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Unos días más tarde, al pasar por el sitio donde se
entrenaban los socialistas levantando pesas, Jimmy sintió una
gran tristeza. Recordó que no podía ser escritor porque
aún no había nacido. Esto no le gustó nada, pues
se pasaría toda su vida trabajando en la construcción,
colocando ladrillo sobre ladrillo, y sufriendo de sabañones en
invierno. No es que eso importara mucho, pero no se había
preparado para esta eventualidad.
Jimmy se pensó que no sabía que hacer con su vida. Y
meditando esto se repetía, ¿cómo podré
vivir careciendo totalmente de trascendencia? ¿Cómo
podré pasar una vida sin guerras, sin condenas de cárcel
o penas de muerte?
El muchacho pasó varios días muy triste. Y es que si
llevas una vida sin trascendencia no sabes que hacer. Has perdido
totalmente el norte.
Llevaba varios días con estas preocupaciones cuando Jimmy se
acordó que hacía tiempo no veía a su amigo Dave.
Lo echaba de menos, pues él le distraía con sus bromas
pesadas y le hacía olvidar sus preocupaciones. Su sonrisa
perpetua le hacía sentirse feliz y centrado. Dave se alegraba
mucho con solo verle. Y esta alegría de alguna manera le
penetraba y le cambiaba el ánimo. Cuando veía a Dave a
diario en el trabajo no sentía este vacío, esa horrible
nausea, esta falta de trascendencia que le dejaba reseco.
Jimmy estuvo varios días cavilando sobre su falta
de trascendencia y se sentía mal. No tenía ganas de leer,
pues la lectura le parecía banal e intrascendente. No
tenía ganas de trabajar, pues eso era algo que carecía
totalmente de finalidad. Y hasta resultó que estaba perdiendo el
apetito, pues el comer le parecía ridículo. Solo una
buena cárcel llena de ratas podría redimirle. Ya se las
imaginaba acercándose a sus pies y mordisqueando su zapato. El
momento de más tensión era cuando se imagina a una rata
paseando por su cara para olerlo.
Jimmy se vio que no podía hacer nada porque estaba sujeto por
cada extremidad al suelo. Solo podía defenderse de la rata
haciendo una mueca de asco. Pero, esa rata en particular no
parecía impresionada por una mueca impotente. Mientras tanto,
otra rata correteaba por encima de su cuerpo. Estaba claro que ya
empezaba a sentir un cierto anticipo, una cierta percepción
trascendental, pero ¿a qué coste? ¿Le
devorarían las ratas antes de que pudiera tener una
iluminación trascendente? Y si su mente se iluminaba,
¿podría alguien enterarse de que la luz de la
trascendencia le había penetrado? Y si no se enteraba nadie,
¿cuál era el propósito de la trascendencia?
¿Sirve de algo que uno se ilumine, que tenga un destello
místico? Y si sirve ¿para qué sirve? Jimmy
había entrado en barrena. No era la primera vez que su mente se
veía inundada por estos pensamientos subversivos. Era consciente
de que tenía mucha vida interior. Así es como creo que se
dice este asunto. Pero esta vida interior... era turbadora y le dejaba
totalmente trastornado. Le robaba los deseos de vivir, los deseos
ordinarios y vulgares de la vida, como esa cosa llamada hambre, o los
placeres vulgares e intranscendentes, como el comer o leer. Cuando
estaba más ensimismado en estos pensamientos perdía el
noventa por ciento del apetito; y a pesar de estar más flaco que
un fakir de la India, por unos días estuvo comiendo casi lo
mismo que un pajarito. Su tía Martha estaba preocupada por esta
faceta desconocida del muchacho y empezaba a sentirse culpable de su
estado. Incluso se arrepentía de haber aceptado ese paquete de
su hermana; recibir en su casa a un sobrino adolescente que
parecía un poco... algo así como... místico, o
chiflado.
Jimmy estuvo de este modo meditando, durante varios días. Su
mente estaba obsesionada con las elucubraciones trascendentes. “Solo si
me torturan, -pensaba Jimmy- podrá la trascendencia infiltrarse
en mis circunvoluciones cerebrales.” Jimmy se deleitó en esta
frase... y se dio cuenta que iba por el buen camino para llegar a ser
escritor. Poco a poco se fue imaginando diversas torturas. Pues en esto
también era un adolescente virgen. Se imaginó que lo
ataban a un poste y le daban latigazos. El látigo le golpeaba en
la espalda, como en un tebeo que vio en Kiriwasi, y con cada golpe,
sentía un momentáneo desvanecimiento, pero recuperaba el
sentido enseguida, para recibir el siguiente latigazo. Y con cada
golpe, Jimmy sentía que su mente se iba impregnando de una sutil
esencia trascendente. Al percatarse de esta singularidad, Jimmy
sentía que ya no estaba a ras del suelo, como cualquier persona
vulgar, sino ya se hallaba en algún lugar impreciso del espacio,
entre el cielo y la tierra. Pero, pensó que no estaba a mucha
altura; solo a unas pocas pulgadas del suelo. Eso parece que se conoce
con el nombre de levitación. Y Jimmy se sintió reforzado
con este pensamiento.
