JIMMY LA FONTE




EL CONTRATO

   Tengo un amigo llamado Gunter que suele pasar todas las tardes en el bar de Jon Swarze para tomarse unas cervezas. Le llaman el “escribano” y se dedica a escribir instancias, solicitudes, declaraciones juradas, discursos funerarios, esquelas muy sentidas, y papeleos diversos de la vida cotidiana, como las cartas de amor que son su principal trabajo.
   Hace poco, Gunter apareció con un extraño maletín que resultó ser una máquina portátil de escribir. Todos en el bar nos quedamos con la boca abierta, pues aunque sabíamos que había maquinas de escribir nunca antes habíamos visto una.
   -Esto es una máquina de escribir. -Dijo Gunter con orgullo.
  -¿Una... máquina? -Le pregunté.
  -Sí. Una máquina de escribir.
  -¿Y esa cosa escribe?
  -Claro que escribe. Bueno, la máquina no escribe. Es la persona la que escribe. La máquina solo es una herramienta en las manos de un hombre experto que sabe manejarla.
  -¡Oh! Ya entiendo, es como un automóvil.
  -Claro. Pero las máquinas que hay en las oficinas son grandes y pesadas.   Esta máquina... es especial.
  -¿Por qué?
  -Es portátil.
  -¿Portátil? ¿Y eso que quiere decir?
  -Que pesa muy poco y se puede llevar como si fuera un maletín.
  -Oh, pues eso está muy bien.
  Gunter estaba orgulloso de poseer aquel artilugio moderno y nos hizo una elegante demostración de su funcionamiento.
  Metió un papel dentro de la máquina y puso a mover los dedos con gran velocidad, y la cosa empezó a hacer un ruido muy raro. La máquina estaba toda llena de letras y los dedos del Gunter iban tan rápidos que apenas llegabas a verlos moverse.
   Aquella demostración nos dejó a todos pasmados. Las letras iban apareciendo de un modo mágico sobre el papel. Resultaba algo digno de verse. Yo había visto alguna vez una máquina de escribir pero solo desde lejos. Y esto de que fuera portátil pues me pareció un gran adelanto de ciencia mecánicas. Era algo que solo se podía comparar con las ametralladoras y los aviones. El Gunter se detuvo y nos miró con una amplia sonrisa.
  -Con esto, se puede escribir una novela. -Me dijo en un tono como triunfal.
  Me pareció que Gunter con aquel aparato era capaz de cualquier cosa y eso excitó mi imaginación.
   Cuando estaba en casa, no se me quitaba la máquina aquella de la cabeza. Y de pronto me acordé de unos cuadernos que aparecieron entre unas cosas viejas que tenía en un baúl. Eran unos cuadernos que me envió por correo un amigo desde la isla de Moorea, que no sé donde está. Pero debe ser una isla que está muy lejos. Ahora traté de leer y no pude, pues se me nublaba la vista. Yo no leí esos cuadernos cuando llegaron por la misma razón, que no puede hacerlo ahora. Era una letra muy pequeña... creo que era una novela escrita por mi amigo Jimmy. Recuerdo vagamente que quería irse a Francia. Pero, se fue sin decirme nada. Él soñaba con ser escritor. Pasaron los años y yo seguía muy liado con el trabajo, pues puse una fábrica de hacer baldosas y esto no me dejaba tiempo ni para respirar. No le aconsejo a nadie para que ponga una fábrica de hacer baldosas.
   Por eso mismo, por el exceso de trabajo, cuando llegó un paquete algo pesado, era como un kilo de cuadernos escritos a mano, con letra pequeña. Con el paquete venía una carta de Jimmy, pero yo no puede leerla, porque estaba muy liado con el trabajo y tenía problemas para leer la letra de Jimmy. Así que lo dejé todo en el desván de la casa, pensando que un día tendría tiempo para leerlo. El caso es que todos estos años de trabajar duro, han hecho que se me canse la vista. De modo que me cuesta mucho leer, sobre todo porque la letra es pequeña. Tendré que ir un día al oculista, a ver si me receta unas gafas.

   O sea, que intenté leer aquellos cuadernos sin resultado; me recordaban los cuadernos de cuando iba al colegio. Esa letra me resultaba familiar, pero no estoy seguro de reconocer la letra de mi amigo. Así que cogí los cuadernos y me fui a ver al Gunter. Al llegar al bar estaba el hombre luciendo su máquina, pero no tenía nada que escribir.
   Le eché el paquete con los cuadernos encima de la mesa y le dije: -¿Cuánto me cobras por escribir esto a máquina?
   El Gunter cogió un cuaderno y se puso a leer. Leía tan rápido que yo me preguntaba, ¿cómo puede leer tan rápido el tipo este? Cogió un segundo cuaderno y se puso a mirar. Luego le echó, un vistazo al tercer cuaderno y a un cuarto. Luego lo cerró y me dijo,
   -Esto no se puede escribir.
   -¿Y por qué no?
   -Tiene muchas faltas de ortografía y carece totalmente de prosodia.
-¿Pro... qué?
   -Pro-so-dia. La ‘pro-so-dia’ es algo muy im-por-tan-te en el arte narrativo. Sin pro-so-dia, no eres nadie.
   -Bueno, pues eso... na-rra... ti-vo. Pues no me lo hagas narra-tivo. Házmelo natural. Me lo escribes con esa máquina y ya está.
   -Si no tiene prosodia, pues no se puede.
   -¿Es que tú no tienes... un poco de eso? Pues escribes esa historia, y le vas echando unos polvos de esa cosa por encima.
   -¿Qué dices?
   -Échale un poco de eso. Quiero decir, que le vas metiendo un poco un granito por aquí, y un granito por allá. Vas entreverando las palabras de Jimmy con la cosa sódica esa.
   -No puedo hacer eso, Dave. No es ‘é-ti-co’.
   -Déjate de leches. ¿Qué estás diciendo?
   -La é-ti-ca no me lo permite hacer eso que me pides.
   -Y ¿eso que significa?
   -Que aunque quisiera... no puedo hacerlo. Las cosas son tal cual son. Si un escrito tiene su prosodia pues está muy bien. Pero si no la tiene... si no la tiene... no vale nada.
   -Bueno, pues eso. Sí tú le echas un poco de ética sódica ¿quién carajo se va a enterar? Todo queda entre tú y yo.
   -Eso no se puede hacer, Dave. Es algo que me compromete, ¿sabes?
   -No te hagas el duro que te conozco. ¿Cuánto me quieres cobrar?
   -Esto es caro, Dave. Tengo que estar prosodiando todos estos cuadernos, y son más de veinte, con esta máquina tan pequeña.
   -¿Y qué?
   -Que eso lleva mucho tiempo.
   -¡Cuánto cuesta, carajo! ¡Habla!
   -Por tratarse de ti... que eres un amigo... te hago un precio de favor.
   -¡Cuánto!
   -Te cobro un chelín.
   -¡Joder! ¡Tantas vueltas por un chelín! En cuanto acabes de escribir todos esos cuadernos, te lo pago. Y por ese precio... llénamelo bien de pro-so-dia.
   -No has entendido nada, Dave. Es un chelín por cada folio.
   -¿Cada qué? ¿Qué carajo es eso del folio?
   -Un folio es una hoja, Dave.
   -¡Una hoja, una hoja! ¿Y por qué no hablas como los cristianos? Si se dice hoja, pues se dice una hoja. No me andes jodiendo con palabras raras.
   -No son raras, Dave Son palabras de la jerga burocrática.
   -Bueno, ¿cuánto cuesta eso?
   -Es un chelín por cada hoja.
   -¡Tú estás loco de atar! ¿Un chelín? ¿Tú te crees que soy banquero o qué?
   -Es que hay que echarle mucha prosodia a esos escritos.
   -Bueno, pues ponme un precio bien ajustado y échale solo una pizca de esa cosa que dices. Que este libro no es para presentarlo a ningún concurso.
   -¿Entonces? ¿Para que carajo quieres esto?
   -Lo hago en memoria de un amigo.
   -Que le pasa, ¿se murió?
   -No. Se fue al otro mundo. Ahora vive en el paraíso.
   -O sea que se murió.
   -¡Qué no, joder! ¡Qué no se murió! Bueno, igual sí. Yo creo que está viviendo en un paraíso tropical. Me lo imagino todo el día follando. Era un gran follador.
   -¡Oh! Ese sí que tiene suerte.
   -Bueno. Escríbeme eso. Es para recordar a un amigo. Quiero verlo... como si fuera una novela. Algunas partes, contienen un poco de historia. No te puedo decir más.
   -Debe ser interesante.
   -Bueno, ajústame bien el precio y empieza a escribir.
   -Ajustar el precio, ¿dices? Eso no se puede hacer, Dave. Piensa que existen los sindicatos. Además tuve que sacrificarme mucho para estudiar el bachillerato. Si alguien se entera que una cosa tan chapucera lo escribí yo, me va a dar muy mala fama.
   -¡Venga ya! ¡Déjate de cuentos! Con la de cervezas que te he pagado, y ¿ahora me vienes con esas? Tienes que hacerme un descuento por encargos al por mayor. Eso no es escribir un par folios, sino un verdadero encargo al por mayor.
   -No se pueden hacer descuentos, Dave. Esto va contra la ética. Si se entera el sindicato...
   -¡Pues olvídate! ¡No escribas nada! -Dave recogió las libretas con irritación. -Vete al carajo, Gunter.
   -Bueno, hombre. No te enfades. Por ser tú, te cobro 8 peniques por folio. Ni uno menos.
   -¡Pero eso es mucho!
   -No es mucho, Dave. Es muy poco. Además, los folios son caros. Piensa que esto se hace por triplicado.
   -¿Qué es eso de triplicado?
   -Que se hacen tres copias de una sola vez. Una en papel grueso, y dos copias en papel cebolla. Vas a tener tres ejemplares, Dave.
   -Eso es otra cosa. ¿Cómo es la palabra? ¿Tripi... qué?
   -Triplicado, Dave.
   -Tri-pli-cado.
   Dave paladeó esa extraña palabra y pensó que a Jimmy le agradaría mucho saber que su historia se estaba escribiendo por triplicado. A Jimmy le encantaban las palabras bonitas.
   -Bueno. Pues si lo haces por triplicado, pues está bien. A ocho peniques la hoja, que se dice folio.
   Dave estaba contento al saber que las hojas se llamaban folios. Parecía una palabra interesante. A Jimmy le gustaría esa palabra, pues soñaba con ser escritor.
   -Pero te pongo una condición. No le digas a nadie que te lo he puesto tan barato. Si alguien te pregunta, le dices que me pagas un chelín por hoja.
   -Trato hecho. ¿Cuándo vas a empezar?
   -¿A donde vas con esas prisas? Dame un chelín para comprar papel.
   -No me tomes por un primo, Gunter. Página escrita, página pagada.
   -Pero...
   -Si te hace falta el dinero, ya puedes empezar a escribir. Además, tu eres rápido como el rayo escribiendo.

