado consumiendo frutos o algunas hierbas prohibidas. Se dice que vivimos en una sociedad transparente, y que no hay modo alguno de ocultar nuestros pecados ante el gran VIGI que nos controla noche y día.
   Cada uno se repite a sí mismo estas advertencias para mantenerse alerta. Para no decaer jamás en nuestro afán de superación. Y todo esto se refiere principalmente al trabajo. Pero este noble objetivo, no es nada sencillo de alcanzar, pues tenemos que competir con la gente más laboriosa, dura e inteligente de este planeta.
  Hacemos todo lo posible para superarnos a nosotros mismos, y para eso hemos creado un mundo nuevo de total transparencia. Se dice que las cámaras y sensores que son omnitópicos, pues están en todas partes tanto en las calles, en las entradas y salidas de los edificios, por los pasillos, en las oficinas, en los retretes públicos, en las estaciones del metro, y hasta en las escaleras de emergencia, en los ascensores y hasta en los cubículos donde duerme cada uno.
  De modo que cada vez que cruzamos por una puerta nos olfatean e identifican de un modo certero. Esta virtuosa vigilancia es conocida como “el ojo divino”, por alusión a un mito de los antiguos. Los antiguos creían en una entidad mitológica llamada “el ojo de dios” que lo vigilaba todo. Y para alabar esta virtud, los billetes de banco de los antiguos llevaban impreso “el ojo del dios” encerrado en un triángulo.   Pero toda la vigilancia del ojo de dios de los antiguos no les pudo salvar de la mortífera guerra que destruyó los cimientos de la vieja civilización.
  Los que vivimos en la Nueva Era, ya no creemos en estas supersticiones del ojo de dios. Y en lugar del ojo imaginario de un dios, hemos colocado millones de cámaras por todas partes.   Y estos ojos infalibles lo escudriñan todo. En cada gran ciudad existe un super comp llamado VIGI que jamás duerme. Y todos los VIGi están en comunicación unos con otros, para dar cuenta de los individuos que llegan o se salen de su control. Cada VIGI está procesando todo lo que ven las cámaras, y todos los resultados del olfateo de las innumerables personas que entran y salen de los edificios, así como de los bloques cubiculares. A este poderoso programa de supervisión y defensa, se le llama en lenguaje coloquial “el ojo divino”. Y tenemos la esperanza de que este ojo milagroso nos libre de los males que nos acechan por todas partes.
  Por eso se repiten cientos de miles de veces en la escuela que no tenemos modo de ocultar nuestra mala conducta ante “el ojo divino” que nos vigila noche y día.







Pasando un rato en la cervería


Estaba esa tarde en el pub tomando una cerveza y puedo decir que... que este... este señor... Bueno, pues no le había visto nunca previamente a este día en el pub. Quiero decir que... este señor daba todo el perfil de... de ser un señor; no solo por la expresión de su rostro, imagen clara de autoridad, sino que se notaba... se notaba claramente su condición por su peculiar indumentaria. Cada persona, según su clase, tiene tiene su manera propia de vestir y de hablar. Y es así que se aclara de un vistazo su función ante los ojos de cualquiera. Y este señor desconocido... era una persona de rango. Y eso impone mucho, claro.

  Ocurre que a los que vamos con frecuencia a un pub se nos suele llamar ‘pubmanos’. Se trata de un término despectivo; pues no se considera decente gastar el dinero en un pub. En un mundo austero, esto se considera un despilfarro. Pero, algunos no somos perfectos.

Decía que este señor... pertenece a un departamento que mejor no menciono.

Este cuaderno lo estoy escribiendo años más tarde de cuando ocurrieron los hechos que se citan. De modo que todo esto de las fechas se refiere a cosas ocurridas en el pasado, no en el tiempo presente, cuando escribo. Lo cual indica, un poco el grado de confusión que padezco, pues ese arte de escribir libros grandes hace ya mucho tiempo que se extinguió. Por eso, solicito a los lectores, que lleguen en el futuro a leer estos cuadernos, que me disculpen pues esto de escribir la historia de Johny es algo muy complicado.

No sé si debería poner todo esto por escrito, la forma en que conocí a sir Alistair. Al fin y al cabo no estaría escribiendo todo esto si no fuera por él. Bueno, no creo que cometa un delito grave si escondo bien este cuaderno de modo que nadie pueda leerlo. Estoy situado en una posición en que las cámaras no pueden ver lo que hago, pues estoy entre una infinita serie de pasillos de un sótano al que no tienen acceso más que algunas personas con un pase especial.

A veces me pregunto, ¿qué razón existe para que yo escriba todo esto? Porque soy consciente de que me expongo a ser considerado un sujeto subversivo. De modo que no sé realmente por qué escribo. Solo sé que me resulta muy agradable releer hoy todo lo que dejé escrito ayer, o la semana pasada; y este sentimiento es incomprensible. ¿Cuál es la naturaleza de este placer? Uno no conoce otros placeres que laborar sin descanso para equilibrar la balanza comercial. También conozco los sencillos placeres de la comida extraordinaria en el día de la Fraternidad Laboral, pero ignoraba que existiera este placer de leer lo que escribiste la semana pasada.
  De otra parte, ¿quién sería capaz de leer este cuaderno? No tengo la intención de escribir mucho. Solo unas cuantas hojas para complacerme a mí mismo.
   El señor Alistair tiene cientos de objetos extraños, llamados libros, casi todos iguales, y deben ser como mil o dos mil. Están hechos de un papel amarillo, y es necesario tener mucho cuidado al pasar las hojas, pues son de mala calidad, muy frágiles, y fácilmente se rompen. Estaban estas cosas llamadas libros, colocadas unas al lado de las otras, en largas filas, y había varios estantes o niveles que iban desde el suelo hasta cerca del techo todo lleno de los mismos objetos. Estaba tan abrumado al verlos que no se me ocurrió la idea de contarlos. Cosa que podría haber hecho muy bien, pues hice estudios de contabilidad. Sir Alistair me confesó que que era ilegal tener aquellos objetos, y que no debía hablar a nadie de ellos, pero que debido a su rango y profesión, tenía una licencia especial, así como la necesidad ocasional de examinar alguno. No entendí a la primera que quería decir sir Alistair con eso de “examinarlos”, porque que yo estaba muy confuso. Eran cientos y cientos de objetos, todos en fila los unos al lado de los otros, como si fueran los niños en la escuela a la hora de hacer gimnasia.

Por eso, al verme ahora escribiendo en este cuaderno, me doy cuenta que me comporto como los hombres antiguos que escribían esos libros gruesos. Pero yo no tendría paciencia para escribir esos libros tan grandes. Solo escribiré un simple cuaderno. Los libros antiguos tienen tantas hojas que se me ocurre pensar que esos antiguos vivían en un mundo lleno de ociosidad. Eran capaces de leer unos libros muy enredosos y difíciles de entender. Son libros que dan mucho dolor de cabeza, y se tarda mucho en leer una sola página. Esto se debe a que los antiguos hablaban de un modo enrevesado. En atrasada ignorancia, aún no conocían la manera sencilla que tenemos de hablar hoy día. Eso les hubiera simplificado mucho la vida.

Voy a contar el modo en que establecí contacto con sir Alistair, pues esa circunstancia cambió totalmente mi vida.

Cuando estaba trabajando en mi oficina, en los raros días en que no había mucho trabajo, me detengo en un pub para tomarme un vaso de cerveza lentamente. En esos momentos me relajo de tal manera que imagino que soy uno de aquellos hombres antiguos, tan dados a la holganza y a pasarse las horas muertas sin hacer nada y tomando cerveza, o incluso bebidas que están prohibidas en estos tiempos por la constitución de la Nueva Era.

Uno debe tener cuidado de no pasarse de la raya bebiendo cerveza, pues al acercarte a la puerta para salir de local, el olfabot detectaría tu intoxicación. Eso provocaría una alarma; por lo que serías detenido a los pocos minutos. La propia taberna sería multada por haber permitido que bebas en exceso. De modo que si el tabernero entiende que ya vienes de beber en otra parte, te obliga a exhalar aire en un alcoholímetro, para asegurarse de que no vienes cargado de alcohol.

Yo no sé realmente por qué voy a estos sitios, pues soy supervisor, y este hábito no me puede dar ningún prestigio ante mis superiores. Tal vez se explica porque me gusta estar cerca de personas reales, pero ajenas al trabajo diario; personas con las que intercambiamos una indiferencia mutua. Pero, verme en este sitio bebiendo lentamente una cerveza, me relaja y me predispone para el sueño, con más eficacia que la tele.

Es muy agradable sentirte rodeado de gente que no conoces y tener a un tiempo la certeza de que ellos tampoco te conocen a ti. Sabes que esa gente está ahí... bebiendo su jarra de cerveza. Son solo unos ‘pubanos’ corrientes y molientes igual que tú. Sabes también que nadie te puede acusar de tener relaciones con extraños por ver un partido de fútbol en el pub. Allí nadie tiene en cuenta que es lo que dices, si es que dices algo, pues tampoco estás obligado a decir nada, ni a escuchar nada. Mayormente solo das unos gritos de ánimo a tu equipo favorito. Y eso es todo lo que tienes que hacer. Tampoco es raro que alguien responda a tus voces con las suyas, o que añada algún gruñido a tus gruñidos emocionados. Pero se entiende que no tienes ninguna relación con esos tipos, aparte de verles la cara allí mientras se beben una cerveza.

Sabes que ellos están ahí en su lado, y tú estás aquí en el tuyo; ellos te ven y tú los ves, pero no existe nada más entre ellos y tú. Sin embargo, me entretengo en el pub mucho mejor que viendo la televisión en mi propio cubículo. Y sé que este es un pensamiento subversivo. Tal vez, este sea el motivo por el que se nos califica de ‘pubanos’.

Creo que este apelativo solo es una crítica benigna, por nuestra indiferencia ante la tele. Pero no infringes ninguna ley si bebes un vaso o dos de cerveza. De todos modos, el ‘olfabot’ te delata al entrar al trabajo al día siguiente, si has tenido algún exceso con la cerveza o con alguna otra droga prohibida, como los ajos, el perejil o las semillas de girasol. Estas palabras las conozco solo de oídas, pues siendo un ciudadano respetuoso con las leyes, no he visto jamás tales hierbas o tales semillas. Y si alguien me presenta alguna cosa extraña y me dice esto es perejil del bueno, importado directamente de Francia, pues apartaría la vista horrorizado y me iría al poste de teléfono más próximo para denunciar este hecho delictivo a la policía.




 Charla con un extraño


Sábado, día 6 de Abril, Año 75 de la Nueva Era

Antes que nada, debo pedir disculpas por este salto hacia atrás de once días en el calendario. Pero, es que lo que sigue ocurrió precisamente en esta fecha y no soy un escribidor como los antiguos para aclararme haciendo una exposición ordenada de los hechos.

Estaba pues en este sábado en el pub tomando una cerveza, mientras se retransmitían un partido de fútbol por la tele. Allí estábamos bebiendo y pendientes del partido. De cuando en cuando alguien jaleaba alguna jugada interesante.
   Para estar a tono con el ambiente yo gritaba algo de cuando en cuando y me sentía acompañado. En general, mis voces resultaban indiferentes para los pubanos, o esa era la impresión que yo tenía.

Ocurrió que un señor, de cierta categoría, estaba justo a mi derecha y sonreía cada vez que yo daba algún grito animando a los jugadores. Y en tono amistoso el señor comentaba algo en voz baja al oírme gritar.
   Por alguna razón me sentí halagado con su actitud. Siempre me he sentido un poco frustrado al ver que nadie parece darse cuenta de mi presencia o de mis gritos deportivos en el pub. Y no es que nadie debiera reaccionar ante mis voces, sino todo lo contrario.
   En una de estas, el señor desconocido me puso una mano sobre el hombro y me dijo al oído,
   −Disculpe.
   −¡Oh! Perdone señor. No le conozco.
   −Quiero hablar con usted. − Dijo el hombre. −Siéntese en esa mesa de ahí atrás.
  Me puse nervioso. Mi respiración se detuvo unos segundos y empecé a respirar de un modo forzado. Sin pensarlo me dirigí hacia la mesa.
   Él iba detrás, pues noté su mano en mi espalda mientras decía,
   −No tenga miedo.
El desconocido me empujó suavemente en dirección a una mesa.
   −Le pido disculpas.  −Le dije tímidamente.
   −¿Por qué?  −Me dijo en voz baja.
  Traté de hablar en voz igual de baja.
   −Normalmente, no grito tanto. Si le he molestado... le ruego que me...   −No me ha molestado. Solo deseo hablar con usted.
   −Perdone. Pero no le conozco. −Le dije un poco alarmado.
   −Ya lo sé. −Dijo él.
   −Comprenderá que debo velar por mi reputación. −Le dije ruborizado.
   −Soy yo quien le debe pedir disculpas.  −Me dijo en voz queda.
  −Está usted disculpado.  Pero, me siento comprometido si hablo con un desconocido.
   −Lo comprendo. Como puede imaginar...  tango razones para hablar con usted, pues soy un agente.
   −¡Oh! ¡Eh! ¿Un... que?  ¿Un agente?
   −¡Chis! −Me dijo bajando la voz. −Soy agen... federal.
   Esto me puso nervioso.
   −¿Estoy bajo sospecha?
   − Aún no. Pero ya nos han visto. −Dijo el hombre.
   −¿Quien nos ha visto? −Le pregunté algo asustado.
   −Las cámaras. − Dijo el hombre señalando con un gesto discreto.
   − Están vigilando noche y día para protegernos del terrorismo.
   −Pues yo... Lo siento. −Traté de disculparme. −Nunca hablo con desconocidos.
   −No tiene importancia. Presentaré un informe sobre esta entrevista.
   −¿Un informe?
   −Sobre esta charla que tenemos aquí.
   −¿Es necesario?
   −Es una simple rutina.
   −¿He cometido algún delito al hablar con usted?
   −Ha respondido muy bien. Se ha mantenido distante y... hasta cierto punto, reservado.
   −Es que... yo no acostumbro... no hablo jamás con desconocidos.
   −Su actitud es correcta, pues mi conducta le pareció sospechosa desde un principio.
   −Perdone, pero es que... No hablo con nadie; solo en la oficina, claro.
   −¿Habla usted en la oficina?
   −Solo por motivos de trabajo. Soy supervisor del departamento.
   −No tiene de que preocuparse.   Me percaté de que los clientes nos estaban mirando con mala cara. Nos veían como un par de sospechosos, un par de terroristas extranjeros, que estaban tramando la destrucción de los EE.UU de América. Algunos ya deseaban ardientemente que la policía viniera y nos capturara de inmediato.
   Al ver que nos observaban con mala cara, el agente me dijo,
   −Me llamo, sir Alistair Walter Boldman; y soy agente federal.
   −¿Es cierto?
   Él me enseñó discretamente una placa de identidad y me dejó muy impresionado.
   −¡Oh! Soy Rewardo Chabloski. Supervisor de 2ª Clase en las oficinas de Bringham Blockers,Limited.
   −Ya conozco su historial.
   −¿Conoce... mi historial?
   −Necesito gente joven en mi departamento.
   −¡Oh! Pero... yo ya no soy joven. Tengo veintitrés años.
   −Digamos que... necesito a un hombre de su edad y sus cualidades.    −¿Mis cualidades? No sabía que tuviera cualidades.
   −Se trata de... Necesito a una persona especial. Alguien que sea diferente. Creo que usted puede ser el tipo que necesito. Que sea diferente, pero que parezca un sujeto normal y corriente.
   −Me está ruborizando, señor... Boldman.
   −Cuando hablemos en privado me puede llamar Alistair.
   −¡Oh, señor! No debería permitirme estas confianzas.
   −Insisto. Quiero establecer una confianza con usted.
   −¿Cómo le debo llamar en presencia de extraños?
   −Sir Alistair.
   −¡Oh! Entonces, usted no es un simple agente.
   No. Soy el jefe de... un departamento “especial”.
   −¡Oh! Sir Alistair. Estoy abrumado. No me imagino hablando con un señor de su rango.
   −Relájese, Rewardo. Hable con naturalidad. Llámeme Ali, o Alistair como si nos conociéramos del colegio.
   −Es un honor que no merezco, señor.
   −Me gustaría hacerle unas preguntas.
   −Estoy a su servicio, sire. Pero, solo entiendo de las cosas de mi trabajo.
   −No importa. Es solo un test cultural. ¿Cuál cree que puede ser la razón por la que no debemos hablar con los extraños?
   −Esta es muy fácil, sire. Un extraño, puede ser un agente enemigo.
   −Y ¿qué más?
   −Un agente enemigo... puede entablar conversación con un ciudadano con fines subversivos. Esto compromete a la seguridad del país.
   −¿Alguna otra razón?
   −Bueno, esto... tenemos el caso de un extranjero. Un extranjero, puede andar por ahí haciendo preguntas, pues se pierde y no sabe orientarse.
   − Exacto. Por eso hacemos todo lo posible para evitar que un extranjero ande suelto por el país. ¿Lo comprende? No queremos que un extranjero ande perdido por la ciudad, ¿no es eso?
   −Exactamente, sire. Eso tiene perfecta lógica.
   −Y esa es la razón de que haya un teléfono en cada poste de luz, con un cartel bien visible que dice “policía”. Este teléfono es para ayudar a cualquier extranjero que se haya perdido y no que encuentra el camino de vuelta a su hotel. ¿Es así?
   −No hay duda, sire. También se puede llamar a la policía por ese teléfono para dar cuenta de alguna cosa anormal que uno observe.
   −¿Cree que puede haber alguna otra razón?
   −Sí, claro. Ese extranjero que ves pasar puede ser un terrorista.
   −Exactamente, Rewardo. Eso es lo que pasaba antes de la Gran Guerra.
   −Todo esto nos lo enseñan en la escuela, sire.
   −¿Cree que puede haber otra razón?
−Pues... nunca me he parado a pensar en esto, sire. Supongo que puede haber gente de este país que está al servicio de una potencia enemiga.
   −Veo que es usted... muy inteligente. Tiene usted el tipo de inteligencia que necesito en mi agencia.
   −¿Lo dice en serio, sire?
   −Claro.
   −Pero ya tengo un trabajo.
   −Eso ya lo tengo arreglado. Lo espero mañana a la salida del trabajo. Luego usted vendrá conmigo a mi oficina para seguir hablando.
   −Pero, antes debo tener un conocimiento oficial de todo esto, sire. Debo estar seguro de que es usted un verdadero agente federal. De modo que... en realidad no debería... no debería estar conversando con usted.
   −En esto le doy la razón. Pero esta experiencia le demuestra a usted lo sencillo que resulta para un enemigo entrar en contacto con un ciudadano cualquiera. Yo mismo podría ser ese agente enemigo.
   −Por mi parte, al salir de este pub, pienso dar parte de este conversación a la policía.
   − No se preocupe. A la salida, justo enfrente tiene el teléfono. Les informa que ha estado hablando con un extraño en el pub, y que ha quedado para verse con él, mañana a las 7PM, al salir del trabajo.
   −Eso es exactamente lo que voy a hacer. Técnicamente, usted es un extraño.
   −No cabe ninguna duda. Una placa de identidad no tiene ningún valor. Nadie es capaz de distinguir una placa verdadera de una falsa.
   Ninguna autoridad me ha dado referencias de usted. ¿Puedo negarme a salir con usted?
   −Sí, claro. Pero sé que aceptarás.
   −¿Por qué lo sabe?
   −Sé que es usted muy curioso. Le he investigado y me he enterado que estuviste preguntando sobre como será la nueva vida de Johny.
   −¿Me ha investigado?
   −Es mi obligación. Debo enterarme de todo lo que me parezca de interés.
   −¿Es su obligación?
   −Es mi trabajo. Y como he visto que es usted muy curioso, además de inteligente, creo que sería un tipo perfecto para un trabajo. Hay un trabajo especial que usted podría hacer.
   −¿Tiene pensado un trabajo especial para mí?
   −Pero, antes tiene usted que prepararse un poco.
   −¿Prepararme, sire?
   −Sí, claro. Uno no se puede meter en este asunto especial sin estar preparado.
  

   −Seguimos hablando unos minutos más. No sé como me atreví a preguntarle sobre el caso de Johny. Y con un gesto leve de impaciencia me dijo:
   −Lo de Johny no es... No es otra cosa que un caso más.
   −¿No es otra cosa, sire?
   −Se despachan casi cien casos al día en los juzgados de Nueva York.
   −¿Casi cien?
   −Así es. La cifra varía según las estaciones del año.
   −Pero, este caso...
   −Lo de Johny no es un caso, Rewardo, solo es una rutina judicial.
   −¿Una rutina judicial? ¡Pobre John! −Exclamé.
   −No sé de qué se extraña.
   −¿No debería extrañarme?
   − Hay problemas más serios, Rewardo.
   −¿Más serios?
  −Este caso solo tiene una ligera trascendencia para la gente de su oficina.
    − Sí, creo que ha impresionado a algunos.
  − Seguramente andaban poco motivados en el trabajo. − Dijo sir Alistair.
   −Sí, claro. Nos lo recuerdan continuamente. Dicen que aún no hemos asimilado bien el bushido. Pero, mi empresa tiene poco capital y no ha podido contratar verdaderos tutores japoneses que nos adiestren de un modo perfecto. Los tutores japoneses son muy caros.
   −No me extraña nada. Hay en el mundo una lucha muy dura por la supervivencia.
   −Desde luego. La competencia internacional es muy dura. Nunca se trabaja lo suficiente. Y la energía es cuesta cada vez más cara. Cada año, el Gigawatio cuesta más dinero.



Con estas palabras de sir Alistair pensé que el mundo tenía muchas más complicaciones de las que me había imaginado. Me di cuenta de que el mundo feliz que nos muestra la tele, solo era un intento de hacernos dormir tranquilos, para que recuperemos las fuerzas y podamos trabajar duro otro día más. Me di cuenta que el mundo real era algo desconocido para la gente.
   Pensé que en este mundo, todos se peleaban como lobos para vender alguna mercancía. Como dice el viejo refrán, “si no vendes no puedes comprar”.
   Lo que quiere decir, si no puedes comprar unos tantos millones de barriles de petróleo al año, tu nación está depauperada, a punto de extinguirse.
   Hubo un momento de silencio y sir Alistair me dijo:
   − Nos veremos mañana, joven Rewardo.
   Sir Alistair se levantó, se ajustó discretamente la chaqueta y la corbata y me dijo,
   −Ha sido un placer hablar con usted.
   −El placer ha sido mío, sire.
   −Nos veremos mañana.
   −Sir Alistair me sonrió y se fue del pub.

   A los pocos segundos, miré a las cámaras que observaban, le entregué la tarjeta al tabernero para pagar y salí del pub.
  
Lo primero que hice fue dirigirme al teléfono de la policía y descolgué. Un par de luces se encendieron a ambos lados de mi cara para facilitar el reconocimiento facial. La cámara me inspeccionó con dos objetivos para trazar mi perfil estereoscópico. El alfabot me identificó por los efluvios corporales. Apareció una cara sintética en la pantalla que me dijo, ¿qué desea el ciudadano? Yo le respondí: “Estuve hablando con un desconocido en el pub de aquí al lado. Si necesitan saber algo más ya saben donde trabajo.” La imagen de la pantalla respondió cortésmente, “Se ha tomado nota.” Y con la misma, la pantalla se apagó. De modo que colgué el teléfono y me marché con la conciencia tranquila en dirección a la entrada del metro. Debía regresar a mi cubículo antes de que se hiciera demasiado tarde.


  De camino en el tren fui considerando lo que me había dicho Sir Alistair. Sentí que me ilusionaba la idea de trabajar para el servicio federal. Aunque no tenía la menor idea sobre cual podría ser ese trabajo. Es muy raro que se mencione el servicio federal, pues se supone que nunca ocurre nada como para mencionarlo. Si conseguía entrar en este servicio, pensé, existía una pequeña posibilidad de hacer algo por el pobre Johny. Pero en este momento no tenía la menor idea sobre lo que podría hacer por él.

Comentarios sobre el caso de Johny.


   Sábado, 18 Mayo, Año75 de la Nueva Era

Todos apreciábamos mucho a Johny en la oficina pero, como es lógico, nuestro afecto raramente se personaliza. Todos en el trabajo nos queremos mucho, pero lo hacemos de un modo indirecto y difuso. Reforzamos este afecto, sobre todo, en el Día de la Fraternidad Laboral. Aparte de vernos las caras a diario, los empleados comemos en el mismo comedor, y nos decimos palabras de cortesía, como compañero y camarada, cuando nos cruzamos por los pasillos, en el gimnasio o en el camino de las duchas.

Y al acabar los ejercicios ergométricos, miramos en el ergómetro, y nos felicitamos los unos a otros por el trabajo realizado, y nos damos una palmada en la espalda sudorosa, para reforzar el espíritu del bushido. Cada uno va acumulando sus buenos cientos de Kilojulios diarios de esfuerzo físico. Debemos ejercitarnos diariamente, pues como dice el refrán japonés, “un cuerpo perezoso sostiene sobre sus hombros una mente holgazana”.

Debido a la escasez de espacio en la oficina, los empleados nos rozarnos ligeramente los unos con los otros al desplazarnos de un lado al otro. Es algo inevitable, y lo peor que te puede ocurrir es que llegues a tocar a una compañera por un tiempo superior a varias décimas de segundo. Esto lo toman las mujeres como una afrenta, por lo que uno evita en lo posible pasar cerca de la silla donde se sienta una mujer. Y con este fin uno debe dar un rodeo, para evitar rozarlas. Sin embargo, las mujeres se pueden rozar libremente unas con otras, que esto no se considera ofensivo.
   Por eso alguna empresas con más medios económicos, suelen tener oficinas donde solo trabajan mujeres, o solo hombres. Resumiendo este tema, podemos decir que nos apreciamos mucho dentro del grupo, no solo debido a estos roces involuntarios de unos con otros, sino porque formamos un buen equipo de trabajo y nos empapamos a tope de bushido, para triunfar en el mundo. Pero, sobre todo, nos apreciamos mucho, porque trabajamos incansables para que nuestra empresa tenga saludables beneficios. Y entre todos conseguiremos que nuestra nación consiga un equilibrio de la balanza comercial con el resto del mundo. Es todo un noble empeño.

Cuando supervisaba el trabajo de Johny yo sentía una extraña simpatía por él. De cuando en cuando yo cumplía con mi obligación de pasarle la mano por el hombro, o bien le acariciaba el pelo mientras tecleaba. De este modo le demostraba cuanto valoraba su trabajo en la oficina. Pero al parecer, estos reforzamientos no fueron suficientes para mantener alta la productividad de Johny. Y seguía teniendo problemas diversos de puntualidad, y fue acumulando déficits en la ergometría del gimnasio.


Voy a describir brevemente la historia de Johny. Veremos que es lo que me sale. Pero lamento que tenga que desplazarme de nuevo hacia atrás en el tiempo.




Ante el Juez de Instrucción


Jueves, día 4 de Abril, Año 75 de la Nueva Era.


Johny McKorman se presentó ante el Juez de Instrucción del Distrito 3º de NYC, a las 10 de la mañana en compañía de su abogado.

No fue fácil para Johny tomar esta decisión, pero el día anterior estuvo discutiendo durante una hora y catorce minutos con el abogado. Este le había convencido de que no tenía otras opciones y debía que declararse culpable. La decisión contraria, no predecía resultados halagüeños. Así se lo hizo entender con toda claridad el abogado. Esa era la opción más ventajosa que podía tomar, dadas sus circunstancias.

Cuando Johny entró en la antesala del Juzgado de Instrucción, ya había otros veinte acusados esperando turno para declarar ante el juez.


Ocurre que estos tiempos son muy duros y un estado moderno, no se pueden malgastar los recursos con pleitos absurdos.

Tenemos un estado que es pobre y deben hacerse los mayores esfuerzos para superar la crisis financiera. Tenemos que remontar el déficit comercial que nos dejó postrados tras la Gran Guerra.

Durante dos siglos, los antiguos vivieron por encima de sus posibilidades. Pero la creciente escasez de petróleo, y agua potable en muchos países, puso a muchas naciones de los nervios. Tras la guerra, la dura competencia de todos contra todos, casi nos echó del mercado. Durante la guerra muchos asiáticos vendieron los valores que tenían en Wall Street y Chicago. El violento crac de la bolsa fue el detonante que provocó La Gran Guerra.


Esa puede ser la causa de que el mundo judicial se haya puesto tan duro. Los juicios son algo tan raro que parecen cosa del pasado. En la práctica ya no hay juicios, o eres inocente o eres culpable. Pero, si no existieran abrumadoras pruebas contra alguien no le iban a llamar al Juzgado. Por lo que era absurdo declararse inocente ante el juez instructor. Daría la impresión de un desacato a la autoridad, y eso le pondría las cosas peor al acusado.

La ética asiática pone el bienestar colectivo de un país por encima de los derechos de los individuos. Y esta sabiduría asiática ha triunfando rotundamente en los EE.UU. con todas sus consecuencias.

Ya nadie cree en los derechos del individuo, sino en equilibrar la balanza del comercio exterior. Toda nuestra fe, todas nuestras esperanzas, se han volcado sobre el derecho que tiene el país a salvarse de la quiebra. Hace ya más de setenta años que hemos adoptado las técnicas orientales de trabajo, y hasta hemos adoptado algunas costumbres japonesas, como la de tomamos dos o tres tacitas de sake al acabar la jornada laboral, para fraternizar juntos durante dos o tres minutos.

También hemos adoptado la sana actitud japónica de interrumpir el trabajo de oficina cada hora para hacer ejercicios físicos durante siete minutos. Movemos bruscamente los brazos, arriba y abajo, y alzamos las piernas tan alto como nos sea posible; luego damos unos cuantos saltos y movemos los pies rápidamente como si estuviéramos corriendo. Luego, terminamos el ejercicio, con toda la energía de nuestro pecho y garganta, repetimos por tres veces el grito guerrero de ¡banzai! De este modo, elevamos los niveles de adrenalina en nuestra sangre y reforzamos el espíritu del bushido. Así esa como se evitó la malsana costumbre de tomar café con sacarosa, lo que estaba envenenando nuestras arterias y saturando de grasa nuestra cintura y barriga. La nación ha conseguido ahorrar una buena cantidad de dinero evitando el uso del café, y de paso hemos mejorado muchísimo nuestra productividad.

Parece claro que el pobre Johny estaba mal condicionando. No aguantaba bien la ceremonia del sake. Y solo se trataba de beberse dos o tres diminutas tacitas de vino de arroz. Johny se sentía impaciente para irse a su cubículo y tumbarse en su futón a delante de la tele; pues según confesó un día, la tele era muy agradable y le dejaba totalmente dormido en veinte o treinta minutos. Por ese motivo, algunos días se iba tras hacer solo el ochenta o noventa por ciento de los kilojulios que el corresponden según su peso y estatura.

Al acabar la jornada, Johny tuvo cierto día el descaro de decirle al jefe del departamento que se sentía mal. Dijo que no podía tomar ni una tacita de sake. Llegó a decir que el alcohol le sentaba mal. Muchos le miraron horrorizados por esta declaración, pero él no pareció darse cuenta de esta censura. En algunos casos tuvo el atrevimiento de marcharse antes de que el jefe contestara a su petición de retirarse. Esta era una infracción de los protocolos, pues no debes mostrarte impaciente para irte a tu cubículo al acabar la jornada. Sino que has de esperar a que el jefe diga, “ya está bien. Ya podemos irnos”.

Cuando se presentó una denuncia contra él, su caso ya estaba perdido.

En el caso de que alguien se declare inocente, cada día resulta más difícil convencer al juez o a un jurado de que lo es. La tecnología de las pruebas, de gran sofisticación, se ha vuelto un arma abrumadora contra los acusados.  Y como ya mencioné, vivimos en un mundo transparente, y nadie tiene secretos para el VIGI. Es decir, que no estamos ante simples palabras, declaraciones verbales, juramentos o conspiraciones de unos contra otros, como ocurría en los juicios de los antiguos. Aquellos juicios eran una lamentable pérdida de tiempo y de recursos. En este mundo, existe total transparencia y no hay modo de que un inocente se tome por culpable, ni de que un culpable pase inadvertido a los ojos del control por mucho tiempo.