Fue tal vez otro día, cuando Jimmy sintió que se hallaba
en una situación diferente. Estaba encadenado en un calabozo,
triste y solo. Sus brazos estaban en una extraña posición
alzados por encima de su cuerpo. Ya habían dejado de dolerle y
no los sentía. Le pareció que llevaba varios días
en la oscuridad de aquella mazmorra y que el aire estaba muy
húmedo y frío. Su cuerpo por momento tiritaba de
frío por momentos, pero era tal su agotamiento que pronto
desfallecía y dejaba de tiritar. El frío lo sentía
ahora en el pecho, pues sus piernas y brazos ya estaban insensibles,
como si fueran de madera.
Jimmy se extrañó que nadie viniera para
mortificarle y a mostrarle su desprecio. Esta soledad le estaba
atormentando y echaba de menos a sus torturadores. Se le ocurrió
que si le faltaban los torturadores perdía toda su fuerza.
Aislado en la soledad del calabozo pensó que no se podía
ejercitarse proyectando el odio hacia fuera. Deseaba ver a sus
carceleros para expulsar de su mente su odio concentrado
escupiéndolo al rostro de sus enemigos. Pero, la angustia le
atormentaba al no ver a los carceleros. Malo será tener
carceleros y torturadores, pero puede ser peor si no los tienes. Jimmy
sintió una tremenda angustia ante esta imprevista soledad. No
tener siquiera enemigos, carceleros o torturadores a los que odiar con
toda la fuerza de su... Fue entonces cuando se percató de su
situación horrible. “Si te faltan los enemigos no eres nadie.
Eres la pura inanidad, el vacío absoluto.” Jimmy pensó
que esta frase era sublime. Pero, se dio cuenta de que estaba solo. No
tenía a quien odiar. Era como un héroe que languidece
solo en el espacio infinito.
Su mente siguió divagando. “¿Cómo es
que no viene nadie por aquí? ¿Cómo es que no me
traen un poco de pan y agua?”
Como respuesta a estas preguntas Jimmy oyó el chirrido
quejumbroso de una puerta de hierro. Una luz cegadora deslumbró
a Jimmy que cerró los ojos.
-¡Buenos días, kiriwasino!! -Dijo una voz alegre y
amistosa.
Jimmy abrió los ojos y vio a Dave, el muchacho de la obra.
Estaba en lo alto de la escalera y le miraba con su encantadora
sonrisa.
-¡He venido a rescatarte!!! -Le dijo el muchacho con voz poderosa.
La figura de Dave resaltaba como un cuerpo glorioso y deslumbrante.
Su agradable sonrisa llenó de luz y calor la oscura
mazmorra. Jimmy sintió un gran alivio al verlo, pues ya se
sentía a punto de morir de soledad en aquel calabozo.
Jimmy se alegró al verlo, pero le faltaron las
fuerzas para sonreír y mostrarle su gratitud. Le pareció
que el frío de su cuerpo se desvanecía lentamente al ver
el rostro feliz de Dave sonriendo.
Fue entonces cuando empezó a fijarse en el cuerpo
triunfante de Dave. Iba sin camisa, mostrando todo el esplendor desnudo
de sus potentes pectorales. Vestía un pantalón muy corto
que ocultaba púdicamente la proverbial hinchazón que
padecía. Y, aquella luz, casi cenital, resaltaba todo el poder
de sus muslos. Jimmy se acordó de la figura atlética de
San Sebastián, atrayendo sobre su cuerpo las flechas
mortíferas de los paganos. Aquel asombroso santo mostraba el
triunfo de su fe cristiana desde la corporeidad gloriosa de su
atlético cuerpo desnudo.
Jimmy se sintió impresionado por el cuerpo glorioso de Dave que
venía a rescatarlo de su desoladora trascendencia.
El ánimo de Jimmy recuperó algo de fuerza y pensó,
“¿Cómo es que Dave viene tan veraniego?” Y se
acordó de una escena en una playa de Kiriwasi. Unos
jóvenes nativos iban sin camisa, solo llevaban un
pantalón corto. Era un día horrible de calor y se tiraban
de cabeza al mar para refrescarse.
Dave hizo un gesto brusco con su brazo y se oyó un golpe seco en
el aire. Parecía el estallido de un látigo. El cuerpo
glorioso de Dave llevaba un látigo en la mano y lo hacía
restallar, una y otra vez. Como en los tebeos de Indiana Jones en el
Templo maldito, Dave hacía restallar su látigo en el
aire. Zaaas!!! Ese ruido causó un gran temor a Jimmy. Pero Dave
no parecía tan terrible pues le mostraba su sonrisa encantadora
de siempre.
-He venido a traerte un poco de trascendencia. -Le dijo.
Jimmy se sorprendió de oír a Dave hablando así.
-¿Quieres sufrir un poco, eh?
Jimmy no sabía que debía contestar. Dave le dio un fuerte
pellizco en una tetilla y se la retorció con fuerza.
-¡Ay!!! -Gritó Jimmy espantado.
-Me han comisionado para satisfacer tus deseos.
Dave acercó mucho su cara a la de Jimmy.
-Mírame bien a los ojos.
Jimmy obedeció como un perrito manso.
-Te voy a meter una dosis brutal de trascendencia.