   Así fue como empezó todo. Gunter iba escribiendo hojas y yo se las iba pagando. Esos papeles eran para mí como un tesoro. Y al releerlos iba yo sintiendo como que viajaba en un tiempo ya lejano, donde yo era joven y estaba corriendo extrañas aventuras. El fondo de todo lo que se cuenta en esas hojas... solo es un vago recuerdo. Todo lo demás, como la prosodia y las palabras finas, son cosas añadidas por Gunter. Y como dice que debe velar por su reputación le he dado libertad para alterar el escrito según crea conveniente.

   Bueno, pues ya hemos llegado al punto en que os digo, que esta historia trata de la vida de Jimmy la Fonte, un gran amigo de cuando yo era un muchacho. Él quería escribir una novela, cuando era joven. Era una manía que padecía, y yo le creía que estaba un poco chiflado. Decía cosas muy raras, como algo de encontrar un paraíso y otras cosas raras. Pero parece que ha cumplido su sueño, y estos cuadernos ser´n la prueba de ello. Jimmy tendrá su novela. All´ donde se encuentre, en alguna parte del paraíso, Jimmy sabe que yo me ocupo de este asunto, para que esos cuadernos tengan toda la apariencia de una novela. No sabía que nombre ponerle a esta historia, y pensé que le vendría bien llamarla "Jimmy la Fonte". Él estaba muy orgulloso de su nombre, un tanto peculiar y extraño por estas tierras.

   Así fue como empezó todo. Gunter iba escribiendo hojas y yo se las iba pagando. Esos papeles eran para mí como un tesoro. Y al releerlos iba yo sintiendo como que viajaba en un tiempo ya lejano, donde yo era joven y estaba corriendo extrañas aventuras.
   El fondo de todo lo que se cuenta en esas hojas... solo es un vago recuerdo. Todo lo demás, como la prosodia y las palabras finas, son añadidos del Gunter. Dice que debe velar por su reputación. No sé bien lo que significa, pero tendrá razón. Él entiende de estas cosas de la reputación y las letras.
  

Bueno, pues ya hemos llegado al punto en que os digo, que esta historia trata de la vida de Jimmy la Fonte, un gran amigo de cuando yo solo era un muchacho. Él quería escribir una novela, cuando era joven, y yo le tomaba por loco. Parece que cumplió su sueño, y estos cuadernos serán la prueba de ello.
   Presumiendo de su máquina portátil de escribir, Gunter dijo, “con esto se puede escribir una novela”. Fue cuando yo me dije, pues mi amigo Jimmy tendrá su novela. Allá donde se encuentre, en alguna parte del paraíso, Jimmy sabe que yo me ocupo de este asunto, para que esos cuadernos tengan toda la apariencia de una novela.
   No sabía que nombre ponerle a esta historia, y pensé que le vendría bien llamarla “Jimmy la Fonte”. Él estaba muy orgulloso de su nombre, un tanto peculiar y extraño por estas tierras.
   Luego, cuando Gunter iba a empezar me preguntó,
   -¿Quién es el autor?
   -Jimmy La Fonte.
   -Bien, y ¿cuál es el título?
   -¿El título? Ah, ¿te refieres al nombre de la historia?
   -Sí
   -El nombre de esta historia es Jimmy La Fonte.
   -¿Cómo va a llamarse igual, el título y el autor? Eso no es posible.
   -¿No es posible?
   -Me parece que no. ¿Le vas a poner algún subtítulo?
   -¿Un sub... título? Un subtítulo... déjame pensar. “El muchacho que buscaba el paraíso”.
   -Suena muy bonito, Dave. Pero no podemos poner como título el nombre del autor. Tiene que hacerse de otra manera. El nombre del autor debe ser diferente al título de su obra.
   -¿Una palabra diferente? Déjame pensar.
   -Piensa, Dave.
   -¿Qué tal si le ponemos... un falso nombre?
   -Un falso nombre. Eso se llama un “pseudónimo”, Dave.
   -¡Ah! Ya. Un seudo... nomo.
   -No, Dave. Se dice “pseudó-nimo”.
   -Bien. Pseudómino es una palabra muy linda. Le podemos poner... el falso nombre de... Jon Eynhof.
   -¿Jon Eynhof? No está mal. No está mal. Hasta parece un nombre con pedigrí.
   -¿Y eso que es?
   -Es algo que tienen... es algo que tienen los caballos de carreras.
-Bien. ¿Entonces, ¿te gusta Jon Eynhof?
   -Sí. Parece un nombre muy elegante.
   -Pues ya puedes empezar a teclear.

   Dave pidió una cerveza, y desde la banqueta contemplaba con placer a Gunter que tecleaba como un condenado la novela de Jimmy La Fonte.
   Y al darse cuenta de la celeridad de sus dedos, Dave pensó que esa asombrosa habilidad era... una maravilla de la naturaleza. Si viéramos a una ardilla escribiendo a esa velocidad, quedarías pasmados de asombro. Pero como solo se trata de un ser humano, parece que no le damos la menor importancia. Razonamos con mezquindad y decimos... ¿qué escribe muy rápido a máquina? Bueno, ¿y eso qué? No deberíamos menospreciar a Gunter y su maravillosa habilidad escribiendo. Me recuerda a un violinista que vi una vez en una cervecería. Estaba tocando una melodía popular, y luego pasaba el sombrero para que le echáramos unas monedas para poder comer. Hay gente increíble en este mundo. Y creo que Jimmy también era un muchacho increíble. Estos días me he estado acordando de él. Y siento añoranza. Me gustaría verlo, volverlo a tocar con mis manos, darle un abrazo. Parecía a una preciosa muchacha. Lucía un precioso pelo rubio, que con nada que lo dejará crecer, presentaba unos rizos increíbles.
   Igual ya no es tan bello como cuando era joven. ¿Pero quién es bello cuando llega a los cuarenta años?
   Dave bebía cerveza mientras Gunter tecleaba como un poseso.
   -¡Dave! ¡Ponme aquí una jarra de cerveza! -Gritó Gunter.
   -¡Marchando! -Respondió Dave. Luego miró a Jon Swarze y le dijo, -Ponle una jarra a Gunter, Jon.
   Jon se puso a llenar una jarra de cerveza.