En este tiempo ya no se puede achacar una acusación contra alguien a rencillas personales del trabajo. El jefe de personal, presentaba su denuncia con pruebas objetivas ante el fiscal del distrito. Una vez examinadas todas las pruebas, el fiscal se las pasa al Juez Instructor y este emite una orden de vista para cierta fecha al abogado defensor. El fiscal enviaba una copia de las pruebas junto con una copia de la propia denuncia al abogado designado de oficio por el departamento de Justicia.

La misión del abogado en estos tiempos es dar fe de las pruebas presentadas y convencer al acusado de la seriedad de los cargos. Lo que se trata ahora es de evitar pleitos inútiles, que solo servían en el pasado para malgastar los recursos del estado.
  El abogado convence al acusado para que sea su propio juez y que acepte sin titubeos su culpabilidad. La negativa a aceptar la propia culpabilidad puede tener consecuencias lamentables. Muy pocos tienen espíritu de riesgo suficiente para declararse inocentes.
  Las restricciones presupuestarias no veían con buenos ojos que un acusado decidiera plantarle cara al sistema y declararse inocente. Esto más bien se consideraba como un indicio de “rebeldía genética”. Y todos los expertos estaban de acuerdo en este punto; en los casos de rebeldía genética no funcionaban los controles de ordinarios del condicionamiento. Eso requería unos medios especiales bastante drásticos, por no decir violentos. Declararse inocente era lo mismo que declararse en rebeldía. Y esto no facilitaba nada que el el juez viera al acusado con ojos benevolentes. Resumiendo, el abogado tuvo que presentarle estos argumentos a Johny, para que se convenciera de que estaba perdido sin remedio.
  El sistema judicial en los últimos cincuenta años se había vuelto muy severo. Desempolvaron un viejo lema del Imperio Romano, DURA RES SED LEX. Con este lema, nos recuerdan a todos la necesidad de usar mano dura contra los “agentes destructores” del sistema productivo. Y este par de palabras, agentes destructores, genera en nuestra mente una descarga de horror con solo oírlas.

*          *

El ujier fue llamando uno a uno a los diversos acusados. A Johny McKorman la espera le estaba corroyendo los nervios.

El ujier leyó con voz rasposa y monótona:

−Caso número 3,686/65. El Estado de Nueva York contra el ciudadano Johny L. McKorman, número de Id. NY 05.068.107. El convocado ha sido acusado por su empresa de llevar una ‘vida disoluta’ y le acusa de cometer acciones de menosprecio de un modo frecuente contra la ética laboral.
   −¿Cómo se declara el acusado? −Preguntó el juez.
   −El acusado se declara culpable. −Declaró prestamente el abogado.
   −¿Tiene el acusado algo más que declarar? −Preguntó el juez.
   El abogado se apresuró a decir,
  −El acusado ha firmado voluntariamente un contrato de esclavitud con la empresa HumRes Inc. por un plazo de 2 años. Y espera que su señoría acepte este contrato como una sincera señal de arrepentimiento y un propósito de la enmienda muy noble de todas sus faltas laborales. Como prueba de este contrato, le presento a su excelencia esta hoja de fax que es una copia del reconocimiento original.
   El abogado entregó al alguacil una copia del reconocimiento del contrato transmitido por ‘faxajero’ desde la empresa HumRes.
   El alguacil le entregó la hoja al juez. Este miró el papel durante tres centésimas de segundo, para mostrar su indiferencia profesional, mientras el abogado proseguía con su alegato en favor de Johny.
  El acusado esta horrorizado de sus numerosas faltas, y desea convertirse cuanto antes en un trabajador ejemplar. Desea empezar una nueva vida de esclavo para adquirir todas las virtudes del bushido, sometimiento en la obediencia, y ofrecer con bravura su vida, a fin de que la nación consiga equilibrar el balance de su comercio exterior.

El juez devolvió la hoja al alguacil y este se la pasó al oficinista.
  −Verifique la existencia de este contrato, oficial. Dijo el juez dirigiéndose al oficinista que estaba frente a la computadora.
  El oficial tecleó en la computadora y pregunto: −¿El nombre completo del acusado es Johny Lewis McKorman?
  −Ese es el nombre. −Declaró el abogado.
 −Todo está correcto, señoría. −Declaró el oficial. −Hay un contrato firmado, con fecha de ayer, por un tiempo de dos años, a nombre del acusado, número de registro 5550068107, con la empresa HumRes, Inc.
  −El acusado deberá presentarse en la oficina contratada, para cumplir con su condena dentro del tiempo estipulado de tres días. El acusado queda advertido que de no comparecer ante la empresa será considerado un criminal en rebeldía y condenado a 15 años como esclavo del estado, sin más tramitación. ¿Está el acusado enterado bien de esto?
  −Sí, señoría.  El acusado está bien informado de las consecuencias de su no-presentación.
  −El acusado y su abogado pueden retirarse.
  Salieron de la sala con paso lento. Johny McKorman no sabía bien si se sentía aliviado de sali del juzgado o más acongojado que antes. Estaba visiblemente temblando.
  −Tómate una píldora de Calmatil, Johny. −Le aconsejó el abogado. −No es bueno tener los nervios tan tensos.
  −Me lo tomaré. Dijo Johny con voz casi inaudible.


ooo OOO ooo

Siguiendo los consejos del abogado, Johny vendió su cubículo y se reservó la entrega de la llave para dentro de tres días. Con el dinero cobrado canceló la hipoteca, pagó los servicios comunitarios, el agua, la calefacción y liquidó un pequeño déficit en su cuenta del banco. Vendió sus escasos muebles, algo de ropa y su querido televisor plano para pagar la cuenta del bar. Una denuncia por deudas contra un esclavo corría a cargo de la empresa propietaria, y la consecuencia era que se alargaba el tiempo de su servidumbre. En el cajero vio que le quedaban 115 dólares de saldo, por lo que pagó a la Hacienda Pública 15 dólares en concepto de impuestos por la reciente venta de sus bienes. Johny sintió una fugaz satisfacción al ver que le quedaban libres para gastar 100 hermosos dólares. Ese dinero sería más que suficiente para los próximos tres días de libertad que le quedaban.
   Johny llegó a su cubículo que ya estaba desamueblado.  Evitó vender las mantas y el futón pensando en el frío, pues tras la venta le habían dejado la calefacción al mínimo, 12º C.  De ese modo podría abrigarse esta noche  y acostarse sobre el futón. Miró a las paredes y percibió la dolorosa ausencia del televisor, su fiel compañero de estos años. Se sintió un poco deprimido al pensar que tendría que dormir sin ver la tele. La ausencia de este artefacto amigo le dejaba un inmenso vacío en su pecho. Parecía como si le faltara algo, el aire u otra cosa esencial en la vida. No se acordaba para nada de los compañeros de trabajo, ni tampoco de las compañeras, siempre con el ceño fruncido. No se acordaba para nada de la ceremonia del sake, que el ponía de los nervios. Si ya se había acabado la jornada de trabajo, ¿qué estupidez era esa de tomarse dos o tres tacitas de sake? Johny aborrecía esta ceremonia, y la consideraba algo absurdo. Y todo aquello del gimnasio, lo de la ergometría... a Johny se le ocurrió la peregrina idea de que siendo esclavo no tendría que estar corriendo como un estúpido sobre una cinta sin fin para acumular unos cientos de kilojulios diarios. Ya no tendría que levantar pesas de un modo repetitivo, ni flexiones, pensó Johny. Tampoco se empeñarían en hacerle tomar esas ridículas tacitas de sake al acabar la jornada laboral.

Johny sentía un poco de ahogo. No sabía que hacer. Aquellos cien dólares pudieran darle alguna alegría hasta que se presentara en su nuevo destino como esclavo de una empresa privada.
   Para aliviar la angustia que sentía, a Johny se le ocurrió la idea de que podría bajar a la calle y comprar droga a un traficante. Aunque no sabía por que sitio andaban los traficantes. Había oído hablar que existían unos cigarrillos afganos, tan potentes en nicotina, que solo fumando uno conseguías una gran subida en tu autoestima. Realmente, Johny era un muchacho sano y no había caído nunca en los abismos de la depravación nicotínica. Ahora, se le ocurrió la loca idea de fumarse uno de aquellos cigarrillos afganos. Algún desalmado le había dicho que estos cigarrillos eran una mezcla de tabaco y opio. “¿Qué es opio?” Preguntó Johny. “Es algo mucho mejor que el tabaco.” − Le dijo el traficante. “Es la droga más potente que existe.” A Johny le dio un sobresalto. Pero no le hizo caso al traficante. Siguió corriendo a su casa donde le esperaba su querida tele.
  Y ahora, se hallaba desolado en su cubículo sin ver la tele. Era una sensación horrible, y por eso se acordó de lo que le dijeron un día sobre el tabaco afgano. Sin embargo, Johny tenía miedo. No iría a buscar a ningún traficante. Tenía miedo de quedarse enganchado a esa droga maldita, el tabaco. Le causaba un gran temor imaginarse que el vendedor de tabaco fuera un agente secreto de la policía. Este era un rumor muy repetido. Solo a un ciudadano trastornado se le podía ocurrir ese disparate de comprar drogas. Te podías ver metido en la esclavitud para toda la vida. La droga nicotínica estaba muy perseguida.
   La persecución de las drogas no tenía otra misión que detectar a los agentes subversivos y terroristas, así como frenar la degradación ambiental del aire. Pero, para Johny, en ese día tan triste, todos estos detalles eran irrelevantes. ¿Cómo iba a preocuparse Johny por la degradación ambiental? Era algo absurdo. Lo hubiera pasado muy bien viendo la tele. Pero el espacio vacío de la pared, donde antes estaba la tele, le llenaba de angustia y frustración.

Al cabo de un rato bajó a la calle y entró en una tienda de comida china. No sentía apetito, pero no pudo evitar la tentación de comprar un bollo grasiento por treinta centavos. Era ese tipo de bollos que te suben el colesterol con solo mirarlos, pero luego tiene sus consecuencias al hacer los análisis quincenales. Los triglicéridos se te suben a la estratosfera y te castigan con una multa por no cuidar tu salud. Ahora mismo, sentía que ya no tenía que preocuparse por el colesterol, pues las horas que le quedaban de libertad estaban contadas.
  Johny miró el bollo graso con cierto recelo, pues sabía que los triglicéridos darían un salto mortal en su sangre. Pero tenía la esperanza de sentirse mejor al comer la comida basura repleta de grasa y sacarosa. Era una tentación irresistible. En su papel de esclavo no le iban a controlar los triglicéridos, pensó Johny. ¿Para que le van a medir los triglicéridos a un esclavo? Johny estaba muy equivocado en este punto. Pensó que en estos tres días de libertad podría llevar una vida de libertino y comer alguna cosa prohibida, como comerse una galleta de centeno, untada con una salsa hecha de substancias nocivas machacadas. Psicohell, se llamaba esa mezcla. Johny probablemente ya no recordaría cuales eran los componentes de esa salsa. Pero, pero yo recordaba haber oído esa misma historia en los retretes del colegio. Se trataba de una salsa de gran potencia hecha con una hierbas desconocidas. De modo que recuerdo las palabras, pero jamás he visto esas hierbas. Se dice que son muy usadas por los criminales en el extranjero, y los agentes subversivos. Las hierbas ya por si solas ya tienen nombres muy sospechosos, a saber, ajo, perejil, chile, cúrcuma, nuez moscada, y otras palabras que ya no consigo recordar. Se decía que esta salsa producía un viaje imaginario y que te llenaba la mente de placeres desconocidos. No me puedo imaginar que cosa puede ser eso de los placeres desconocidos, pues no conozco otro placer que hacer sudar mi cuerpo corriendo en la cinta móvil del gimnasio, o cansar los músculos de mis brazos hasta sentir el dolor, levantando pesas una y otra vez en el gimnasio. También es un placer natural comer algo cuando tienes hambre, pero esto nos ocurre muy raramente. Si no tienes hambre, no le ves el punto a comer, sino que se trata de una simple rutina. Fuera de esto, no conozco más placeres, y no entiendo de que pueden estar hablando al referirse a los placeres de esa salsa.
  Cuando Johny sea un esclavo solo comerá los nuggets de pienso compuesto muy rico en fibra, que le darán los controladores. Y es una dieta perfecta para mantener al esclavo en plena forma, y conseguir un rendimiento perfecto. Así que Johny estaba razonando erróneamente, al creer que un poco de colesterol no podía empeorar su situación.
  Allí mismo en la tienda, Johny tuvo la desvergüenza de darle un mordisco al bollo. No tuvo el menor rubor de hacer tal cosa en público; una mujer de mediana edad estaba comprando unas galletas dietéticas y le miró alarmado. El caso es que al cabo de diez o doce segundos Johny tuvo un justo castigo por su pecado, pues le empezó a doler el estómago.
   Y es que no debemos maltratar nuestro cuerpo, pues es un delicado instrumento de trabajo. Nuestro cuerpo tiene por tarea fundamental salvar al país de la ruina, y equilibrar la balanza comercial con el exterior. Y no debes maltratar tu cuerpo ni aunque te queden tres horas de vida, o tres horas de libertad. Johny notaba un peso tremendo en el estómago. Era como si llevara dentro una piedra pesada. Pensó que todo se debía a sus nervios. Debido a su situación, pensó Johny, “los nervios me habían estropeado el estómago.”
  Johny se sintió muy mal. Hubiera deseado vomitar, pero no podía. Alguien hubiera dado la alarma a la policía, “aquí hay un ciudadano vomitando”. Johny había tenido el castigo que se merecía por darle un bocado a aquella horrible masa de triglicéridos y sacarosa. Lo que no comprendo es como la policía permite que se vendan estas cosas libremente.
  Johny se fue a un bar, dispuesto a tomarse una cerveza. La cerveza, tal vez le aliviaría el dolor de estomago. Siempre le había sentado bien una cerveza y sabía que le relajaba.
  Empezó a beberse la cerveza sin pensarlo, pero a los doce segundos se sintió peor. Se dio cuenta que llevaba un día muy malo. No terminó de beber la cerveza, pagó y se fue. Echó a caminar por la calle y a Johny le pareció que toda la gente que se cruzaba tenía muy mala cara y de mucho sufrimiento. Esas caras que Johny veía parecían reflejar su propia cara amarillenta y angustiada.





Pesadilla en el cubículo

Johny decidió volver a su cubículo. Se sentía tan mal que debía tener una cara horrible y no deseaba mortificar a la gente que se cruzara en su camino mostrándoles su horrible cara de condenado.
  Subió las escaleras con paso cansino. Mientras subía a su ‘cubi’ se consoló pensando, que no puede ser tan malo ser esclavo. Al decir estas palabras se sintió mejor y se quedó repitiendo la letanía, “no puede ser tan malo ser esclavo, no puede ser tan malo ser esclavo”. A los pocos minutos sintió que había mejorado algo su ánimo deprimido.
  Y dentro de su ‘cubi’, Johny se puso a dar vueltas sin sentido. Echaba en falta su querido televisor y esto lo ponía nervioso. Al verse sin su... sin su querido aparato de doce pulgadas, se dio cuenta de lo solo que estaba. ¿Cómo iba a conciliar el sueño sin su querida televisión? Desde que empezó a trabajar se había acostumbrado a dormirse escuchando la tele. Ahora, temía que la ausencia de la pantalla fuera una horrible tortura. Se había establecido un vínculo entré él y el resto de la sociedad. En la pantalla la realidad era amable y le transmitía un mensaje optimista y relajado. Ahora, tras lo ocurrido en el juzgado, sentía una especie de horror. Era como verse de pronto desconectado de la fraternidad televisiva.
   Se sentía débil, tenía dolor de estómago, y la cabeza tenía como... un zumbido horrible. Que mal empezaban las cosas, y que aún tenía varios días para emezar su nueva vida de esclavo.
   Johny echó una manta en el suelo pues había vendido el futón, por cincuenta centavos. Ahora se arrepentía de haberlo vendido. Se sentía muy allegado, muy... como próximo a su futón. Este había estado durante años en contacto con su cuerpo, y de alguna manera, era algo más... mucho próximo a él que cualquier compañero del trabajo. Pues una vez que sales del trabajo ya no tienes otra compañía que tu futón, tu tele y tu manta. Jamás cosa alguna tiene tanto contacto con tu propio cuerpo como tu futón y tus mantas. Johny se echó sobre la manta dispuesto a imaginarse su programa favorito de la tele. Y se tapó con la otra manta, pues habían cortado la calefacción y hacía frío.
   Al echarse en el lugar de siempre, Johny se vio abrumado por la falta de la tele. Y en lugar de los juegos y el charloteo alegre de la tele, su mente no paraba de transmitirle las palabras del abogado, convenciéndole para que aceptara su culpabilidad. Se dio unos golpes contra el suelo, pero las palabras del abogado volvían para torturarlo una y otra vez. La amabilidad forzada del abogado le resultaba insultante mientras le explicaba con un deje de impaciencia los detalles fatales de su causa. Todo se le había puesto en contra. Las pruebas eran abrumadoras.
   El abogado leyó en la pantalla del ordenador una lista escrita con las pruebas. Era un disco de gran capacidad con cientos de megas en pruebas de video. Varias páginas de texto explicaban los detalles de la acusación y sus comentarios.
   −Mira este video. Le dijo el abogado.
   −¿Qué?
   −La lista explica que es una grabación del día de la Concordia Laboral.
  En la pantalla se veía comida abundante en una mesa muy larga con muchas botellas de cerveza. Había mariscos y croquetas de carne de cerdo. Ese día todos se podían enchispar de cerveza y comer croquetas sin circunspección alguna, pues se posponían los análisis de sangre por dos semanas. La gente charlaba y se reía cordialmente. Algunos decían que el Día de la Fraternidad Laboral era el desmadre de los triglicéridos y el alcohol. En el video se vio al director local tocando un vaso repetidamente con una cucharilla como si fuera una campanita para pedir silencio. Se oyeron un par de carraspeos y todos se callaron. El jefe de la oficina se levantó y se dispuso a echar un pequeño discurso. Al acabar, todos aplaudieron cordialmente y el jefe se sentía satisfecho. Luego, llevado por la alegría del momento, el jefe se puso a contar una serie de chistes. Al acabar cada chiste, todo el mundo estallaba en risas joviales y gestos de diversión. Algunos aplaudían los chistes llevados por la alegría del momento, con el estómago lleno de colesterol y el exceso de cerveza.
   −¿Te reconoces ahí? Preguntó el abogado.
  La cámara presentaba una panorámica sobre los empleados que reían alegremente los chistes del jefe. De pronto se detuvo ante la cara de Johny durante tres o cuatro segundos.
   −¿Por qué no le reíste los chistes al jefe?
 −Bueno. Era unos chistes muy malos. Además, ese día me sentía indispuesto.
   −Tendrías que haber presentado un certificado médico.
  −Bueno, es cierto. Pero pensé que... me sentiría mejor. Fui con todo el ánimo del mundo, dispuesto a pasarlo bien. Pero la comida me sentó muy mal.  Tal vez comí demasiado marisco.
    −Este no ha sido el único incidente, Johny. Estabas más fichado que un vendedor clandestino de tabaco.
    −¿Qué?
  −¿No viste como la cámara se detiene ante tu cara durante cuatro segundos? ¿Es que necesitas mas pruebas? Hay media docena de grabaciones sobre las comidas fraternales de trabajo. Y siempre apareces desganado y mostrando escasos signos de cooperación y entusiasmo.
   Johny iba a decir algo, pero si quedó sin argumentos.
  −Mira este video, Johny. Es el Día de Rendición de Cuentas. El director informa a sus empleados de los resultados económicos del año. Espera que todos los empleados puedan sentirse felices al ver que su trabajo ha dado buenos frutos.
   Estaba pasando la grabación y se veía al director echando un discurso. Las cámaras examinaban las caras de los empleados sentados en sus butacas. Todos estaban poniendo la máxima atención.
  −¡Mira! −Dijo el abogado.
  De pronto apareció la cara de Johny en en medio de la pantalla con una actitud somnolienta. Se le veía que daba un descarado bostezo. Los compañeros a su lado le miraron con cara de asombro.
   −¿Qué me dices de esto?
   −Bueno, ese día tenía sueño. −Dijo Johny.
  −Esto solo demuestra el escaso interés que tienes por la buena marcha de la empresa. Replicó el abogado.
   −¿La buena marcha de la empresa?
 −Exactamente, Johny. La buena marcha de la empresa. Tu actitud demuestra que tu carácter tiene... no una simple necesidad de rectificación, sino que padece una grave falta de entusiasmo. Todo esto demuestra que no amas lo suficiente tu trabajo, que desprecias la balanza comercial con el mundo exterior y la crisis financiera que nos ahoga. ¡Esto es grave, John! ¡Esto es muy grave!
   −Pero...
  −No hay pero que valga, Johny. Las pruebas son abrumadoras en tu contra.

Johny permaneció callado durante unos segundos, pero el abogado no quería darle un momento de reposo.
   El abogado miró en el índice, y buscó otro vídeo.
   −Mira esto, Johny.
  La cámara mostraba lentamente las caras de los empleados en sus butacas aplaudiendo fervorosamente el discurso final, tras el anuncio de los resultados del año. Ahora se detenía delante de la cara de John, pero este no hacía siquiera el menor gesto de estar aplaudiendo.
   −¿Por qué no aplaudiste?
   −Ya se lo dije. No me sentía bien.
  −Eso no tiene coartada, Johny. Eres culpable a los ojos de cualquier juez. Pudieras haber aplaudido un poco aunque tuvieras un fuerte dolor de tripas.
   Luego, el abogado paró el video y eligió otro de la lista.
  −Mira. Aquí está tu cara, es un día en que el jefe de personal te recrimina por llegar cinco minutos tarde al trabajo.
   El video mostraba la cabeza del jefe de personal por detrás, echándole a Johny una discreta bronca por su retraso. En la pantalla se observa como Johny frunce el ceño. Luego los labios de Johny se retuercen en un gesto leve de desprecio.
   −¿Lo ves? Dijo el abogado poniendo el video en pausa.
  Le dio atrás y luego avante. La cámara mostraba una cara ligeramente hostil al jefe de personal. Un ceño claramente fruncido y una mueca de desprecio. No se oyó que Johny dijera una sola palabra, solo se observaba el gesto fruncido y la mueca de sus labios.
   −Resumiendo, Johny. Estás atrapado. No tienes escapatoria.
   − ¿Qué?
  − Mira los análisis de sangre. Tengo aquí un informe escrito que lo resume todo. No voy a decir nada sobre los análisis de colesterol, que han de mostrado repetidamente tu desprecio por las normas dietéticas. Esto significa que te importa un bledo, la productividad y prosperidad del país.
   −No, yo... Yo me preocupo.
  −Te preocupas lo mismo que una vaca. Dijo el abogado usando un lenguaje impropio de su profesión. No vas a engañar a nadie con esas palabras.
   Hubo un silencio desagradable.
   −Mira, Johny. Esta es una lista con la gráfica de tus ejercicios diarios de ergometría. Hay adjunto unos comentarios, del jefe de salud laboral que dice: Tiene un déficit de 9,7 Megajulios en el 2º Trimestre. Déficit de 9,0 Megajulios en el 3º trimestre. Y así va poniendo una larga lista de déficits para cada trimestre de modo que te cansas de leer. Luego dice, Acumulación total en dos años: 77,6 Megajulios. ¿Eres consciente de esta falta grave?
   −¿Se refiere al gimnasio?
  −Está todo registrado en la memoria del ordenador. El jefe anota, “se advierte al empleado de su déficit acumulado de ergometría”. Es decir, que te advirtieron cada trimestre de este déficit durante dos años.
   −Yo creí que estaban de broma.
  −No deberías creer en las bromas, Johny. Se sabe, desde el tiempo de los antiguos, que la falta sistemática de ejercicio debilita las facultades cognoscitivas y la voluntad de trabajo. Como dice el refrán japonés, “un cuerpo perezoso hospeda una mente holgazana”. Eso da como consecuencia una minusvalía de tu actividad cerebral y un merma de los neurotransmisores.
   −Pero yo...
  −¿Es que no conoces el refrán? Es una parte esencial de nuestro código laboral.
  −Bueno, es que...
  −Solo existe una conclusión para todo esto, Johny. El crimen se paga.
  −¿Qué crimen?
  −Podría calificarse de traición, Johny. Si tuvieras escasa inteligencia... una persona con el Síndrome de Down, por ejemplo, no te habrían destinado a una oficina. Te habrían reciclado para ser otra cosa.
   −¿Para ser otra cosa?
  −Otra cosa, Johny. Ya serías alguna substancia útil, alguna materia prima.
   − ¿Una substancia?
  − Claro. Algún abono orgánico, algo útil. No pensarás que te han estado alimentando y educando todos estos años para hacer el vago.
   −¡Oh!
  −Al retrasarte de un modo sistemático en la ergometría, has estado estafando a tu empresa, y has traicionado a la nación.

El abogado se daba cuenta que tenía a Johny acorralado y le siguió atacando con su demoledora retórica.
   −Has dado un ejemplo de vagancia y deprecio por la ética laboral.
    − ¡...!
   − Johny, la gente como tú era la norma entre los antiguos. Y por causa de millones de personas como tú, este país, que fue una gloria económica en otros tiempos, acabó en la ruina económica más afrentosa. Esto te lo han repetido cientos de miles de veces en el colegio, Johny. Hemos perdido la guerra económica y los mercados del mundo. Aparte de otras cosas, claro.
   Johny no estaba totalmente convencido.
  −Pero, ¿qué beneficios me aporta declararme culpable? Preguntó Johny.
  −¡Oh, Johny! Eres un caso. Esa pregunta que has hecho, me indica que no estás arrepentido de tu mala conducta.
 −Bueno, señor abogado. Yo podría declarar por escrito mi arrepentimiento sin llegar a declararme culpable.
  −Es lo mismo una cosa que la otra, Johny. No existen diferencias semánticas.
   −Pero, si me declaro inocente... ¿qué me puede pasar?
  −Si te declaras inocente, te burlas de las pruebas que tiene la fiscalía en tu contra, Johny. Declararte inocente con todas estas pruebas, es lo mismo que declararte en rebeldía. Es confesar que eres un agente subversivo.
   −¿Qué es un agente subversivo?
 −Es algo terrible, Johny. La tele no dice nada sobre los agentes subversivos, ni los terroristas... supongo que habrás oído alguna vez esa palabra, ¿no? La tele no dice nada para no deprimir a los ciudadanos.
   −¿No dice nada?
  −No, Johny. No dice nada. ¿Has visto alguna vez que digan algo de terrorismo?
  −Pero, entonces... --Johny titubeaba.

El abogado defensor arremetió con fuerza, pues ya casi estaba vencido.
   −¿Por qué crees que tenemos varios millones de cámaras por toda la ciudad? ¿Por qué tenemos cámaras en todas las entradas y en todos los pasillos de todos los edificios?
   −¿Eh?
   −¿Crees que no es otra cosa que un capricho?
   −Esto...
  −¿Crees que al estado le sobraban todos eso miles de millones de dólares y no se le ocurrió otro modo mejor de gastarlos?
   −Pues no sé.
  −Entiendo tu ignorancia. Por eso te digo que es muy mala idea declararte inocente. Es como si le dijeras al juez y al fiscal, no pienso enmendar mi conducta.
   −Bueno, eso lo entiendo. ¿Pero que consecuencias tiene si me declaro inocente?
   −Existe un ciento cincuenta por ciento de posibilidades de que el jurado te declare culpable.
  −Pues no veo la diferencia.
 −Eso solo prueba tu ignorancia, Johny. Existe una diferencia muy grande. Si te declaras inocente, haces incurrir al estado en unos gastos bochornosos; y estamos viviendo una época de mucha austeridad.
  −Bueno, ¡y a mí que me importa!
  −¡Oh, Johny! Tu caso es muy grave. Estamos viviendo una grave crisis globalizadora. Vivimos una tensa quiebra técnica. Si no hacemos estos sacrificios, no saldaremos las deudas ni en cientos de años. Y los intereses de la deuda van creciendo.
  −Sí, pero eso, ¿de qué modo me afecta?
  −Sufres una egomanía intolerable, Johny.
  −No entiendo.
  −Es un vocablo judicial, Johny. La egomanía es una especie de locura, por la cual un individuo se cree único y singular. Y cree que todo lo demás no tiene ninguna importancia. El egomaniaco se cree que tiene derecho a vivir tan ricamente, comer muy sano todos los días, tener su cubículo personal con agua y calefacción, y un televisor que funciona tres horas diarias, sin hacer el menor esfuerzo. Esta manía por la cual desprecias a toda la nación y la ética del trabajo te ha conducido a esta situación, Johny.
   −Pregunto que consecuencias tiene si el jurado me declara culpable.
  −Si el jurado te declara culpable pasarás siete años como esclavo del estado. Y el estado, que no sabe que hacer con tantos condenados, los vende a contratistas muy duros que los emplean en las canteras y en las minas más mortíferas de la nación. Esa es la categoría más bochornosa en la que puede incurrir un ser humano, Johny.
   −¿Siete años?
  −Siete años, Johny. Y hasta te puede caer alguna prórroga, por mala acomodación al reglamento.
  −¿Eso que quiere decir?
  −Que si funcionas mal en eso siete años se pueden convertir en doce. Incluso puede que, por acumulación de faltas, te quedes de esclavo para toda la vida.
  −¡Caramba! Y si me declaro culpable, ¿qué pasa?
 −Al declararte culpable, manifiestas que estás arrepentido de tus crímenes, y que tienes deseos sinceros de regenerarte.
  −Sí, pero, ¿qué más?
 −No seas insolente, Johny. Tu egomanía te ha llevado a la ruina. Si te declaras culpable, tienes derecho a elegir entre diversas empresas privadas. Puedes suscribir un contrato voluntario de esclavitud por dos años. Este contrato implica seis meses de entrenamiento gratuito, que no se computan en el tiempo pactado.
  −¿Qué es lo que no se computa?
  −Los seis meses de entrenamiento previo.
  −¿Y por que no se computan?
  −Tu insolencia me asombra, Johny. No se computan porque son meses de entrenamiento y formación. Y esta formación es un costo muy alto para la empresa. Por lo que el contrato de esclavitud se refiere a tu trabajo, y no al periodo de entrenamiento. La empresa tendrá que amortizar los elevados costos de tu entrenamiento y educación.
   Johny se quedó con la boca abierta sin saber que decir.
  −Tienes que elegir, Johny. Tienes el tiempo muy justo. Yo no puedo dedicarte más tiempo. Debo atender a otros acusados, y mi paga es muy escasa, aunque debo reconocer que es justa. Sería un agente criminal si me quejara.
  −No sé que cosa hacer.
  −La disyuntiva es muy simple, si te declaras inocente te caen siete años como esclavo del estado, y si te declaras culpable puedes pasarte dos años como esclavo en una empresa privada y estarás libre de nuevo. Tú eliges.

Johny estaba dubitativo. El abogado sacó del bolsillo un cronómetro y miró a Johny.
   −Tienes exactamente treinta segundos para decidirte.
  Pulsó el botón y el aparato empezó a marcar claramente paso de los segundos, tic, tac, tic, tac, tic, tac. Siete, ocho, nueve...
   −Me declaro culpable.
  −Enhorabuena, Johny. El abogado le tendió la mano. Debo felicitarte, pues has tomado la mejor decisión de tu vida, dadas las circunstancias.
  El abogado le presentó una lista de empresas dedicadas a este negocio de los recursos humanos.
  −Elige una empresa para solicitar la esclavitud.
  Johny señaló una al azar con el dedo.
  −HumRes, Inc, dijo el abogado. Esta es una de las mejores empresas del sector.
  −¿Una de las mejores empresas?
  −Eso es. Tiene un prestigio consolidado.
  El abogado, escribió unas palabras en el encabezamiento de la hoja y se la dio para que la firmara. Johny hizo un garabato de mala gana en el papel.
  Luego, pasó la hoja por el faxajero y esperó. A los veinte segundos, apareció una hoja confirmando la aceptación del contrato.
   −Ya tenemos la confirmación del contrato para entregarlo al juez.
   −¡Ah! Dijo Johny un poco desanimado.
  −Ya está, Johny. Has hecho lo mejor. Nos vemos mañana a las diez en punto en el juzgado. No faltes o tendrás problemas.


*      *

 Johny se pasó las horas rememorando la entrevista con su abogado. Estaba allí, echado en el suelo del ‘cubi’y sintió frío; de modo que se envolvió con la manta. Ya no estaba preocupado con el futuro que le esperaba, pero estaba muy preocupado por la duda. No sabía si había actuado correctamente al aceptar la declaración de culpabilidad que le proponía una y otra vez el abogado.