Dave se echó atrás un par de pasos y giró su torso
para darle impulso a su látigo. Jimmy cerró los ojos y
sintió un fuerte latigazo en la frente que sacudió con
fuerza la relojería de su cerebro.
Jimmy sintió un fuerte mareo y abrió los ojos. Vio agua
que corría por todas partes en el suelo y estaba lloviendo con
fuerza. Sintió un frío que le subía por el trasero
y se dio cuenta de que estaba sentado en la calle mojada. El agua le
había empapado los pantalones y los calzoncillos. Estaba
tiritando de frío.
¿Qué hacía sentado delante de una
farola? ¿Por qué tenía un dolor en la frente y en
la nariz?
Luego empezó a recordar lo del calabozo. Y la figura de Dave
sonriente que restallaba su látigo en el aire. Recordó el
latigazo que sintió en la frente y retornó a su
situación de ese momento, sentado en el suelo, mojado y
tiritando.
Se dio cuenta de que había tenido una alucinación y
pensó, ¿me estaré volviendo loco? ¿Es esto
lo que le ocurre a uno cuando carece de trascendencia?
Cuando llegó a casa, debía tener muy mala cara porque su
tía se percató de inmediato.
-¿Que te pasó en la cara?
-¿Eh? Nada.
-¿Cómo que nada? Tienes un chichón en
la frente.
-¿Qué tengo un chichón?
-Sí, tienes un chichón.
Jimmy se fue al baño para mirarse en el espejo. Era cierto,
tenía un chichón en la frente. Volvió a la cocina.
-¿Qué te pasó?
-Nada. Tropecé con una farola.
-¿Tropezaste con una farola? ¿En que estabas pensado?
-Alguien en un calabozo me dio un latigazo.
-¿Qué?
-Nada. No es nada. Fue una pesadilla que tuve.
-¿Una pesadilla? ¿Mientras ibas por la
calle?
-No sé. De pronto me vi sentado en el suelo y me dolía la
frente.
-¿Qué es eso del calabozo?
-Qué me vi metido en un calabozo. Tenía las
muñecas sujetas con unas cadenas en la pared. Y un joven muy
simpático llegó con un látigo y me atizó un
fuerte latigazo. Luego me vi sentado en el suelo.
-Niño, esas cosas te pasan por no comer todo lo que te pongo en
el plato. Te vas a volver tísico.
-Es que últimamente no tengo hambre.
-Pues tienes que hacer un esfuerzo y comer. Si sigues
así, comiendo tan poco, vas a acabar loco.
Por más que insistió la tía Martha,
no consiguió que Jimmy comiera más de dos o tres
cucharadas de un puchero de habas. Sentía náuseas con
aquella comida y se acordaba de la escena del calabozo; aún se
veía atado allí con cadenas a la pared. Pero no le dijo
nada a la tía Martha, pues no deseaba alarmarla. Jimmy
pasó varios días inapetente y cavilando sin tregua. No
podía soportar la idea de que no pudiera ser escritor. No
podía soportar la idea de que aún no había nacido,
que estaba totalmente desprovisto de trascendencia. Pasaba por momentos
en que se daba cuenta de la anormalidad de todas estas preocupaciones,
pero eso no impedía que volviera a padecer estas manías.
Fue sopesando lo que le dijo aquel levantador de hierros y
escuchó de nuevo sus palabras: “Hasta que no estés en una
guerra, en la cárcel, perseguido por la justicia, huyendo como
una rata por las alcantarillas, no has empezado a vivir.” Con estas
preocupaciones y estas obsesiones había momentos en que Jimmy se
sentía como en estado de previo a la trascendencia. Por lo
menos, ya estaba sufriendo algo y hasta había perdido el
apetito. Claro que donde estuvieran unos buenos latigazos, o una
tortura china como esa que dicen de la gota de agua... que cae
lentamente sobre tu cabeza, no se pueden comparar los sufrimientos.
Jimmy estuvo varios días obsesionado con la trascendencia y
cavilando. No podía soportar la idea de que no podía ser
escritor por una falta de nada. No podía soportar la idea de que
aún no había nacido y que carecía del menor atisbo
de trascendencia.
Así que se preguntó por enésima vez,
¿de qué puedo hablar? Bueno, esto no se lo dijo el
levantador de hierros, pero es como si se lo hubiera dicho. El
levantador de pesos tenía razón. Jimmy se daba cuenta de
había venido de las islas Kiriwasi, pero era como si no hubiera
estado nunca allí. No había visto nunca a los
caníbales de Kiriwasi, ni había presenciado ninguna
guerra entre los salvajes guerreros. Es más, ni siquiera
había oído una sola palabra sobre las guerras de los
salvajes guerreros. Tampoco había presenciado ningún
ritual de antropofagia y ni había visto el de Capricornio. No
había estado nunca en las frondosas selvas tropicales, ni me
había picado jamás una mamba negra, serpiente en extremo
venenosa. ¿Qué es lo que podía contar?
Su único sufrimiento serio, aparte de la tristeza que le
asaltaba frecuentemente, fue una picadura de avispa. Pero, Jimmy era
consciente de que esta experiencia, aunque fue dolorosa, no
podía impresionar a nadie. Cualquiera puede haberse caído
de una bicicleta en marcha o una yegua feroz le había roto una
pierna de una patada.