EL JOVEN KIRIWASINO

Lo que sigue en esta parte, es una especie de prolegómeno especulativo. Realmente no sé quien lo escribió. Tal vez, yo mismo se lo dicté a Gunter. Tal vez, lo escribió el mismo Jimmy, como si estuviera hablando de otra persona.

   Hubo hace tiempo un muchacho llamado Jimmy la Fonte. Este joven padeció un extraño delirio, pues quería hacerse francés. Pero una cosa de tanto prestigio no se consigue así como así, con esa facilidad que él pensaba. Ni se consigue con un golpe de suerte jugando a los dados. Tampoco ocurre tampoco tras un ataque súbito de imprudencia. Creo que uno no consigue hacerse francés fácilmente. Sino que este prodigio lleno de gloria solo acontece como resultado de un proceso acumulativo de trascendencias.
   ¿Cuál podría ser la razón para que un simple muchacho fogartiano se le ocurriera la tontería de hacerse francés? Tras muchas horas de meditación no he podido responder a esta pregunta. Pero, creo que la razón íntima de padecer algo así, puede encontrarse en cualquier parte. Puede ocurrir por la posición de las estrellas en el cielo en un día concreto de tu vida. O porque paseando por el campo cierto día, el muchacho se encontró un sapo negro en el camino. También puede ocurrir que el muchacho haya tenido un descuido lamentable. Estoy pensando ahora mismo que igual pisó esa línea nociva que separa dos baldosas especialmente cargadas de maldad.
   No se vayan a creer que Jimmy era supersticioso, supongo que él sabía perfectamente que esto de las líneas entre dos baldosas no significan nada. Claro, nada. Es decir, que no significa nada, en términos generales. Pero pueden existir en alguna parte del mundo, un par de baldosas, que contienen una línea singular. Y si pisas en esa línea te has caído con todo el equipo. Porque, esa línea precisamente... esa línea... sí que tiene un significado trascendente. Y con frecuencia, nuestra propia ignorancia de este asunto puede resultar trágica.
   En el caso de Jimmy las cosas no le fueron tan mal como le fueron para otros que estuvieron muy cerca de él. Estoy pensando en personajes que acabaron trágicamente, como Pete, el joven que soñaba con ser boxeador. O como el negro Tom, que murió trágicamente en extrañas circunstancias. Pero, precisamente estos otros... estos si que pisaron alguna línea fatídica entre dos baldosas que estaban llenas de maleficio.
   Jimmy llegó a hacerse francés, un poco sin saber como. Por pura chiripa del destino, tras pagar un precio razonable en sufrimiento. Todo esto es normal, cuando llegas a ese punto de grandeza. Estoy hablando de la grandeza de los hombres tímidos, esos que casi nadie sabe una palabra de su existencia. Jimmy tuvo que soportar algunos avatares, no solo molestos, sino que algunos hasta fueron placenteros. Estuvo con frecuencia en el filo mismo de la muerte, pero sin llegar jamás a tener relaciones de confianza con ella.
   El caso es que este muchacho, nunca se las dio de nada. Siempre soñó con las cosas imposibles, pero nunca llegó a dar con ellas. Tal vez esto es lo correcto. Cuando estás a punto de tocar las cosas imposibles con tu mano, su imagen se desvanece en la nada.
   Digamos, que como un insecto cualquiera, el muchacho fue pasando por una serie fases transformativas, por una sucesión de etapas que le condujeron hasta un fin, que aunque fue esperado, resultó sorprendente y chocante.

   Cuando se tuvo la primera noticia sobre la existencia de Jimmy, este aún no era Jimmy, sino un pedazo insignificante de carne humana. Más que un pedazo de carne, creo que fue un disgusto, un accidente imprevisto, una serie prolongada de dolores y mareos. Luego, según pasaba el tiempo, este engendro fetal fue provocando más nauseas, y hasta es muy probable algunos pensaran que no era más que una mancha, un borrón en la plácida normalidad existencial.
   O sea que tampoco es cosa de extrañarse que Jimmy estuviera casi siempre situado en la posición perfecta para ser un estorbo. El papel de Jimmy, siempre fue el de alguien que no debería estar allí en ese momento, sino en otra parte. El sitio perfecto para situar a Jimmy hubiera sido, un lugar donde nadie se percatara de su miserable existencia.

   Cuando ya todo el mundo se había acostumbrado a soportar su existencia con cierta naturalidad estoica, algunos fueron tan atrevidos que dijeron, “es un bebé encantador”.

   Un par de años más tarde, ese encanto imperdonable perdió gran parte de su magia. Esa puede ser la causa por la que su madre se marchó de la tierra, a lugares tan lejanos. Y unos años más tarde andaba por unas islas remotas. Islas estas situadas más allá de los trópicos, en alguna parte del océano ignoto y desamparado. Desde allí, la lejanía de Francia hacía más tolerable su existencia del pequeño Jimmy. Y es que algunos tienen la mala suerte de nacer atravesados.

   Con el paso del tiempo, el bebé Jimmy, tan lindo, con su lindo pelo rubio, y sus dulces mofletes, se fue transformando en diversos avatares. Fue pasando por diversos estadios de melancolía inevitable. Y son precisamente estos estadios los que conformaron su carácter como algo tan maleable. Raramente se podía adivinar que forma tendría su mente al día siguiente, o al cabo de unos meses.
   En general, Jimmy fue un ser maldito por los dioses, pues nació en pecado. Y ese pecado, se reflejaba claramente en su cara, pues parecía un precioso angelito de Boticelli. Y de este simple hecho, que nos podría parecer anodino, surgió el Jimmy de esta historia.
   Lo peor de todo es que Jimmy exhibía deshonestamente su angelical encanto, y esto provocaba incontables turbaciones. Ya desde niño, Jimmy tenía unos labios carnosos que provocaban un sano desprecio entre los niños del colegio. Y para empeorar las cosas, su precioso pelo rubio tenía una tendencia a descolgarse formando graciosos bucles. Todas estas circunstancias iban a definir una serie de dificultades que le habían de perseguir durante toda la vida.

   Cuando era un bebé, se dice que Jimmy estuvo en una granja de vacas en la Auvernia. Eso queda por cierta parte de la Francia misma. Su madre trabajaba allí como sirvienta, probablemente. Y allí fue donde se gesto su pecado genético. Pero todo esto no son más que especulaciones de mentes calenturientas. La verdad debe estar escondida en algún baúl, en un desván polvoriento.

   Con el paso de los años, ya nadie sabe nada de la historia de Jimmy. Todo lo que sabemos está escrito en esta historia. Pero, igual no es otra cosa que una fantasía desbocada.
   Es una ley de la vida que solo se tenga en cuenta el presente. Y según alguien se va de una parte a otra del mundo, se van borrando los enlaces que le atan al pasado y desaparece todo rastro de su existencia. Y al faltar estos datos, los lugares, las casas, las personas, los parientes... los avatares propios del presente, van borrando los archivos del pasado, y la memoria misma de su vida se vuelve muy difusa. Por no decir que se extingue.
   La existencia de Jimmy siempre fue precaria. Tal vez, precaria sea una palabra impropia. En su lugar, sería mejor decir que Jimmy nunca existió, que fue solo un reflejo de la luz del sol sobre un diminuto cristal de cuarzo. O quizás solo fue una alucinación pasajera que alguien tuvo. Tal vez solo fue un destello de nuestra propia locura. Probablemente, solo fue una ensoñación prohibida. Y esto ya nos predispone a preocuparnos por la salud de nuestra mente.