Luego se quedó algo adormilado, pero se pasó toda la noche en una pesadilla, recordando las palabras del abogado. Los puntos cruciales de la entrevista volvían a su mente nítidamente, una y otra vez, y le machacaban el cerebro. Johny se despertada a cada momento con los músculos entumecidos y un sudor frío le empapaba la camisa y la ropa interior. Sentía que estaba sudando de un modo extraordinario, a pesar de hacer frío. Decidió quitarse la manta de encima durante un rato. El sudor se fue evaporando lentamente y se quedó dormido. Horas más tarde en la noche se despertó con fuertes temblores y sentía mucho frío. Con dificultades pudo deshacer la manta enrollada como almohada y se cubrió con las dos mantas. Siguió tiritando durante un tiempo y lentamente se calmó la fiebre, quedando por fin dormido. Pero no tenía un plácido sueño, las escenas de la entrevista con el abogado asaltaban su mente. Se levantó varias veces en la noche, a veces febril y tiritando, a veces sudoroso.





Encuentro con Fidelio


Viernes, día 5 de Abril.

Por la mañana Johny no podía seguir durmiendo. Había conseguido dormir algunas horas con episodios de pesadillas y escalofríos. Ahora le dolían todos los huesos y decidió que era una tortura seguir echado en el suelo. El cubículo sin calefacción estaba tan frío como una nevera y decidió irse a caminar.

Salió a la calle. El día ya clareaba ligeramente y la multitud disciplinada se dirigía con paso ligero a las entradas del metro. A esa hora de la mañana circulaban casi todos los camiones de reparto y los autobuses. Podías ver en ocasiones el coche de algún jefe, atrapado en el tráfico y preocupado por no llegar a tiempo a su puesto de trabajo. La sociedad se había vuelto muy obsesiva con la productividad y la ética laboral, de modo que ni siquiera los directivos o los gestores se podían tomar la licencia de llegar cinco minutos tarde al trabajo. Por unas pocas faltas de ese tipo a un directivo le podían enviar a una clínica para reparar su conducta averiada. Eso solía ser un borrón vergonzoso en el expediente de cualquier director. Los directores debían ser puntuales a toda costa.

A esta hora la gente marchaba rauda con el piloto automático. No se podía decir que aún siguiera dormida, pero realmente su cerebro funcionaba solo al siete o al diez por ciento. Este es un estado que se conoce como semi-vigilia. Podemos decir que la gente va parcialmente dormida en dirección a las sótanos del metro. De modo que sus semblantes mostraban una máscara de somnolencia. Y todo el tiempo van así en el tren, hasta llegar a la estación que tienen como destino. Pero, luego, cuando faltan diez o veinte metros para entrar al centro de trabajo, sus constantes vitales se normalizan, su mirada se vuelve atenta, el pulso se acelera lo justo, y su presión arterial asciende a la normalidad. Si alguien hubiera entrado con signos circulatorios anormales, los detectores hubieran dado la alarma. Al oír el pitido, esa persona sabe que ha llamado la atención. Se le bloquea el paso y se le conduce en dirección al servicio médico, donde le hacen un chequeo. Al llegar a la entrada, las cámaras gravan nuestra cara, el ecómetro nos lee las constantes circulatorias, y el olfabot nos chequea los efluvios corporales. Cualquier anormalidad queda registrada al instante.
   Cuando el olfabot detecta alguna anormalidad en tus efluvios ordena que te presentes al servicio médico, para no interrumpir la entrada de los demás trabajadores. Cuando ocurre tal cosa sabes que vas a tener problemas.
   En el servicio médico te ordenan que te quites la chaqueta y un olfabot ingiere tus emanaciones corporales de modo que detecta la ingestión reciente de drogas nocivas como tabaco, alcohol, ajo, colesterol y otras basuras en cantidades superiores a unos cuantos miligramos por centilitro de sangre.
  La gente no va dormida al trabajo por mala voluntad, sino que se trata de un estrategia copiada a los japoneses para economizar recursos neuronales. No tendríamos ninguna excusa si malgastáramos nuestra energía mental en futilidades. Todas nuestras energías se tienen que enfocar en el trabajo. Pero tampoco podemos olvidarnos de los ejercicios ergonómicos; pues al cabo de un año tenemos que acumular unos cientos de Mega julios de sano esfuerzo muscular. Como dice el refrán, “siete megas a la semana, mantienen tu mente sana”.

Johny deambulaba por la calle con el piloto automático, pero el ritmo de su marcha era lento y cansino. Esta marcha contrastaba con la marcha más rápida de la gente que se dirigía a las entradas del metro. El ritmo de Johny no llamaba la atención de los viandantes pues nadie se molestaba en observarle. Para eso ya estaban las cámaras. Ni siquiera la presencia de un hombre tirado en la calle, fuera muerto o dormido, les hubiera llamado la atención. Para la gente normal, no tenía sentido en fijarse en los detalles anodinos, pues ya el estado se encarga de estos problemas. Un hombre tirado en la calle no hubiera durado en ese estado más de tres o cinco minutos.

Para eso existe un programa que presta una atención eficiente a todo lo que ocurre en la ciudad, por medio de unas trescientas mil cámaras situadas en las vías públicas de la ciudad y millón y medio más en las zonas interiores, tanto públicas como privadas. Un programa llamado VIGI , abreviatura de vigilante, analiza en horas punta más de doscientas mil imágenes por segundo; lo que proporciona más de doce millones de identificaciones por minuto. Todo esto ocurre en tiempo real. Es un computador de gran potencia refrigerado por helio. Nada se queda oculto a los ojos de VIGI. Las imágenes consideradas anómalas generan alarmas de actuación inmediata. Un nutrido equipo de especialistas acude con helicópteros al lugar indicado equipado con instrumentos de precisión para aclarar lo ocurrido en pocos minutos.
El anormal deambular de Johny no podía pasado inadvertido para el computador. Además de analizar las caras una a una, el VIGI analiza los parámetros anormales del andar y otros ritmos vitales que se mantienen en secreto. El ritmo del andar de Johny no se ajustaba a los diversos algoritmos de normalidad de quien acude al trabajo. Incluso cualquiera que fuera en camino para ciertas misiones ‘anormales’ presentaría unas pautas deambulares significativas que lo aclaran. VIGI había tomado varias muestras del rostro de Johny que fueron analizadas y empaquetadas en una serie de algoritmos faciales. Lo primero que hizo fue contrastarlo con los datos de los que habían sido condenados a esclavitud recientemente. En quince segundos quedó Johny identificado en una base de alerta inmediata con otros acusados.

Johny McKorman se pasó las horas deambulando sin rumbo y fue siendo rastreado desde una cámara a la siguiente sin problemas.
  A eso del mediodía Johny sintió hambre y entró en un local de comidas, propio para individuos de status A2. Entró en el local sin llamar la atención de la gente que comía en ese instante. Solo un camarero, que se hallaba cerca, se apercibió de su anormal apariencia. No era propio de su indumentaria verlo entrar en aquel lugar. Pero, esta infracción además de anormal era totalmente imprevista, por lo que el camarero no hizo nada para generar una alarma al no estar advertido para un evento semejante. No se atrevió a provocar una alarma por otro motivo; para no infringir el sacrosanto silencio de aquel comedor de cierta categoría social.
  Johny miró por todo el amplio salón, tratando de encontrar una mesa libre, cosa improbable debido a la hora. Estaba dispuesto a gastarse la mitad de los 95 dólares que le quedaban. Deseaba comer, aunque fuese por una vez en su vida, en un restaurante de esa categoría; tres puntos por encima de la suya.
   Deseaba despreciar un poco las normas. Al fin y al cabo, su libertad ya tenía fecha de caducidad.  Muy pronto sería un esclavo y ya no padecería estas preocupaciones durante dos años y medio.
  −¡John! Dijo una voz queda, casi inaudible.
 Tan inaudible fue que Johny no se enteró de que alguien lo llamaba. Motivo por el que se repitió la llamada con agravantes.
  El hombre hizo gestos con la mano para atraer su mirada.
  −¡John! Soy yo, ¿no me recuerdas? Dijo el hombre a John.
  Las palabras se oyeron a varios metros de distancia, provocando un gélido silencio. El levísimo tintineo de los cubiertos al rozar la vajilla, cesó de un modo milagroso. Todas las miradas se dirigían a la mesa transgresora donde un ser sin la menor cortesía había roto el silencio. Era este un comedor de categoría A2 y en él resultaba chocante un ruido que superase ligeramente los 7 decibelios acústicos propios del ambiente. Las patas de las sillas estaban cubiertas con fieltro para amortiguar el ruido si llegaba a rodarse una silla. De manera que tenías un descuido al tocar el plato con la cuchara, el ruido podía escucharse en todo el comedor. Estas eran serias infracciones del protocolo que atraían al instante las miradas reprobadoras de todos refinados clientes.
  Un escalofrío sacudió el espinazo de Johny al sentir aquellas miradas severas que confluían sobre su cara de color verdoso. Se sentía horrorizado, pues lo último que deseaba una persona normal es que la gente le mirase a la cara con ojos reprobadores.
   Johny vio que lo miraban y que consideraban que era el responsable de las sacrílegas voces. Por ello, bajó la vista avergonzado y vio a un hombre sentado justo en una mesa a su lado. Este hombre le hacía unas señas que intentaban en vano ser discretas, pero todo el mundo se percataba de sus maniobras y se sentía indignado. El extraño le hizo señas a Johny para que se sentara a la mesa.
   Johny miró al extraño tan atrevido que había mencionado su nombre en aquel lugar. No lo recordaba de nada, pero aceptó sentarse. Como si no hubiera ocurrido nada, el camarero se acercó a Johny.
  −¿Qué desea el señor? −Preguntó el camarero en voz baja.
  −Un té con leche. −Le dijo Johny en un murmullo.
  Johny se quedó asombrado al oír que le habían llamado señor.
  Se sintió arrepentido de pedir el té y sentía ganas de salir huyendo del lugar. No tenía la menor idea de cuanto le pueden cobrar a uno por un té cuando le llaman ‘señor’. Eso debería ser un agravante. Pero, se sintió ligeramente trasgresor al acordarse que pronto sería un esclavo. De modo que merecía la pena este atrevimiento.
  El hombre que lo invitó a la mesa aproximó su cabeza a Johny para hablarle. Los comensales empezaban a saturarse de indignación y desistían en sus miradas de censura.
  −¿No me recuerdas? Le preguntó el hombre en voz muy baja.
  Johny estaba dubitativo, y para no infringir la ley del silencio movió la cabeza con un gesto negativo.
  −Soy Fidelio. Dijo muy bajo, temiendo que sus palabras se oyeran en la mesa de al lado.
  Johny negó con la cabeza.
  −Del Instituto Van-den-Berg.
  Johny pareció rememorar vagamente ese colegio. Ese nombre, Fidelio le sonaba de algo, pero no conseguía recordar el rostro de Fidelio. Le fallaba la memoria. La vida se había vuelto tan exigente en la oficina que le absorbía todo el potencial de sus neuronas. No le quedaban energías para el recuerdo, pues siempre estaba constantemente aprendiendo algo nuevo. Continuamente cambiaban los instrumentos, los procedimientos, las operaciones, los modos de gestionar los recursos. Tenía que andar continuamente cambiando la estructura de su memoria.
  Johny tenía ya dieciocho años y no recordaba casi nada de su juventud. Y es que todo cambia en este mundo de un modo vertiginoso. Tenemos que enfrentarnos a un cambio constante. Y esto no dejaba tiempo para recrearnos en las banalidades del recuerdo, ni en la memoria de los años locos de la juventud, siempre tan propensa a las infracciones. Yo mismo recuerdo el terrible bochorno que sufrí cuando fui a pedir mi primer trabajo. Me vi confrontado a las acusadoras grabaciones de la policía. La empresa tuvo tiempo de pedir mis antecedentes, pues debí presentar mi solicitud con una semana de antelación.
  En mi caso me presentaron diversas grabaciones, sobre actividades delictivas. Eran cosas consideradas graves, pero ocurrieron un año atrás. Eran cosas tan atrevidas como dar voces en la calle, o gritar procacidades en un transporte público. Una de las escenas fue especialmente bochornosa, apareció mi cara entre unos jóvenes que fueron expulsados por los guardias de seguridad de una cervecería, pues los menores no podíamos entrar allí.
  Ya digo, estas fueron locuras de mi juventud. Me costó mucho explicar que los seis cigarrillos de tabaco que pretendía comprar a un vendedor clandestino de drogas, no eran para mí. El tabaco era para un chico muy gamberro al que llamaban ‘BadBoy’. El vendedor clandestino era un policía de incógnito. En otra grabación se me veía con otros jóvenes bailando una danza impúdica sobre el césped de un jardín, nos habíamos quitado la camisa y los pantalones y bailábamos solo con nuestros slips. Una actitud obscena, esa fue la calificación de la policía. Todos fuimos alguna vez jóvenes, y todos hicimos alguna locura que nos avergüenza. Pero esto de bailar en slip en un parque público fue algo insólito. Los viandantes se detenían para mirarnos horrorizados.
  El hombre que dijo llamarse Fidelio se aproximó mucho a Johny para hablarle en voz baja.
   −¿No me recuerdas?
   −Sí.  −Mintió Johny en voz baja.  −Ya me acuerdo de ti.
   −¡Es una alegría verte!  −Susurró Fidelio
   −Gracias.  −Dijo Johny.
   Fidelio se acercó exageradamente a Johny para poder hablarle en voz baja, y no llamar la atención en el comedor.
   Realmente, Fidelio estaba llamando la atención de un modo lamentable. Algunos clientes los miraban de nuevo con cara de reprobación. No solo había que guardar silencio en el comedor, había que guardar más cautelas. Los protocolos de un comedor de esta categoría eran muy estrictos, pues es de muy mala educación tanto hablar como hacer ruido con la vajilla.
   El comensal de la mesa de al lado estaba muy irritado, pues oía perfectamente todo el cuchicheo.
   −Si estos salvajes tienen tanta necesidad de hablar, deberían hacerlo en un parlatorio.   −Se decía para sus adentros, el comensal de la mesa de al lado.
   Debo reconocer que este no era un modo decoroso de comportarse en un comedor. Yo mismo, a pesar de la simpatía que sentía por John, no podía aprobar su comportamiento.
   −John, querido, ¿te ocurre algo?  −Preguntó Fidelio con voz apenas perceptible.
   Johny ya no podía recordar la última vez que le habían hablado de un modo tan personal. Tal vez cuando era niño, o siendo un muchacho joven, alguna vez le hablaron así. Pero no podía recordarlo. Se sintió avergonzado y su cara amarillenta cambió ligeramente de color durante cinco segundos.
   Johny no respondió a esta pregunta.
   −Tienes muy mal aspecto. −Le dijo Fidelio.
   −¿Se me nota? −Preguntó Johny en voz baja.
   −Sí. ¿Qué te ha ocurrido?
   −Dos años.
   −¿Dos años?
   −Sí.
   −Ya te comprendo.
   −¿Se me nota mucho?
   −Como a trescientas yardas.
   −¡Oh! ¡Dios mío! Qué molestias debo estar causando con mi aspecto.
   −Sí, es lamentable que te vean con esta cara.
   −Lo siento.
   −Estás contribuyendo al desanimo colectivo. −Dijo Fidelio en voz baja.
   −Lo lamento de verdad. −Dijo Johny.
   −Creo que debemos ir a hablar a un parlatorio.
   −¿A donde?
   −A un parlatorio.
   −No entiendo.
   −Espera un momento.
  −Fidelio hizo señas con la mano y el camarero acudió de inmediato. Luego, Fidelio pidió la cuenta de ambos y la pagó.
   Salieron enseguida del local.
   Los clientes que estaban cerca suspiraron aliviados al verlos marchar.
   −¡Qué pandilla de impresentables! ¡Hablando en la mesa! ¿De que planeta han venido esos dos? Esos eran los pensamientos que se agitaban en la cabeza rondaban por las mesas de los educados comensales.



Charla en el ‘parlatorio’.


Jueves, 5 de Abril, Año 75 de la Nueva Era



   Al salir a la calle, el aire frío les abofeteó el rostro, robándoles el calor de las mejillas que habían acumulado en el restaurante. Esto animó a Johny a preguntar algo.
   −¿A dónde dices que vamos?
   −A un parlatorio.
   −¿Que es eso?  −Preguntó Johny en voz baja.
   −Es un lugar para hablar.
   −¿Un lugar para hablar? Que cosa tan extravagante.
   −¿No has estado nunca en uno?
   − No, claro. ¿Y dices que sirve... para hablar?
   −Sí, claro. Es para hablar.
   − ¿Hablar? ¡Qué cosa más anormal!
   − No es tan rara. Alguna gente... necesita hablar.
   − ¿Es que no ven la tele? Todo el mundo tiene una.
   − Sí, pero la tele te habla a ti. Tú no puedes decir nada, ni preguntar algo.
   − ¿Y para qué sirve eso de hablar?
   − Para solucionar problemas. Yo podría hablar contigo de tu caso.
   − ¿Cómo?
   − Podría darte consuelo.
   − ¿Consuelo?
   − Sí. Supongo que estás preocupado por lo tuyo.
   − ¿Cómo puedes ayudarme?
   −Puedo darte algunos consejos.
   − ¿Consejos?
   − Dije que quería ayudarte.
   −¿Puedes hacer algo?
   −Sí. Pero aquí, en la calle, no se puede hablar. Las cámaras ya nos han detectado como sujetos sospechosos.
   − ¿Sujetos sospechosos?
   − En cualquier momento vienen los helicópteros y nos llevan.
   − ¿Por qué?
   − Por escándalo público.
   − ¡Oh!
   − Mejor será si nos callamos.

  Llegaron al lugar, un cartel decía, "Parlatorio francés".
  Poca gente se puede permitir el gasto de un parlatorio. Para la mayoría este lugar no existe, ni han oído hablar de él. Lo poco que sé de los parlatorios fue algo casual. No voy a entrar en detalles.

  La institución del parlatorio fue muy discutida hace años. Y al final se aprobó pese a que algunos consideraban indecente que dos personas se reunieran en privado para hablar. Eso iba contra las buenas maneras de la sociedad transparente que se había creado. Los contrarios al parlatorio alegaban que el ciudadano no debe tener conversaciones privadas.
  Hubo discusiones en el parlamento para aprobar la existencia del parlatorio, como una empresa legítima. Los contrarios decían que esta actividad no aportaba nada al equilibrio de la balanza de pagos. Y los partidarios hablaban de la utilidad de tal institución para la estabilidad emocional de una minoría que necesitaba parlotear con cierta libertad. Se citaron otras razones a favor y fue aprobado.
  Desde que se había proscrito la libertad de palabra y pensamiento, se creyó oportuno tener bien controlados a los logorreos, como llamaron a los que son propensos a hablar o formar grupos. La prohibición de palabra y pensamiento, se justificaba por el potencial subversivos que pueden tener las palabras.
  La plaga del parloteo, no es que sea universal. Algunos, probablemente somos portadores de un gen que nos hace parlanchines. Yo mismo debo ser portador del gen del parloteo, o no estaría escribiendo en estos cuadernos.

  Gracias a estos locales públicos no tienes que molestar a nadie con tus manías parlanchinas. Además, poca gente soporta a los parlanchines.

  Fidelio y Johny entraron al hall del parlatorio. Había unas mesas con sillas acolchadas y muchos parlatines de alquiler estaban reclinados perezosamente en los sillones a la espera de clientes. Los parlatines les echaron una mirada interesada y su mejor sonrisa. Uno de ellos se aproximó a los recién llegados. Se acercó a Fidelio y le tocó en el hombro y le preguntó,
   −¿Quieres charlar, guapo? Tengo una buena charla.
   −No,   −dijo Fidelio con aplomo.
  Otro parlatín se había acercado a Johny.
   −¡Que jovencito es! Se le nota que que le hace falta de un parlamento.
   −Venimos en pareja.   −Dijo Fidelio.
   −¡Qué lástima!
  Fidelio echó un vistazo y vio que la sala 5 estaba libre. Se dirigieron a esta sala, evitando mirar a los parlatines profesionales. Fidelio pulsó un botón y se abrió una puerta. Pasaron a una antesala y se cerró la puerta tras ellos. La antesala era un espacio reducido, solo disponible a los efectos de identificación. Las cámaras les hicieron unas fotografiás y el 'olfabot' les aspiró los efluvios corporales de cada uno para completar la identificación. Fidelio introdujo su tarjeta de crédito en la ranura.
   −¿Desea pagar a plazos o al contado?   −Preguntó la máquina.
   − Al contado,   − respondió Fidelio.
  La maquina devolvió la tarjeta.
  El dispositivo de control abrió la cámara y entraron. Estaba muy bien iluminada. También estaba desodorizada con moléculas de ozono para que borrar todas las trazas olorosas de la ocupación anterior.
   − Elige de que lado te quieres echar.
   − ¿Por qué?
   − Porque vamos a tomar rayos UVA. Y la forma apropiada es hacerlo echados.
   − ¿Echados?
   − Claro, ¿ves esa lámpara? Cuando apriete este botón bajará a cierta altura y nos dará un baño de rayos UVA.
   − ¿Qué eso eso de los rayos UVA?
   −Vamos a ver si me explico. Esto es como tomarse un baño de sol artificial.
  El sol del mundo exterior es cancerígeno para la piel. Pero estos rayos no.
   − ¿Y para que sirven los rayos?
   − Son tonificantes y rejuvenecedores.
   − ¿Y eso que quiere decir?
   − Pues, verás. Tienes muy mala cara, ¿lo sabes? Debido a lo que te ha ocurrido, te sientes mal, y tienes una cara horrible. Bueno, pues estos rayos te cambiarán la cara y ya no parecerás un acusado convicto.
   − ¿Me cambiarán la cara?
   −Estos rayos borrarán ese color amarillento de tu la cara. Parecerás un estudiante que viene de jugar al fútbol.
   −Entonces... si con estos rayos no se me nota que he sido acusado y condenado... pues es un gran invento.
   − Realmente lo es. La gente de clase superior, toma baños de rayos UVA al menos una vez a la semana.
   − Ya entiendo.
   − Bueno, ahora tienes que desnudarte.
   −¿Por qué?   − Preguntó Johny aterrado.
  Johny nunca había estado desnudo en presencia de otra persona desde que era un niño en la escuela. Todo aquello del parlatorio era demasiado novedoso para él y no sabía como debía comportarse.
   − Uno se desnuda porque es la manera lógica de tomar los rayos UVA. Estos rayos darán a tu un agradable tono de color asalmonado. Tu cara quedará reluciente como cuando tenías quince o dieciséis años.
   − Y ¿eso es bueno?
   − Claro. Debes cuidarte, Johny. Debes tratar de parecer más joven.
   − Y ¿eso para qué sirve?
   − Todo el mundo prefiere un "retrainee" joven a uno viejo. Si tienes una apariencia de ser joven te darán trabajos más agradables.
   − Entonces quiero ser más joven.
   − Venga, desnúdate.·
  Fidelio empezó a desnudarse. Desde que era niño en la escuela, nunca se había desnudado en presencia de otra persona. Según se iba quitando la ropa Fidelio lo miraba con interés. Johny tenía entonces unos dieciocho años. Y a pesar de su cara deprimente, y el mal color de su piel algo amarillenta, aún se notaba su juventud.
   −Te voy a poner crema protectora. Factor 10.   −Dijo Fidelio.
   −¿Crema protectora? ¿Para que sirve?
   −Es para bloquear una pequeña parte de los rayos UV.
  Fidelio cogió un frasco de crema y se puso a untar la piel de Johny.
   −¿Qué haces?
   − Untarte de crema.
   −¿Y eso que es?
   −Es extender la crema sobre tu piel con los dedos.
  Johny sintió un ligero temblor.
   −Y ¿esto se puede hacer?
   −Solo en privado. Puede hacerse porque estamos en este parlatorio. No te puedes estar a solas con nadie, salvo en lugares autorizados.
   −Siempre a la vista, siempre seguro.   − Johny recitó el conocido refrán.
   −No te puedes ocultar del ojo de Dios.   − Dijo Fidelio.
   −Eso es.
   −No te puedes reunir con nadie en un cubículo, se trata de un espacio unipersonal.
   − Claro, si dejo entrar a alguien en mi cubículo se disparan todas las alarmas.
   −Pero aquí podemos hablar con toda libertad.
  Fidelio iba untando de crema protectora el cuerpo de Johny. Y el muchacho tuvo unas reminiscencias de la escuela. Era un niño pequeño y estaban en una playa ventosa en alguna parte. Una maestra iba untando a los niños con una crema. Fidelio pensó que Johny estaba ensimismado.
   −¿Esto te agrada?   −Preguntó Fidelio.
   −¿El qué?
   −La sensación de mis dedos al tocar tu cuerpo con la crema.
  Johny tardó varios segundos en responder.
   −Sí. Pero es algo muy extraño.
  Fidelio fue untando a Johny de crema. Un temblor casi imperceptible hacía vibrar el cuerpo de Johny.
   −Date la vuelta.   −Dijo Fidelio.
   −¿El qué?
   −Que te des la vuelta. Te voy a untar de crema por detrás.
  Johny se dio la vuelta y Fidelio frotó con crema de un modo meticuloso por la espalda.
   − Ya está. Ahora me tienes que untar de crema a mí. Es para protegernos de los rayos UVA.
  Johny se sintió un tanto abochornado ante esta tarea. Era la primera vez que se veía tocando el cuerpo desnudo de otra persona. Hasta ese momento solo se había tocado a sí mismo, explorando un poco su cuerpo. Tenía una sensación de extrañeza infinita. Y eso le producía nerviosismo. Un nerviosismo como en la escuela cuando no sabes cual es la respuesta a una pregunta y te atreves a decir algo. Sintió un extraño mareo y empezó a fallarle un poco la vista.
  Al acabo de un rato, Fidelio dijo,
   − Toma Johny, ponte estas gafas.
   − ¿Para qué?
   − Para proteger la vista.
   − ¡Oh!
  Se pusieron las gafas.
   − Ahora tenemos que echarnos.
   − ¿Dónde?
   − En estas colchonetas.
   − ¿Para qué?
   − Para tomar los rayos UVA.   − Fidelio apretó un botón.
  Fidelio se echó en la colchoneta y luego hizo lo mismo Johny.
  Los sensores captan que los clientes estaban ya echados y se activó un mecanismo por el que las lámparas bajaron hasta ponerse a unos 30 ó 40 centímetros de altura sobre sus cuerpos. Y en ese momento que se encendieron las lámparas.
   − ¿Que te parece esto?   − Preguntó Fidelio.
   − Es muy raro.

  Estuvieron en silencio durante un minuto y medio.

  Al cabo de un rato Fidelio rompió el silencio.
   − No deberías preocuparte por tu caso.
   − ¿No debería preocuparme?
   − Creo que puedo ayudarte.
   − ¿Cómo puedes?
   − Ya te contaré. ¿Con qué empresa has firmado?
   − HumRes, Inc.
   − Es muy buena.
   −¿Es muy buena?
   − Sí, pero tienen que sacarle rentabilidad al producto.
   − Sí, claro.   −Dijo Johny sin pensarlo.   − La rentabilidad.
   − Hoy día todo gira sobre la rentabilidad del producto.
   − ¿Qué producto?
   − El producto eres tú, Johny.
   −¿Yo soy el producto?
   − Eso debería llenarte de orgullo.
   − ¿De orgullo? ¿Por qué?
   − Pensar que vas a ser un producto rentable que produce beneficios.
   − No se me había ocurrido.
   − Ya sabes lo que pasa. La palabra clave, tras la balanza de pagos, es la rentabilidad.
   − La rentabilidad, sí, claro.
   − Todo tiene que ser rentable. Los mismos excrementos no creas tú que se tiran sin más. Sino que se procesan para hacerlos rentables.
   − ¿Los excrementos? ¿Son rentables?
   − Claro, Johny. Y no solo son rentables los excrementos. Tras la muerte, los cadáveres se procesan para hacer fertilizantes y cremas nutritivas.
   − ¿Los cadáveres? ¿Eso que es?
   − Cuando te haces viejo, pierdes casi toda tu rentabilidad. Por eso se dice que estás amortizado. Y eso quiere decir que ya eres un cadáver. Por lo que te envían al centro de proceso y recuperación.
   − Y ¿qué decías que hacen con eso?
   − Fertilizantes y cremas nutritivas.
   − ¿Cremas nutritivas?
   − Sí. Eso que se untan las mujeres en la cara. No puede desperdiciarse nada. Es cosa de la ecología.
   − ¿La ecología? ¿Qué es eso?
   − No lo sé. Entre los congresistas que visitan a sir Alex, hay unos pocos hablan de la "ecología". No sé lo que es pero tiene que ver con el reciclado de los cadáveres.
   − Oh. El reciclado de...
   − Palabra abstracta.
   − A veces, la tele habla de la rentabilidad de los bonos y los valores.
   − Sí, claro. Todo gira en torno a la rentabilidad y el ahorro de los recursos.
   − Nada de todo esto me gusta.
   − ¿No te gusta? ¿Por qué?
   − Me da la impresión que algo está mal. Ya ves mi caso. ¿Cómo puedo creer en un sistema social que me envía a la esclavitud?
   − Hombre, no hables así. Todavía queda gente altruista.
   − ¿Altru... altru, qué?
   − Altruista.
   − Y ¿eso que es?
   − Altruista es un... un adjetivo. Viene de 'altruisme'. Una palabra del viejo mundo. Con-cre-ta-mente,   − dijo Fidelio dándose importancia con esta palabra rara.   −Esta palabra viene del francés, que es una lengua que se hablaba mucho en el pasado.
   −Y ¿qué significa?
   −La palabra significa... creo que es 'afecto por otra persona'.
   −¿Otra persona? No entiendo. ¿Qué quieres decir?
   −Es muy simple. Altruista es alguien que 'se preocupa' por los problemas de 'otras personas'. En lugar de preocuparse en exceso por la rentabilidad y el equilibrio de la balanza de pagos, la gente 'altruista' se preocupa por los esclavos. Y su preocupación le lleva a descuidar sus propios intereses.
   −¿Es eso posible?
   −Sí, claro. Pero, ellos tienen a su favor que son ricos.
   −¿Es que son ricos?
   −Claro. Si uno es una persona corriente y moliente, como tú o como yo, no hay modo de que podamos ser altruistas.
   −O sea que no podemos ser altruistas.
   −¿Cómo podrías ayudar a los esclavos si apenas te puedes ayudar a ti mismo?
   −No sé. Nunca me he parado a pensar en estas cosas tan raras.
   −Es muy simple, Johny. Tienes que trabajar diez horas al día, luego debes pasar por el gimnasio para sudar tu cupo diario de 'ergometría'. Eso te lleva al menos cuarenta y cinco minutos sudando fuerte. Y cuando llegas a tu cubículo ya estás agotado. Y solo deseas ver un rato la televisión y dormirte.
   − Es cierto.
   − Lo último que se te pasa por la cabeza es preocuparte por los problemas de los otros. Además... cada uno tiene la obligación de descansar bien, para volver al trabajo al día siguiente con nuevas energías.
   −Esa era mi vida.
   −Pues, bien. Ya lo ves. ¿Cómo podrías ser altruista?
   −¿Al tru ista?
   −Sí, claro. ¿Cómo podrías ayudar a otra persona?
   −Me parece que no tendría tiempo. Que estaría muy cansado.
   −Exactamente. Pero ocurre que los seres altruistas son multimillonarios. Y claro, ellos si que pueden. Simplemente, por cambiar de rutina, de vez en cuando dejan de trabajar un rato y se ponen a ayudar a la gente necesitada.
   −¿Ayudan a los necesitados?
   −Naturalmente. Si no fuera por ellos ¿quién lo haría?
   −No sé.
   −Por eso, algunos ricos son altruistas. No todos, claro.
   −Cuantas cosas sabes, Fidelio. Pero me cuesta entender lo que dices.
   −Es lógico. No posees mucha información sobre el mundo.

  Estuvieron callados unos veinte segundos.