Así que iba Jimmy andando sin rumbo y melancólico, cuando
casi tropezó con Louis Ponferrato.
-¿Qué te pasa? -Louis le preguntó.
-Nada.
-¡Oh! No me digas eso. Tienes muy mala cara.
-No. No es nada. Solo estoy indispuesto.
-No. Esa cara no es de estar indispuesto. No te pareces nada al chico
que conocí en casa de Raimond contando sus aventuras de Kiriwasi.
-Estoy... un poco triste. Eso es todo.
-Dime que te pasa. Quiero ser tu amigo.
-Nada.
-Cuenta, hombre. ¿Qué te preocupa?
-Quiero... quiero ser escritor.
-¡Eso es estupendo!
-¿No te parece algo absurdo?
-¿Absurdo? ¡No! No tiene nada de absurdo.
-¿No es absurdo?
-No. Es una idea estupenda. Un tipo tan inteligente como tú...
que además estuvo en las islas felices... Es una idea muy buena.
-¿Estás seguro?
-¡Claro! Yo te compro el primer libro.
-Pero, ese no es el problema.
-Entonces, ¿cuál es?
-Me han dicho que no he vivido lo suficiente para ser escritor.
-¿Cómo? ¿Qué edad tienes?
-Diecisiete años.
-¡Oh! ¡Zola escribió su primera novela a los
dieciocho!
-¿Quién?
-Zola.
-¿Y quién es ese?
-¿Zola? Es un escritor francés.
-¡Oh!
-Si empiezas ya a escribir... dentro de un año tendrás
lista tu primera novela. Igualito que Zola.
-¿Tú crees?
-Claro. Tienes mucho talento.
-No sé. No sé. Nunca he escrito nada.
-Ese no puede ser. Estuviste en el colegio, ¿no?
-Sí, claro.
-¿Hiciste alguna redacción, no?
-Sí. Era muy bueno escribiendo.
-Pues ya lo tienes.
-¿El qué?
-Que empieces ya a escribir. Un kiriwasino, como tú, tiene que
haber vivido fabulosas aventuras en las islas tropicales.
-Es que yo...
Jimmy no me atrevía a confesar su secreto.
-¿Qué problema tienes?
-Que soy... que soy tímido.
-¿Tímido? Casi todos los escritores lo son.
-¿Son tímidos?
-Sí. Absolutamente. Un escritor es una especie de narrador
compulsivo... que siente miedo de hablar en público. Tiene
dificultades para contar en público lo que ha pensado o vivido
en privado.
-Tiene dific... ¿le da miedo hablar... en público?
-Creo que sí. Eso leí en alguna parte.
-¿Lo leíste?
-Sí. A los escritores les encanta hablar, pero son
tímidos.
-Son tímidos...
-Sí. Igual que tú. Cuando te preguntábamos cosas
de las islas Kiriwasi te ponías colorado y tartamudeabas.
-¿Me puse colorado?
-Sí Pero hablaste muy bien. Daba gusto oírte
contar
cosas.
-¡Oh!
-Los escritores son tímidos. Es por eso que escriben.
-¿Es por eso que escriben?
-Sí. La gente que les escucha... son los lectores.
-Son los lectores.
-Pero los lectores están a cientos kilómetros de
distancia. Puede que estén a miles de kilómetros. Los
lectores no saben como es la cara del escritor.
-¡Oh! Eso es cierto. Yo no sé la cara que tiene Jack
London.
-Ahí tienes una prueba de lo que digo.
-¡Oh!
-Mira. Cómprate un cuaderno y escribe algo. Yo te ayudo al
principio que soy estudiante. Te leo y te doy ánimos. -Pero,
tú crees que siendo un obrero yo puedo...
-¡Claro que sí, hombre! Muchos escritores no hicieron el
bachillerato.
-Esto no lo sabía.
-Escribir es un arte. Es algo que no se aprende.
-No se aprende.
-Es algo que nace... que nace de dentro.
-Nace de dentro. ¿Pero se puede aprender?
-Se aprende lo mismo que se aprende a andar.
-Lo mismo que... y ¿cómo se aprende a andar?
-Andando. Así es como aprendemos a andar. Y se aprende a
escribir escribiendo. Eso está claro.
-¿Se aprende a escribir escribiendo?
-Sí. Ahora no recuerdo quien lo dijo. Pero es razonable.
-O sea. Que yo me pongo a escribir... y voy aprendiendo.
-Eso es.
-Pero alguien me dijo que... si no he vivido aventuras, no puedo
escribir.
-Cuando eres joven, tus escritos son propios de tu edad. Pero, los
lectores no se dan cuenta porque ellos son igualmente jóvenes.
-Ya.
-Al escribir, estás aprendiendo a inventar historias.
-Aprendiendo...
-Exacto. Aprendes a escribir.
-Pero la experiencia de tener aventuras... ¿no sirve?
-Un hombre raramente ha vivido las aventuras que escribe. Un escritora
inglesa, escribió apasionadas historias de amor.
-¿Sí? Y ¿tenía mucha
experiencia?
-Se cree que murió virgen. Una muchacha decente no puede tener
aventuras de amor. Solo puede tener experiencia amorosa cuando se casa.