   ¿Supo Jimmy algo sobre su origen en la Auvernia? Probablemente, no. Estando en el colegio, hubo un raro día en que Jimmy recibió la visita de su madre. Y al ver tanta tristeza en su rostro ella le dijo: “Cuando eras pequeñito... hablabas muy bien francés.”
   Eso resultó muy reconfortante para el niño y le hizo sonreír. De ser esto cierto, estas simples palabras pudieron haberlo predispuesto para padecer esta manía de hacerse francés. Nunca llegó a ser un francés del todo. No. Pero en algunos momentos, ante alguna gente, llegó a pasar como que era un francés. Bueno, ya saben que tampoco es tan difícil que uno pueda hacerse pasar por francés. Por otra parte, en las neuronas de Jimmy aún pueden quedar algunos rastros de su infancia en la Auvernia. Y esos rastros imperceptibles, tal vez subconscientes, explicarían la facilidad con que Jimmy se extasiaba contemplando las vacas pastando en los prados, y el modo en que se embelesaba con el campanilleo de los cencerros de las vacas. Pero, no dudo que algunos puedan tener otras teorías para explicar la existencia de Jimmy.

   Voy a presentaros al muchacho directamente. Se llama Jimmy la Fonte y tiene dieciséis años y seis meses. Vino hace poco de Hioo, la segunda isla en tamaño del archipiélago Kiriwasi. Islas estas que situadas en alguna parte indeterminada del Trópico de Capricornio, o más probable sea que las islas estén en otra parte.
Jimmy se vio un día transportado a las brumosas costas de la península Cámbrica. Quiero decir que lo metieron en un barco de vapor y lo enviaron a Foggarty como si fuera un paquete postal. Este nombre tan raro, Foggarty, le viene a la región por causa de las lloviznas y brumas que padece durante unos diez meses al año.
   Jimmy enseguida se percató de que las casas de Foggarty no están pintadas de colores vivos como en las islas Kiriwasi, sino que tienen un tono como muy oscuro, casi negro, debido a la austeridad de sus moradores. Aunque es probable que ese color le venga del tizne que echan las chimeneas de una zona industrial que hay a unas cuantas millas por el oeste. Y este color, dicen algunos, nos predispone a los foggartinos a tener un carácter callado y melancólico. Cuando inclinamos nuestra cabeza para mirar una jarra de cerveza, parece que estuviéramos en un velatorio. Así es nuestro carácter de austero y triste.

   En el tiempo que Jimmy vivió con nosotros, el muchacho no tenía razones para quejarse de las brumas ni del hollín; pues solo tenía dieciséis años y cinco meses. A esa edad uno puede aguantar sin quejarse todas las brumas de Foggarty. Con un librito de nada Jimmy se olvidaba del mundo.
   Cierto día, de un modo imprevisto, su tía Martha le dijo,
-Vives como un señorito.
   -¿Al cualo?
   -Eso no se dice, niño. ¿Dónde has aprendido a hablar así? No se dice ‘al cualo’ sino ‘el qué’.
   La tía Martha parecía dispuesta a conseguir que el muchacho hablara de un modo decente, como cualquier foggartino. Y es que el chico estaba influido por la forma defectuosa que tienen al hablar los isleños de Kiriwasi.
Resumiendo, el muchacho se pasó muchos meses viviendo de señorito, y no hacía otra cosa que leer libros en la biblioteca y pasear por toda la ciudad sin hacer nada de provecho.
   Su tío Henry trabajaba de leñador en un monte y se pasaba muchos meses fuera de casa. Cuando llegó se alegró mucho de ver al muchacho.
   -¿Así que tú eres el mozo de Kiriwasi?
   -Sí señor. -Dijo Jimmy tímidamente.
   -¡Qué! ¿Cuándo empiezas a trabajar?
   -¿Cómo?
   -¡Qué hay que ganarse las judías, chaval! Leyendo libracos nadie te va a dar de comer.
   -¡Oh! ¡Ah! Claro. -Farfulló el muchacho.
   -Te buscaré un trabajo. No puedes seguir así.
   -Bueno. Me parece bien. - El muchacho aceptó tímidamente.
   -Eso es. Hay que trabajar.
   -Sí, claro.

   El muchacho pronto se vio trabajando en la construcción. Su tía había propuesto buscarle trabajo en una oficina. Pero la idea de verse otra vez encerrado entre cuatro paredes le horrorizaba. Era como volver a aquel jodido colegio religioso. Trabajar en una oficina le parecía una sentencia de cárcel para toda la vida. El muchacho pensó, “una vez que te metes en un sitio de esos, ¿qué pretexto vas a tener para escapar?”
   No tenía ninguna razón para negarse a trabajar. Así que eligió la construcción. En la construcción se trabaja con frecuencia al aire libre. Y a veces, se puede ver un poco de sol asomando entre las nubes. De ese modo, el muchacho no echaría de menos el sol de las islas Kiriwasi. Aunque allí también tenían temporadas de lluvias interminables.
   Había mucho trabajo en la construcción en ese tiempo. Pues era necesario reconstruir todo lo que la guerra convirtió en escombros. Así que en ese tiempo nunca le faltó trabajo. El único problema que tenía ese trabajo es que el muchacho no le veía un futuro muy halagüeño, pues aparte de tener un espíritu inquieto, algo lejano le atraía de un modo irremisible. Y las ataduras con que le sujetó al suelo la tierra de Foggarty no fueron suficientes, pues le atraían las quimeras de la trascendencia.