   −¿Cómo puedes ayudarme?   −Preguntó Johny.
   −Digamos que conozco una persona altruista. Una persona que tiene una simpatía natural por los esclavos.
   −¿Qué tiene simpatía por los esclavos?
   −Eso es. ¿Has estado alguna vez en una subasta de esclavos?
   −No. Nunca me interesé por esas cosas.
   −Bien. Alguna gente se interesa mucho por el bienestar de los esclavos, por el trato que reciben y por su educación. Debido a que tienen mucho dinero, algunos tienen varios esclavos en su casa. Los suelen usar como adorno de sus palacios o como ayudas de cámara. Se dice de algunos altruistas que tienen un esclavo que duerme con ellos en la cama.
   −¡Qué cosa más horrible! ¡Dormir con otra persona en la cama!
   −Algunos no se extrañan de eso.
   −¿Es eso cierto?
   −No lo sé. Igual no es más que una leyenda.
   −Y ¿qué es una ley-en-da?
   −Algo que se dice... pero no se sabe si es cierto o falso.
   − ¿Algo que se dice? ¿Cómo el tabaco?
   − Exactamente. Existe una leyenda sobre el tabaco.
   − ¿Es una leyenda, entonces, el tabaco?
   − Algunos... son muy pocos, hablan en voz baja sobre el tabaco. Dicen cosas increíbles, pero nadie sabe si el tabaco existe o no.
   − ¿Nadie lo sabe?
   − Yo no lo sé. Los que controlan el VIGI lo sabrán. Por ejemplo, si alguien un día te ofrece tabaco, en una calle mal iluminada de noche, y se te ocurriera comprarlo... no sabrías si eso que compras es tabaco u otra cosa. Y aunque lo huelas,. no sabes realmente si ese es el olor verdadero del tabaco, o si hueles alguna otra cosa igual de venenosa.
   − ¿Otra cosa igual de venenosa?
   − Podría tratarse de una simple fantasía. Podría ocurrir que el tabaco no existe realmente en ninguna parte de este mundo. Qué solo es es una leyenda. ¿Lo entiendes?
   − Pero, he oído decir que hay vendedores de tabaco.
   − No te puedes fiar de lo que te digan, Johny. He oído decir a un congresista en casa de sir Alex que esos vendedores son agentes de la policía.
   − ¿De la policía? ¿Por qué?
   − Tratan de capturar a los terroristas extranjeros. Y los seres descarriados.
   − ¿Los seres descarriados? ¿Qué seres son esos?
   − Son seres que no respetan las leyes, Johny. Seres que no se preocupan, ni un tanto así por el equilibrio de la balanza comercial.

  Estuvieron callados durante varios segundos.

   − Tú no eres de esos, ¿verdad, Johny?
   − ¿El qué?
   − No serás de esos que menosprecian el equilibrio de la balanza comercial.
   − Yo no...
   − Eso te preocupa, ¿verdad, Johny? No serás de esos a los que les da lo mismo.
   − ¡No! ¡Qué va! La balanza comercial... esa... esa es una de mis... de mis mayores preocupaciones. No me deja dormir.
   − Te creo, Johny.

  Estuvieron callados durante minuto y medio.

  Johny estaba inquieto por su futuro y preguntó,
   −Dijiste algo de... no sé qué de los esclavos.
   − ¿A que te refieres?
   − Esa gente rica, dijiste que son artistas.
   − ¿Artistas? No dije nada sobre los artistas.
   − Sí que lo dijiste. Dijiste que los artistas tienen muchos esclavos, y algo sobre una cámara.
   − ¡Ah! Ya sé de que estas hablando. Te refieres a los al-tru-istas.
   − Eso. ¿Qué dijiste de los artistas?
   − No se dice artistas, sino al-tru-istas, Johny.
   − Pues eso. ¿Qué dijiste?
   − Que tenían esclavos en su casa.
   − Dijiste que tenían simpatía por los esclavos y no sé qué sobre unos pedazos de no sé que.
   − No son pedazos, Johny, sino palacios. Tienen palacios.
   − ¿Eso que es?
   − Son palabras antiguas, Johny. La gente rica no vive en cubículos como tú o como yo. Sino que vive en algo llamado "pa-la-cios". ¿Entiendes? Es una palabra antigua.
   − Antigua.
   − Estos palacios son... como si se tratara de grandes oficinas comerciales, muy grandes y muy antiguas. Pero, en esas grandes oficinas, no trabaja nadie. Bueno, casi nadie. Solo los esclavos y los sirvientes del señor altruista viven allí.
   − ¿No viven en cubículos?
   − No. Viven en espacios destinados a los sirvientes y esclavos.
   − ¿Y como son palazos?
   − Los palacios son muy grandes. En hall principal se pueden habilitar cientos de cubículos. Es por eso que se llaman "palacios" que quiere decir miles de cubículos. Se trata de una palabra de los antiguos.
   −¿Tan grandes son esas cosas?
   −No te lo puedes creer hasta que no ves uno.
   −¿Y lo otro?
   −¿El qué?
   −Lo que dijiste de la cámara.
   −¡Ah! El ayuda de cámara.
   −¿Eso qué es?
   −El ayuda de cámara... es un esclavo que acompaña al señor en su casa constantemente. Le ayuda a desnudarse, a vestirse, a bañarse... le frota la espalda en la ducha, y le ayuda en todas sus necesidades, incluso en el retrete. Algunos esclavos acompañan a su amo en los viajes por el extranjero.
   −¡Oh! Que cosa más extraña.
   −Hay diversas categorías de sirvientes y esclavos domésticos. Todos son muy apreciados por "il cognoscenti".
   −¿Qué es eso?
   −¿Il cognoscenti? Esa es la gente que 'conoce' las cosas buenas de la vida, que tiene... 'gustos so-fis-ti-cados'.
   −¿Gustos so-fis-ti-ca-dos?
   −Sí, eso significa... gustos de gente rica.
   −¡Ah! Ya entiendo.

  Estuvieron callados durante un rato.

   −Dices que los sirvientes...   −Preguntó Johny.   −¿Los sirvientes son esclavos?
   −Unos sí y otros no. Algún esclavo se ve obligado a ser un sirviente, o cualquier otra cosa. Pero, tan pronto como expira su plazo de esclavitud, se va del lugar para no volver más, si no lo obligan a volver.
   −¿Y el sirviente?
   −El sirviente es un esclavo personal voluntario, que no desea abandonar a su dueño. Se sientre como como sirviente, y desea servir a su amo de un modo fiel hasta que se cumpla su amortización. Después se llama al servicio de recogida y lo llevan al departamento de reciclaje y recuperación.
   −Y los esclavos domésticos, ¿cómo son?
   −Los esclavos domésticos son la elite de los esclavos. Algunos amos llegan a usarlos para sus placeres personales.
   −¿Para sus placeres personales? Y ¿eso que es?
   −Pues no sé exactamente.

Hubo varios segundos de silencio.

   − ¿Sabes por qué me ocurrió esto?
   − ¿El qué?
   − Mi acusación de deficiente.
   − No lo sé, Johny. Solo sabría hacer especulaciones.
   − ¿Especulaciones?
   − Palabra abstracta, Johny.
   − ¿Es abstracta?
   − No se puede explicar.
   − Entonces... si no se puede explicar por qué la usas.
   − Cuando le pregunto algo a sir Alex, me suele responder "palabra abstracta". Con eso ya sé que no me lo va a explicar. O bien, es que yo no debo saber ese asunto concreto.
   − Ya comprendo.
   − Tu caso no es tan raro, Johny. Si observas la conducta de cualquiera, verás que se merece un periodo de reeducación.
   −¿Cómo es eso?
   −Todos nos merecemos un poco la esclavitud por un periodo de tiempo. Aunque solo sea para refinar un poco nuestros toscos modales.
   −¿Todos?
   −Todos padecemos defectos que la sociedad no tolera.
   −No comprendo.   −Dijo Johny.
   −Si se examina la conducta de cualquiera, verás que ha hecho lo mismo de lo que te denuncian a ti.
   −¿Por las mismas faltas?
   − Más o menos. Puede variar un poco la cantidad de faltas.
   − La cantidad.
   − Eso es.
   − Pero igual... lo tuyo ocurrió por cualquier tontería.
   − ¿Tontería como qué?
   − Tal vez rechazaste un gesto de halago.
   −¿Qué es eso, un gesto de halago?
   −No sé como explicarlo. Es como cuando un jefe desea halagarte por tu buen trabajo. Te pasa la mano por la cabeza o te acaricia una mano. Solo pretende felicitarte por tu trabajo. Con ese gesto, esa persona está premiando tu laboriosidad, halaga tu trabajo.
   − Y para qué lo hace?
   − Para que mantengas tu buena conducta.
   − ¿Mi buena conducta?
   − Claro, todos tenemos buena conducta. Depende de como se mire.
   − No lo entiendo. Si mi conducta es buena... por que me ocurrió esto.
   − No lo sé, Johny. A los jefes les agrada hacernos caricias. Nos pasan la mano por encima para demostrar que nos tienen afecto.
   − Bueno, a mí es que no me gusta eso.
   − ¿Qué es lo que no te gusta?
   − No me gusta que me toquen los jefes. Bueno, en general, a nadie le gusta que le toquen. Todos ponen muy mala cara si los tocas.
   − En eso tienes razón. Pero ocurre más o menos entre iguales.
   − ¿Entre iguales?
   − Eso es. Pero, la regla es diferente con los jefes. Nadie pone mala cara cuando le acaricia un jefe. Si pudieras ver sus caras verías que se quedan muy quietos, disfrutando de las caricias de un ser superior.
   −Bueno, pues esa parte que dices no la he visto.
   − No suele ser algo personal. Muy raramente te acarician en presencia de los demás. No quieren provocar celos.
   − ¿Celos?
   − Envidia. Si ves que el jefe manifiesta su aprecio por otro y lo halaga, sientes envidia. Eso son celos.
   − Ya veo. No conocía esa palabra.
   − La aprendí en casa de sir Alex.

  Quedaron en silencio. Luego...

   −¿Sabes qué? Yo pensé que lo sabías todo.
   −No, Johny. Solo sé algunas cosas más que tú, porque me muevo por otros ambientes. Escucho algunas conversaciones de los congresistas y otra gente superior que visita la casa de sir Alex. Oigo las conversaciones aunque no debo poner atención a lo que dicen. Realmente, es muy poco lo que se entiende de sus conversaciones, pues parece que hablaran en un idioma extranjero.
   − ¿Por eso sabes tantas cosas?
   − Bueno, también he viajado acompañando a Sir Alex. Pero no lo sé todo.
   − ¿Dónde has estado?
   − En varios sitios de Europa. Hace unos meses acompañé sir Alex en un viaje de negocios a China. Yo me sentía muy orgulloso, pues llevaba el maletín de sir Alex con su computadora. Lo llevaba encadenado a mi muñeca.
   −¿Le llevabas el maletín? ¡Qué cosa tan emocionante!
   −Es un hombre muy rico. Y no tiene ningún sentido que un señor vaya cargando con su propio maletín. Sir Alex llevaba un séquito de seis personas en su viaje a Pekín.
   −¡Cuantas cosas has vivido, Fidelio!
   −Solo he tratado de ayudar en lo posible a Sir Alex.

  Hubo un corto silencio.

   −Estábamos hablando de mi caso. Dijiste que... alguien puso su mano en mi hombro. ¿Me puedes hablar de eso?
   − Igual no fue en el hombro. Igual te acarició la mano o la cara, para premiar tu conducta. Imagina que le gustaba tu cara y deseaba tocarla, pues eres muy joven. La piel de su cara no es tan suave como la tuya, pues la tiene arrugada. Le han salido algunas manchas en la piel y algunas verrugas.
   − Ya. ¿Y para que lo toca?
   − ¿El qué?
   − Mi cara.
   − Le agrada sentir la finura, le agrada verla. Al tocar tu cara es como acariciarse a sí mismo. Él era igual que tú cuando tenía treinta o cuarenta años menos.
   − ¿Era igual que yo?
   − Claro. Todos nos hacemos viejos, Johny. Y al hacernos viejos... tenemos falta de sentir afecto por nosotros mismos.
   − No lo entiendo.
   − Acariciar a alguien más joven es como viajar en la máquina del tiempo. Al tocarte la cara, al acariciarte, al arrimarse un poco a ti, se están acariciando a sí mismos. Tu juventud es una imagen de la suya que se ha ido borrando según pasan los años.
   − Es algo muy extraño.
   − Sí que lo es.

  Se produjo un rato de silencio.

   −Johny, ¿cómo es la oficina?
   −Muy estrecha. Estás harto de tanta gente. Siempre debes moverte con cuidado para no rozarte con alguien.
   −Entonces, ¿no te gustaba estar en la oficina?
   −No. Será por eso que... que no me importaba lo de la balanza de pagos.
   −¡Por Dios, John! ¡No digas eso delante de nadie! Te pueden tomar por un blasfemo.
   −¿Blasfemo? ¿Qué es eso?
   −Es una palabra antigua, Johny. Blasfemo es el que dice algo contra las cosas sagradas.
   −¿Las cosas sagradas?
   −Sí. La economía, la balanza de pagos, la competencia internacional por los mercados, la ética laboral eficiente, la vida austera, el sacrificio personal. Hay muchas cosas sagradas.
   −Siempre oí decir eso. Pero no entiendo lo que quieren decir.
   −Nadie entiende de estas cosas, Johny. Es por eso que son sagradas. Si las entendieras, ya serían cosas corrientes como las albóndigas o el tecleo delante de una pantalla.

  Estuvieron callados durante un rato.

  Luego, Fidelio dijo,
   −Entonces... no te gustaba estar en la oficina. ¿Y el gimnasio? ¿No te gustaba el gimnasio? Allí todos con el pecho al aire, sudando y haciendo ejercicio... ¿no te resultaba agradable?
   −No. No me gustaba nada.
   −¿Por qué?
   −Los compañeros me miraban.
   −¿Te miraban?
   −Sí. Había gente me miraba... y yo me sentía extraño. Luego trataba de mirarme en el espejo para ver si padecía de alguna deformidad corporal, o si tenía alguna mancha en la piel que provocara tanta curiosidad. Pero nunca vi nada raro.
   −O sea que te miraban cuando estabas corriendo en la cinta sin fin.
   −Lo peor era en la sala de duchas. Yo agachaba la cabeza, para no ver que alguien me miraba. Pero al levantarla siempre había alguien que me miraba.
   − Parece que no te agrada estar entre la gente.
   −No sé. Yo estaba siempre impaciente para irme a mi 'cubi' y olvidarme de la balanza comercial y de la gente de la oficina. Por eso a veces no terminaba de hacer toda la ergometría.
   −Y en tu cubi, ¿cómo te sentías?
   −El cubi estaba muy bien. Es el 'único lugar' propiamente tuyo. Allí no tropiezas con nadie y disfrutas echado en tu futón viendo la tele. Cuando hace calor te quitas la ropa, y estás allí echado en el futón desnudo.
   − Un poco como ahora.
   − Sí.
   − Y ¿no te molesta que yo te vea?
   − No sé. Tú no me miras.
   − Pero te he tocado para untarte la crema protectora.
   − Es cierto. Pero es que este sitio es tan raro que... este sitio es diferente. Además, tú no eres de mi oficina.
   − Ya veo.

  Estuvieron callados durante medio minuto.

   − ¿Sabes una cosa, Johny? La gente antigua... no vivía como nosotros cada cual metido en su propio cubículo.
   −¿Qué me dices? Entonces, ¿vivían en los árboles?
   −Vivía en casas muy grandes. Casas tan grandes como tres o cuatro cubículos. Y no vivían solos. Sino que vivían amontonados los unos con los otros. Había tanta gente en esas casas, que hasta dormían varios en una misma cama, o en un mismo cubículo.
   −¿Dormían varios en una cama? ¡Por el ojo divino! ¡Pues sí que eran unos salvajes!
   −Sí. Con frecuencia había un hombre y una mujer metidos en la misma cama.
   −¿Cómo podían soportar eso?
   −Eran otros tiempos, Johny. La gente vivía como los animales.
   −¡Pues sí que lo eran! ¡Un hombre y una mujer metidos en la misma cama!
   −Esas maneras primitivas de vivir les trajeron grandes problemas, Johny.
   −Ya me lo imagino. ¡Vaya forma de vivir! ¡Sin tener un cubi propio para poder uno relajarse! Eso tenía que darles muchos problemas a los antiguos.
   −Seguro. Vivían todos muy revueltos. Tenían la casa llena de cachorrillos, y dormían varios niños en la misma cama. Los cachorrillos humanos se metían por todas partes, incluso en las camas de la gente mayor.
   −¡Oh! ¿Cómo podrían dormir con niños en la cama?
   −Recuerda que eran salvajes, Johny.

  Guardaron silencio durante un rato.

   −Johny, ¿sabes de dónde vienen los bebés?
   −¿Los bebés? ¿Qué son los bebés?
   −Bueno. ¿Recuerdas los tiempos de la escuela? Había niños pequeños.
   −Sí, había niños pequeños. Pero luego crecían y crecían y tenían que ponerse a trabajar duramente para equilibrar la balanza comercial.
   −Pues los niños pequeños de la escuela empiezan siendo bebés.
   −¿Empiezan siendo bebés? ¿Y cómo son?
   −Son como niños muy pequeños. Hay un momento que son tan pequeños que caminan arrastrándose a cuatro patas.
   −¿A cuatro patas? ¿Eso que es?
   − ¿No has visto nunca algún animal en la tele?
   − Sí. Creo que he visto alguno.
   − Habrás visto que tienen cuatro pies.
   − Sí.
   − Y los pies se llaman patas, en los estados rurales, como Kentucky.
   − ¡Oh! Patas.
   −¿Sabes de donde vienen los bebés, Johny?
   −No. Imagino que los hacen en alguna fábrica.
   −Casi aciertas. Se fabrican en el vientre de unas mujeres especializadas.
   − ¿Son verdaderas mujeres?
   −No. Son seres diferentes a las mujeres trabajadoras. Ellas tienen una química distinta.
   −¡Ah! Tienen una química. Es con esa química que hacen los bebes, claro.
  Todo lo complicado se hace con la química.
   −Exactamente. Si les falta la química no pueden hacer bebés.
   −No me imagino ninguna mujer de mi oficina fabricando un bebé. No tienen nada de química.
   −Exacto. Ni las obreras, ni los obreros podemos fabricar bebés, porque no tenemos la química apropiada. Somos laboradores, no reproductores.
   − Ya lo veo más claro. Todo viene de la química.
   −Es algo más complicado, Johny.
   −¿Más complicado?
   −Sí. ¿Recuerdas cuando me untabas de crema? ¿Qué sentías?
   −Ya te dije. Unas corrientes, unos temblores.
   −Exacto. Eso es la electricidad, Johny. Los cuerpos humanos al hacer contacto producen descargas eléctricas.
   −¿Los cuerpos humanos?
   −Sí. Por eso vamos siempre vestidos, Johny.
   − Será por eso cuando tocas a alguien te mira mal. Le has dado corriente.
   − Eso es. Pero, lo que seguramente no sabes es por que hay gente... hay gente que necesita el contacto con otra persona.
   − ¿Cómo? Ah, pues no lo sabía.
   −Existe algo muy antiguo, de cuando éramos salvajes, algo que no se ha borrado del todo en el fondo de nuestra mente.
   − ¿En el fondo?
   − Es algo que llevaba a los seres salvajes, a los antiguos, a tocarse los unos a los otros. Como salvajes que eran les encantaban recibir corrientes eléctricas.
   − Les gustaban las corrientes.
   − Pero esas aficiones eléctricas los metieron en problemas.
   − ¿En problemas?
   − Eso dio lugar a una gran explosión.
   −¿Una gran explosión de qué?
   −Una explosión demográfica.
   −No entiendo.
   −Eso quiere decir que el mundo se llenó de gente. Por eso ahora vivimos en cubículos. Miles y miles de cubículos todos apilados, unos encima de los otros. Cubículos adosados unos al lado de los otros, pero son cubículos que tienen la virtud de mantenernos bien separados para poder descansar del estrés diario.
   − Ya entiendo. Para poder descansar de andar entre tanta gente en la oficina y en el metro.
   −Eso es, Johny. Como dice el refrán, cada 'humículo' en su cubículo.
   −¡Claro! ¿Quién querría compartir su intimidad con otro ser humano? ¡La sola idea produce repugnancia!
   −Todo esto vino a causa de éramos muchos, Johny.
   −Claro que somos muchos. Por eso tenemos horas diferentes para ir al trabajo. No podemos transportarnos todos a la misma hora. Los trenes ya van abarrotados.
   − Yo me refería a otra cosa, Johny. Debido a que somos muchos, ya no es posible que haya contactos entre entre los hombres y las mujeres.
   −¿Contactos entre... ¡Qué idea tan repugnante!
   − No te olvides que los antiguos eran salvajes. Y se reproducían como los animales. Para ello era necesario el contacto entre los hombres y las mujeres.
   − ¿Cómo podían hacer tal cosa? ¿No tenían problemas con el jefe de personal por infringir la etiqueta?
   − No es que fuera fácil tener esos contactos. Pues ellas en general se oponían. Pero era algo bastante corriente.
   − Y ¿por qué insistían en esos contactos?
   − Tenían un instinto salvaje de reproducción.
   − Y ¿eso qué significa?
   − Pues no sé como... no sé como explicarte.
   − ¿Es una cosa abstracta?
   − Más o menos. La cosa esa tiene relación con el hecho de que somos demasiados en este planeta.
   − Y ¿por qué somos tantos? ¿Es que vino mucha gente de otro planeta porque su estrella iba a explotar?
   − No. No es posible enviar a cientos de millones de personas por el espacio galáctico.
   − ¿No es posible?
   − En la casa de Sir Alex les he oído discutir esas cosas. Y dicen que no es posible.
   − Entonces ¿por qué somos tantos? ¿Es que las fábricas se excedieron en la producción de seres humanos? ¿Para que hicieron tantos?
   −No, Johny. No fuimos los de la Nueva era los que hicimos tanta gente. Eso ya está controlado. Pero, ahora solo somos la quinta parte de la gente que había antes.
   − ¿Cómo? ¿De qué estás hablando?
   − Que antes de... de la Gran Hecatombe, esto lo he oído en casa de Sir Alex, pero no sé lo que significa. Antes de esa cosa había cinco veces más humanos en este planeta que ahora.
   − Y ¿qué ocurrió?
   − No lo sé. Algo que llaman "la Gran Hecatombe", pero no me he atrevido a preguntar. No cuentan muchos detalles sobre eso.
   − No dan detalles.
   − No. Pero, dicen que la culpa de todo la tuvo la explosión demográfica.
   − ¿Qué quiere decir eso?
   − Que hicieron demasiados niños, Johny.
   −Pero hoy día también tenemos muchos niños, sobre todo en la escuela. Yo mismo fui niño.
   −Los niños los fabrican las mujeres reproductoras. Hay solo una cantidad limitada de estas mujeres. Y las alimentan de un modo especial para fabricar bebés. Son mujeres especiales que tienen mucha química. Cuando se les sube la química a la cabeza tienen ir al salón de los zánganos.
   −¿Qué es eso?
   −Los zánganos son los 'machos reproductores' y son parecidos a nosotros.  Pero ellos no trabajan, solo hace el trabajo de fabricar bebés, que son niños muy pequeños.
   − ¿Y esos no trabajan?
   − No. Se les llama zánganos que es una palabra antigua.
   − Si no trabajan, ¿cómo comen? ¿Cómo van a pagar el alquiler del cubículo y la calefacción?
   − El estado los alimenta, pues no sirven para otra cosa.
   −¿Y que pasa con la balanza comercial?
   −Bueno. Ellos están programados para fabricar los futuros trabajadores y trabajadoras. Son seres diferentes a nosotros. Por ejemplo, el apéndice urinario de los zánganos es de grandes dimensiones.
   −¿De grandes dimensiones?
   − Suelen tenerlo siempre hinchado.
   − ¿Hinchado?
   − Conozco a uno que estuvo en el barrio de los reproductores para hacer un trabajo, y vio a los zánganos en un parque. Me contó que estaban allí, paseando al sol como si nada. Y se frotaban mucho el grueso apéndice con la mano por encima de la ropa.
   − ¡Qué atrevimiento!
   − Mi amigo dijo que era algo exagerado. Y que se les notaba mucho el grueso apéndice.
   − ¿Como es que se le notaba?
   − Porque abultaba mucho debajo de la ropa.
   −No puedo imaginarme un apéndice tan grande.
   −Yo tampoco lo he visto, Johny.
   − ¿Y como hacen los niños?
   − No lo sé, Johny. No conozco a nadie que lo haya visto.

  Tras esta revelación quedaron callados durante un rato.

   −¿Cómo me vas a ayudar? Preguntó Johny.
   −Perdona, Johny. Me quedé dormido.
   −Casi me duermo yo también.
   −Creo... que sería una buena idea que te ofrecieras como esclavo voluntario para un señor altruista que conozco.
   −Pero ya firmé un contrato con HumRes, Fidelio. No veo como puede arreglarse esto. En dos días tengo que presentarme.
   −Si aceptas lo que te propongo, tendrás un futuro mejor.
   −¿Cómo puede ser eso?
   −Es muy sencillo. HumRes es una empresa privada que funciona motivada por el ánimo de lucro. ¿Eso lo entiendes?
   −Perfectamente.
   −Bien, pero existe gente que vive al otro lado del ánimo de lucro. Estas son las personas altruistas, Johny.
   −Personas... altru... istas...
   −Supongo que te acuerdas de lo que te dije.
   −Sí, me acuerdo.
   −Bien. Sir Alex Gloucester Du-Mond es amigo mío y es una persona muy altruista.
   −Es muy altruista.
   −Eso es. No está motivado por el ánimo de lucro como las empresas privadas.
  Sir Alex, es un hombre muy rico y solo está motivado por el amor.
   −¿El amor?
   −Sí, le motiva el amor.
   −¿Qué es el amor?
   −¡Hum! El amor es... Es difícil de explicar esto. Es una palabra abstracta. Vamos a ver. El amor es... como cuando te comes unas albóndigas de carne con una rica salsa. ¿Has comido albóndigas alguna vez?
   −Sí. Estaban muy ricas.
   −Bueno, pues el amor es algo tan agradable como las albóndigas en salsa, pero claro, el amor no se refiere solo a las albóndigas. Sino a la interacción entre los seres humanos. A los servicios que se hacen entre ellos.
   −No entiendo.
   − Ya te dije que es una palabra abstracta. El contacto de la piel, entre dos humanos puede ser placentero. Creo que es una forma de amor.
   −¡Oh!
   −A medida que la piel se va frotando el placer se hace más intenso. Puede ser tan agradable que las albóndigas y el 'sweetifruit'.
   − ¡Oh! ¿Es cierto?
   − No lo sé. Alguien me dijo algo sobre ese asunto. Dijo que era muy agradable. Tanto o más que las albóndigas en salsa.
   −¿Cómo es... la vida del esclavo doméstico?
   −Pues verás: hay gente rica y altruista a la que le encantan los esclavos. Suelen tener varios en su casa. Y como algunos tienen varias casas repartidas por diversos partes del mundo. En esas casas les conviene tener esclavos porque de este modo la cuidan cuando se ausentan por motivo de sus negocios. De modo que muchos de estos esclavos se pasan la vida solos en esas casas, esperando a que llegue el señor para pasarse unos días. Cuando el señor llega, le dicen palabras amables al esclavo y le acaricia la cara. El señor está contento de ver de nuevo a su esclavo y al ver que tiene la casa limpia.
   −Parece bueno. Y ¿la empresa privada?
   −La empresa privada es una empresa, generalmente cotiza en bolsa, por lo que debe dar beneficios a los accionistas. En consecuencia, una empresa privada no puede tener parados a sus esclavos porque la inactividad no genera beneficios.
   −Ya entiendo. ¿Y de qué se trabaja en una empresa privada?
   −Un poco de todo. Te puede alquilar a un restaurante chino o a un sweatshop. Hasta te pueden exportar a Tailandia.
  Fidelio hizo una pausa.
   − ¿Qué es eso del sweatshop?
   −Eso es un taller donde se cose durante horas y horas para una empresa. Según lo mucho que trabajes así serán los beneficios de la empresa propietaria.
   − ¡Oh! ¿Y yo que gano?
   − El esclavo enriquece su expediente como trabajador y está trabajando bajo techo.
   − Qué bien, trabajando bajo techo.
   − Pero eso puede ser muy agobiante en los días de calor. Sobre todo cuando apagan el aire acondicionado para ahorrar energía.
   − ¿Para ahorrar energía?
   − Cada día está más cara la energía, ya sabes.
   − Ya.
   − También te pueden exportar a Vorkutá. A las infames minas rusas de carbón.
   − ¿Por qué?
   − Esa gente tiene muy mala suerte. Vikutá está por encima del círculo polar.
   − Y ¿eso es malo?
   − Es un sitio muy frío Johny. Allí solo envían a los esclavos.
   − ¡Oh!
   − Te pueden vender para trabajar la cuenca minera de Kolima, en el extremo oriental de Siberia. No existen límites.
   − ¿Por qué no hay límites?
   − El negocio de los esclavos está globalizado. Se envían a donde más falta hagan.
   − ¿Se envían?
   − Sí. Los EE.UU. tienen excedentes de esclavos.
   −¿Tú que me aconsejas?
   −Yo creo que te conviene más ser un esclavo doméstico.
   −Si te digo que sí, ¿cómo lo arreglas?
   −Puedo llamar ahora mismo a Sir Alex por teléfono.
   −¿Tú crees que me querrá con la mala pinta que tengo?
   −Te equivocas. La lámpara de rayos UVA te ha dado un resplandor extraordinario. Ahora, tu cuerpo tiene un bello color asalmonado, de modo que pareces varios años más joven.
   −¿Varios años más joven?
   −Sí. Parece que tuvieras 15 ó 16 años.
   −¿Es cierto?
   −Levántate y mírate en ese espejo. Verás que lindo color tienes. Johny se levantó y se miró en el espejo. Vio a un joven con la cara y el cuerpo de un bello color asalmonado. Al verse en el espejo, Johny sonrió por primera vez desde que tuvo la entrevista con el abogado.
   −¿Ese soy yo?
   −Sí.
   −Parezco otro.
   −Claro que pareces otro. Casi eres otro.
   −Te has puesto tan guapo con este lindo color que Sir Alex estará encantado de comprar tu contrato a HumRes.
   −¿Cómo es eso?
   −Sir Alex llama por teléfono al gerente de HumRes y se acuerda un precio para comprar tu contrato. Tú firmas un nuevo contrato con Sir Alex, se intercambian copias de los documentos de compraventa por el faxajero y ya está. Los documentos se envían a registrar ante el notario y todo queda arreglado
   −Parece muy sencillo.
   −Es muy sencillo. Solo tienes que decir que sí, y todo se arregla en un momento.
   −Sí. Dijo Johny sin darse cuenta.
   −Pues, ya está todo arreglado.
   −Un momento. Tengo mucha hambre. Debería comer algo. Estoy tan débil que me fallarían las piernas debido al hambre.
   −No hay problema. Yo te invito a comer y luego llamo por teléfono a Sir Alex.
   −¿Tú crees que Sir Alex... aceptará... comprar mi contrato? Preguntó Johny.
   −No te preocupes, Johny. Te han sentado muy bien los rayos UVA.
   −¿Es cierto?
   −No hay duda. Además, le gustan los esclavos jóvenes.
   −¡Oh!
   −Tienes que ir a la ducha, Johny. Tienes que limpiarte la crema protectora para que luzca mejor la piel.
   −¿A la ducha?
  Fidelio presionó un botón y se abrió una puerta en la pared mostrando un 'cubi'muy estrecho para ducharse una persona. Fidelio le señaló con la mano para que entrara.
  Johny entró en este espacio y detrás entró Fidelio. Los cuerpos ahora estaban en contacto, era algo totalmente increíble y esto le dejó casi sin aliento.
   −Tenemos que ducharnos los dos a la vez, Johny, o la cuenta del agua se me sube a la estratosfera.   −Dijo Fidelio para explicar aquella proximidad tan turbadora.
   −¿Esta ducha tiene corte automático de flujo?
   −Todas lo tienen, Johny. Pero aquí puedes pedir dos dosis de agua e incluso tres. Aunque no lo vamos a hacer porque el precio sube mucho.