-¿Se murió virgen? Igual me va a pasar a mí.
-No digas eso, hombre. Que eres un muchacho muy guapo.
Louis se quedó mirando a Jimmy con ojos...
apreciativos. Realmente se dio cuenta de que el chico era guapo. Eso le
turbó, sintió que le resultaba muy atractivo. Por ese
motivo decidió cambiar de tema.
-Un hombre no vive nunca lo suficiente como para tener argumentos para
sus novelas. Todo se lo imagina. No suele ocurrir que haya vivido lo
que escribe.
-O sea que no ha vivido... la cosa sobre la que escribe.
-Eso es. Pero el hábito de buscar... el modo de seguir con una
historia...
-¿Sí?
-Ese hábito... se desarrolla... Es como jugar al fútbol.
Solo aprendes a jugar al fútbol jugando. Y cuanto más
juegas, mejor lo vas haciendo.
-Es una idea muy linda.
Jimmy tuvo un destello de optimismo que se le manifestó en una
sonrisa encantadora.
-Ahora me parece que te sientes mejor.
-Sí. Me has quitando un gran peso de encima.
-Me alegro mucho de poder ayudarte. Pues ya veo que vives sin la ayuda
de una madre. Y eso es muy duro.
-¿Cómo lo sabes?
-Me lo dijo Louis. Mira, cómprate un cuaderno y empieza a
escribir.
-Me compro un cuaderno y...
-Sí, claro. Necesitas un equipo de escribir.
-¿Un equipo?
-Cuadernos, portaplumas... pluma y tintero. Como en la escuela,
¿recuerdas?
-¿Todo eso?
-Si no compras una pluma, tendrás que escribir con un
lápiz.
-¡Oh! Sí, claro. Compraré una pluma. Y un tintero.
Luego hablaron de algunas cosas sin importancia y Louis le dijo que se
tenía que ir a casa a estudiar.
Aquella tarde Jimmy pasó por la librería y se
compró lo necesario para empezar su carrera de escritor. Se
sentía muy ilusionado. El sábado por la tarde se puso a
escribir una historia ambientada en las montañas de Suiza.
Tenía todos los ingredientes necesarios, sus casitas de piedra,
sus chimeneas echando humo, sus vacas lecheras y un oso salvaje que
arrasaba la comarca, devorando ovejas, niños perdidos y perros.
Jimmy se pasó varias horas escribiendo y mi tía Martha
estaba muy contenta al ver el cambio de humor que se había
operado en él.
-¿Que estás haciendo, Jimmy?
-Estoy escribiendo una novela.
-¡Que bien! Ya va siendo hora de tener un escritor en la familia.
Al cabo de una hora Martha llamó a Jimmy para cenar y se puso
muy contenta al verlo con el apetito recobrado.
Después de comer, su tía le pidió que le leyera lo
que había escrito. Puso mucha atención y al acabar, lo
inundó de halagos, comentando lo inteligente e imaginativo que
era. Jimmy no cabía dentro de su propio pecho y se puso a
escribir con ánimos reforzados.
Una par de horas más tarde, su tía se iba ir a dormir y
le dijo que dejara ya la escritura.
-Es que en este momento estoy inspirado.
-Tienes que descansar. O no te quedarán fuerzas para escribir
mañana.
Él alegó algo para seguir escribiendo, pero
ella insistió para que lo dejara.
-No podemos gastar tanta luz, -le dijo. -Además, si te fatigas
en exceso, pronto la vas a dejar.
-¿Eh?
-Lo que digo. Debes darle tiempo a tu mente para que se refresque y
descanse.
Jimmy creyó que su tía tenía razón.
Notó que me dolía un poco la cabeza, y me acordó
de Louis al que le duele la cabeza de tanto estudiar. Al pensar esto
sintió cierto orgullo, pues de alguna manera se estaba
asemejando a Louis, el estudiante de bachillerato.
Con estos pensamientos reconfortantes, se durmió imaginando
detalles para añadir a su novela.
Jimmy se pasó el domingo al lado de una ventana escribiendo. Su
tía Martha se reía, al ver el entusiasmo que le
había provocado aquella aventura. Y mientras cosía unos
trajes a máquina disfrutaba al ver a su sobrino feliz
escribiendo. Luego, al cabo de un rato sintió curiosidad.
-¿Por qué no me lees eso que estás escribiendo?
A Jimmy le sobrevino una sensación placentera ante la idea de
leerle esa historia a su tía.
Estuvo leyendo un buen rato y vio que ella sonreía con
frecuencia de mis ocurrencias.
Cuando acabó de leer todo...
-Es una historia muy linda.
-¿Te gusta?
-¡Claro que me gusta! Tienes la misma labia que tu madre.
-¿La misma... labia?
-El mismo palabrerío. A ella también le gustaba contar
historias.
-¿Le gustaba?
-Sí, claro. ¿De donde crees que te viene a ti todo ese
derroche de charlatanería?
-¿Me viene de ella?
-Claro, mi niño. ¿De dónde, si no?
-¿Entonces te gusta?
Jimmy deseaba oír a su tía repetirlo otra vez.
-Es una historia muy linda.
-¿Seguro?
-Sí, claro. Escribes igual que esa gente de las radionovelas.