Dave le hace ir al baile


   Cierto domingo estaba Jimmy leyendo en el parque y unos tímidos rayos de sol se asomaban entre las nubes anunciando que el verano ya acampaba con todo el descaro del que es capaz en Foggarty.
   El parque del Padre Hoffer mostraba un prodigio de innumerables margaritas de tamaño enano. Estas flores no levantaban más de un par de centímetros del suelo. A la sombra de unos viejos robles, las minúsculas margaritas crecían con dificultades compitiendo por algo de luz entre una hierba enana.
   Jimmy estaba sentado en un banco del parque, leyendo una historia sobre un cuervo que picoteaba a un hombre que se muere de sed en el desierto. Pero, en algún momento, el muchacho se distrajo con un ruidoso parloteo. Levantó la cabeza y vio que pasaban cerca unos muchachos hablando en voz alta. Eran de más edad que Jimmy y parecían mantener entre ellos un combate por ver quien hablaba más fuerte. El líder del grupo miró en dirección de Jimmy y se dibujó una sonrisa en su cara.
   -¿Pero, mira quien está aquí? ¡Pero si es el isleño!
   El joven iba rodeado de un grupo de amigos que miraron a Jimmy con curiosidad.
   -¡Hola, kiriwasino!
   Los chicos le miraron extrañados para ver quien se merecía este saludo tan expresivo.
   Jimmy miró al muchacho con curiosidad y extrañeza.
   -¿No te acuerdas de mí? -Preguntó el muchacho.
   Jimmy tardó unos segundos en recordar su cara.
   -Sí que me acuerdo. Tú eres de la obra.
   -Sí, pero... ¿a qué no recuerdas de mi nombre?
   -Te llamas... te llamas... Dave.
   -Bien. Pensé que ya lo habías olvidado. Creo que vamos a ser amigos.
   -Oh, sí, claro. -Le dijo Jimmy por cortesía.
   -Bueno, ¿qué es lo que haces?
   -Nada. Estoy aquí... leyendo. -Le dijo un poco avergonzado.
   -¿Y eso que es?
   -¿Leyendo? Pues... eso es... leer.
   -¿Me lo explicas?
   -Pues es... como... como si leyeras. Solo es un librito. No es nada.
   -¿Cómo que no es nada?    -No. No es nada. Un librito de nada. Lo coges... y... lo lees. -Dijo Jimmy avergonzado.    -Eso es malo. No puedes pasarte un domingo así, solo en este parque. Y encima leyendo. -Dijo Dave con un tono amable.
   Jimmy no sabía que decir.
   -Leer te hace daño a la cabeza, Jimmy. He oído cosas de gente que se ha vuelto loca de tanto leer.
   -Pues a mí no me hace mal.
   -Sí que te hace mal. La lectura es un veneno lento.
   -¿Qué?
   -Si lees una página no pasa nada. Solo te da un ligero dolor de cabeza.
   Dave hizo una pausa pensando como seguir.
   -Leer es algo que te debilita. -Añadió con tono doctoral.
   Dave se quedó mirando el lamentable estado físico en que se hallaba Jimmy. Le dio un ligero empujón y le tumbó sobre el banco.
   -¿Ves lo flojo que estás?
   Jimmy se enderezó enseguida y le dijo,
   -Este es mi estado natural. Soy así. Un poco flojo.    -Pues eso hay que arreglarlo. Tienes que hacer ejercicio, gimnasia, lucha libre... tienes que ponerte fuerte.
Luego, se dirigió a los demás y les dijo:    -Tenemos que llevar a este isleño al baile.
   -Sí. Que se venga con nosotros. -Dijo uno de ellos.
   Dave solo era un poco más alto que Jimmy; pero era mucho más fuerte y ancho de pecho.
   Jimmy se quedó ligeramente fascinado mirando los ojos de Dave; marrones de un extraño brillo. Dave le cogió de la mano y le levantó con un impulso decidido.
   -Hala. ¡Tira el jodido libro por ahí! -Dijo Dave.
   -¿Qué?
   -Tíralo entre esos matos. -Señaló con la mano unos arbustos. Ahora nos vamos al baile.
   -¡No lo puedo tirar! Es de la biblioteca.
   -Pues escóndelo bien en el bolsillo. Si te ven por ahí con un libro se van a creer que estás chiflado.
   -Pero yo no puedo ir al baile. -Dijo Jimmy cauteloso.
   -¿Por qué no?
   -Porque no sé bailar.
   -¡Y eso que más da! Yo tampoco sé bailar. -Dijo Dave.
   -Pero... -Jimmy alegó.
   -Nadie sabe bailar, Jimmy. Nadie sabe.
   Luego se dirigió a los demás y les preguntó:
   -¿Alguno de vosotros sabe bailar?
   -No. -Dijo uno.
   -Yo tampoco.
   -Yo sé bailar solo el paso-doble. -Dijo otro.
   -¿Lo ves? Nadie sabe bailar. Venga, vamos.
   Luego se dirigió a los demás y les dijo,
   -¿Podemos dejar al isleño sólo en este parque?
   -No. No podemos dejarlo solo.
   O sea que me Jimmy tuvo que ir al baile con ellos. Era mi primera vez.
   Por el camino Jimmy iba razonando que ir al baile no podía ser muy diferente a leerse un libro. En un libro, uno va explorando un mundo desconocido. Esto de ir al baile era parecido. Se trataba de explorar un mundo nuevo y totalmente desconocido. Jimmy llevaba poco tiempo en Foggarty y no conocía casi nada de este mundo, excepto la llovizna diaria que caía en el país.
   Dave fue animando a Jimmy, pues le parecía un tanto decaído. Dave se sentía contento por la superioridad protectora que ejercía sobre el muchacho solitario.
   Jimmy miraba a la cara de Dave y se admiraba de ver que no paraba de sonreír. Parecía un muchacho feliz. Y eso resultaba muy agradable para Jimmy, pues le daba un poco de color a su vida que era bastante taciturna.
   -En los bailes siempre consigues una chica para follar. -Dijo Dave sonriendo.
   Él estaba sorprendido por el crudo lenguaje de Dave, pues se había educado en un internado con los padres del Santo Sacrificio.
   -¿Eh?
   -Follar. ¿Te gusta follar, no?
   -¡Oh! Sí, claro. -Mintió Jimmy, pues no lo había hecho todavía.
   -¿Lo has hecho alguna vez?
   -Oh. No. Eso es muy difícil. Además... es... es pecado.
   -¿Pecado? No digas bobadas. No puede ser pecado.
   -¿Por qué no? ¡Lo dicen los curas!
   -¿Y ellos que saben? ¡Los curas no follan! -Dave soltó una risita nerviosa. Era consciente de estar diciendo cosas muy atrevidas, pero se sentía poderoso con su brazo izquierdo sobre los hombros de Jimmy.
   -¡Oh! -Dijo Jimmy impresionado por este atrevimiento de mencionar a los curas en una conversación sobre el verbo follar.
   Dave se sentía muy seguro y trató de ilustrar a Jimmy un poco, pues parecía un ignorante sobre las cosas esenciales de la vida.
   -Mira, follar es algo que da mucho gusto. -Dijo Dave.
   -Sí. Eso ya me lo han dicho otros.
   -Y si da mucho gusto no puede ser pecado.
   -¿No? Yo tenía entendido que todo lo que da placer es pecado.
   -No. Pecado es... pecado es cuando te duele.
   -¿Cuándo te duele?
   -Sí. Una vez me di un golpe en un dedo con el martillo. Eso sí que fue un gran pecado.
   -¿Te dolió mucho?
   -Al principio, sí. Eché una gran blasfemia.
   -¿Una blasfemia?
   -Sí. Aquí blasfemamos mucho.
   -¡Ah!
   -O sea, que me dolía la hostia y estaba soplando.
   -Ya me lo imagino.
   -Pero, luego te dices, ¡carajo! ¡Un hombre no se queja!
Así que desde ese momento te aguantas, porque eres un hombre.
   Dave iba al lado de Jimmy con el brazo por encima de sus hombros. Los amigos de Dave parecían un poco celosos por todas estas atenciones y su charla con Jimmy.
   Dave se dio cuenta de esto y les dijo:
   -Es que está muy solo, el pobre kiriwasino. -Hizo una pausa y añadió. -Tenemos que tratarlo bien. Es nuevo en esta tierra y carece de amigos.
   Ellos callaron.
   -¡Ajá! ¡Quién me iba a decir que me iba a tropezar con mi amigo el Kiriwasino!
   Luego le miró sonriendo y apretó el brazo sobre los hombros de Jimmy, para que sintiera la fuerza que tenía.
   Fueron andando por las afueras de la ciudad, subiendo por la falda de un monte.    Cuando llegaron al sitio del baile había que pasar por una ventanilla y pagar. Todo el mundo se puso a buscar dinero en sus bolsillos.
   -Y ¿ahora qué? -Preguntó Jimmy perplejo.
   -Hay que pagar 5 peniques por la entrada. -Dijo Dave. -¿Tienes dinero?
   Jimmy buscó en sus bolsillos y tenía siete peniques. Se los enseñó a Dave que cogió un billete de cinco y se fue a la taquilla a comprar las entradas.
   Dave volvió con dos tiques y le dio uno.
   -Este es el tique para entrar. No lo pierdas. -Le dijo Dave.
-Si sales fuera para a fumar un cigarrillo tendrás que enseñar este papel para volver a entrar. Si lo pierdes no puedes entrar de nuevo.
   Entraron en aquel sitio, y era un salón muy grande lleno de gente. La mayoría se situaba en el centro bailando, y alrededor había gran número de muchachas. Decenas y decenas. Unas estaban sentadas y otras de pie. Jimmy nunca había vista tantas muchachas juntas.    Todos los chicos se desparramaron por el lugar y se perdieron de vista.
   Dave miró a Jimmy y le dijo,
   -No te separes de mí. Fíjate bien en lo que hago y haces lo mismo.
   Jimmy iba a su lado, atento. Luego, Dave se dirigió a una muchacha y le dijo,
   -¿Quieres bailar?
   -Sí. -Dijo ella sonriendo.
   Dave miró a Jimmy a la cara y le dijo,
   -Haz tú lo mismo.
   Él y la chica se pusieron a bailar y se perdieron en medio de la gente.