  Johny sintió por detrás el cuerpo de Fidelio y esto le provocó un gran nerviosismo. Su corazón empezó a palpitar fuertemente. Alguna vez había tropezado con alguien, y esto era muy desagradable, pero nunca en su vida había sentido el contacto con otro ser humano sin la protección aislante del vestido. Esto estaba provocando una terrible tormenta eléctrica en su mente que hacía temblar todo su cuerpo. Johny se sintió muy turbado por el efecto de tanta electricidad. Le habían ocurrido tantas cosas desde que presentaron la denuncia contra él que estaba desorientado. Y ahora, esta tormenta de electricidad le tenía totalmente aturdido.
  Fidelio apretó una palanca y empezó a salir un inmenso chorro de espuma caliente. Sin decir una palabra, Fidelio empezó a frotar su piel con aquella espuma. Pronto dejó de salir espuma y Fidelio se puso a extender parte de la espuma por el cuerpo de Johny.
  Debido al efecto de la espuma, Fidelio estaba jadeando y su corazón parecía desbocado. Johny percibía los latidos de su corazón y empezó a caerse. Fidelio se dio cuenta y sostuvo a Johny cogiéndolo por los sobacos.
   −Voy a pedir el agua, Johny. Tenemos que aprovecharla bien. No me atrevo a pedir una segunda dosis.
  Fidelio pulsó el mando del agua caliente que se empezó a llover gratamente sobre ellos durante cuarenta y cinco segundos. Se pusieron como locos a quitarse la espuma hasta que se acabó el agua.
  Luego un chorro de aire caliente poderoso empezó a secarlos. Luego el dispensador lanzó una niebla húmeda sobre el pelo y se pasaron un cepillo para peinarlo.
  Salieron de la cubi-ducha y se miraron en un gran espejo. Fidelio se miraba y movía los brazos como si estuviera haciendo gimnasia.
   −¿Te ha gustado la experiencia del parlatorio, John?
   −Sí. Ha sido electrizante.
   −Me alegro, Johny. Mírate en el espejo. Estás tan guapo que pareces otra persona.
   −Es verdad, Dijo Johny mirando su imagen.
   −Ya no pareces un hombre que se ha declarado culpable.
   −Es cierto. Dijo Johny sonriente.
   −Tenemos que salir pronto de esta sala. Ya hemos gastado mucho.
   − Cuanto has hecho por mí, Fidelio. Siento de verdad que me aprecias.
   −Claro que te aprecio. Pero, nunca me acerqué a ti.
   − ¿Por qué?
   −Sabes que no están bien vistos los contactos humanos. Solo podía contactar contigo por el olfato. Tú tenías un buen olor.
   −¡Oh! Gracias.·   −Dijo Johny.
   −Tenemos que salir pronto de aquí.   −Dijo Fidelio.
  Salieron a la sala de espera y los 'parlatines' los miraron con curiosidad pues habían pasado demasiado tiempo solos en la cámara.



En el restaurante El Gourmet

Jueves, 5 de Abril, Año 75 de la Nueva Era


  Fidelio y Johny iban deambulando por la calle con el paso raudo como corresponde a un país dinámico que trabaja con entusiasmo para equilibrar la balanza comercial.  El restaurante a donde pretendía ir Fidelio se hallaba a cierta distancia.
  −Podemos ir a pie, así haremos un poco de ejercicio. Dijo Fidelio disimulando que hablaba para no llamar la atención de las cámaras.
  −Sí, y también ahorraremos energía.
John, demostrando que el baño de rayos UVA le había proporcionado cierto sentido de la responsabilidad social.
  −Procura hablar de un modo discreto. No abras mucho la boca, para no llamar la atención de las cámaras.
  −Haces bien. Me imagino que te habrán denunciado de no hacer bastante ejercicio, ¿no es eso?
  −Así es, y lo lamento. Ahora me doy cuenta que me estaba comportando mal.
  −Con el periodo de entrenamiento tendrás que hacer tanto ejercicio que te pondrán en forma.
  −¿Me pondrán en forma?
  −Sí, claro.  A nadie le interesa tener un esclavo fofo y perezoso.
  −Eso es cierto. Si yo fuera a tener un esclavo, me gustaría que estuviera en forma.  −Dijo Johny.
  −Veo que vas comprendiendo los elementos básicos de la vida.
  −Sí. Creo que los voy comprendiendo.

  Fueron andando durante una milla y Johny ya empezaba a sentir algo de cansancio.  El ritmo de la marcha iba definido por Fidelio que estaba más en forma.   Llegaron frente a un edificio con un cartel que decía Restaurante del Gourmet .
  −Este es el sitio.  −Dijo Fidelio.
  Entraron en la antesala del restaurante y Fidelio metió su tarjeta en la ranura.   La máquina presentó un letrero que decía: No puede entrar en este restaurante sin referencias.   Fidelio sacó una tarjeta de Sir Alex y la metió en la ranura. Unos flases de luz se dispararon para identificar a los visitantes y registrar su presencia.
   Presente la tarjeta de su acompañante escribió la máquina.
  Fidelio le pidió la tarjeta a Johny y la introdujo en la ranura.
  'Pueden pasar' escribió la máquina al tiempo que se abría la puerta al restaurante.
  El restaurante debía ser de bastante categoría porque tenía muchas mesas desocupadas.  Se presentaron ante un camarero que les condujo a una mesa.   −¿Qué desean los señores?  −Les preguntó el camarero con voz baja.
  A Johny le resultó muy extraño ese modo de hablar. Nunca antes había oído una expresión semejante. En cualquier caso, se sintió bien, tal vez se debiera al efecto tonificante de los rayos UVA en el parlatorio.
  Mientras Fidelio examinaba un libro con la lista de las comidas, Johny se admiraba de aquellas ropas tan extrañas que llevaba el camarero. Nunca antes había visto uno, ni siquiera en la tele. Se sintió muy emocionado.
  −John, como las comidas aquí son muy extrañas, voy a pedir algo para ti que te resulte familiar.  −Dijo Fidelio en voz baja.
  −Gracias.
  −Para mi amigo, media ración de 'pasta bolognese'. Dijo Fidelio. Y para mí, 'escargots au sauce piquante'.
  −¿Y para beber? Preguntó el camarero.
  −Una botella de agua mineral.
  −¿Algún tipo concreto? Tenemos Eau de Vitchy, Spa, Le Rochier, PiedMont, EauSilant...
  −Una simple botella de agua mineral del país. Cualquier agua de los Apalaches nos viene bien.
  El camarero se sintió decepcionado y pensaba, 'con este tipo de clientes tan pobres, no sé como vamos a incrementar la productividad.
  Cuando llegó a la zona de la cocina pensó en la profundidad de la crisis que estaban viviendo. En estos tiempos, dejan entrar a cualquiera al Restaurante. Si ahora mismo viniera una partida de magnates asiáticos se sentirían ofendidos a ver hemos dejado entrar a esta chusma en el local.
  Johny miraba a todas partes a su alrededor con disimulo, pues nunca había estado en un sitio como ese.
  Pronto llegó la comida y a Johny la pasta le resultó de un aspecto familiar. Luego miró al plato de Fidelio y...
  −¿Qué es eso Fidelio?  −Preguntó Johny.
  −Caracoles, Johny.  −Dijo Fidelio, pero al ver la cara de repugnancia de Johny añadió:  −Bueno, no son caracoles exactamente, sino 'escargots'; estos son unos moluscos importados de Francia.
  −Pues parecen caracoles.
  −Son caracoles, Johny. Caracoles franceses; es un manjar para cognoscenti.  −Dijo Fidelio.
  −Cuantas cosas sabes.  −Dijo Johny con admiración.
  Johny se dispuso a comerse la pasta 'a la bolognese', que le pareció como poca cosa. Johny parecía apresurado, como si tuviera hambre.
  −No comas tan deprisa, Johny. Se van a dar cuenta que somos de una casta inferior.
  −¡Oh!  −Dijo Johny en voz baja.
  −Debes comer, como si estuvieras desganado. Lentamente.
  Fidelio con un tenedor diminuto extraía con modales refinados la carne de los moluscos 'escargotianos' traídos de las landas de Francia.
  John, a pesar de haber comido lentamente, ya había terminado y se admiraba de los modales de Fidelio comiendo.   No comprendía como 'su amigo' había llegado a ser tan diferente de sí mismo habiendo estado en la misma escuela.
  Cuando Fidelio acabó de comer, el camarero se aproximó a la mesa.
  −¿Estaba todo a su satisfacción?   −Perfecto.  −Dijo Fidelio.   −¿Desean alguna otra cosa?  ¿Algo como té, café, una copita de coñac, camomila?
  −Dos tés, por favor. Dijo Fidelio.

  Johny fue tomando el té lentamente, iba siguiendo los gestos de Fidelio.  Se daba cuenta que el té no se toma de cualquier manera, sino que existe un manierismo apropiado para esto.
  Al rato llegó el camarero se acercó a la mesa.
  −¿Desean los señores algo más?
  −Solo la cuenta.
El camarero presentó un aparato y Fidelio le entregó su tarjeta. El camarero la pasó por la ranura y todo quedó cobrado al instante. El aparato le presentó un ticket que fue firmado por Fidelio.
  Fidelio, lentamente se levantó.
  Johny hizo lo mismo. Estaba imitando el estilo refinado de Fidelio.

  Lentamente se dirigieron a la puerta de salida.




El contrato con Sir Alex


  Salieron del restaurante. Al llegar a la calle una brisa fresca les azotaba la cara con áspera suavidad.
  Fidelio sacó un pequeño teléfono de un bolsillo.

  −Voy a llamar a Sir Alex.   −Le dijo a Johny.
  Fidelio pulsó un botón y llamó a Sir Alex; le indicó por donde andaban.

  Al cabo de un rato un pequeño automóvil se detuvo junto a ellos.
  −¿Fidelio?   −Le llamó el conductor.   −Sir Alex le espera.
  Tuvieron que agacharse un poco para entrar en el coche. Johny estaba impresionado pues era la primera vez que entraba en un automóvil, por lo que sus ojos lo inspeccionaban todo con gran curiosidad y con sus dedos tocaba la superficie del tapizado.
  −Este automóvil se usa para los asuntos domésticos Sir Alex.  −Dijo Fidelio.
  El combustible era muy caro y los impuestos impedían tener un coche a la gente ordinaria.  Sir Alex tenía grandes recursos financieros, por no decir que era un millonario altruista.
  Al cabo de veinte minutos ya habían salido de la ciudad. La aglomeración inmensa de edificios llenos de cubículos se quedó atrás y ya solo se veían bosques interrumpidos por prados.

  La ancha autopista del pasado, con sus ocho carriles, estaba vacía. Las hierbas y algunos árboles empezaban a colonizar el piso. Pero, existía un carril en cada dirección que se mantenía en buen estado de conservación.
  A veces un camión adelantaba al pequeño automóvil que iba más lento. Los camiones estaban diseñados para no pasar de la velocidad límite; 80 Km. por hora, pero los automóviles privados debían ir a 70 Km. por hora. Estas velocidades no se podía rebasar.
  En los tiempos antiguos, la autopista estaba ocupada por millones de automóviles que iban y venían a velocidades demenciales. Hoy nos parecen fábulas de viejos dementes estas afirmaciones. Se dice que los antiguos no tenían límites de velocidad con sus vehículos; solo la resistencia del aire ponía un tímido freno a su locura desmedida.
  Era tal la locura de los antiguos que muchos morían en estúpidos accidentes, pues el cerebro humano no podía reaccionar con la rapidez que exigían aquellos vehículos. De modo, que cualquier accidente natural del camino como un ligero bache, una racha de viento o un poco de niebla, podía provocar la ruina del vehículo y la muerte del conductor.
  Los antiguos eran unos fanáticos y repetían a diario estas horrendas migraciones de ida y vuelta. De su casa en el campo iban a trabajar cada día en la ciudad. Cualquier persona con un poco de rango social deseaba vivir en el campo rodeado de fieras salvajes. Y eran millones los que se desplazaban cada día desde sus casas a las ciudades donde tenían su trabajo. La culpa de este manía despilfarradora de recursos, la tuvo un partido político al que llamaban 'los verdes'. Estos verdes, llevados de un extraño fanatismo convencieron a la gente de que se vivía muy mal en las ciudades llenas de humo. Decían que las ciudades estaban llenas de humos tóxicos y gente apestosa. Estuvieron durante medio siglo repitiendo esta oración y cantando las alabanzas de la vida en el campo. Hablaban de las delicias de vivir rodeados de fieras salvajes, y despertarse por las mañanas con el ruidoso canto de las aves del bosque. Fueron tan convincentes en esto, que los primeros que se fueron a vivir al campo fueron los más ricos. Luego, detrás de ellos se fueron los que querían ser tomados por ricos. Y así fue como millones de personas abandonaron las ciudades para irse a vivir con las fieras y el polen de los árboles, cosa en extremo peligrosa pues producen horribles alergias en la primavera. Hubo muchos problemas en las tierras del sur con los cocodrilos, y en el norte con los osos y los perros salvajes.
  Se cree que estas irracionales migraciones estaban motivadas por unos genes, que nosotros ya hemos perdido, de cuando los hombres eran cazadores y tenían que desplazarse diariamente a grandes distancias para buscar comida en un mundo poblado por fieras. Los hombres antiguos, al verse dentro de sus veloces automóviles se sentían a salvo de los depredadores, y la velocidad misma a la que se desplazaban les daban una sensación de invulnerabilidad frente a los animales salvajes. Hoy nos causan risa estas fantasías infantiles. Pero son esas fantasías infantiles las que nos han provocado la ruina que vivimos en el presente, y nuestros apuros para equilibrar la balanza comercial. Ahora tenemos que desmantelar todo el exceso poblacional con un control ordenado de los nacimientos. Un día conseguiremos un equilibrio armonioso entre los recursos naturales y la población óptima del planeta.
  Pasados cuarenta minutos, el automóvil se desvió por una carretera secundaria que bordeaba un muro de piedra de varias millas de longitud.
  −Este muro es el lindero de la finca de Sir Alex.   −Dijo Fidelio.
  −Eh... ¿este muro?   −Preguntó Johny incrédulo.
  −Ya estamos llegando.   −Le dijo Fidelio.
  El muro presentó un entrante para detener el automóvil frente a una estructura de barras de hierro, pintadas de verde. Algo muy extraño. Este estructura de hierro es una reliquia de los tiempos antiguos y tenía un nombre raro que ya no recuerdo pues es una palabra que ha dejado de usarse. No sé como explicar su forma, puerta con barras de hierro, podría llamarse. Si un día fuerais a la casa de Sir Alex, podrías reconocer esa puerta de la que estoy hablando solo con verla.
  El automóvil se detuvo y el conductor bajó la ventanilla. Una cámara provista de un brazo articulado se aproximó al coche, se introdujo por la ventanilla iluminado la cara de los pasajeros que fueron examinados uno por uno. Al tiempo se oía el soplido del 'olfabot' aspirando los efluvios de los ocupantes para identificarlos. Imagino que el 'olfarismo' de Johny lo recibieron por correo electrónico. Pues de lo contrario no se habría abierto esa puerta extraña de hierro.

  El brazo del 'olfabot'escudriñó todos los rincones del automóvil para identificar a los ocupantes del automóvil y cerciorarse de que no había otras personas escondidas, o algún rastro de explosivos o de armas. No quiero imaginar lo que hubiera pasado en caso de que el control hubiera encontrado alguna anomalía. Unos extraños tubos de hierro apuntaban directamente al automóvil.

  Sir Alex era un señor antiguo.
  La cámara se retiró del coche y se recluyó en un cubículo. La puerta de hierro se abrió automáticamente de un modo lento. El automóvil entró en los jardines de Sir Alex. Había una multitud de árboles pequeños que daban abundantes flores rosadas y rojas y la hierba estaba perfectamente cortada.
  Al final del camino se hallaba una enorme casa de piedra. Tenía una escalera muy alta y muy ancha para llegar hasta una puerta enorme. Era una puerta como jamás había otra igual en la ciudad.
  A cada lado de la enorme puerta había dos figuras de singular curiosidad. Eran unos hombres de piel muy oscura casi desnudos. Solo tenían por vestimenta unos vestigios de ropa que ocultaban a la vista sus apéndices urinarios. El resto del cuerpo se mostraba desnudo ante el aire fresco de la primavera, pero su piel lucía espléndidamente al reflejar los rayos del sol, que se asomaba en ese momento entre las nubes.
  La piel de hombres era muy morena, lo que nos sugiere que podría tratarse de un raro capricho millonario. Alguien me dijo que eran esclavos guerreros de importación. Probablemente nativos abisinios o hausas famosos por su fiereza en el combate cuerpo a cuerpo. Expliqué a mi informador que estos morenos llevaban unas placas como de cuero o madera en un brazo y un extraño palo largo terminado en punta en su mano derecha. Un amigo que sabe mucho me dijo que la placa de cuero se llama escudo y los palos puntiagudos se llaman lanzas. Son, me dijo, las armas del hombre primitivo. Sentí un escalofrío al oír tal cosa, pues en el mundo civilizado no existen más armas que las cámaras de vigilancia y los "alfabots" que nos identifican por el olor. Si algo raro ocurre las autoridades se enteran al instante y los agentes acuden en sus helicópteros para resolver cualquier problema. Y como nunca ocurre nada, con frecuencia ves volar a los helicópteros solo por la necesidad de estar bien entrenados y alerta.

  Cada moreno llevaba un palo agudo en su mano derecha y una placa de cuero o madera en la mano izquierda.
  −Estos esclavos son el ornato del palacio.  −Dijo Fidelio.
  −¿Esto es un palacio?  −Preguntó Johny.
  −Así es. Tienes la fortuna de entrar en un palacio. Y probablemente tendrás también la fortuna de vivir en este mismo palacio.
  Empezaron a subir escaleras de piedra y cuando estaban llegado al último escalón se abrió la puerta enorme de madera.
  Johny se asombró al ver la puerta inmensa que aparentaba tener tres metros de altura por dos de ancho. Estaba hecha de madera muy gruesa. Tuvieron que cortar varios árboles muy grandes para hacer aquella puerta.
  Fidelio y Johny franquearon la puerta y al fondo del salón había un caballero vestido de una forma antigua, del mismo modo que se ve en algunas estampas del pasado en los museos. Su ropa estaba hecha de un paño muy grueso con líneas de colores haciendo cuadros. Se trata de una tela que solo verás en algún museo. El caballero, así es como se le llamaba a los antiguos ricos, llevaba una extraña tela gruesa de lana, formando pliegues que colgaba desde su cintura hasta las rodillas. Estas estaban desnudas y la parte inferior de las piernas iba cubierta por unos calcetines de gran grosor que llegaban justo por debajo de las rodillas.
  El caballero tenía una cara insólita pues no estaba afeitado como todo el mundo, sino que presentaba una gran barba y un voluminoso y extraño bigote con uno pico hacia arriba en cada lado. Su figura era como esas figuras de los antiguos que se ven en las fotos de los museos. Sir Alex miró a los recién llegados con una generosa sonrisa.
  −Hola, Fidelio. ¿Qué me traes por aquí?  −Dijo Sir Alex.
  −Este es mi amigo Johny.   −Dijo Fidelio.
  −Vamos a ver. Parece joven como dijiste. Dile que se dé la vuelta y camine diez pasos hacia allí.
  −Ya has oído a Sir Alex, Johny. Sir Alex quiere ver que no tienes defectos al andar.
  Johny se extrañó un poco de esta petición. Pero en este día había sido todo tan singular que no tuvo razón para negarse.
  −Es muy interesante. Ahora dile que vuelva aquí.
  −Ya has oído,   −dijo Fidelio.
  Johny volvió al punto de partida, justo delante de sir Alex.
  −Dile que se desnude.
  −John, obedece.  −Dijo Fidelio.
  −¿Qué me desnude?
  −Eso es. Un esclavo no debe cuestionar las órdenes, Johny.
  −Es que nunca me habían pedido tal cosa.
  −Las cosas empiezan desde hoy a ser diferentes.
  Johny empezó a desnudarse.
  −Desnúdate lentamente, Johny.

  Johny estaba ahora desnudo delante de Sir Alex. Y se sentía un poco cohibido, pues no es de buena educación estar desnudo delante de otra persona.
  −Date la vuelta.   −Dijo Sir Alex.
  Johny se dio la vuelta mostrando sus rotundas nalgas a sir Alex.
  −Agáchate y coge con los dedos la punta de los pies.
  Johny ejecutó la petición agachándose para coger la punta de los pies con sus manos. Sir Alex le pasó la mano por la espalda de Johny y le dio un cachete cariñoso en las nalgas.
  Johny sintió una descarga de electricidad.
  −Veo que el muchacho ha tenido un perfecto baño de rayos UVA.   −Dijo sir Alex.
  −Así es, sir.  Ha quedado perfectamente bañado.
  −Bien, ya puede vestirse.
  Cuando Johny se hubo vestido, sir Alex le miró con ojos amables.    −Mírame a la cara, Johny. ¿Te gustaría ser mi esclavo?     −Sí, señor. Quiero ser su esclavo.   −Respondió Johny sin darse cuenta siquiera de lo que decía.    Sir Alex señaló unos papeles que había sobre la mesa.
  −Dile que firme esos papeles.  −Dijo sir Alex a Fidelio.
  −John, tienes que firmar estos papeles como prueba de que aceptas ser esclavo de sir Alex.
  Fidelio le indicó los papeles que tenía que firmar.
  Johny se acercó a la mesa y firmó los papeles sin pestañear siquiera.
  Fidelio envió los faxes a la oficina de HumRes y esperó la respuesta.   El secretario de Sir Alex llamó por teléfono al gerente de HumRes.  Se hizo otra llamada a otra parte y se habló en una jerga incomprensible.  El faxajero empezó a imprimir papel.
  −Ya está todo listo, sir Alex.   −Dijo Fidelio.
  −Llama a la agencia de entrenamiento.   −Dijo sir Alex.
  El secretario de sir Alex llamó por teléfono y hablaron de un modo incomprensible.
  −Enseguida vienen.   −Dijo el secretario.
  −Pronto llegan, Johny.   −Dijo Fidelio.
  −¿Pronto para qué?   −Preguntó Johny.
  −Para llevarte al entrenamiento.
  −¿Al entrenamiento?
  −Sí, Johny.  No puedes empezar a trabajar de esclavo hasta que no estés bien adiestrado.  −Dijo Fidelio.
  −¿Adiestrado?  No tengo prisa.  Aún me quedan dos días de libertad y...
  −Ven aquí, Johny. Es una suerte que Sir Alex no se haya dado cuenta de tus palabras, pues estaba hablando por teléfono. Ven, tenemos que hablar.
  Fidelio hizo señas a Johny para que le siguiera y llegaron a una puerta donde se leía algo incomprensible debido a la rareza de sus letras. Tiempo más tarde, en otra visita, pude por fin leer ese cartel con la palabra "Disciplina" escrito en unas letras antiguas llamadas góticas. Una forma arcaica de escritura ya extinguida, por fortuna.
  Fidelio abrió la puerta y le hizo a Johny una seña para que entrara. Johny entró y observó un extraño artilugio que le recordaba vagamente a algún aparato del gimnasio.
  −Échate ahí, Johny.  −Le dijo Fidelio.
  Johny se quedó unos segundos titubeando y Fidelio le empujó al tiempo que le sujetaba un brazo con algo metálico.  Otro hombre apareció justo en ese momento y agarró el otro brazo de Johny.  Entre ambos dejaron retenidos los brazos de Johny por las muñecas. En cinco segundo más y Johny se vio sujeto por los tobillos. Fidelio pulsó una palanca y el aparato basculó dejando a Johny en postura horizontal, pero presentando un ángulo tal que el trasero de Johny quedaba un tanto alzado.
El auxiliar empezó a bajarle los pantalones ceñidos a Johny y subiendo la camisa para dejarle las nalgas al aire.
  −¿Qué pasa?  −Preguntó Johny extrañado.
  −Nada, Johny. Te has ganado tu primera sesión de disciplina.  −Dijo Fidelio.
  −¿Disciplina? ¿Qué es eso?
  −Ahora mismo te enteras, Johny.
  Fidelio contempló unas varas artísticamente colocadas en un tablero. Eligió una vara pequeña, no la más pequeña, sino la que le sigue en tamaño.
  −¿Que ocurre?  −Preguntó Johny.
  −Nada.  Un esclavo debe guardar silencio.
  −Pero mi esclavitud empieza dentro de tres días.
  −Ya empezó, Johny. Ya firmaste los papeles.
  −¡Esto no es posible!
  −Calla, Johny. O tendré que duplicar el castigo.
  −¡Oh!
  Fidelio levantó la vara en el aire y la agitó un par de veces en el vacío para cogerle el punto cinético. Luego lanzó la vara en dirección a las nalgas de Johny. Una preciosa marca roja se dibujó sobre ambas nalgas.
  −¡Ay!  −Gritó Johny alarmado.
  −No ha sido nada, Johny.  Solo son corrientes eléctricas.
  Fidelio agitó la vara un par de veces en el aire como preparando su mente para dar el segundo golpe. Luego impulsó la vara sobre las nalgas de Johny.
  −¡Ay!
  Segunda marca quedó paralela a la anterior.
  −Tienes unas nalgas preciosas, Johny.
  Pasaron varios segundos mientras Fidelio se recreaba en su obra. ¡Zas! Un tercer golpe formó una nueva línea paralela a las anteriores.
  −¡Uy! ¡Ay!
  −¡Oh, John!  ¡Te está quedando precioso!   Me gustaría que pudieras verlo
  −¡Duele mucho!
  −Solo son corrientes, Johny.   Esto no es más que una terapia.
  −¿Una terapia??
  −Sí, Johny. Todo esto lo hacemos por tu bien. Es por eso que uno se complace.   Porque estamos haciendo una buena obra.
  −¡Oh!
  Fidelio se recreó en la belleza de las tres marcas sobre las sonrosadas nalgas de Johny.   El color de los rayos UVA sobre la piel combinaba de un modo muy artístico con las marcas de intenso rojo que le hizo la vara.
  Ahora venía la segunda parte y era todo esto un desafío para Fidelio pues era un novicio en este arte arte de varear nalgas. Las nuevas marcas debían cruzarse con las anteriores en un ángulo preciso de treinta grados.
  −Prepárate, Johny.  −Dijo Fidelio.
  ¡Zas!
  −¡Ay!  −Gritó Johny.
  La marca de la vara quedó perfectamente orientada.
Fidelio se admiró del resultado, pues era la primera vez que vareaba a un esclavo.
  ¡Zas! Fidelio dio el segundo golpe.
  −¡Ay! ¡Esto duele mucho!
  Fidelio se sentía inseguro y le preocupaba hacer un trabajo chapucero.
  −Enseguida acabo, Johny.
  ¡Zas!
  −¡Huy! ¡Ay!   −Exclamó Johny.
  −Ya está, Johny. No ha sido nada. Te he tratado con dulzura porque te aprecio mucho. El escozor te ha impresionado porque eres virgen, Johny.
  −¿Virgen? ¿Qué es eso?
  −Virgen significa... que es la primera vez que te dan un artístico vareo.
  Fidelio observó que los golpes estaban perfectamente delineados. Ahora se podía ver una perfecta figura geométrica de seis líneas rojas cruzadas.
  −¿Un vareo?
  −Es una especie de 'electroshock', Johny. Ya has perdido la virginidad. Pero recuerda que un esclavo no habla nunca si no se le hace una pregunta.
  −Pero...
  −No puedes decir ni un pero, Johny. Lo más que puedes decir es un 'ay' cuando te dan un varazo o una descarga con el 'elestick'.
  Johny guardó silencio.
  −El 'elestick' es una vara para aplicar descargas eléctricas, Johny. Pero, Sir Alex es adicto a los métodos antiguos y prefiera usar una vara de avellano. Es algo más ecológico. Sir Alex pertenece a los tiempos antiguos.
  Johny empezaba a tomar conciencia de que no debía abrir la boca. Esto le resultaba fácil, porque era de suyo un tanto callado.
  Fidelio cogió un tubo del cajón y desenroscó la tapa, presionó con los dedos y sacó un poco de crema.
  −Voy a ponerte un poco de crema, Johny.
  Johny sintió miedo pero no dijo una palabra.
  −Esto te aliviará el escozor y es antiséptico, Johny.
  Fidelio se untó los dedos con la crema y empezó a extenderla por las nalgas de Johny. Fidelio trataba con más suavidad las partes marcadas en rojo por la vara.
  Johny sintió las suaves corrientes que se provocaban por los dedos de Fidelio en su trasero. A los pocos segundos sintió que el escozar era menos intenso, de modo que resultaba placentero. Johny se sentía bien con las frotaciones. Los dedos de Fidelio le provocaban una especie de cosquillas que recorrían todo su cuerpo y reverberaban en su mente.
  Fidelio se limpió la crema de los dedos en un paño. Luego acarició la cabeza de Johny que seguía atado de pies y manos en aquel extraño artilugio.
  −Eres un niño bueno, Johny. Desde hoy serás un niño mejor.
  −Dijo Fidelio.
  Johny se sintió confortado con las palabras y las caricias de Fidelio. A pesar de verse sujeto en aquella extraña postura se sintió satisfecho. El escozor de sus nalgas ahora... resultaba extrañamente placentero. Sentía una extraña excitación, mucho más fuerte que la provocada por los programas de la tele.

  Se oyó el ruido de un motor. Llegó un furgón para llevarse a Johny al centro de adiestramiento.
  Llegaron dos hombres que le pusieron a Johny unos grilletes en los pies. Los grilletes estaban unidos por una cadena que le impedía correr. Soltaron a Johny de la sujeción al aparato, le subieron los pantalones y le bajaron la camisa.
  −Tienes que irte al entrenamiento, Johny.· −Dijo Fidelio con cierto sentimiento de tristeza.  −Te veremos pronto, Johny. Seis meses se pasan volando.
  Johny sintió una ligera tristeza y un aturdimiento, tal vez influido por las corrientes recibidas en el trasero que habían alterado un poco su mente.
  −¡Dime hasta pronto, Johny!  −Le dijo Fidelio.
  −¡Hasta pronto, Fidelio!   −Dijo Johny con la voz ligeramente temblorosa.
  Pasaron por delante de Sir Alex que le miraba con curiosidad benevolente.
  −Haz una reverencia ante Sir Alex, Johny.   −Dijo Fidelio señalando en dirección a Sir Alex y haciendo el gesto de una reverencia, para darle pistas a Johny sobre lo que era una reverencia.
  Johny se volvió hacia Sir Alex y le hizo una torpe pero bien intencionada reverencia. Sir Alex sonrió con la benevolencia de un perfecto altruista.

  Sir Alex contempló como se alejaba el joven Johny y se encendió en su mente una chispa de excitación placentera mezclado con un punto de tristeza. Le hubiera gustado adiestrar al esclavo por sí mismo, pero ya no era joven y estaba demasiado ocupado con sus negocios. Eso sin contar con las intromisiones y regulaciones del estado, que solo autorizaba a ciertos 'centros' para el adiestramiento de los esclavos. 'Intromisiones del estado en la vida privada'; esa fue la frase que cruzó por la mente de Sir Alex.

  Los dos empleados se llevaron a Johny hasta el furgón y lo metieron dentro. Luego se oyó el ruido del motor y el furgón se alejó del lugar.

  El tiempo había refrescado bastante y Sir Alex hizo una señal.  Un par de sirvientes o esclavos, aún no tengo claro cual es la diferencia, empezaron a mover la pesada puerta con cuidado para cerrarla sin producir ruido. Otros sirvientes estaban atareados con un extraño ritual.  Había como una extraña estructura de piedra, que presentaba una oquedad cuadrada, donde un joven hizo algo que no pude entender y se produjo una luz amarillo rojiza. El joven colocó cuidadosamente cerca de esa luz unos cilindros de un material que me resultaba vagamente familiar pero que no pude identificar. De la rara oquedad surgió un extraño vapor que ascendía desapareciendo en la parte superior de aquel artificio. Un extraño olor se esparció por el aire del gran salón y resultaba una sustancia algo desagradable al respirar. Al cabo de un rato se notaba que aquella oquedad de piedra generaba un calor agradable.