-¿Igual que las radionovelas?
-Bueno... las radionovelas tienen más diálogos.
-¿Más diálogos?
-Sí. Pero, tratan de enredos amorosos. Pero, tú eres muy
joven para escribir de esas cosas.
Jimmy, después de disfrutar una pausa, se puso a escribir de
nuevo. Esta vez iba como un loco escribiendo. Lo hacía tan
deprisa que estaba cometiendo muchas faltas de ortografía.
Hubo un momento en que le asaltó una idea; tenía que
dejar el trabajo de la construcción. Se lo dijo a mi tía.
-¡Ni hablar del peluquín!
-¿Por qué no?
-¡Porque no! El trabajo no lo dejas.
-Pero es que... si tengo mucho trabajo me faltará tiempo para
escribir.
-De eso nada, monada. Tú vas todos los días a trabajar, y
cuando vuelves a casa te pones a escribir.
-Y ¿si estoy cansado?
-Si estas cansado descansas. Así de simple.
-Entonces... no podré escribir.
-Mira, niño. Trabajar físicamente te hará mucho
bien. Si no trabajas el cuerpo se te afloja y hasta el cerebro se te
afloja.
-¿El cerebro se me afloja?
-Sí, claro. El cuerpo es como una máquina. Hay que
trabajar para comer. Y si no trabajas algo se escacharra, aunque comas.
Tuvo que dejar esa idea de dejar el trabajo. Había que trabajar.
Los plazos mensuales que pagaba su tía por el piso eran... algo
así como muy fuertes. Se había comprado un piso en una
zona elegante de la ciudad. Es cierto que el piso solo tenía
ventanas a un patio, por un lado. Y por el otro daba a un solar, lleno
de escombros. Pero a la casa se entraba por una calle muy elegante.
Al cabo de la semana Jimmy tenía el cuaderno acabado. Se fue a
casa de Raimond para preguntar por la dirección de Louis
Ponferrato. Y desde allí se fue directamente a la casa de su
amigo el bachiller. Tocó el timbre y él salió a la
puerta.
-¡Hola, Jimmy! ¿Qué te trae por aquí?
-Ya he terminado este cuaderno.
Louis se puso a pasar las hojas llenas de escritura.
-Me tienes impresionado.
-Pero no lo has leído.
-Me tiene impresionado que has podido escribir todo eso en una semana.
-¡Oh!
-Pasa, pasa. Quiero leer esto con tranquilidad.
Entraron en una salita algo oscura, todas sus ventanas estaban tapadas
con cortinas. Y en un país como Foggarty eso garantizaba casi
una noche completa en pleno día. Louis se acercó a un
sofá y pulsó algo en un cable eléctrico. Se
encendió una luz extraña que había sobre un pie de
hierro justo al lado del sofá. Esta luz estaba rodeada de un
extraño sombrero de forma cilíndrica.
Louis se sentó en el sofá con el cuaderno en la mano.
-Este es el sofá preferido de mi padre. Le gusta sentarse
aquí para leer sus novelas francesas.
-¿Novelas francesas?
-Sí. A mí me tiene prohibido leerlas.
Después de decir esto, se puso a leer el cuaderno.
Jimmy estaba preocupado por los resultados, “¿entenderá
bien mi letra? Igual le cuesta leer esa historia debido a lo mal que
escribo.”
Jimmy estaba nervioso y no paraba de mover los pies en el suelo. Se
puso a mirar en derredor en aquel salón tan... tan de buena
calidad. Tenía infinidad de cosas extrañas como aquella
luz con sombrero. Una luz que solo iluminaba al que estaba leyendo,
dejando el resto del salón un poco en la penumbra. Jimmy
tenía el alma en un brete esperando los comentarios de Louis. Su
carrera de escritor dependía de lo que él le dijera.
¿Le gustaría esa historia? Jimmy temía que
él le dijera: “Tienes que hacer el bachillerato nocturno.” O tal
vez estallara en cólera como el padre Amerindo cuando encontraba
faltas de ortografía en un escrito. Jimmy pensó que no le
gustaba la idea de hacer el bachillerato nocturno, pues no
quería padecer los mismos dolores de cabeza que Louis.
Jimmy estaba tan nervioso que estuvo a punto de acercase hasta un
mueble que estaba lleno de libros. Pero, no se atrevió no fuera
Louis a enfadarse por tomarse estas confianzas.
Pasaban los minutos y Jimmy no paraba de mover los pies debido al
nerviosismo.
Louis interrumpió la lectura.
-Es una historia estupenda.
-¿Es estupenda?
-Sí. Lo es realmente. Especialmente... es buena, considerando
que es tu primera experiencia escribiendo historias.
-Mi primera experiencia...
-Sí. Pero tiene mucho mérito.
-Tiene mérito.
-De esto no hay duda. Se puede decir que tienes madera de escritor.
-Tengo madera.
-Sí, claro. Pero tengo que acabar de leer esto.
Louis se puso de nuevo a leer.
Jimmy ya estaba un poco más tranquilo, pero le hubiera gustado
estar dentro de la cabeza de su amigo, para ver el efecto que causaban
sus palabras.
Al cabo de un rato interminable para Jimmy,
-Muy bueno. -Dijo Louis.