   Jimmy estaba de pié, quieto, sin saber que hacer. Las palabras de Dave resonaban en su mente: ‘haz tú lo mismo’.
   Se acercó a una muchacha y se fijó que era guapa. Trató de usar su lenguaje más fino. Se sabía una fórmula perfecta para pedir el baile a una muchacha. La aprendió de otros niños cuando estaba en Kiriwasi, en el colegio.
   -¿Me concede este baile, señorita?
   -No. -Le dijo ella con un leve desdén.
   Se quedó un poco atontado. Luego pasó a la chica de al lado.
   -¿Me concede este baile, señorita?
   -No.
   Repitió varias veces la misma fórmula sin resultado. Esta frase cortés no estaba funcionando. Luego se acordó de Dave. Él no lo dijo así. Recordaba que dijo, ‘¿quieres bailar?’ Y ella respondió que sí sin dudarlo.
   De modo que Jimmy trató de enmendar mis modales.
   -¿Quieres bailar?
   -No. -Dijo la chica con indiferencia.
   Jimmy volvió de nuevo a intentarlo con otra, y luego con otra. Y siempre le decían que no.
   -¿Quieres bailar?
   -No. -Dijo ella.
   -¿Quieres bailar?
   -No.    Ya iba casi por la mitad del circuito. Había preguntado ya a cuarenta o cincuenta chicas si querían bailar. Y todas le decían que no.
   Al cabo de un rato había vuelto al punto de partida y nadie quería bailar con él. Pero él seguía pidiendo un baile con insistencia. Empezaba a estar un poco cansado y se iba saltando alguna chica; a veces hasta tres de una vez. Pensó que si una chica veía que otra le decía que no, era más probable que ella dijera lo mismo, no.
   Al cabo de un tiempo a Jimmy ya le daba igual. Iba ya por la tercera vuelta y aunque miraba a las chicas ya casi no les veía la cara. Estaba como sonámbulo cuando, de pronto, una le dijo,
   -Sí.    Jimmy no se había enterado, pues tenía la cabeza un poco aturdida.
   -¡Qué sí, chaval! ¡Qué vamos a bailar! -Dijo ella muy decidida.
   Jimmy sintió que lo agarraba y le empujaba al centro de la pista.
Se dejó llevar de un modo inconsciente, arrastrando un poco los pies. No sabía muy bien lo que le pasaba. Pero ella le agarró con firmeza.
   -Nos vamos a hartar de bailar hasta la noche. -Le dijo.
   -¿Cómo? -Preguntó Jimmy un poco aturdido.
   -Eres muy guapo.
   -¿Eh?
   -¡No te hagas el tonto, chaval! ¡Que estás para comerte!
   -¿Qué?
   -¡Qué estás como un bollo de chocolate!
   Hubo un momento en que Jimmy se separó algo de ella, y vio que tenía un cuerpo muy ancho y era alta. Sus brazos fuertes lo llevaban a derecha e izquierda siguiendo el ritmo de la música. El muchacho le pisó los pies varias veces pero ella no pareció darse cuenta.
   Luego, levantó la cabeza para mirarla. Tenía una cara fornida, un poco ancha quizá. Parecía una especie de calabaza. Tenía numerosas manchas rojizas en la cara, pero no se veían muy bien, pues la luz del salón era muy débil.
   Jimmy sintió que ella le apretaba contra su cuerpo. Su cara se hundió entre sus pechos abundantes y tenía problemas para respirar.
   -¿Lo estás pasando bien? -Le preguntó.
   Él levantó la cabeza, azorado. Nunca antes se había visto con la cara metida entre los pechos de una mujer. Ella puso una mano sobre mi trasero y lo apretó contra su cuerpo.
   Jimmy no estaba excitado, sino aturdido. No estaba preparado para esta situación. Su corazón palpitaba con fuerza y parecía que iba a estallar.
   Cuando acabó la música él hizo un intento de irse. Pero ella le tenía bien agarrado por la mano y no pudo.
   -¿A donde vas, chaval? Quédate aquí, que ahora mismo empieza otra pieza.
   -Es que tengo que ir al urinario. -Alegó Jimmy.
   Ella se sintió decepcionada. Y puso cara de desprecio y soltó su mano.
   -¡Va! Todos los hombres son iguales.
   Él salió afuera, al jardín. Respiró hondo el aire fresco del exterior. Luego orinó sobre unos arbustos del jardín.
   Aunque era temprano, ya empezaba a oscurecer y Jimmy, decepcionado, se marchó solo andando a casa.
   Por el camino pensó en la insólita experiencia que había tenido. ¡Todo le parecía tan raro! Trataba de recordar todos los detalles de lo ocurrido. Ella era alta y corpulenta... le agarró decidida y le manejaba como si fuera un muñeco de trapo. Y esa cara tan ancha... llena de picaduras de avispa... Esa cara tan fuerte... a Jimmy le pareció que aquello era muy raro. Ella parecía el chico... y él resultaba... resultaba... como una chica. Creo que se ruborizó al pensar esto. A su lado, él parecía frágil; pues era más bajo, delgado... y más guapo de cara. Estas consideraciones le hicieron sentirse mal. Él necesitaba una chica... una chica que fuera... más femenina. Una chica a la que él pudiera manejar y sostener en sus brazos. Luego, no podía ser robusta como aquella. Era demasiada mujer para Jimmy.





      Cuando llegó a casa, su tía Martha estaba cosiendo a máquina un encargo urgente. El muchacho se fue al baño y se miró al espejo. Trató de ver si tenía alguna espinilla que afeara mi cara, pero no vio ninguna. Cuando le salía una espinilla, Jimmy la estallaba con los dedos. De ese modo estaba seguro que una espinilla no duraba nada en su cara.
   Pensó en las más de cien chicas que le dijeron que no. ¿Por qué? No tenía espinillas en la cara. ¿Acaso les parecía que era un chiquillo?
   Se miró en el espejo tratando de hallar una respuesta. Luego, se fijó en su pelo que era rubio oscuro. Tenía un pelo rebelde que con nada que lo dejaras crecer formaba unos rizos rubios. No podía dejarse el pelo largo y lucir sus rizos pues le dijeron que eso era cosa de niñas. El hombre tiene que llevar el pelo corto. Se lo dijeron en varias ocasiones. Pero, con frecuencia se demoraba en ir cortarse el pelo. No era raro que lo llevara algo más largo que el resto de los muchachos. El caso es que le gustaba lucir esos rizos que le salían en cuanto el pelo le crecía un poco. Con el pelo corto, esos rizos solo eran una vaga insinuación. Todo lo que quedaba de esta limitación es que con frecuencia le decían “¿es que no te peinas?” Y él respondía, “si me peino, pero tengo el pelo muy rebelde que se tuerce en todas direcciones”. La respuesta más corriente en estos casos era decir, “que raro”. Y alguno que otro le aconsejó que usara una crema fijadora.
   Jimmy se estuvo fijando en su cara y le pareció que lucía demasiado niño para su edad. Ya tenía una pelusa fina en la barbilla y en el labio superior, pero no se le notaba casi nada porque esa pelusa era casi transparente. Si hubiera tenido el pelo oscuro se habría notado mucho más. Sin embargo, si se olvidaba de su cara de niño, estaba orgulloso del color su pelo, y se lamentaba interiormente de no poder ir con el pelo largo para lucir sus rizos. De otra parte, pensó que si tuviera el pelo negro, se le notaría un poco el bigote y unos pelillos en la barbilla, de modo que parecería más hombre. Y si hubiera parecido más hombre, las mujeres no le habrían rechazado cuando les preguntó si querían bailar.
   En ese periodo de su vida, Jimmy ya había cumplido los diecisiete años, pero mirándose en el espejo, pensó que parecía no tener ni quince. Era demasiada diferencia. Esta cara que tenía... no es la cara que debes tener cuando le preguntas a una chica si quiere bailar.
   El lunes, Jimmy no vio a Dave por la obra. Preguntó por él y le dijeron que estaba trabajando en la obra de al lado. Se sintió algo solo.
   Pasó otra semana tras su fracaso en el baile. Se dijo que ya no volvería a un baile hasta que no cumpliera los veinte años. Así que se fue caminando al parque del padre Hoffer. Allí se puso a leer un libro de la biblioteca que trataba de unos náufragos en una isla. Era una historia muy linda. Entre los náufragos hay un hombre muy sabio que empieza a inventar la civilización de nuevo.
   Entonces aparecieron otra vez aquellos muchachos alrededor de Dave y él insistió para que fuera con ellos al baile. Era un sábado por la tarde.
   -¿Follaste mucho? -Le preguntó Dave por el camino.
   -¿Eh?
   -¡Ay, bribón! Con esa cara de niño bonito, te has hartado de bailar.
   -Solo... solo... bailé un poco. -Le dijo tartamudeando.
   -Venga, vamos. No te puedes quedar aquí leyendo. Eso es malo pa’ la cabeza.
   -No tengo ganas. -Se quejó Jimmy.
-Venga. Tienes que venir. Verás como esta vez te follas a alguna.
   Jimmy fue varias veces al baile con ellos. Pero nunca consiguió bailar.
   Luego, para no volver a encontrar más a esos muchachos, cambió de lugar de lectura. No quería volver a sufrir la frustrante experiencia del baile.