  Fue un tiempo más tarde que me enteré que todo aquello solo era un antiguo ritual conocido como 'hacer el fuego', y que los cilindros que observé no eran otra cosa que troncos de árbol cortados con algún instrumento especial. Al indagar discretamente estas cuestiones me pude enterar que esa caja de piedra se llama 'chimenea' y que sir Alex era un 'romántico empedernido'. No me atreví a indagar sobre el significado de estas dos palabras, pues no deseaba pasar por ignorante. Al parecer este extraño ritual del fuego tiene el raro propósito de calentar su palacio. Y ¿cómo puede calentar el palacio? No pude evitar esta pregunta. Mi informador me dijo que este era un sistema muy antiguo y se llamaba combustión. ¿Y los cilindros de arbóreos?, pregunté. Eso es precisamente lo que se quema. ¿Los árboles? Yo creía que solo se usaba petróleo para producir energía. Así me pude enterar que los antiguos usaban árboles para calentar las casas y que este sistema estaba anticuado y era muy poco eficiente. Es por eso que solo era usado por los hombres antiguos y las tribus prehistóricas.

  De todo esto deduzco que sir Alex es un raro ejemplar de ser humano; y que le agradan los usos y modales de los hombres antiguos. Por otra parte, debe ser un hombre muy importante y extraño; pues vive en un lugar salvaje rodeado de fieras. No solo vive alejado de la civilización, sino que posee un automóvil para uso propio en sus desplazamientos. Me han dicho además que viaja al extranjero con frecuencia y eso lo dice todo sobre su importancia política y su fortuna. Sin embargo toda esta rareza personal se me hace un tanto sospechosa. No comprendo la actitud de un ser humano moderno y equilibrado que decide vivir en lugares salvajes y remotos. Pero, yo solo soy una persona actual que solo conoce las cosas necesarias para trabajar en una oficina de importación y exportación.





Camino al centro de entrenamiento

  El furgón que transportaba a Johny circulaba en dirección al norte y le faltaban 30 minutos para llegar a su destino; un edificio situado en pleno campo. Esta era una zona desierta, solo poblada por fieras salvajes.
  Se dice que los antiguos, millones de ellos, vivían diseminados en estas zonas deshabitadas. Los zorros, lobos y otras fieras salvajes acechaban de noche alrededor de las casas de los humanos buscando comida. De cuando en cuando los lobos salvajes devoraban a lobos domésticos que la gente tenía en los jardines de sus casas. Pues los antiguos tenían una rara fascinación por los animales salvajes, lo que probablemente era sentimiento arcaico, de cuando los hombres eran igual de salvajes que los cuadrúpedos. Es decir, hubo un tiempo en que los humanos primitivos cazaban animales con flechas y lanzas. También recolectaban de bayas, raíces tuberosas de plantas salvajes y los frutos de los árboles. Los lobos domésticos advertían a los hombres antiguos con sus gritos de alarma, denunciando la presencia de fieras salvajes al acecho. Pero no era raro que los lobos salvajes o los osos devoraran a los lobos que vivían junto a las casas de los humanos, especialmente en los meses de invierno. Con frecuencia las fieras devoraban igualmente a los cachorros humanos. Pues habéis de saber que los antiguos tenían a sus cachorros viviendo con ellos en sus cabañas como si fuera la cosa más natural del mundo. Esta aberración es algo de lo que hemos sido liberados gracias a la civilización tan avanzada que tenemos. Hemos comprendido que para fabricar y alimentar a los cachorros humanos de un modo eficiente y perfecto, lo mejor es dejarlo al cargo de personas especializadas. Esto es lo que se hace en las colonias reproductoras donde se fabrican nuevos seres humanos continuamente y en las guarderías cuidan de esos cachorros con gran eficacia en esta fase de su vida que da mucho trabajo. Ocurre que la inteligencia de los humanos en esta fase temprana de la existencia no les permite alimentarse por sí mismos. De modo que no pueden ir a la escuela hasta que no saben comer solos delante de un plato y hasta que no sean capaces de andar de un lado para otro sin caerse al suelo.
  Me dieron a leer un informe y todas estas praderas, y estos bosques, estaban llenos de casas muy grandes donde vivían tres o cinco personas. Esto les causaba grandes fricciones entre ellos, pues esta convivencia forzada les provocada un espíritu muy agresivo. Esta es una de las razones que explican la extrema belicosidad de los antiguos. Nosotros, por el contrario, somos unos seres pacíficos y tranquilos, debido a que cada uno vive en su propio cubil, o cubículo, y este estrés debido al hacinamiento solo lo sentimos en las horas de trabajo y en los transportes públicos. Es en estos transportes precisamente, cuando sufrimos más angustia, porque los trenes van abarrotados de gente y es una sensación muy desagradable, sentir tu cuerpo presionado por los cuerpos de otras personas. Por fortuna el viaje dura poco, y al fin respiramos aliviados en el trabajo porque existe una mayor distancia entre las personas. En las oficinas no puedes evitar el rozar a alguien con el codo al pasar, o sentir que alguien nos roza igualmente al pasar de un sitio a otro. Esto resulta muy angustioso y nos provoca reacciones de hostilidad contenida. Es decir que no podemos manifestar objetivamente nuestro enfado pues podríamos vernos metidos en problemas.   Lo más que se puede tolerar es un ligero gesto de fastidio cuando alguien nos roza. También ocurre que no nos agradan nada los olores corporales de los demás, pues esto suele ser desagradable. Definitivamente, somos muy afortunados al poder pasar unas cuantas horas descansando solos en nuestro propio cubil, sin que tener que soportar el olor de los demás con una proximidad ofensiva.


oo O oo


  Ya estaba oscureciendo cuando el furgón que llevaba a Johny llegó a su destino y se detuvo ante la puerta del recinto amurallado. El 'transpónder' del vehículo respondió para identificarse, el conductor bajo el cristal de la puerta, la cámara articulada encendió un foco e inspeccionó las caras del conductor y su ayudante al tiempo que los olfateaba. Luego inspeccionó el interior del vehículo para detectar substancias peligrosas y olfateó a Johny para reconocerlo. Se abrió la puerta y el furgón entró en el recinto.
  Abrieron la puerta trasera del vehículo y lo llevaron a la oficina de recepción. Le desnudaron totalmente y le ordenaron ponerse derecho delante de la cámara que le hizo fotos de la cara y cuerpo entero desde diversos ángulos. El 'olfabot' le olfateo de un modo meticuloso, husmeando en los pliegues de su cuerpo, como el sobaco y la entrepierna. Estos olfateos servían un doble propósito, no solo identifican al sujeto de un modo íntimo sino que pueden detectar la existencia de algunas enfermedades.
  El guardia le quitó los grilletes a Johny y le dijo,   −Sígueme.
Johny fue tras el guardián como un perrito fiel, entraron en una amplia sala llena de jaulas con esclavos. Para preservar la intimidad, cada esclavo tenía una jaula propia, lo que no dejaba de ser un lujo y un respeto por los derechos humanos.
  −Entra ahí.   −Dijo el guardián.
  Johny entró en la jaula sin titubeos y la puerta se cerró electrónicamente con un chasquido leve.
  El suelo de la jaula estaba acolchado con una esterilla acolchada para el mayor confort del residente. La temperatura de la sala estaba controlada automáticamente de modo que no hacia ni calor ni frío.
  El guardián se fue. La luz de la sala era tenue, pero Johny podía observar las otras jaulas con seres humanos dentro, mayormente estaban echados, pero algunos movidos por la curiosidad se habían sentado para observarlo.
  Una voz carraspeó ligeramente, y también se oyeron algunas tosecillas. Sin saber el motivo, Johny respondió a estos carraspeos con uno propio. Pronto se formó una especie de concierto de carraspeos y toses entre unos y otros. Se trataba de una especie de conversación simbólica. Probablemente le daban la bienvenida a Johny de aquel modo.
  Un altavoz advirtió: "No se permiten parloteos." Y para reforzar la advertencia, los prisioneros recibieron una descarga eléctrica desagradable, aunque inocua.
  La jaula resultaba extrañamente confortable. Johny no sentía frío ni calor, a pesar de estar desnudo. Johny cerró los ojos y se durmió. Su mente sobrecargada por tantas corrientes en este día necesitaba un poco de reposo.
  Johny durmió profundamente.


Primer día en el centro


Sábado, día 6 de Abril.


  Por la mañana una luz intensa despertó a Johny y la puerta de la jaula se abrió automáticamente con un fuerte chasquido.
  −¡Arriba gandules! ¡Arriba! ¡Ha empezado el día!   −Gritaba el sargento instructor
Johny vio que los otros esclavos salían de sus jaulas apresurados y se ponían en fila en el espacio libre entre las jaulas.
  −¡A formar!   −Gritó el sargento instructor.
Este iba uniformado con un pantalón corto de color marrón claro y una camiseta sin mangas. Llevaba en la mano derecha una fusta eléctrica conocida en el oficio como 'elestick'. Un término vulgar de la jerga de los entrenadores para abreviar el nombre técnico 'electric stick' que resulta más cansino de pronunciar.
Los esclavos formaron presurosos una fila como en los tiempos de la escuela.
  −¡Qué pinta más miserable tenéis!   −Gritó el sargento.  − ¡Sois la vergüenza del género humano!
El sargento hizo una pausa para admirar aquella pandilla de gente fofa y asustada.
Luego volvió a la carga con sus voces de mando.
  −¡Avanti la escoria! ¡En marcha directa a los retretes! ¡March!
La fila se puso en marcha al ritmo que marcaba el instructor:
  −¡Un, dos, tres! ¡Un, dos, tres!
Llegaron a otra sala.
  −¡Alto, ar!
Se detuvo toda la fila frente a unas letrinas sin tabiques de separación.
  −¡Defecando, ar!   −Gritó el sargento instructor.
Cada uno de los esclavos se puso en cuclillas sobre un rectángulo de cerámica provisto de un agujero evacuatorio.
  −¡Más os vale que hagáis fuerza ahora! ¡Pues no volveréis a ver este lugar hasta el mediodía!
Johny trató de evacuar algo sin resultados, pero orinó bien.
  −¡A las duchas!   −Gritó el sargento instructor.

  Las duchas estaban justo al lado y el agua estaba algo fría. Se cuenta de los antiguos que malgastaban mucha energía duchándose con agua caliente. Afortunadamente, estos lujos asiáticos ya se habían extinguido de nuestras costumbres.
  −¡Enjabonaos deprisa, gandules! ¡Qué ahora mismo se corta el agua!  −Dijo el sargento mirando el cronómetro. −¡Enjuagarse, ya!

  El sargento daba vueltas impaciente.
  −¡Ya solo quedan quince segundos de agua! ¡Catorce, trece, doce!
  Iba cantando los segundos que faltaban para el corte.   ¡Tres, dos, uno, cero! ¡Ya está! ¡A formar!  −Gritó el sargento.
  Los esclavos se pusieron en fila, todavía chorreando agua.
  −¡Qué vergüenza de seres humanos!  −Dijo el sargento.
  −Estáis más fofos que un bollo grasiento.
  El instructor hizo una pausa y se puso a admirar la grasa superflua de aquellos pobres humanos sin voluntad de autocontrol de la ingesta calórica y demasiado perezosos para hacer ejercicio físico. Eran unos pobres desgraciados que necesitaban ayuda para ponerse en forma.
  −¡No me extraña nada veros aquí! ¡Que asco de grasa! ¡Os hace falta un gran entrenamiento! ¡Por dios, que os voy a poner en forma! ¡Aunque alguno tenga que perder la vida en el empeño!
  Todos guardaron silencio.
  −¡Atención! ¡Formar en columna de a dos! ¡Ya!
Los esclavos obedecieron la orden. Muchos esclavos ya tenían algo olvidados los ejercicios de la disciplina escolar y la fila parecía algo desordenada.
  Los más desalineados recibieron un fino disparo de partículas ionizadas que resultaban muy desagradables al caer sobre su piel desnuda.
  −¡Mantengan derecha la fila, capullos!
  Esta palabra, "capullos", era un insulto popular entre la gente de Tennessee.   El sargento era oriundo de ese estado y tenía un marcado acento extranjero que resultaba chocante.
  Las filas quedaron enseguida derechas.
  −¡Marcha al paso ligero, ya!  −Gritó el sargento.
  Los esclavos salieron corriendo al paso ligero.
  −¡Este ejercicio es muy bueno para secarse el cuerpo después la ducha, muchachos! Así entrareis en calor.
  El sargento iba corriendo al lado de los esclavos.
  −¡Más deprisa, narices! ¡Parecéis ancianos reumáticos!
Los esclavos resoplaban de un modo aparatoso. El sargento los tuvo corriendo al paso ligero durante veinte minutos, por lo que algunos se caían jadeando. Todos estos eran signos evidentes de su desidia y una prueba palpable de su culpabilidad manifiesta.
  −¡Voy a hacer de vosotros una máquina de perfecta obediencia!  −Gritaba el sargento instructor.
  Los esclavos corrían con dificultad y resoplaban.
  −Cuando salgáis de aquí...   −decía el sargento  − seréis capaces de anticipar las órdenes de vuestros amos.
  Las palabras del instructor penetraban en las circunvoluciones cerebrales de los esclavos y se gravaban en las neuronas de su memoria.

  Estuvieron media hora corriendo y parecía que algunos iban a caerse al suelo sin fuerzas. Alguno llegó a perder al paso y se cayó al suelo. Pero tuvo fuerza para levantarse de nuevo, aunque las filas se quedaban un poco desordenadas.
  Se levantó una brisa fría y empezó a caer una llovizna helada. Todavía estuvieron un rato corriendo a un paso ligero y se podía ver el vapor de agua que se evaporaba de sus cuerpos.   −¡Derecha, ar!
  El sargento se los llevó a una sala grande y los hizo sentar en el suelo. Aunque el suelo estaba frío no se dieron cuenta pues estaban resoplando de cansancio y tenían el cuerpo caliente.

  En la sala grande había una mesa y un individuo de uniforme miraba en una computadora. A un lado estaban dos ayudantes.
  −Vais a ser chipeados y marcados.  −Dijo el sargento.  −Cuando digan el nombre de alguno, este se levanta.
  −Ivanov Smidchii!  −Llamó el hombre de la mesa.
  El esclavo se levantó.
  El empleado a la mesa presionó un botón y salió una pequeña bandeja con un objeto de apariencia metálica. Tenía un tamaño reducido. Era más pequeño que un pequeño guisante. Era el transpónder o chip de identidad.
  −Ven aquí.   −Dijo otro ayudante cerca de la mesa.
  El esclavo se dirigió hacia él.
  −Arrodíllate.
  El esclavo se arrodilló.
  Con una especie de aparato le apretó en la base del cráneo, cerca de la oreja derecha. Se oyó como un clic.
  −Hala, ya estás chipeado.  −Le dio un cariñoso cachete en las nalgas.   −Ven aquí.  −Dijo el segundo ayudante cogiendo la mano de Ivanov y haciéndole levantarse.
  El segundo ayudante recibió igualmente una pequeña tarjeta tomada de la computadora y la introdujo en una maquinita que tenía en su mano izquierda.
  El ayudante le agarró el antebrazo derecho y le aplicó un aparato sobre la muñeca. Este aparato producía un extraño cosquilleo.
  Al cabo de unos segundos,
  −Ya estás tatuado.   −Le dijo dándole una palmada en el trasero.   −Vuelve a tu sitio.
  −Con esto,  −dijo el sargento  −El esclavo Ivanov, está en la base de datos con su nuevo número de identidad. Número que se puede leer en un chip que lleva implantado en el hueso del cráneo. Además le hemos puesto un hermoso tatuaje con un código de barras en el brazo derecho.
  Hizo una pausa para ver el efecto de sus palabras y siguió diciendo,
  −De este modo, si alguna vez Ivanov se extravía, cualquier policía o agente del gobierno puede reconducirlo a su lugar de trabajo.

  El hombre de la mesa gritó un nuevo nombre.
  −John Lenin Bradford! ¡Acérquese!
  El esclavo se levantó y fue hacia el primer ayudante. Este le aplicó el aparato que le incrustó el chip. Luego fue cogido por la muñeca por el segundo ayudante que le aplicó el tatuador.
  En cosa de veinte minutos estaban todos chipeados y tatuados.

  El sargento carraspeó para atraer la atención de sus pupilos.
  −Ahora sois 'entrenandos' pues esa es vuestra categoría oficial.   −Dijo el sargento.  −Sin embargo, prefiero llamaros 'treinis'.  Esa es la palabra que usamos en Tennessee para este tipo de basura humana.   ¡Os gusta la palabra, 'treinis'?
  Hizo una pausa para incrementar el efecto de sus palabras.
  −¿Qué creéis que significa? ¿Será un título de gloria?
  Hizo una pausa retórica.
  −¿Os creéis que ya sois esclavos?   Se detuvo unos segundos.
  −¿Os creéis que habéis caído bajo en la escala social?
  Todos callaron por simple precaución.
  −Creéis que ya sois esclavos?
  Silencio.
  −Comparados con vosotros...
  El sargento hizo una pausa.
  −Viendo esta escoria que tengo ante mis ojos, fofa y falta de energía...
  El sargento parecía que andaba buscando las palabras.
  −Los esclavos son... son como las estre-llas ruti-lantes del firma-mento.
  Dijo el sargento dando a sus palabras un énfasis poderoso.
  Todos callaron abochornados.
  −¡No sois esclavos!  −Gritó el sargento,  −¡Sino cagadas de perro!

  El sargento se dio cuenta de esa gente no había entendido el insulto, pues no habían visto un perro ni un gato en su vida.   Así que no podían saber lo que era una cagada.  Era imposible ver una cosa semejante en la ciudad.
  −Parece que no sabéis lo que es un perro. Claro. Debí pensar en ello.
  Hizo una pausa retórica.
  − Y no lo sabéis, ¡porque sois animales estúpidos de ciudad!
  El sargento se detuvo en su discurso.   Los treinis no se sentían ofendidos, pues la palabra estúpido no se usa en el mundo civilizado.
  El sargento no sabía como seguir con su discurso.
  −¿Cómo podría explicarles lo que es un perro?
El sargento se detuvo unos segundos.
  −Todos habréis visto en la tele alguna vez un caballo, ¿no?
Algunos asintieron moviendo la cabeza.
  −Lo usaban los antiguos para andar por los montes y las praderas, en los tiempos en que no existían los trenes.
  −Bueno, pues un perro es... un perro es como un caballo pero muy pequeño. Una cosa así de alto.
El sargento se agachó para señalar con la mano la altura del perro.
  −Pero en lugar de comer hierba, este animal mata a otros animales y se los come. Les arranca la carne a pedazos con unos dientes muy largos. Y es animal feroz que asusta a todo el mundo con sus poderosos rugidos.
El sargento hizo una pausa.
  −Muchos de ustedes serán enviados a trabajar en la agricultura. Allí podréis ver a los perros. Si alguno tiene la idea de escapar, es seguro que se lo comerán los perros de la finca.
  El sargento les miró a la cara y se dio cuenta de que no entendían una palabra de su discurso.
  −Bueno. No habéis visto nunca a un perro. Cuando veáis a ese animal dando "ladridos asesinos" os acordaréis de lo que digo.
  El sargento hizo una pausa. No podía apresurarse con sus palabras. Deseaba que estas penetraran profundamente en las circunvoluciones cerebrales de los 'treinis'.
  Entonces, el sargento pasó a ejecutar la escena del solemne juramento.   − ¡Juro so-lem-ne-men-te... por Jesús, el Mesías... que haré con vo-so-tros... un mi-la-gro imposible!
  El sargento hizo una pausa para dar tiempo a que sus palabras se embebieran en las neuronas atrofiadas de los 'entrenandos'.   Se dio cuenta de que la tarea era muy difícil, pues esta gente criada en la ciudad no tenía la menor idea de lo que era "un milagro".
A pesar de todo el sargento siguió hablando.
  −Haré con vosotros 'el milagro' de convertiros en esclavos de primera. Esclavos laboriosos, obedientes y fieles hasta la médula.
  Hizo una pausa, pues el sargento sabía que hay una velocidad límite de asimilación para las verdades profundas.
  −Seréis los esclavos perfectos que vais a enriquecer al país y al pueblo americano.
  Se detuvo para ver el efecto en las caras de los 'treinis'. Pero estas parecían más bien inexpresivas, pues no entendían casi nada de lo que decía el sargento. Lo único que parecían entender era que tenía muy mal carácter y les recordaba a los maestros de cuando iban a la escuela.   −¡Estamos necesitados de manos laboriosas para levantar la patria a la altura de sus viejas glorias!
  El sargento se detuvo por falta de inspiración. Por otra parte, no se daba cuenta de que estas frases eran totalmente incomprensibles para esta gente. De modo, que el sargento mismo, criado en las fincas de Tennessee, tampoco tenía una brillante inteligencia; pero era capaz de amaestrar a cualquier clase de animal salvaje. El sargento, pues, era incapaz de darse cuenta que aquella gente tenía más bien una inteligencia limitada.

  Al considerar estos ehechos, sentí tristeza por Johny. Me vino a la mente el futuro que le esperaba.

  De pronto, el sargento instructor dio una muestra de cu capacidad para no saber lo que estaba diciendo. Por lo que se salió del programa y dijo,
  −Tengo la esperanza de que podáis ser útiles para el ejército.
  Se quedó dudando de la pertinencia de esas palabras, pues al ver la cara estúpida de los treinis, sintió que sus palabras se caían en un pozo sin fondo.
  −Con frecuencia la patria tiene que echar mano de los esclavos y de los negros.
  El sargento era ignorante de que esta palabra ilegal decirla en el estado de Nueva York. Pues la nueva civilización ya la había borrado del mapa y se había sustituido por otra más eufónica, melaninos. Ahora solo existen trabajadores eficientes. Y los que no son deben ser enviados al retreining. Es como devolverlos a la escuela.
  −Un ejército de vagos puede ser una tropa muy eficiente si se entrena debidamente.  −Dijo el sargento.  −Esa es precisamente mi misión.
  Se detuvo para ver el efecto de sus palabras sobre el rostro de los 'treinis' pero le pareció que eran como extranjeros.  Tuvo la rara sensación de que no habían entendido nada de lo que había dicho.   Y es que este sargento hablaba con un fuerte dialecto antiguo, que todavía se usa en Tennessee.   Tengo entendido que en las zonas remotas del interior se habla de modo diferente que en las ciudades civilizadas.
  − Se acabó la teoría.  − Dijo el sargento.  − Ahora, ¡vamos a trabajar! ¡En pie!
  Todos se levantaron


(Hay que rellenar esta parte con texto)
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(En esta parte hay que rellenar una serie de actividades. Describir la hora de la comida. Escena donde los entrenandos beben agua de una serie de grifos que echan un chorrito de agua en dirección a la boca.)

Hay unas hojas cogidas con un clip para rellenar esta parte
y están numeradas del 21 al 36
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  Al llegar la noche ya estaban agotados por los ejercicios del día. Los llevaron a las letrinas para evacuar y tras eso los llevaron al dormitorio. Este tenía una serie de modo que no podían sentirse cerca los unos de los otros, ni hablarse. Cuando cada uno estaba ya en su jaula, los pestillos eléctricos se cerraron con un clic metálico.
  Las luces se apagaron y el silencio lo inundó todo. Los entrenandos no podían pensar en el pasado porque las experiencias del día fueron tan intensas que eran incapaces de recordar nada. De este modo se iba borrando de su cerebro la memoria de su pasada mala conducta. El régimen estaba pensado para impedirles volver atrás, aunque solo fuera con el pensamiento.
  Cada jaula estaba provista de un oído electrónico. De modo que los entrenandos no podían hablar unos con otros pues, si alguien levantaba la voz por encima del umbral del más leve susurro, una descarga eléctrica les daba una sacudida. Este mecanismo automático tenía como propósito evitar que se intercambiaran mensajes subversivos y recuerdos nocivos sobre la mala vida que los había conducido precisamente al estado en que ahora se hallaban. De modo que allí estaban, echados sobre un tatami y cubiertos por una manta tal vez demasiado ligera. Pero tanto la manta como la sábana que cubría el tatami contenía unos hilos metálicos muy finos y flexibles, que servían para aplicarles descargas eléctricas de castigo si levantaban la voz. Con este artificio no había modo de que mantuvieran viva entre ellos una ideología opositora. El propósito del tratamiento era someterlos totalmente a la obediencia y borrar de sus mentes los rastros de su deficiente conducta anterior.


  Hace poco he podido enterarme un poco sobre los métodos para entrenar esclavos en la biblioteca de sir Alistair gracias a un manual técnico titulado "Métodos para restaurar la ética laboral". Es gracias a este manual que pude escribir sobre las experiencias probables de John en su lugar de entrenamiento.
  Señalaba este manual que el origen de los problemas éticos se puede rastrear en las deficientes condiciones en que funciona la escuela. Las autoridades que gobiernan la escuela se quejan desde siempre de que los presupuestos. Y me quedé extrañado al leer un informe donde declaraban los presupuestos como 'escuálidos'. Esta palabra me pareció particularmente exótica, y sospecho que debe ser una de esas palabras que llaman obsoletas o arcaicas. Al principio no entendí bien su significado, pero según seguí leyendo pude entender que querían decir, los presupuestos son insuficientes.
  Al leer estas cosas siento tristeza y me acuerdo de John. Era un joven de presencia muy agradable excepto cuando se ponía de mal humor y no participaba en las bromas colectivas y los chistes del trabajo. Debo confesar que siento cierta atracción por los jóvenes, aunque reconozco que suelen ser ellos los que muestras más signos de desajuste social en el trabajo. He oído a alguna gente mayor explicar estos problemas con la frase, "son cosas de la juventud". Pero esta frase se ha ido quedando en desuso y en su lugar se dice, 'son errores del condicionamiento'. Realmente, no sé bien a que se refieren, pues desconozco lo que es el condicionamiento. Así que me imagino que el condicionamiento es la intención que tienen los educadores de conseguir que nos tomemos en serio el problema de la balanza de pagos y nuestra capacidad para competir en el mercado internacional.
  Las quejas de los educadores nunca he terminado de entenderlas. No es preciso ser un filósofo para entender que "los presupuestos siempre son, por definición, insuficientes". Este es un principio elemental de la gestión económica y no entiendo como los directivos de la enseñanza no acaban de aceptar la dura realidad.
  Los directivos de la enseñanza tienen la manía de gastar más dinero en la gente que ha sido sorteada para el rango de 'multifactotum', o simplemente "multi" que es el término más comúnmente usado. No comprenden bien como se gasta tanto dinero en la enseñanza de los especialistas de rango superior, y siempre pretenden meter más alumnos en estas categorías. No se puede gastar lo mismo en educar científicos e ingenieros que en educar a los multis o los técnicos de rango inferior. Realmente, me costó mucho entender este manual, de modo que me produjo un extraordinario dolor de cabeza. Llegó sir Alistair y al ver lo que estaba leyendo comentó: "Ese libro está muy anticuado."

Sábado, día 6 de Abril.



  Fue en esta fecha cuando ocurrieron los hechos que se narran en estas páginas. Esta fecha por tanto no se corresponde con el día en que estoy escribiendo sobre estos hechos que me impresionaron vivamente.

  Las últimas palabras que me dijo sir Alistair en el pub resonaron en mi cabeza durante varios días.   −Nos volveremos a ver, Rewardo.
  −Seguro, sir Alistair.   −Le dije yo.   −Podemos quedar un día para volver a charlar.




 En el cubículo de sir Alistair


Por la tarde, al acabar el trabajo, ya no recordaba para nada de lo que había hablado con sir Alistair el día anterior. Así que me fui directamente al gimnasio para ir acumulando los Mega julios necesarios para el balance trimestral. Es que hay que ser precavido. Pues como dice el refrán, “cuanto más demores el ejercicio, más cerca estás del precipicio”. Esta palabra tan extraña nunca llegué a entenderla; por lo que cierto día, cuando estaba en el colegio, le pregunté al entrenador,   −¿Qué quiere decir esa palabra?
  −¿Qué palabra?
  −El precipicio.
  −Nadie lo sabe. Es una de esas palabras raras que usaban los antiguos.
  −Entonces... ¿no significa nada?
  −Ándate con cuidado, chaval. Porque llega un día y te encuentras conque una de esas palabras raras se ha convertido en tu pesadilla.
  −Las palabras del entrenador me dejaron muy impresionado.
  −Llegué al sótano donde está el gimnasio y ya iba en dirección a las taquillas para ponerme los calzones deportivos, cuando me tropecé con sir Alistair que me estaba esperando.
  −¿Vienes?  − Me preguntó sir Alistair.
  −¿Puedo negarme? −Le repliqué.
  −Naturalmente.  Pero ya he arreglado los papeles. ¿No recibiste una nota oficial de tus superiores?
  −Sí, claro.  No me puedo negar.
  −No te vas arrepentir.  Sabrás muchas cosas que ignoras.
  −¿Sabré muchas cosas?
  −Por algo se llama servicio de inteligencia.
  −No sabía que se llamaba así.
  −¿Cómo crees que se debería llamar?  ¿Servicio de ignorancia?
  −¡Oh, no!  ¡Por el ojo divino!  ¡Nada de eso!
  −Por el ojo divino.  −Repitió sir Alistair.  −Sería lamentable que fuera el servicio de la ignorancia.
  −Por el ojo divino.  Espero que no sea tal cosa.
  −Amén.
  −Me queda una duda, sire.
  −Dime.
  −No quisiera decepcionarle, sire.  Pero igual no tengo la inteligencia que usted espera de mí.  Solo entiendo de contabilidad y asuntos de papeleo.
  −No te preocupes.  El servicio de inteligencia tiene también su papeleo.
  −¿Qué ocurre si no sirvo?
  −Volverás a trabajar en otra cosa.  No tendrás que dar explicaciones.  Pero, no debes preocuparte.  Por el ojo divino.   Creo que sirves para este servicio.
  −Espero que sea cierto.  Tengo miedo a decepcionarle.
  −No lo harás.
  −Trabajaré tan duro como sea necesario, sire. Me ilusiona servir al gobierno federal.
  −Estoy seguro de ello.