-¿Seguro?
-Sí. Me da que tienes un aire a Beaudelaire.
-¿Tengo un aire a Beau de l’Air?
-Sí. Tienes algunas faltas de ortografía, pero eso no
tiene importancia.
-¿No tiene importancia?
Jimmy se sintió aliviado de que Louis le dijera que no
tenía importancia. Pero como manifestaba algunas dudas, le
regaló un diccionario viejo.
-Toma esto. Es un diccionario. Es un poco viejo pero te servirá.
-¿Un diccionario?
-Sí. Te lo regalo.
Jimmy no acaba de creerse que su amigo le hiciera este regalo, por lo
que Louis insistió para que lo aceptara. Este regalo fue algo
muy valioso para Jimmy, pues era el primer libro que tenía.
-Cuando tengas una duda ortográfica, miras el diccionario.
-Sí, claro.
-Y si no estás seguro del significado de una palabra, la buscas
y ya está.
-Muchas gracias, Louis.
-De nada. Y ahora, Jimmy... Tengo mucho que estudiar.
-Adiós.
-Adiós
Jimmy se fue a casa lleno de júbilo. Louis le había dicho
que tenía influencias de no sé quien... “de L’Air” y eso
era probablemente una buena cosa. Trató de recordar aquella
palabra durante varios minutos sin resultado. Poco más tarde
pensando en otra cosa, recordó el nombre del autor
francés, era Beau de l’Air. Le pareció que era un nombre
muy interesante.
Al pasar por delante de la librería la
encontró cerrada. Tendría que hacer otra cosa, pues no
tenía donde escribir más.
Al llegar a casa, Jimmy habló con su tía Martha sobre lo
que le había dicho Louis y no dejó de contarle lo mejor,
tenía influencias de Beau de l’Air.
-¿De quién?
-De Beau de l’Air.
-Y ¿ese quién es?
-Debe ser un escritor francés, pues su padre lee novelas
francesas.
-Y ¿eso es bueno?
-Seguro. Los franceses han dado los mejores novelistas del mundo.
-Ah.
-Tengo que leer un libro de este Beau de l’Air.
-Y ¿para qué lo vas a leer? Tú no sabes
francés. -Bueno... pues tienes razón. Pero, mira... yo me
sé algunas palabras, ¿sabes?
-¿Sabes algunas palabras de francés?
-Sí. Había un chico belga en Kiriwasi. Estuvo allí
un tiempo, y yo me hice su amigo. De modo que me aprendí algunas
palabras de francés.
-Que bien. Pero, saber unas palabras no es bastante para leer una
novela.
-Oh, claro. Pero puedo leer esas novelas en español. Creo que
las novelas se traducen. Yo por ejemplo he leído algunas novelas
de Julio Verne.
-Y ¿para que dices que vas a leer?
-No lo sé. Louis dice que tengo influencias de Beau de l’Aire.
Entonces... quiero leerlo para...
-No te hace falta, Jimmy. Si tienes influencias sin haberlo
leído pues está muy bien. No sé quien es ese
Delair. Pero, me da a mí que lo que tienes que hacer es
escribir. Y no vas a aprender a escribir si te pasas la vida leyendo.
-¿No se puede aprender a escribir leyendo?
-Yo no entiendo de estas cosas. Pero, me parece que si quieres ser
escritor debes emplear todas tus energías en escribir.
-¿Por qué?
-Bueno, mientras estás leyendo no puedes escribir.
-Mientras...
-Sí, claro. O haces una cosa o haces la otra.
-Entonces...
-Nada. Tú haz lo que quieras. Pero, si coges el vicio de leer no
vas a ser escritor en toda tu vida.
-Y ¿eso como lo sabes?
-Tu primo Angelo cogió un gran vicio de leer, pero no veo que
haya escrito nunca nada. Si hubiera escrito algo yo me habría
enterado.
-¿Angelo no ha escrito nada?
-No. Además, para escribir tienes que desarrollar ideas.
-¿Ideas?
-Sí, claro. Y cuanto más practicas eso... mejor se te da.
-Pero, si leo...
-Sí lees te acostumbras a que las ideas te las den ya hechas.
-Si leo... me acostumbro a que...
-Claro. Te acostumbras a que te sirvan las ideas en bandeja.
-¿En bandeja?
-Sí. Es como si fueras un inválido. Alguien pone la
comida en una bandeja y te la lleva a la cama. ¿No lo ves?
-¿Un inválido?
-Sí. Si estás enfermo o inválido... por eso te dan
de comer. Y si no puedes mover las manos te alimentan a cucharadas.
-¡Oh! Entonces no leo a Beau de l’Air?
-Tú sabrás lo que quieres hacer. Pero, me parece que ya
te has cansado de ser escritor.
-Yo no me he cansado. Solo que se me acabó el cuaderno y la
librería estaba cerrada. Por eso no pude comprar otro cuaderno.
-Cuando vuelvas... compra tres o cuatro cuadernos de una vez.
-Tienes razón. Compraré tres o cuatro cuadernos.
-Eso si quieres seguir escribiendo. Si no quieres lo dejas y ya
está. No tienes ninguna obligación.