   El lunes siguiente Jimmy se encontró con Dave en la obra. Le miró como si estuviera molesto por algo.
   -El domingo te estuve buscando y no estabas en el parque.
   -No quiero ir más al baile.
   -¿Por qué?
   -Ninguna chica quiere bailar conmigo.
   -Yo te vi bailando.
   -Sí. Pero esa chica no me gustaba. Era muy grande y fuerte.
   -Pues esas son las que más follan.
   Jimmy puso cara de tristeza.
   -No me gustan ese tipo de chicas. -Le dijo.
   -¿Las que follan?
   -No. No es eso. Es que me siento mal.
   -¿Y por qué?
   -Yo necesito una chica... más joven que yo.
   -Esas no van al baile. Aún no tienen la edad.
   -¡Ah!
   -Entonces... ¿no quieres volver al baile?
   -De momento, creo que no.
   -¿Es que no te gustan las chicas?
   -Sí que me gustan. Pero no puedo aguantar que todas me digan que no.
   -¿Todas te dicen que no?
   -Eso es.
   -Bueno. Tal vez... igual es que... que te ven cara de niño.
   -¿Cara de niño? ¡Ya tengo diecisiete años!
   -Sí. Pero tienes una cara muy linda.
   -¿Qué dices? -Preguntó Jimmy extrañado.
   -Bueno, esto... es que... ¿sabes?, no te enfades, ¿vale?
   -¿El qué?
   -Tienes cara de chica. -Dijo Dave riéndose.
   -¿Cara de chica? -Le dijo Jimmy irritado.
   -¡Sí, Claro! ¡De eso no hay ninguna duda!
   -¡Eso es mentira! -Le dijo Jimmy poco convencido.
   -Me dan ganas de... de pedirte un baile. -Dijo Dave sonriendo.
   -¿Qué dices? -Jimmy se puso colorado.
   -¡No te enfades, hombre! Solo es una broma.
   -¡Es que soy un chico! ¿Sabes? ¡No me digas eso!
   -Solo era una broma. ¿Es que no sabes aguantar una broma?
   -Pues esa broma no me hace ninguna gracia.
   -Perdona, hombre.
   -No me gustan esas bromas.
   -Venga, no te enfades. ¿Me perdonas?
   -Bueno, sí. Te perdono. Pero...
   -¿Amigos?
   -Bueno, sí. Pero no me digas más eso.
   Dave lo cogió entre sus brazos y lo abrazó. Él se sintió incómodo con ese abrazo. Jimmy tenía entendido que solo se abrazan los parientes y los novios. Y tenía entendido que los amigos no se abrazaban.
   Jimmy se sintió capaz de rechazarlo. Dave le ayudaba mucho con las cosas de la obra. Y cuando no podía con una carretilla, a veces le echaba una mano y la llevaba él. Otras veces le indicaba la mejor manera de manejar algo pesado. Jimmy solo era un aprendiz y el capataz le había encargado a Dave que le enseñara las cosas del trabajo.
   Dave era un tipo simpático que siempre sonreía al ver a Jimmy. Pero, tenía un tic nervioso. Se rascaba con frecuencia un bulto que tenía en los pantalones. Tenía una cosa hinchada allí. Jimmy pensó que debería ir al médico para que le cure esa hinchazón.
   Por las mañanas, cuando Dave veía se encontraba con Jimmy y se alegraba mucho. Le saludaba con una sonrisa y le guiñaba un ojo. Otras veces, cuando iban en la misma dirección le echaba su brazo por encima y eso le hacía pensar que eran buenos amigos.
   -Eres mi mejor amigo. -Decía Dave.
   Pero a Dave le gustaban mucho las bromas. A veces le acariciaba el culo a Jimmy y luego se reía.
   -¿Por qué haces eso? -Le preguntaba Jimmy irritado.
   -Por nada. Son bromas de amigos.
   -¡Ah!
   Un día Dave se puso muy amistoso con toques y bromas. Le dio palmadas en los hombros y en la espalda. Luego, le dio un pellizco en una tetilla y eso resultó muy doloroso.
   -¡Ay! ¡No seas bruto! ¡Eso no se hace!
   Entonces le dio un fuerte cachete en el trasero. Jimmy sintió unas corrientes extrañas que sacudieron todo su cuerpo.
   Él no protestó, pues pensó que este muchacho era incorregible con las bromas pesadas.
   -¿Sabes algo? -Le dijo Dave.
   -¿El qué?
   -Te voy a pedir este baile.
   -¡¿Qué?! -Le dijo Jimmy irritado.
   -Tienes una cara tan linda... que me dan ganas de darte un beso.
   -¡Los chicos no se besan! -Le dijo Jimmy con severidad.
   -Pero... es que... -Jimmy le miró irritado. -No te enfades, ¿eh? Es que... tienes una cara de niña que...
   Jimmy se puse rojo de vergüenza... y se echó a llorar. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
   -¡Son bromas, hombre!
   Dave le acarició unos cortos rizos de pelo rubio, preocupado al verlo llorar.
   -¿Es que no sabes aguantar una broma? -Preguntó Dave.
   Jimmy no contestaba y seguía llorando.
   -A ver. Mírame a los ojos.
   Él le miró y sus ojos parecían tener un extraño brillo que lo dominaba.
   -¡Eh! ¡Eh! ¡Qué solo era una broma, hombre! -Dijo Dave.
   -¿Una broma? -Le dijo Jimmy amoscado.
   -Claro, hombre. Soy tu amigo. No te voy a decir estas cosas en serio.
   -Pero, lo dijiste.
   -No era en serio. Solo era una broma entre amigos.
   -¿Una broma?
   -Claro. Sonríe, venga.
   Dave le quitó las lágrimas de la cara con los dedos.
   -No me gustan esas bromas. -Le dijo Jimmy en tono de queja.
   -Mírame a los ojos y sonríe.
   Jimmy le miró en el fondo de sus ojos marrones y sonrió inseguro.
   -Lo que dije de que...
   -¿Eh?
   -De que... de que tienes cara de chica... era una broma. Pero... -Dave se echó a reír de nuevo. -Pero... eres de verdad muy guapo.
   Jimmy dio un bufido de impotencia. Su amigo siempre andaba con este tipo de bromas.
   Poco a poco, Jimmy acabó por acostumbrarse a estas bromas y ya no le daba ninguna importancia. Su amigo era así de su propio carácter; un bromista incorregible.

   Jimmy vino desde las islas Kiriwasi a Foggarty y se sentía contento de tener un amigo, pues siempre andaba solo. Varias veces, Dave trató de quedar con Jimmy para ir al baile, pero este rechazó su invitación. No quería volver a pasar por aquella pesadilla de que todas las chicas le dijeran que no querían bailar.
   Al cabo de un tiempo, la obra donde trabajaban ya se estaba acabando, y Jimmy encontró otro trabajo y no volvió a ver a Dave Le echó de menos durante varias semanas, pues Jimmy no tenía amigos en Foggarty. Y como estaba acostumbrado a andar sólo, poco a poco me fui olvidando de Dave. Y se refugió en los libros.
   Cuando estaba en las islas Kiriwasi Jimmy tampoco tenía amigos. Solo tuvo uno que le apreciara sin importarle que fuera europeo. Pero al cabo de un tiempo este amigo se fue de la isla a vivir a Europa con su padre. Jimmy vivía encerrado en un colegio interno y eso lo provocaba era una tristeza crónica. Los muchachos nativos se reían de él, no se sabe bien si era porque tenía la piel muy clara. El caso es que durante un tiempo le llamaron ‘clara-huevo’. También se reían de su acento exótico, pues los indígenas kiriwasis hablan con un acento diferente a los niños europeos. Con frecuencia le decían que estaba esquelético y que había venido a las islas para matar el hambre. Pues les parecía evidente que los europeos estaban famélicos y tenían muy mal color de cara.
   Jimmy pasó muchos años en un colegio interno y nunca salía de allí. Los niños nativos se iban de vacaciones en verano con su familia, pero Jimmy no salía nunca del colegio por motivos que no puedo desvelar.

   Ahora, en las estas tierras húmedas de Foggarty, Jimmy se sentía más libre pues ya no estaba encerrado entre cuatro paredes. Iba de un sitio a otro sin rumbo cuando no tenía trabajo. Iba caminando desde su casa al trabajo cada día, y eso se ajustaba bien a su carácter adaptable y sensato. Aunque el trabajo a veces le resultaba difícil, pronto se fue acostumbrando y se sentía bien. Era una experiencia mucho mejor que estar en aquel colegio interno de Kiriwasi. El capataz de la obra, viendo que era flojo solía darle trabajos a su medida.