  Subimos las escaleras hasta la calle y nos dirigimos a la estación del metro.   Yo iba algo nervioso y me hubiera gustado hacerle algunas preguntas a sir Alistair.  Pero tuve que contenerme, pues no podía infringir los protocolos sociales que no ven bien que se hable por la calle.  Solo los raros extranjeros que nos visitan y algún forastero de otro estado puede hablar con un transeúnte cuando se encuentra perdido.  Pero, lo más prudente es indicarle al extranjero donde está situado el video-teléfono de la policía para que le resuelva prestamente sus problemas de orientación.
  Tomamos el tren 107. Al llegar a la estación pude ver que era moderna y elegante. Al salir a la superficie pude ver una zona de la ciudad que no conocía. Había una serie de hileras de edificios altos. Aquello no parecía la ciudad de Nueva York que yo conocía, sino otra cosa distinta. Tan distinto que igual podía ser una ciudad extranjera.
  Yo estaba asombrado con aquellos edificios y aquellas entradas acristaladas.
  −Esto parece muy extraño, sire.
  −Es una parte antigua de la ciudad.  No fue destruida por la hecatombe.
  −¿No fue... destruida?
  −Solo en las partes más sensibles, como los cristales. El resto de los edificios tuvieron que ser demolidos.
  Al llegar a una entrada elegante, sir Alistair metió su tarjeta en una ranura y se abrió la puerta. Entramos y volvimos a pasamos a una cabina de control donde fuimos analizados. Sir Als se puso frente a la cámara que encendió los focos para leer el perfil facial. Se oyó el soplido del 'olfabot' aspirando las moléculas de su cuerpo y una puerta se abrió para que pasara sir Alistair. Luego pasé yo mismo el control y todo estaba en orden.
Sir Alistair se detuvo delante de una puerta y pulsó un botón.
  −Vamos a subir en un ascensor.  −Dijo sir Als.
  −¿Ascensor?
  −En este edificio tenemos un aparato llamado ascensor que se detiene en los pisos impares para ahorrar energía.
  Se abrió la puerta de un cubículo pequeño y sir Als me hizo señas para que entrara.
  Tras entrar me siguió sir Alis, y me quedé pasmado al ver que las paredes del dispositivo estaban cubiertas de espejos. Nunca había visto espejos tan grandes.
  Sir Als apretó un botón y sentí algo en los pies. El cubículo vibraba. Noté un tirón hacia abajo y esto me impresionó, pues era la primera vez que experimentaba esta clase de aparatos.
  El dispositivo elevador se detuvo en la planta quinta y subimos por la escalera hasta la planta sexta.
  Salimos del ascensor y nos fuimos por un pasillo muy ancho. Unas luces muy tenues en el techo iluminaban el pasillo.
  Sir Alistair se detuvo ante una puerta muy ancha que presentaba extraños relieves, sacó la tarjeta y la introdujo en la ranura de control.  La puerta se abrió y apareció ante mis ojos un espacio muy grande.   El cubículo de sir Alistair era muy grande.
  −Oh, sire.  Tiene un cubículo muy grande.
  −Este cubículo se llama 'piso', Rewardo.
  −¿Piso? Que palabra tan extraña.
  −Sí que lo es. Se trata de una palabra antigua.
  −¿Quiere decir, sire, una palabra extinguida?
  −Eso es. Cuando alguna cosa desaparece, la palabra también lo hace.
  −¿Y cómo es que este lugar tiene tantas puertas?
  −Este lugar se llama hall. O, si lo prefieres, vestíbulo.
  −¡Oh! ¡Cuantas palabras! Hall, vest...
  −Ves−tí−bu−lo, querido Rewardo. Solo quiere decir... 'entrada'.
  −¿Entrada?
  −Aquí se quita uno el abrigo y lo cuelga. Y cuando fuera está lloviendo, deja el paraguas en este cilindro para que no se moje el suelo. Luego, uno se dirige a donde quiera entrar en ese momento.
  −¿Se dirige, sire? ¿A dónde se dirige?
  −Detrás de cada puerta hay un cubículo que tiene un nombre propio.
  −¿Un cubículo con nombre propio?
  −Eso es. Detrás de esta puerta, por ejemplo, −sir Alistair abrió la puerta −hay un... hay un cubículo peculiar, como puedes ver, y se llama cocina.
  −¡Oh! Que grande es, sire.
  −Es toda de estilo antiguo.
  −¿Para que sirve?
  −Pues... sirve para... ¿a qué no lo adivinas?
  −No, sire. No lo adivino.
  −Sirve para preparar la comida.
  −¿La comida?
  −Exactamente.
  −Y ¿usted sabe... preparar la comida, sire?
  −No. No entiendo una palabra de eso. No sé nada sobre uso de todos esos dispositivos.
  −¡Oh!
  −Los antiguos preparaban en un cubículo como este su propia comida. Pero ya nadie tiene cocina, y no sabe para que sirve ni como se usa.
  −Sire, ¿dice que los antiguos se preparaban la comida?
  −El mundo ha cambiado mucho, Rewardo. Ya nadie sabe preparar una comida. Solo los especialistas tienen esos conocimientos.
  −Entonces... ¿esta cosa para que sirve?
  −No lo sé. Creo que este lugar... tiene un toque romántico.
  −¿Romántico? ¿Qué palabra es esa?
  −Soñador.
  −Esa tampoco la conozco, sire.
  −No te preocupes. Son palabras obsoletas, usadas por los antiguos. No tenían nada más importante que hacer y pensaban mucho en las cosas más absurdas.
  −¿En las cosas más absurdas?
  −Sí. Sobre todo en las guerras. Creían que todo se solucionaba por medio de guerras. Pero, ya no podemos ser soñadores, Rewardo. Ahora estamos muy preocupados por las cosas serias.
  −¿Por las cosas serias, sire?
  −Sí, querido. Estamos muy preocupados con la productividad y la balanza de pagos. Si no trabajamos duro, nos moriremos helados el próximo invierno.
  −¿El próximo invierno?
  −Hay que pagar el petróleo y el gas, Rewardo.
  −Ya entiendo. Los antiguos no se preocupaban por esas cosas.
  −Les traía sin cuidado la balanza de pagos y no eran capaces de predecir el futuro porque desconocían el crecimiento exponencial.
  −Con tanta ignorancia ya podemos ver que eran salvajes.
  −Verdaderamente lo eran. Por el ojo divino.
  −Por el ojo divino, sire. Eran de verdad salvajes.

  Pensé que sabía muy poco del mundo antiguo, al igual que conocía muy mal el presente. Me pareció que ese cubículo llamado cocina, reflejaba algo así como un amor oculto por el pasado. La gente de rango superior, pensaba demasiado en el pasado. Algo debía haber en ese pasado, para que un personaje como sir Alistair viviera en un lugar como este, con tantos instrumentos para hacer comida. Ese era probablemente el significado de la palabra "romántico", un amor desmedido por el pasado. Un pasado que había sido exterminado de modo total.
  Se me ocurrió la idea de que las cosas del pasado debían ser muy diferentes a las de ahora.
  −Pasa, −me dijo sir Alistair. −Mira, este es el salón. Quedé muy impresionado. El cubículo era muy, muy, grande. Tan grande como la sala de conferencias de mi empresa. Y además... tenía algo muy extraño en las paredes y una gran mesa de madera en el centro. Ma−de−ra, sí. Pueden que hayan visto algo hecho de madera en un museo. Y esto de aquí era una mesa de madera de verdad.
  −¿Te gusta el salón?
  −¿Sa−lón?
  −Como puedes ver, esto no es un cubículo, Rewardo. Salón es una palabra antigua, para referirse a un espacio grande como este. Esta palabra ya no se usa.
  −¿Es una palabra extinguida?
  −Sí. Cuando algo desaparece... pues deja de usarse. La palabra asociada también desaparece, o al menos es como si hubiera desaparecido. Ahora, estos edificios han sido equipados con los restos que se salvaron del pasado. Son como piezas de museo. ¿No has estado nunca en un museo?
  −Cuando era niño, la escuela nos llevó a ver el "Museo del Mundo Antiguo". Y se podían ver allí cosas muy raras que fueron usadas por los antiguos. Aquellos eran los restos del pasado.
  −Ese museo ya se ha cerrado. La gente no tiene necesidad de ver las cosas del pasado.
  −¿Y por qué se cerró?
  −Queremos que la gente se olvide del pasado. Algunos senadores desearían volver al pasado. Pero ese viaje ya es imposible.
  −¿No se puede volver al pasado?
  −No hay trenes en dirección al pasado. Todos van al futuro. La duda que tenemos es que no se sabe si tendremos suficiente combustible para llegar. Aquellas palabras de sir Alistair me entristecieron. En verdad que parecía preocupado. Por un momento me di cuenta, que sir Alistair era un hombre del pasado. O al menos, parecía conocerlo muy bien. Y al ver este gigante cubículo llamado... sa-lón... entendí que sir Als tenía amor por el pasado. O tal vez tristeza. Había algo en el pasado que estaba extinguido. No había trenes para regresar. Por lo que solo nos quedaba la opción de ir hacia el futuro.
  El amor al pasado, parecía un privilegio de la gente con conocimientos.
  −Este edificio no es mío. Lo uso como concesión del gobierno federal y en pago por mis servicios.
  −¿No le parece una buena idea usarlo?
  −Me parece excesivo. Creo que nos estamos alejando de la virtuosa simplicidad con la que empezamos la Nueva Era. Pero, dejemos de lado esta filosofía. La filosofía solo engendra confusión. Te voy a enseñar algo que no has visto nunca. Sir Alistair me hizo una seña para acercarme a una especie de pared de cristal que mostraba mucha luz.
  −Esto es un bal-cón. ¿Que te parece?
  Me quedé asombrado al ver algo tan extraño. A través de los cristales se podía ver el espacio vacío y a cierta distancia estaban las paredes de otro edificio.
  −¿Qué es esto, sire?
  −Un balcón.
  −¿Ha dicho bal-cón, sire?
  −Esa es la palabra. Este balcón tiene vistas al parque. Una vista única en estos tiempos.
  Sir Alistair se aproximó a la pared acristalada y abrió una puerta. La pared de cristales se abrió y entró una bocanada de aire fresco en el cubículo.
  −Ven, Rewardo. Ven a mirar que "vista tan linda" tiene este "balcón".
  Me sorprendió el lenguaje de sir Alis, pues nunca había oído decir eso de "vista tan linda" y no estaba seguro de su significado.
  Me acerqué a la puerta acristalada para mirar. Sir Alistair me hizo señas con la mano para que me aproximara más al exterior. Miré hacia abajo, y sentí vértigo. Nunca había mirado al suelo desde tanta altura.
  Sir Alistair señaló, alzando ligeramente su brazo, para indicar la dirección precisa a donde debía mirar.
  Ya se acababa el día y había poca la luz. Pero, mirando a la izquierda, a donde señalaba sir Alis, podía verse algo parecido a unos árboles.
  −Ese es el parque. −Dijo sir Alistair satisfecho.
  −¿Eso de allá lejos son árboles?
  −Sí. Son los árboles del parque.
  −Es muy... ¿cómo se dice, sire?
  −Una vista muy linda.
  −¡Oh! ¡Es una vista muy linda! −Repetí.
  Me quedé asombrado con la frase. Pues los que vivimos en cubículos no sabemos lo que es una vista linda. Nuestro habitáculo es totalmente interior, lo que nos libra de los malos olores, los ruidos y las visiones nocivas del mundo exterior. Se siente uno mucho muy protegido en la intimidad de su cubículo. Y nadie puede entrar en él desde fuera, pues está totalmente bloqueado. Y se ventila perfectamente con una chimenea extractora. Tiene una entrada de aire fresco refrigerado en verano, pero caliente en invierno. La luz es suave y tamizada. Es justo la suficiente para ver lo que tengas que ver. Mayormente, lo más que ves es la pantalla de la tele veinte minutos antes de dormir.
  Mirando desde el bal-cón de sir Alis, uno podía adivinar que aquellos... aquella cosa de allá lejos eran árboles. Y que empezaban a echar las primeras hojas de la primavera. Es por eso que no se podía determinar fácilmente su condición de árboles.
  −¿Te gusta la vista? −Me preguntó sir Alistair.
  −Es muy bella, sire. −Lo dije cuidando mi dicción al hablar, pues los empleados del comercio no usamos un lenguaje muy refinado.
  −Bueno. Vamos a charlar un poco. −Dijo sir Als.
  Sir Alistair cerró la puerta acristalada y dejó de sentirse el aire frío. La primavera iba algo retrasada; de pronto se había metido de pronto un viento frío del noroeste.



La Entrevista



  Sir Als cerró la puerta acristalada y me dijo,
  −Vamos al salón.
  El sire se fue a una puerta, la abrió y me dijo,
  −-Pasa, Rewardo.
  Al entrar me quedé impresionado por las grandes dimensiones del cubículo, que contenía una serie de muebles extraños que nunca había visto, por lo que deduje que eran muebles de los antiguos.
  −Siéntate ahí, −me dijo.
  −¿Dónde, sire?
  −En ese sofá. −Dijo sir Als señalando un extraño mueble-asiento muy ancho y cubierto de una especie de substancia plástica.
  −¿Ha dicho aquí, sire? −Dije señalando con mi mano al extraño mueble.
  −Sí, Rewardo. −Me respondió. −Ponte cómodo.
  Con cierta preocupación me senté en aquella cosa y el asiento cedió ligeramente.  Mi trasero se acomodó sobre una superficie mullida, como si fuera un futón doblado en dos o tres partes.
  Sir Alistair se acercó a un mueble con puertas acristaladas donde había botellas de formas raras y muchos vasos. Cogió una botella muy decorada con letras y con la otra mano cogió dos vasos de cristal. Los trajo hasta donde yo estaba sentado y los puso sobre una mesa baja que allí había, delante de mí.
  Sire se sentó delante de mí, en otro mueble semejante al que yo estaba usando.
  −Relájese, Rewy. Supongo que no te molesta si te llamo Rewy. Parece más amistoso.
  −Oh, no tiene importancia. Mi jefe de la oficina también me llama Rewy.
  −Le voy a proponer es una rara experiencia, probar una bebida exótica.
  Sir Als echó un líquido dorado en ambos vasos.
  −Esta es una bebida de los antiguos.  −Dijo sir Als.  −Se tomaba mucho en el pasado. Se llama Bour−bon.
  −¿Bour−bon?
  −Creo que aún se sigue bebiendo en algunos estados rurales; Tennessee, Mississippi, Arkansas. Es posible que tengas que ir a alguno de esos estados en una misión federal.
  Sir Alistair levantó el vaso y dijo,
  −¡A tú salud!
  −De salud estoy bien, gracias. −Le dije a sir Alis.
  −No preguntaba por tu salud, Rewy. Se trata de una fórmula antigua de cortesía, se usaba antes de tomar una bebida.
  −O sea que esto es un...
  −Un rito social. Es algo que se dice en algunas regiones cuando te invitan a una bebida. Quien ofrece la bebida, dice "a tu salud", y el invitado, responde repitiendo lo mismo.
  Sir Als levantó el vaso y dijo,
  −¡A tu salud!
  −A su salud, sire.  −Les respondí sin saber que hacer.
  Sir Alis, con el vaso en la mano, me miró fijamente a la cara y me dijo,
  −Es una bebida algo fuerte, Rewardo. Nadie toma esto en Nueva York, por los husmeos del olfabot. Teóricamente, esta bebida está prohibida en el estado de Nueva York, para reforzar el bushido. Ahora solo tomamos sake o cerveza. Debido a la potencia de este líquido, lo tienes que tomar en cortos sorbos, sin saborearlo.
  Sir Als se llevó el vaso a los labios y yo hice lo mismo.
  La bebida tenía un sabor horrible. Hice una mueca de desagrado.
  −¿Te sabe mal, eh?
  −Es horrible, sire.
  −Esto lo tomaban los antiguos como quien se toma un vaso de agua.
  −Parece una bebida a tono con su fama de salvajes.
  −Debido a tu misión, tendrás que aprender a tomar esta bebida, Rewardo. Pero no podrás hacer una mueca de desagrado. Es más, tendrás que mostrar signos de que te encanta.  Además, debes halagar la calidad del Bourbon a tu anfitrión.
  −¿Mi anfi... qué? ¿Qué palabra es esa, señor?
  −An−fi−trión, Rewardo. Los antiguos eran amantes de visitarse los unos a los otros. Entonces, la persona que recibe a otra en su casa se llama an−fi−trión. Por ejemplo, ahora yo soy el anfitrión, pues te he recibido en mi casa.
  −¡Oh! Sire, entonces es usted el an−fi... anfi−trión.
  −Esta costumbre de recibir gente en casa aún persiste entre la clase gobernante de hoy día. Y todavía son muy corrientes en algunos estados rurales, como ya dije.
  −Esta costumbre persiste... entre la clase gober... y los estados... ya entiendo.
  −Para que quede completa la lección de hoy... debo añadir que tú eres el hues−ped.
  −¡Oh! Es decir... yo soy el hu−es−ped.
  −Eso es. Tomemos otro poco de este maravilloso Bourbon, Rewardo.
  Sir Als levantó el vaso e hice lo propio. Al tragar aquello, sentí como una descarga eléctrica y un sabor desagradable en la boca. Creo que en mi cerebro se produjo una perceptible conmoción eléctrica. Hice un esfuerzo para no mostrar la mueca de desagrado.
  −Piensa, Rewardo. El anfitrión espera un halago por la calidad del Bourbon que te ha ofrecido.
  −¿Un halago? ¡Ah, sí, claro! Tiene usted... un excelente.... Bourbon, sire.
  −Muy bien. Ya veo que lo vas cogiendo.
  Sir Als siguió hablando de Tennessee y Mississippi, y contaba algunas cosas raras de los antiguos. Lo más chocante fue oír que presumían de aguantar muy bien esta horrible bebida.
  Al rato, sir Als levantó otra vez el vaso.
  −Tomemos otro trago de este Bourbon, Rewardo.
  Volví a tomar el resto de bebida que quedaba.
  −Entre los antiguos, beber mucho Bourbon era un alarde de hombría.
  −Era un alarde de... hom... bre... ría. −Dije tartamudeado ligeramente.
  Esto de la hom−bre−ría no lo entendí. Todos nos educamos igual, hombres y mujeres, y nadie en este mundo dice que uno es más hom−bre−ro o más mu−jer−ero. Porque todos trabajamos en lo mismo, y no hay diferencias entre nosotros, salvo que a las mujeres no las puedes tocar; no puedes tener el menor roce con ellas. Esa es la única cosa que nos separa. Pero, eso no significa que a los hombres... les agrade que los toques. Pero toleran mejor el rozamiento si no parece intencionado o excesivo. Digamos que entre los hombres, se tolera un poco de roce. Y lo mismo ocurre entre ellas, que sí se pueden rozar un poco las unas a las otras sin problemas. Hay otras diferencias entre hombres y mujeres. He oído decir que las mujeres no tienen apéndice urinario como los hombres, por lo que suelen orinar sentadas. La primera vez que oí tal cosa en el colegio, me sorprendió mucho. Pero es algo que no se puede discutir porque los hombres y las mujeres usamos cubículos evacuatorios separados. No hay pues un modo en que... Es decir, no he podido ver a una mujer orinando, por lo que ignoro si de verdad les falta el apéndice. Recuerdo a Bad-Boy del colegio diciendo, "por falta de este apéndice, las mujeres no pueden dirigir el chorro a donde quieran como yo." Y esparcía la orina a derecha e izquierda sobre la nieve, haciendo un dibujo oscuro en forma de círculo. Luego añadió, "tampoco pueden ganar un concurso a ver quien orina más lejos." Y arqueando su cuerpo, levantó el apéndice, que era bastante largo, y su chorro llegaba más lejos que nadie sobre la nieve. Nadie se atrevió a competir con Bad-boy, aunque algunos lo intentaron.

  Debido a los efectos nocivos de la bebida, empezaba a sentir una especie de mareo.
  Sir Alistair sonrió con malicia al verme los ojos un tanto descarriados.
  −¿Sientes mareo, Rewardo?
  −Así es, sire.
  −Son los efectos del Bourbon.
  −¿Los efectos del...?
  −El Bourbon tiene mucho alcohol. Te has bebido el equivalente a seis o siete botellines de cerveza.
  −¿Seis o siete botellines?
  −Por lo menos. En el mundo de los antiguos... esto era un signo de... no lo vas a entender. Aguantar mucha bebida era un signo de virilidad.
  Yo me sentía mareado, y no entendía lo que sir Als decía.
  −¿Un sig-no... de qué, sire?
  Mi lengua se estaba volviendo torpe al hablar.
  −Un signo de vi-ri-li-dad. Pronto, alguien tendrá que explicarte que es esto de la virilidad. Porque se trata de una cualidad muy propia de los antiguos. Esto es algo que se ha extinguido entre nosotros tras la Gran Hecatombe.
  −¿Se ha... ex... ex.. tin... tin... gui... do?
  Hablé tartamudeando y esto me dio una risa muy tonta.
  −Veo que estás un poco borracho. Te voy a dar unas gotas de un antídoto perfecto contra el alcohol. En dos o tres minutos se te pasará el mareo.
  Sir Als se fue al mueble acristalado, y sacó un frasco pequeño. Cogió una botella de agua y echó un poco en mi vaso; luego añadió unas cuantas gotas.
  −Bébete eso.  −Dijo sir Alis.
  Me bebí el agua sin pestañear.
  −En un momento se te pasa el mareo.
  Sir Alistair se quedó mirándome. Tal vez esperando ver los signos del antídoto que me había dado. Me entretuvo hablando de cosas de los antiguos que no puedo recordar, y poco a poco, el efecto del alcohol se me fue pasando.
  −Te sientes mejor?
  −Sí, sire. Ya me siento mejor.
  −Me alegro de ello. ¿Que te ha parecido la experiencia?
  −¿Qué experiencia?
  −La del Bourbon.
  −Es terrible, sire.
  −En el pasado, los hombres poderosos solían tener una resistencia mayor al Bourbon que los subordinados. Y se establecía un cierta medida del estatus social por la resistencia al alcohol.
  −No entiendo.
  −En el presente, toda la gente es igual. Excepto los senadores, que son gente aparte, y los altos funcionarios del estado. Los demás son todos iguales, y nadie tiene que medir el estatus del otro. No existe una lucha por el poder en la nueva era, pues todos somos iguales.
  −Eso es. Sin embargo... yo soy encargado de sector en la oficina.
  −Ya no lo eres. Efectivamente... unos tienen algo de mando sobre los demás, pero todos están subordinados a la economía y el estado. Todos somos esclavos de la balanza de pagos por cuenta corriente, Rewardo. No podemos jugar con eso. Todo el petróleo y el gas que gastamos viene del extranjero y hay que pagarlo enseguida. Antes de que salga el petrolero, ya tienes que haberlo pagado. El comercio de la energía es algo muy serio, y muy caro. Si dejamos de pagar, no verás un solo petrolero aproximarse a las costas de los EE.UU. Tampoco verás llegar a un solo barco contenedor de gas líquido. Los gasoductos del Canadá se quedarán de inmediato sin presión, y la consecuencia de eso es que muchos se morirán helados el próximo invierno. Los trenes no podrán circular por falta de energía y las centrales eléctricas dejarían de generar electricidad. Se nos está acabando el carbón, y si fuéramos a quemar madera, los bosques en las centrales térmicas, no nos durarían ni dos años.
  −No sabía que estamos tan mal.
  −No estamos tan mal. Estamos mejor que otros países. Pero si dejamos de trabajar duro, entonces si estaremos mal de verdad.
  −Con frecuencia, sire, parece que estamos hablando del pasado.
  −Tendrás que hacer un curso sobre el pasado para ser investigador.
  −¿Un curso sobre el pasado?
  −Sí. En él te darán unas nociones sobre el pasado. De ese modo, vas a entender la necesidad que tenemos de proteger el presente.
  −Proteger el presente. Eso suena muy bien.
  −Hay que defenderlo contra los agentes enemigos. Estos vienen desde el pasado al presente. Y vienen para destruir nuestro modo de vida.
  −¿Vienen del pasado, sire?
  −Es aún peor. Esos agentes destructores son... por decirlo de otra manera, son el pasado hecho presente; un enemigo de carne y hueso.
  Esta frase de sir Alistair me dejó un tanto preocupado. Pues el señor usaba un lenguaje muy extraño. "Un enemigo de carne y hueso". Esta era una frase, realmente rara. Imaginé que era una frase procedente del pasado. Un pasado que empezaba adivinar como muy malo. Algo que casi desconocemos hoy día, y que nos da una sensación... ya extinguida, el miedo. Nadie siente miedo hoy día, porque todo está previsto y conocido con todo detalle. Aunque a veces... uno siente una emoción... que nos hace sentir mal. Esa misma sensación que tuve cuando... cuando me enteré que Johny había sido declarado deficiente.
  Al verme callado, sir Alistair trató de iluminar mi mente con algunas de sus preocupaciones.
  −Los agentes enemigos se han infiltrado entre nosotros.
  Sir Alistair hizo una pausa y no me atreví a interrumpir el curso de sus preocupaciones.
  −Raramente se habla de esto por la tele.  −Siguió diciendo.  −No queremos provocar alarmas. La productividad caería. El desánimo nos volvería perezosos.
  Sir Alistair guardó unos cuantos segundos de silencio. Luego añadió,
  −Hay muchas potencias hostiles. Y viven anclados en la pasado.
  −Quieren apropiarse de nuestros ricos pastos, -le dije a sir Alistair
  −Quieren apoderarse de nuestros fértiles campos de trigo y de maíz.
  Esto lo dije al recordar una frase muy repetida en la escuela. Sir Alistair guardó silencio durante quince o veinte segundos.
  −Tienen envidia de nuestra prosperidad. -Dijo sir Als. -No podemos bajar la guardia, querido Rewardo.
  Me sentí muy halagado al oír que me decía "querido Rewardo". Esta palabra, "querido" solo se usa en la escuela hasta que tienes unos catorce años de edad. Luego, cuando empiezas el bachillerato, cuando vas a la escuela técnica, o entras a trabajar, ya nunca más eres "querido Rewardo, " o "querido Jon". Ya no eres otra cosa que un "compa". Compa tal o compa cual. Sir Alistair callaba, parecía sumido en un mar de preocupaciones. Sentí la necesidad de decir algo para demostrarle que también era sensible a los problemas que le agobiaban.
  −Si hay que trabajar duro para capturar al enemigo, puede contar conmigo, sire.
  −Te elegí porque... intuí la nobleza de tu carácter, querido Rewardo.
  Me alegré de ver que volvía a llamarme "querido".
  −Gracias, sire. Prometo no decepcionarle.
  −Tengo planes especiales para usted.
  −¿Planes... especiales?
  −Eso es. Ya he arreglado todos los papeles. Desde ahora no irás a trabajar a la oficina.
  −Se van a extrañar de eso, sire.
  −No se van a extrañar. Simplemente has muerto. Ya no existes.
  −¿Ya no existo?
  −Mañana mismo, sabrán que has muerto en un accidente de tren.
  −¿En un accidente?
  −Hay que borrar todas las pistas de tu existencia.
  −Aparecerás con otro nombre al empezar el curso en la agencia.
  −¿Con otro nombre? Oh, sire. Que emocionante.
  −Tendrás otro nombre y otra historia.
  −Oh! No puedo creerlo. Estoy abrumado.
  Sir Alistair se volvió a quedarse solo con sus pensamientos.  No me atreví a decir una palabra.




Los libros antiguos




  −Querido Rewardo, he preparado un cubículo para que duermas en mi piso. - −Dijo sir Alistair.
  −¿Dormir en su piso, sire?
  − Así es, Rewardo.
  −El "vigi" va a generar una alarma, sire. Notará que falto en mi cubículo.
  −No habrá problemas. Recuerda que a estás horas ya debes estar muerto.
  −¿Muerto? ¡Oh, ya recuerdo! ¡Por el ojo divino! Esto es emocionante.
  −Solo el Vigi sabe ya quien eres y donde estás.
  Sir Alistair me llevó al cubículo donde yo iba a pasar la noche. Era de un cubi grandes dimensiones. El lecho no era un simple futón en el suelo, sino...
  −Este cubículo no tiene futón.
  −No lo tiene. En lugar del futón tiene algo parecido a la litera del colegio, y este algo se llama cama.
  −Pero esta litera es más ancha.
  −Es un mueble al estilo de los antiguos. Pruébalo. Échate encima, sin miedo.
  Me eché sobre la cosa antigua y era demasiado mullida. No estaba seguro de que pudiera dormir bien en esa cosa. Me dejé caer varias veces sobre el extraño futón de los antiguos y era agradable.
  Sir Alistair me miraba sonriendo como si yo fuera un niño jugando.
  −Oh, sire. Esta... cosa es muy rara. No sé si podré dormir en ella. ¿No tiene un futón? Es por si no puedo dormir en esta litera.
  −Dentro de este mueble hay un futón y una manta ligera por si tienes frío de noche.
  Sir Alistari abrió la puerta de un mueble hecho de una rara materia, llamada madera. Amablemente, sire me mostró el futón y la manta.
  −Pero, no vas a dormir todavía. Te voy a enseñar otra cosa.
  Salimos del cubículo al pasillo y Sir Alistair se detuvo delante de una puerta y la abrió.
  −Este es... el cubículo evacuatorio, Rewardo. Acércate, mira. Al acabar el servicio, aprietas este círculo metálico para arrastrar la materia.
  Sir Alistair hizo una demostración apretando el dispositivo metálico y un potente chorro de agua surgió con gran fuerza.
  Luego, salimos fuera y sir Als abrió otra puerta.
  −Pasa. Esta es la bi-blio-teca.
  −¿La bi-blio-teca? Supongo que debe ser una palabra extinguida.
  −En efecto. Es una palabra extranjera.
  −Y ¿qué quiere decir?
  −Colección de libros. Pero no son libros de cuentas, ni memorandos, ni informes técnicos o cosas útiles. Tampoco son libros escolares o de estudio sobre temas de matemáticas, ingeniería, física o genética. Solo se trata de libros vulgares antiguos.
  −¿Y donde están esos libros, sire?
  −¿Qué dónde están?
  −Sí. No los veo.
  −Todo eso que ves delante de ti son libros.
  −Sigo sin verlos.
  −Ven, acércate.
  Sir Alistair se acercó a la extraña pared, toda llena de pequeñas puertas con cristales. Todas las paredes del cubículo estaban llenas de estas puertas y sir Als abrió una y sacó un objeto de allí.
  −¿Lo ves? Esto es un libro.
  Sir Alistair me mostraba una cosa rara. Estaba por fuera todo cubierto de una materia desconocida y las hojas eran de un ligero color amarillento. Salvo por el tamaño, el grosor, el color y el aspecto externo, aquel objeto tenía cierto parecido a los libros. Y al ver las páginas escritas... pues estaba claro que era un libro, pero su aspecto era un tanto raro.
  −¡Oh! ¿Y esto es un libro... antiguo? Nunca oí hablar a nadie de libros antiguos.
  −No había motivo alguno. Era casi imposible que alguien te hablara de libros antiguos.
  −¿Por qué?
  − Se quemaron todos.
  −¿Todos?
  −Bueno, casi todos. Digamos que fueron exterminados. Se prohibió hablar de su existencia, pues eran productos tóxicos.
  −¿Tóxicos? ¿Se refiere a que eran venenosos?
  −Envenenaban la mente de la gente.
  −Nunca imaginé que los antiguos escribieran libros.
  −Era uno de sus vicios preferidos. Los antiguos tenían mucho tiempo libre y lo malgastaban leyendo historias falsas.
  −¿Para que les servían, sire?
  −¿A que te refieres?
  −Que si esos libros se usaban para equilibrar la balanza comercial o algo parecido.
  −No, querido Rewardo. Contaban historias falsas que solo servían para crear perezosos o provocar guerras.
  −¿Gue-rras?
  −Es otra palabra extinguida.
  −¡Cuantas extinciones!
  − Casi se extingue la humanidad entera.
   Quedamos en silencio durante varios segundos. Las ideas se agolpaban en mi mente como los chiquillos de la escuela cuando quieren salir todos a la vez por la puerta que da paso al patio de recreo.
  Sentí que debía decir algo para demostrarle al sire que estaba de su lado.
  −Si esos libros son tóxicos, le prometo, sire, que no leeré ninguno.
  −En eso te equivocas, Rewardo. Debes leer algunos de estos libros. Al menos, solo unas cuantas páginas elegidas por mí.
  −Pero, sire. ¡Esos libros son tóxicos!
  −Solo era una metáfora.
  Mi mente exclamó, "por el ojo divino. Una metáfona". Otra palabra extinguida. No quise molestar a Sir Alistair preguntando que cosa eran esas metáfonas. Ya no podía más con tantas palabras extinguidas.
  Tras varios segundos, sire me dijo,
  −Esos libros... fueron escritos por los enemigos del orden y la paz.
  −¿Libros enemigos? Entonces no voy a leerlos.
  −Todo lo contrario, Rewy. Existe un viejo decreto que ordena, "conoce a tu enemigo." Y este dicho es precisamente el lema de los agentes federales de inteligencia.
  −¡Oh! Entonces tendré que leer todos esos... ¿todas esas paredes están llenas de productos tóxicos?
  −Por fortuna, no tendrás que leer casi nada de lo que hay aquí.
  −¿No?
  −Aquí debe haber unos diez mil libros antiguos. Si lees tres horas diarias, eso hace al año 1.100 horas. Y eso significa que solo has podido leer 55 libros. Si fueras a leerlos todos, eso te llevaría 180 años.
  −¡Por el ojo divino! ¡Ciento ochenta años! Uno no puede vivir tanto tiempo.
  −Por el ojo divino, que sería demencial leer tanta basura.
  −Basura tóxica.
  −Exacto.
  −Te voy a proponer que leas...
  Sir Alistair se puso a buscar un libro perdido entre muchos.
  −Te voy a proponer que leas este libro. Es una historia titulada Crimen y castigo. Esta escrito por un autor ruso llamado Dostoyesky. Es decir era una persona que vivía en una tierra salvaje llamada Rusia. No sé si la recordarás de la escuela. Era un país muy grande situado entre Europa y Asía. Puedes haberlo visto alguna vez en un libro de mapas en la escuela. Aunque me parece que en la escuela no se enseña la geografía. Es probable que no hayas oído hablar nunca de Rusia. Este autor cuenta una historia sin sentido para el hombre civilizado de la Nueva Era. Sin embargo, cientos de miles de personas antiguas se entusiasmaron leyendo esta... esta cosa. Se llamaba "novela", una palabra extinguida. Estos antiguos debían tener la mente muy averiada, pues esta novela les pareció lo mejor de su tiempo.
  −¿Lo mejor de su tiempo?
  −Solo vas a leer unas diez o veinte páginas, claro. Pero espera. Debe haber por aquí...
  Sir Alistair se puso a buscar otro libro más. Encontró uno muy gordo y lo cogió.
  −Este libro es... un lexiconio usado por los antiguos.
  −¿Un lexiconio?
  −Al leer este libro, Crimen y Castigo, vas a encontrar muchas palabras que están extinguidas. Por lo tanto, si una palabra se repite mucho y no la entiendes, la buscas en este lexiconio y te enteras de su significado. Es posible que entiendas la definición, pues el idioma antiguo no es tan diferente de la neolengua.
  −O sea que no es tan diferente.
  −No lo es. Pero puede ocurrir que no entiendas la definición del lexiconio, pues está basada en palabras ya extinguidas.
  −¡Oh! ¿Qué hago entonces?
  −Nada. No te mortifiques por eso. Si no entiendes alguna frase, pues no pasa nada. Sigue leyendo. No existen lexiconios que traduzcan la lengua de los antiguos a la actual. No tendría ningún sentido hacer un lexiconio tal, pues los libros antiguos no los puede leer nadie; han sido prohibidos.
  −Prohibidos.
  −Eso es. Tu caso es una excepción. Un agente federal y debe saber asuntos que los demás ignoran.
  −Ya entiendo. Debo aprender cosas prohibidas.
  −Así es. Esta noche te puedes pasar un par de horas leyendo ese libro. La lectura de cada página te llevará como cuatro minutos, pues tiene un lenguaje difícil.
  Sir Als me dio ambos libros y me indicó una mesa muy gruesa hecha de una materia antigua.
  −Que mesa tan extraña, sire.
  −Es una mesa antigua. Está hecha de madera. Es muy valiosa, pues ya ves todos estos extraños relieves que tiene, pues sabrás que todo esto fue hecho a mano por trabajadores antiguos. Realmente, esta mesa es tan valiosa que no es mía. Es propiedad del gobierno.
  −¿Propiedad del gobierno?
  −No gano lo suficiente para comprar una cosa así. Solo los jeques árabes pueden comprar estas cosas.
  −No sabía que... o sea que esta mesa es algo muy caro.
  −Efectivamente. Pero, te puedes sentar en esa silla a leer. - Dijo sir Als señalando una silla de forma muy complicada y bastante rara.
  −¡Oh! ¡Así que esto es una silla!
  −Es una joya de mueble. Estas sillas están talladas en...
  −¿También es de madera, sire?
  −Es mucho más que eso, Rewardo. Está hecha con "madera de roble". Se decía que era una "madera noble".
  −¡Oh!
  −Esta mesa está hecha, por tanto, con la madera de un árbol extinguido. Hubo una pausa en la que yo estaba con la boca abierta mirando los extraños relieves del borde de la mesa.
  −Todos estos relieves se hacían a mano, con instrumentos cortantes de acero, y le daban brillo con papeles cubiertos de diminutos cristales. Luego le aplicaban una especie de sustancia transparente que al secarse permitía ver las líneas de la madera en toda su belleza.
  −¿Y ¿lo hacían a mano?
  −Casi todos estos muebles se hacían a mano. Pero solo los podían comprar la gente de clase superior; pues eran productos muy caros.
  −O sea... la clase... ¿se refiere a los senadores?
  −Sí. Los senadores, por ejemplo, podían comprar estos muebles. Y también los directivos de las finanzas y las grandes empresas.
  −Y ¿esta silla?
  −Observa toda la complejidad del diseño de esta silla, Rewardo. Es una especie de mueble muy valioso. Existen pocas sillas como esta en el mundo. Observa la perfección en las conexiones de las diversas partes. Y lo complicado de sus perfiles. Esto solo se puede hacer con las habilidosas manos de una persona inteligente.
  −¿Los antiguos eran inteligentes?
  −Naturalmente, Rewardo. Pero su sistema social estaba lleno de defectos.
  −¿Ya no se hacen estas cosas?
  −No sería rentable. En todos los países tienen esclavos habilidosos capaces de hacer estos muebles. Pero, de otra parte, este tipo de madera ya no existe. No soy un experto, de modo que esto que digo solo es una hipótesis. Es posible que en alguna parte del mundo, algún esclavo con dotes de artista haga algo parecido a esta silla. Pero debe ser algo raro y muy caro. No tengo conocimiento de que existan este tipo de muebles en el mercado internacional.
  −¡Oh!
  −Bueno, Rewardo. Ahora tengo que hacer otro trabajo. Ya puedes empezar con la lectura. No te vayas a pasar toda la noche leyendo pues te podría provocar un daño serio en las neuronas. Basta con que leas un par de horas.
  −¿Un par de horas, sire?
  −Tal vez sea demasiado. Puedes dejarlo antes si sientes dolor de cabeza. Ajusta el reloj para que te avise a los 120 minutos.
  −¿Puedo dejarlo si me siento mal?
  −Claro, ese libro es como el Bourbon que te di a beber hace un rato; es un producto tóxico. Y no tenemos antídoto para los estragos que puede causar la lectura de estas obras antiguas. Es posible que no puedas leer ni siquiera media hora. Algunos han sentido cefalea a los quince o veinte minutos de empezar a leer una cosa así. Si te sientes mal, puedes dejar el libro sobre la mesa y mañana te tomarás otra dosis. El curso de formación no empezará hasta el lunes próximo. Ahora te pones a leer.
  −A sus órdenes , sire.
  −Buenas noches, Rewardo.
  Sir Alistair se fue y me dejó con aquella cosa tóxica de los antiguos. Realmente, los antiguos llevaban muy mala vida, si leían estas cosas tan peligrosas.