Jimmy se sintió mal de que su tía dudara de sus deseos de
ser escritor. Trató de arreglar eso preguntándoles si
quería que le leyera la historia. Ella aceptó y se
quedó muy impresionada con la narración. Pero al parecer
no estaba contenta del todo con la historia.
-¿Pero como has matado tan pronto al oso?
-Había que matarlo, ¿no? Era un oso muy criminal.
-Bueno, yo no he leído nunca una novela, pero he escuchado
algunas radionovelas por la tele.
-¿Radio que?
-Radionovelas. Estas novelas no son de matar osos, sino historias de
amores imposibles. Y veo que le van dando vueltas y más vueltas.
Así que no hay modo de que el joven heredero se case con la
humilde muchacha, pues la familia de él se opone a la boda
porque no tiene clase social.
-¡Oh!
-Y por parte de la familia de ella, tampoco quieren que se case, pues
la tienen todo el día haciendo de fregona y no quieren perder
una esclava.
-¡Oh, ya!
-Por eso creo que debes volver a empezar a escribir esa historia.
-¿Empezar otra vez?
-Sí, claro. No te vas a creer que te sale una novela perfecta,
así de golpe, la primera vez que te pones a escribir.
-No sale de golpe.
-No. No puede salir.
-No sale.
-No te desanimes. Para ser la primera vez te ha salido casi perfecta.
-¿Casi perfecta?
-Claro.
-¿Cómo sabes tanto de novelas, tía?
-Ya te lo dije. Todas las tardes escucho la radionovela.
-¡Ah!
-Yo creo que escribir novelas algo muy sencillo. Si yo supiera
escribir... se me daría muy bien escribir novelas.
-¿Se te daría muy bien?
-Sí, claro. Solo tienes que darle vueltas a las cosas.
¿Qué pasaría si en vez de ir a ese sitio el
personaje se hubiera ido a otra parte? Que pasaría si cuando
llegó a la casa de fulano se encuentra que ella estaba otro y...
el mozo tiene que escapar saltando por la ventana, o se esconde en el
armario o debajo de la cama... pueden ser cosas muy variadas.
-Entonces...
-Todos es cuestión de darle vueltas y más vueltas al
asunto. Tienes que introducir variantes, pequeñas historias. Es
como si fueran cuentos cortos donde los diversos personajes hacen cosas
diferentes.
-¿Es una cuestión de darle vueltas?
-Claro. ¿No puedes acabar esa historia tan pronto.
-Y ¿qué hago?
-El tipo no encuentra nunca al oso. Cuando llega a donde dicen que anda
el oso, este ya ha desaparecido. Mientras tanto, el joven ese va
haciendo amigos, enamorando muchachas... cortando leña...
Etcétera, etc.
-¿Y si no encuentra al oso... ¿cómo puede matarlo?
-Vamos a ver. Tú complicas la historia con mil aventuras. Y al
final, cuando el joven está a punto de casarse con Ofelia... y
todos están allí, en un día de sol, para celebra
la boda con el cura y los invitados... aparece el oso que se ha metido
en la cochinera.
-¿Aparece el oso?
-Sí. Aparece el oso y todo el mundo echa a correr en todas
direcciones.
-¿Todo el mundo se echa a correr?
-Sí, claro, pues le tienen miedo. Y entonces, el joven que se
había acostumbrado a llevar el cuchillo al cinto, sale a por el
oso, lucha con él y lo mata de una certera puñalada en el
corazón. Pero el oso le ha hecho unos arañazos en la cara
y le ha rasgado la ropa de la boda con sus uñas.
-¡Oh! ¡Qué lindo! De verdad que sabes
inventar historias, tía.
-Bueno. No es nada.
-¿Entonces no se casan?
-¡Que cosas tienes chiquillo! ¡Claro que se casan! Cuando
la gente ve al oso muerto en el suelo, todo el mundo sale de su
escondite y se reúnen de nuevo. Ella se acerca y le da al novio
un beso en la boca, aunque no estaban casados todavía.
-¡Oh!
-Entonces, la gente dice, ¡qué venga el cura!
¡Qué venga el cura! Y el cura aparece y casa al muchacho
con la muchacha y todos son felices para siempre y se comen infinidad
de perdices.
-¡Oh, tía! Quiero inventar historias igual que tú.
-Bueno. Tú aprenderás enseguida a inventar historias. No
es tan difícil.
-¡Qué bien!
-Resumiendo. Lo que te decía. Esa novela tienes que volver a
empezarla y seguir más o menos las ideas que te he dicho. Porque
si la historia es muy corta no puede ser una novela, solo sería
un cuento.
-Solo sería un cuento.
-Ya entiendo. Claro, si es corto, es un cuento.
-¿Es que no te enseñaron en ese colegio como se escribe
una novela?
-No. Solo me enseñaron la ortografía, la historia, y el
sistema métrico decimal.
-Bueno. ¿Sabes lo que te digo?
-¿Qué?
-Que no puedes estar metido en casa todo el día. Tienes que
salir a calle y pasear. Te conviene tomar el aire, o vas a coger una
tisis por no respirar bastante el aire fresco. La gente joven deben
tomar bien el aire fresco. Es algo saludable.
Jimmy pensó que su tía tenía razón,
cogió el impermeable y salió a pasear a la calle.
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