  Cuando sir Alistair salió me puse a mirar aquella cosa-libro antiguo. Las cubiertas del libro no eran flexibles, sino duras, rígidas, aunque se abría y cerraba tan bien que el libro parecía tener una delicada e inteligente bisagra. La cubierta del libro tenía algo como acolchado. Imaginé que la cosa dura de interior estaría cubierta por un futón muy fino. Pero la parte externa del futón no mostraba una superficie de tejido al uso del futón o el edredón, sino una superficie vagamente porosa, pero al mismo tiempo continua, que resultaba muy agradable al tacto. Pude observar que aquella superficie mostraba una serie de diminutos agujeros, como si fueran poros. Un poco como los poros de la piel de uno mismo en los brazos o las piernas, alrededor del vello corporal. Me refiero a la piel cuando uno se desnuda y hace frío. Se me ocurrió la loca idea de que los antiguos no tenían plásticos, y que por tanto usaban la piel de algún animal para cubrir el exterior del libro. Las letras del título, Crimen y Castigo, así como el nombre del autor, Fyodor Dostoyevski, estaban como hundidas y tenían un brillo metálico dorado. Sir Alistair me había dejado una nota, sobre las páginas que debía leer. Añadió algunas instrucciones sobre unas preguntas que debía contestar referidas a la historia de este libro.



Varios Fragmentos


Las zonas deshabitadas

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La parte que sigue debe estar relacionada con un cursillo.

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Se dice que los antiguos, millones de ellos, vivían diseminados en estas zonas deshabitadas. Los zorros, lobos y otras fieras salvajes acechaban de noche alrededor de las casas de los humanos buscando comida. De cuando en cuando los lobos salvajes devoraban a lobos domésticos que la gente tenía en los jardines de sus casas. Pues los antiguos tenían una rara fascinación por los animales salvajes, lo que probablemente era sentimiento arcaico, de cuando los hombres eran igual de salvajes que los cuadrúpedos. Es decir, hubo un tiempo en que los humanos primitivos cazaban animales con flechas y lanzas. También recolectaban de bayas, raíces tuberosas de plantas salvajes y los frutos de los árboles. Los lobos domésticos advertían a los hombres antiguos con sus gritos de alarma, denunciando la presencia de fieras salvajes al acecho. Pero no era raro que los lobos salvajes o los osos devoraran a los lobos que vivían junto a las casas de los humanos, especialmente en los meses de invierno. Con frecuencia las fieras devoraban igualmente a los cachorros humanos. Pues habéis de saber que los antiguos tenían a sus cachorros viviendo con ellos en sus cabañas como si fuera la cosa más natural del mundo. Esta aberración es algo de lo que hemos sido liberados gracias a la civilización tan avanzada que tenemos. Hemos comprendido que para fabricar y alimentar a los cachorros humanos de un modo eficiente y perfecto, lo mejor es dejarlo al cargo de personas especializadas. Esto es lo que se hace en las colonias reproductoras donde se fabrican nuevos seres humanos continuamente y en las guarderías cuidan de esos cachorros con gran eficacia en esta fase de su vida que da mucho trabajo. Ocurre que la inteligencia de los humanos en esta fase temprana de la existencia no les permite alimentarse por sí mismos. De modo que no pueden ir a la escuela hasta que no saben comer solos delante de un plato y hasta que no sean capaces de andar de un lado para otro sin caerse al suelo.

Me dieron a leer un informe donde declaraba que todas estas praderas, y estos bosques, estaban llenos de casas muy grandes donde vivían tres o cinco personas. Esto les causaba grandes fricciones entre ellos, pues esta convivencia forzada les provocada un espíritu muy agresivo. Esta es una de las razones que explican la extrema belicosidad de los antiguos. Nosotros, por el contrario, somos unos seres pacíficos y tranquilos, debido a que cada uno vive en su propio cubil, o cubículo, y este estrés debido al hacinamiento solo lo sentimos en las horas de trabajo y en los transportes públicos. Es en estos transportes precisamente, cuando sufrimos más angustia, porque los trenes van abarrotados de gente y es una sensación muy desagradable, sentir tu cuerpo presionado por los cuerpos de otras personas. Por fortuna el viaje dura poco, y al fin respiramos aliviados en el trabajo porque existe una mayor distancia entre las personas. En las oficinas no puedes evitar el rozar a alguien con el codo al pasar, o sentir que alguien nos roza igualmente al pasar de un sitio a otro. Esto resulta muy angustioso y nos provoca reacciones de hostilidad contenida. Es decir que no podemos manifestar objetivamente nuestro enfado pues podríamos vernos metidos en problemas. Lo más que se puede tolerar es un ligero gesto de fastidio cuando alguien nos roza.

También ocurre que no nos agradan nada los olores corporales de los demás, pues esto suele ser desagradable. Definitivamente, somos muy afortunados al poder pasar unas cuantas horas descansando solos en nuestro propio cubil, sin que tener que soportar el olor de los demás con una proximidad ofensiva.

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Informe sobre La Gran Guerra.


Estábamos esperando que empezara la clase, y nos habían dicho que era muy importante. Guardábamos silencio como corresponde a personas que han sido bien condicionadas y solo teníamos unos errores conductuales de escasa importancia.

Apareció el profesor. Era un ser vestido de un modo un tanto extraño e imponente, con un extraño traje de tejido muy grueso, de color muy oscuro iluminado por algunas franjas de colores verde y naranja. Y la extrañeza provocada por la rara vestimenta del profesor, quedaba reforzada por la abundante acumulación de pelos en su barbilla. El hecho de que esta persona no fuera rasurada como todo el mundo, ya decía mucho sobre la personalidad anormal de este profesor. No le habrían permitido mostrar estos signos de excentricidad si no fuera un ser extraordinario. A cualquier persona ordinaria ya le habrían enviado a una clínica de rectificado de la conducta solo por no afeitarse diariamente, o por no llevar la indumentaria propia de su categoría.

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− Buenas, soy el Dr. DeWaltman, John John. Y tengo por misión en esta clase hablaros de algo... algo...

El profesor se detuvo, como para causar más impresión a los alumnos.

− Debo advertiros que sobre el contenido de esta clase no se darán notas escritas. Todo lo que se diga en esta clase es solo para vuestros oídos. Y no será tampoco para vuestros labios, pues se trata de un material muy sensible y “secreto”.

Todos quedaron impresionados con esta palabra incomprensible.

− La palabra “secreto” es desconocida. Esto es debido a que vivimos en una sociedad transparente. ¡Por el ojo divino!

− ¡Por el ojo divino! − Murmuramos todos.

− Secreto es... una palabra de los antiguos.

Todos sentimos una especie de escalofrío en nuestro espinazo, pues sobre las cosas de los antiguos era preferible no saber nada. Sin embargo, ya que estábamos obligados a enterarnos, nos sentíamos muy excitados con la perspectiva de saber algo sobre los antiguos.

− Y, por este motivo, − dijo el profesor, − os voy a contar algo sobre el pasado. Eso significa que no podréis contar nada de lo que oigáis aquí, ni podéis tomar notas. Y no podéis hacerlo, por causa de que... esta materia trata de un asunto en extremo peligroso llamado... “historia”. Esta es una de esas palabras que se extinguieron tras La Gran Guerra. El conocimiento del pasado fue declarado extinto, y por eso se destruyeron todos los libros que que no fueran estrictamente técnicos o científicos.

El profesor DeWaltman estaba nervioso. Hizo una pausa, se acarició los extraordinarios pelos, que le salían en el mentón de su cara y luego tomó un sorbo de agua.

− Como agentes del gobierno vais a ser informados de ciertos asuntos relativos al “pasado”. Se supone que un poco de conocimiento de conocimiento sobre el pasado puede ayudaros a entender cuales son males que acechan a nuestra sociedad. Estos males no vienen de nosotros mismos, no vienen de nuestras propias instituciones, ni de nuestros ciudadanos. Los males que tratamos de identificar y destruir nos vienen directamente del pasado. Provienen de agentes extranjeros que viven aún en el pasado. Y el conocimiento detallado del pasado se conoce con una palabra que no se puede mencionar, “historia”.

El profesor hizo una pausa para acariciarse los pelos del mentón.

(seguir con el desarrollo de la presentación)

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− Se dice que una sociedad con manía logorreica es una plaga para la economía de las naciones. Por eso hemos reducido estos males a su mínima expresión. En el tiempo de los antiguos, esta manía parlatoria fue la causa de mortíferas guerras.

El profesor hizo una pausa para tomar agua.

− Sin embargo, aunque el parloteo era sin duda una plaga, no es seguro que La Gran Guerra ocurriera por causa del parloteo político. El consenso actual de los estudiosos, es que la Gran Guerra ocurrió por causa de lo caro que se puso el petróleo. Todos ansiaban tener un control sobre ese producto cada vez más escaso. Y este deseo de control era una tentación imposible resistir. A mil dólares el barril, se había disparado la inflación a la estratosfera y el precio de la comida se puso igualmente por las nubes.

Estábamos sorprendidos de estas expresiones raras, inflación a la estratosfera, y lo de la comida por las nubes.

El profesor vio el asombro que causaban sus palabras.

− Estas frases chocantes proceden directamente del pasado. Y los agentes enemigos aún las usan. Aprenderéis algunas nociones de lenguaje antiguo, debido a que a los enemigos de nuestra sociedad hablan una lengua llena de vocablos antiguos que han quedado en desuso en este país.

El profesor hizo una pausa, para intentar concentrarse, pues estaba claro que se había desviado del tema que inició su exposición.

− Debido a la crisis del petróleo los transportes públicos se habían puesto muy caros. Pero la parte peor afectó a los cereales que se habían puesto a unos precios nunca vistos. Todo esto ocurrió porque la comida barata, era consecuencia del uso intensivo de máquinas que funcionan con derivados del petróleo.

Todos nos quedamos sorprendidos de oír esto.

− Ya no era posible alimentar al ganado con piensos, ni a las gallinas, a los cerdos o los pollos que se convirtieron en comida para gente rica. Y los huevos en una delicia fuera del alcance de la gente corriente.

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Nadie consideraba una noticia ni un problema que en África o en América Latina, la gente se estuviera muriendo de hambre. El problema más serio, para nosotros era que la gente ya no podía comer carne, ni huevos, y la gente se gastaba su gran parte de su paga en comprar coles y patatas.

Los presentes no entendíamos este lenguaje. Empezábamos a ver que la historia era una materia muy enrevesada, llena de palabras extintas.

Al ver nuestra cara de atontamiento, el profesor se dio cuenta de que no entendíamos nada de lo que decía.

− Veo que no conseguís entender mis palabras. Por eso os voy a proyectar sobre una pantalla unas imágenes sobre el pasado, para que podáis entender todo esto de la comida.

Se apagaron las luces y una pantalla se iluminó con unas imágenes parecidas a las de la televisión. Se veían personas antiguas en fila, para comprar comida. Estaba claro que era gente antigua por la forma irregular que tenían de vestirse, todas de cualquier manera, usaban ropas de muchos colores y formas, de modo que no tenían el menor sentido de la uniformidad.

Se escuchaba la voz de profesor DeWaltman, diciendo,

− El elevado costo de los transportes hizo que el estado se hiciera cargo de repartir la comida a la gente. Observe que esas personas presentan una tarjeta, que les da derecho a cierta cantidad de comida. Fíjense que al llegar a la cabeza de la fila, cada persona antigua recibe dos bolas verdes de comida en una bolsa de malla, y en otra bolsa pueden ver unas bolas pequeñas de color marrón. Las bolas grandes se llaman “coles”, y las bolas pequeñas se llaman “patatas”. Y es que los antiguos no comían en comedores comunales como la gente civilizada, sino que cada persona se preparaba su propia comida a partir de ingredientes naturales. Algunos alborotadores estaban irritados porque solo les daban bolas verdes, coles, y esas patatas. Ustedes, como habitantes urbanos, no habéis visto nunca estos productos, y aunque los coméis con cierta frecuencia, pues no trabajáis en la agricultura, ni en las cocinas.

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La imagen dejó a un lado las colas de la gente, y se vio una persona dividiendo en partes pequeñas la bola verde. Luego metían todo aquello verde y las bolas marrones en un recipiente con agua.

− Esto que hace ese antiguo se llama preparar la comida. Y a cualquier persona que trabaje en el departamento de alimentación, es una imagen que reconoce sin dificultades. Los antiguos se preparaban su propia comida en su casa con un dispositivo ingenioso llamado cocina. Esta palabra, cocina, es poco conocida. Hoy solo entienden de cocina los especialistas que se encargan de hacer la comida que comemos cada día.

Las imágenes pasaron a las calles de los antiguos, que tenían una apariencia muy extraña y estaban llenas de gente que daba gritos sincronizados y agitaba unos tableros con palabras escritas.

− Aquí vemos a miles de personas antiguas protestando porque están sin trabajo. Y esperan que el gobierno les pague un salario por no trabajar. Pero son tantos millones que el estado no tiene dinero para resolver este problema.

La imagen cambió a un comedor muy grande. La gente se ponía en fila y pasaba por delante de un gran recipiente. Una mujer gruesa, sacaba una cuchara grande del recipiente y le ponía una cantidad de papilla blanca sobre un plato metálico a cada persona. El profesor, se puso a informar del significado de esas imágenes.

− Mucha gente no tenía tarjeta para el reparto de comida. Y el estado creo unos comedores colectivos para alimentarlos. Eso blanco que le ponen en el plato, es algo obtenido a partir de unas semillas llamadas cereales, palabra que habréis oído mencionar en la escuela. De esos granos, se obtiene un polvo blanco como harina en la industria de la alimentación. O sea de esos granos se obtiene un polvo blanco que se mezcla con agua y se obtiene de este modo tan simple un alimento muy nutritivo.

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La imágenes volvieron a mostrar una calle muy ancha llena de gente que daba gritos y mostraba unos tableros blancos con palabras escritas. El profesor se puso a traducir el significado de aquellas imágenes.

− La gente esta gritando que quieren comida y trabajo. Una secta supersticiosa conocida como “los marxistas” animaba a la gente a protestar. Y les decía a la gente que solo protestando se podían solucionar sus problemas. Esas voces que gritan, es como un canto. No se entienden muy bien sus voces, pues hablan en un dialecto antiguo. Gritan una extraña canción de guerra, “el pueblo unido, jamás será vencido”.

El profesor se acarició los pelos del mentón y siguió diciendo,

− Esta secta marxista era muy virulenta. Asaltaron un centro de policía y se hicieron con armas, de modo que iban asaltando los centros donde el estado había almacenado la comida y se ponía a repartirla sin con el menor control.

Las imágenes mostraban a unas personas antiguas disparando sus armas al aire. Se oían filas de ruidos repetidos, ta, ta, ta, tac. Y se volvieron a ver, las muchedumbres gritando las canciones de guerra, “el pueblo unido, jamás será vencido.”

− No hace falta mucho alboroto para asustar a un gobierno en crisis. − Dijo el profesor.

Las imágenes mostraba a la gente mirando hacia el cielo, y se oyó un ruido muy poderoso de aparatos. La cámara enfocó al cielo y se vieron unos aparatos de guerra que volaban despacio y empezaron a disparar unos ruidos horribles repetidos. Ve vio a la gente cayendo al suelo, y pronto se fueron desapareciendo los que aún podían correr.

− Los helicópteros dispararon sus ametralladoras contra la muchedumbre que gritaba. Y al cabo de unos minutos solo quedaron esos muertos y heridos que se ven tirados en el suelo. Los helicópteros fueron buscando más gente por las calles, y los fueron ametrallando hasta que ya nadie más estuvo alborotando. Luego, se vio otra escena en la que mucha gente bloqueaba una calle. Y una especie de automóvil muy grande, todo cubierto de planchas de hierro, avanzaba por la calle, para enfrentar a la gente. Un hombre vestido de verde portaba un extraño artefacto delante de su cara y daba voces a la gente.

− ¡Dispersaos de inmediato! ¡Se ha declarado el estado de guerra!

La voz que se oyó era muy potente y daba miedo pero no sabíamos su significado. Parecía salir de un objeto circular que casi ocultaba la cara del hombre vestido de verde. Aquella escena era tan extraña que estaba claro que se trataba de los antiguos seres humanos.

El profesor De Waltman hizo una pausa y siguió,

− Eso que ven ahí es un carro blindado usado en las guerras, y ese hombre con el artefacto magafónico, es un oficial del ejército.

El profesor hizo una pausa, para que nos fijáramos en esa cosa tan grande que se veía en la pantalla.

−Observen que el oficial del carro usa un aparato llamado me-gá-fono para aumentar la potencia de su voz. Este aparato puede incrementar la fuerza de la voz en unos 70 decibelios. Potencia suficiente para causar espanto a cualquier persona normal. Pero estamos viendo en este documental que la gente antigua tenía un gran espíritu irracional y no se amedrentaba, pues era famosa por su proverbial rebeldía.

− ¿Re-be-lía? ¿Qué es eso?

− No se dice re-be-lía, sino re-bel-día. Pero esta es una buena pregunta. Porque, afortunadamente, ese concepto no existe en el mundo perfecto que hemos creado. La re-bel-día era una enfermedad recurrente de los antiguos. Al acabar las guerras, todos los rebeldes ya estaban más o menos exterminados.

El profesor miró a la audiencia con justificado orgullo, al ver que el auditorio no le entendía.

− Estaban más o menos exterminados. Eso quiere decir que con motivo de las guerras, los rebeldes se morían hasta el punto casi de desaparecer. Es decir que se morían por esa enfermedad llamada rebeldía. Pero poco a poco, al cabo de unos pocos decenios, con la paz volvían a criarse nuevos rebeldes, por lo cual se empezaban nuevas guerras. De modo que el mundo estaba muy bien al acabar una guerra, para volver a empeorar años más tarde con el renacimiento de nuevos rebeldes. Ese era el mundo de los antiguos.

− No tengo idea de lo que es la gue-rra.

El profesor miró al alumno.

− ¿Cómo te llamas?

− René Watson, señor.

− Has hecho una atinada pregunta, camarada Watson. Es lógico que no sepas lo que es la guerra. Esas cosas no se estudian en el currículo escolar. Una guerra es... es como una epidemia que genera una gran mortalidad. Los antiguos... criaban a sus cachorros igual que las fieras de nuestros bosques. Y el mundo andaba siempre en crisis por el exceso de población. El exceso de densidad humana daba lugar a la escasez de comida. Mucha gente carecía de un cubículo propio para guarecerse. Por lo que la gente tenía que compartir sus cubículos con otra gente. Y estos cuartos o cubículos, eran malsanos, estaban llenos de miasmas deletéreos, un exceso de personas todas juntas respirando todas un mismo aire viciado y aspirando el olor corporal de todos por la mala ventilación.

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Yo tampoco tenía claro lo que significaban esas palabras, “estado de guerra”. Pues en el mundo civilizado que hoy disfrutamos tal cosa no existe. Tengo la vaga noción de que la guerra es una cosa muy mala motivo por el que en este mundo no se menciona. Debe ser porque es palabra nos debe causar un sensación de vergüenza. Debe ser una palabra indecente, por lo que no se habla de ella en la escuela. Esa cosa debe ser algo horrible. Mucho peor que si te declaran esclavo en un juicio, y te envían al retraining, como le pasó al pobre Johny.

Todos los asistentes al curso estábamos impresionados al ver en la pantalla como eran los efectos del estado de guerra. Se oía el ruido continuo y eso debe ser lo que el profesor le llamaba ametrallar. Muchos ruidos de gran potencia repetidos.

El profesor estaba dispuesto a informarnos del significado de lo que estábamos viendo en la pantalla.

− El “ame-tra-lla-miento” consiste en lanzar a gran velocidad unos diminutos cilindros de “plo-mo”. Este plomo es un metal de escasa utilidad hoy día, pero que muy importante para los antiguos, pues se usaba mucho en las guerras. Esos cilindros de plomo tienen una masa de diez gramos, y salen del cañón con una velocidad de 450 metros por segundo. Motivo por el cual producen un gran ruido, pues salen a 1,3 veces la velocidad del sonido. Es decir, estos trozos de metal salen con una energía de mil julios. Lo cual es mucha energía para un pequeño trozo de metal de escaso valor. Un ingenioso dispositivo mecánico hace salir a esos trozos de metal a gran velocidad, por lo cual se dice que ame-tra-llan. Vocablo en desuso hoy día, pues todos vivimos pacíficamente. Esos dispositivos mecánicos lanzan 60 cilindros de plomo cada minuto. Es decir, seis lanzamientos en un segundo. Y es de tener en cuenta, que uno solo de esos plomos, tiene demasiada energía para un hombre antiguo, ignorante; un hombre que se rebela sin saber las consecuencias de su conducta. Según parece, este procedimiento de ametrallar era el más idóneo para detener a los rebeldes irracionales, gente antigua.

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Yo quedé muy impresionado con todos esos datos, pero no sabía que hacer con ellos. Por mi profesión solo estudié asuntos burocráticos y contables.

Mis ojos estaban atentos a la pantalla donde se veía a la gente antigua que se caía al suelo de una manera muy tonta, y algunos estaban echando una sustancia liquida de color rojo oscuro. Eso debía ser lo que se llama “la sangre”, una substancia roja que llevamos por dentro del cuerpo y que debe ser como un líquido refrigerante. En la pantalla, la gente seguía cayendo al suelo debido al efecto de la metralla sobre su conducta desobediente. Pero se podía ver que algunos de las partes más alejadas de la aglomeración ya salían corriendo por las calles laterales. Esto ya de por sí, nos daba la idea de que esos antiguos habían recapacitado, aunque solo fuera un poco. Es decir, que algunos ya tenían conciencia de lo que les iba a ocurrir por causa de su conducta delictiva, y por eso huían ante los disparos del automóvil gigante.

Y los que se caían al suelo ya no se levantaban más, y el automóvil pasaba por encima de aquellos pobres salvajes que no supieron obedecer a la autoridad cuando aún estaban a tiempo.

− La secta de los filósofos marxistas − dijo el profesor, − creyeron que había llegado el colapso del capitalismo. Y en cierto sentido tenían razón. El mundo antiguo se moría súbitamente en una ataque de locura gracias a un sutil intercambio de proyectiles nucleares.

No le entendía una palabra al profesor. Y parece que este fue consciente de nuestra ignorancia, por lo que añadió.

− Los proyectiles nucleares son... algo parecido a... algo parecido a una ametralladora, pero es de un tamaño mucho mayor. Pues los disparos no son proyectiles tan pequeños como 10 gramos de plomo, sino que se lanzan de una vez, unos cilindros de fuego que portan varias toneladas de uranio o de plutonio, de cada vez. Y estas masas producen una gran cantidad de energía. Tanta energía como varios cientos de Peta julios en un instante. Una cantidad tal que no podéis imaginar ya que tales números solo se enseñan a unos pocos en escuelas especiales. Y con esos disparos, ya no aniquilas a una multitud de rebeldes, sino se destruyen totalmente ciudades gigantes como Teherán, El Cairo, Caracas, México, Buenos Aires, Delhi, Bagdad, etc. Todas ellas ciudades de las que nunca habéis oído hablar, pues el ser humano no debe saber más de lo que puede abarcar en su limitado cerebro. El eceso de información satura los procesadores lógicos.

El profesor DeWaltman nos miró satisfecho al ver que no habíamos entendido casi nada de lo que había dicho. Y eso le ratificaba en la extraordinaria inteligencia del sistema educativo. Al ver nuestra cara estupefacta se dio cuenta de que el sistema social era invulnerable. Las cosas estaban en orden para prevenir males mayores. Pues el conocimiento excesivo se puede usar fácilmente con fines nocivos y solo nos traen la muerte y la destrucción.

Estábamos impresionados de lo poco que entendíamos al profesor. Estaba claro que el mundo de los antiguos era muy complicado, estaba todo plagado de ametrallamientos, cilindros de plomo llenos de energía capaces de matar a un rebelde con una enfermedad incurable. Y luego, estaba todo eso de los cilindros cargados de esos metales extraños capaces de producir millones y más millones de julios de energía atómica, que no podemos comprender porque solo hemos estudiado contabilidad y administración burocrática.

Me di cuenta de que era un afortunado por vivir en un mundo pacífico. Un mundo en el que no era necesario ametrallar a nadie pues la gente no era ya desobediente. Y si alguno se desvía del camino recto se le envia al retraining para reparar su conducta ligeramente torcida.

El profesor DeWaltman se rascó la barbilla nerviosamente y siguió diciendo.

− Supongo que todos tenéis una ligera idea de lo que puede ser una guerra. Pues esa ligera idea que tenéis de algo malo y terrible que se supone que es, y eso solo es algo así como un Kilo julio de energía. Bueno, pues tenéis que multiplicar esa idea por diez elevado a quince, y eso será una guerra verdadera. Es decir, una catástrofe de muchos Exa julios.

Creo que los de los Exa julios no lo teníamos claro, aunque, como dijo el profesor, la palabra tenía relación con una catástrofe.

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La clase de ese día se terminó y fuimos a un campo de deporte a correr un poco, pues algunos estábamos muy flojos, pues trabajábamos en una oficina. Otros justo acababan de hacer estudios superiores.

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La misión de Rewardo

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Me entregaron un sobre que decía, para Rewardo Chabloski. Era de sir Alistair que quería verme en su despacho.

− Bueno, querido Rewardo. Está usted a punto de acabar el curso de iniciación para trabajar en el servicio federal de inteligencia. Mañana se desplazará en tren hasta una base agrícola que tenemos a unas cien millas de aquí. Allí se va a familiarizar con un tipo de conocimientos que serán necesarios para su misión.


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Los inmigrantes melaninos eran con frecuencia apaleados por las turbas salvajes y aparecían muertos por los callejones. Por eso, los inmigrantes, o la gente con excesiva pigmentación, huyeron de las ciudades para morirse de hambre en los campos. Murieron simplemente de hambre, sin temor a que los mataran a palos y a patadas.

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Los campesinos vigilaban noche y día sus huertos de patatas y coles con bates de béisbol y escopetas. Las calles de noche se volvieron muy peligrosas, pues no disponían de luz. Y la guardia nacional salía de patrulla por las noches con la misión de ejecutar a los que no respetaban el toque de queda. Esto generó algunos problemas pues no era raro que las patrullas se exterminaran unas a otras, con fuego de metralleta. Esta era un arma de los antiguos que disparaba ciento veinte fragmentos de metal por minuto. Hubo que tomar medidas. Algunos parados emprendedores construyeron “rishaws” que el gobierno ignoró durante un tiempo. Con estos carritos ligeros, hechos con ruedas de bicicleta y madera contrachapada, trataban de llevar al trabajo a los privilegiados que aún cobraban un suculento salario. Con lo que ahorraban del transporte público más un pequeño suplemento, se podía presumir como si fueras un pequeño potentado. Se decía en voz baja que alguna gente se moría de hambre. De este modo, con tu cupón diario para comer una gachas, te sentías un privilegiado. Ya no se podían dar de comer a ocho mil millones de habitantes en este planeta. Los precios de la comida barata, cabalgaban sobre el petroleo que era muy barato. Nadie se daba cuenta que la prosperidad del siglo XX era debida al precio tan bajo del petroleo.

y que era necesario aliviar a la madre tierra de este horrible carga de bocas hambrientas. La solución fue tajante y dolorosa. Pero, era inmoral prolongar la agonía de la gente.


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