Levantamiento de pesas


   Jimmy iba cierto día por a calle y al pasar por cierto lugar vio tras una puerta de cristales a un hombre joven y fuerte que levantaba una barra de hierro con unas ruedas muy pesadas en los extremos.
   Se quedó mirando y le pareció que el hombre gritaba algo y hacía una mueca levantar esos hierros. Debían pesar mucho por la cara de esfuerzo que ponía.
   Desde el interior vieron a Jimmy mirando y le hicieron señas para que entrara. Así que giró la manilla de la puerta y entró.
   -Hola. -Le saludó el que hizo la seña.
   -Hola. Respondió Jimmy.
   -Hola. -Saludaron los demás.
   -¿Para qué hace eso? -Preguntó Jimmy curioso.
   -¿El qué?
   -Eso. El levantar esos hierros.
   -Estamos haciendo pesas. -Dijo uno.
   -¿Haciendo pesas? Y ¿eso para qué es?
   -Nos estamos entrenando.
   -¿Entrenando? ¿Para qué?
   -Para estar en forma. -Dijo uno.
   -Para cuando vengas los nuestros. -Dijo otro sonriendo.
   -¿Y quienes son los nuestros?
   -Los socialistas.
   -Vosotros tenéis acento extranjero. ¿De donde habéis venido?
   -Somos crambrianos, pero hemos venido de Francia.
   -¿De Francia? ¡Qué bien!
   -¿Te gusta Francia?
   -Sí, mucho.
   -¿Has estado en Francia?
   -No. Nunca. Pero me gusta mucho Francia.
   -Y ¿cómo sabes que te gusta?
   -No sé. Deben ser una cosa... una cosa... intuitiva.
   -Y ¿eso que es?
   -¿El cualo?
   -Eso que dices, la cosa intuitiva.
   -¡Oh! ¡Ah! ¿Intuitivo? Intuitivo es... es como... cuando... no sé. Es algo intuitivo. Es una palabra que se dice.
   -O sea que no lo sabes.
   -Bueno... pues... Creo que es como... como cuando no sabes... no sabes una cosa, pero tú sin embargo te crees que sí, que la sabes. Eso es intuitivo.
   -Bien. Tú tampoco eres de aquí. ¿De donde has venido?
   -De las islas Kiriwasi.
   -¡Oh! Que bien. Las Islas Kiriwasi. Todo un paraíso tropical.
   -Sí, eso es lo que se dice.
   -Y ¿a qué te dedicas?
   -Trabajo en la construcción. Pero mi ilusión es ser escritor.
   -¿Escritor?
   -Sí.
   -No puedes.
   -Y ¿por qué no puedo?
   -Eres muy joven. No has vivido nada. No eres nadie.
   -¿Qué? Yo... sí soy alguien. Soy Jimmy de la Fonte. Estuve en las islas Kiriwasi, y vine aquí yo solo, en un barco de vapor.
   -¿Viniste tú solo?
   -Sí. Además, ya no soy un niño. Tengo diecisiete años.
   -Bueno, chaval. Para ser escritor, tienes que haber tenido experiencias trascendentes.
   -¿Experiencias... trascendentes? Y ¿eso qué es?
   -¿No lo sabes? Ya ves que no puedes ser escritor. No sabes lo que son las experiencias trascendentes.
   Jimmy se quedó un poco confuso. Pero, no se le gustaban las discusiones del colegio. A veces se discutía de cosas raras, y Jimmy imitaba el estilo de los curas argumentando.
   -Bueno. Eso de las experiencias no va a ser un problema.
   -¿Por qué?
   -Porque tú me lo vas a explicar.
   -¿Y por qué crees que te lo voy a explicar?
   -Bueno. ¿A ti no te importa que yo llegue a ser un gran escritor, ¿te importa?
   -No. No me importa.
   -Además... No solo no te importa. Sino que... yo creo que estarías orgulloso si yo fuera un escritor.
   -¿Y por qué iba a estarlo?
   -Porque podrías decir, “ese... ese que va por ahí, es un gran escritor. Y todo eso me lo debe a mí. ¿Sabes por qué? Porque yo le expliqué todo lo que hay que saber sobre las experiencias trascendentes.”
   -Me has convencido.
   -¿Qué son las experiencias trascendentes?
   -Las experiencias... trascendentes...
   Jimmy estaba pendiente de sus revelaciones.
   -Las experiencias trascendentes... son aquellas que... -Se detuvo buscando las palabras correctas para explicarse.
   -Giovi, estás quedando en ridículo delante del muchacho. -Dijo uno de los suyos.
   Jimmy sintió simpatía por el levantador de pesas. Pues él mismo se había visto en esas dificultades tratando de explicar alguna cosa abstrusa. Y por la pinta de todo este asunto, las experiencias trascendentes parecían algo difíciles de explicar.
   -Dile al muchacho que no tienes ni puta idea. -Le dijo otro.
   Giovi se puso colorado.
   -Las experiencias trascendentes... son... son las que... las que...
   -Déjalo, Giovi. No te esfuerces. Dedícate a levantar hierros, como dijo el muchacho.
   -Las experiencias... trascendentes son... las que atenazan tu alma... en un indecible sufrimiento.
   Giovi hizo un gesto similar al que hacía cuando levantaba los hierros. Y a Jimmy le conmovió esa frase, aunque no acababa de comprenderla.
   -¿Me puedes poner un ejemplo? -Preguntó Jimmy.
   Giovi se quedó unos segundos dudando, luego pareció tener una súbita inspiración.
   -Hasta que no estés en una guerra... una guerra que se está perdiendo...
   -¿Eh?
   -Hasta que no estés en la cárcel... sin... sin la menor esperanza...
   -¡...!
   -Hasta que no estés... perseguido por la justicia... huyendo como una rata por las alcantarillas...
   -¡...!
   -Hasta que no estés condenado a muerte...
   -¡...!
   -No has empezado a vivir... una experiencia trascendente.
   -¡Oh! -Exclamó Jimmy impresionado.
   -La mayor trascendencia la tienes... justo cuando andando... cuando vas en dirección al paredón... para ser fusilado.
   Jimmy sintió una especie de revelación.
   -Y si vivo todo eso... ¿ya puedo escribir?
   -Sí. Ya puedes.
   -Y con eso, ¿ya sabré escribir?
   -Poco más o menos. Tu vida empieza a contar desde el momento mismo en que tienes experiencias trascendentes.
   Jimmy se quedó impresionado e inmóvil en aquel sitio. No tenía modo de seguir hablando. Se repitió a sí mismo que su vida no contaba para nada, pues le faltaban las experiencias trascendentes.
   De pronto le sobrevino una gran tristeza y decidió huir de aquel lugar. Ya se había girado para irse, cuando Giovi le llamó.
   -Espera. No te vayas. Tienes que levantar estas pesas.
   Jimmy se dio la vuelta y se agachó para levantar aquella barra de hierro pero no pudo levantarla ni un centímetro del suelo.
   Todos se rieron de Jimmy. Él se sintió abochornado por su falta total de trascendencia y se marchó sin decir adiós.
   Jimmy había tenido una mala experiencia con aquella gente, y esto me hizo sentirse mal. Estaba muy desilusionado. Se fue mascullando tristes pensamientos. “No soy ni siquiera un recién nacido. ¿Cómo puedo soñar con ser escritor? Tengo que hacer algo para remediar esta situación.”





En la casa de Raimond


   Un día en casa de la tía Martha se presentó un primo de Jimmy llamado Raimond. El motivo para presentarse vino directamente de su madre, al enterarse que por fin “el pequeño Jim” había llegado de unas islas remotas. La madre de Raimond le tenía una escasa simpatía a este ramal podrido de la familia, pero obligada por sus obligaciones como cristiana se decidió, al fin, y empujó a su hijo a invitar a Jimmy a su casa, para presentarlo en sociedad. Esto es algo que ello hizo de mala gana. Y esto fue probablemente influido por el sermón del domingo pasado. El cura había hablado con gran pasión sobre un sermón de Jesus, en el que se declara explícitamente que “el pastor guardará las ovejas en la majada y se irá por los montes y los barrancos en busca de la oveja perdida.”
   Así que el primo Raymond, después de charlar un rato con Jimmy, le invitó a pasar por su casa a merendar el siguiente domingo, después de misa. Por lo que la hora quedó definida a las cinco de la tarde. Raymond le prometió que le estarían esperando algunos de sus amigos.
   -De esa manera, irás conociendo a la buena gente de Foggarty. -Concluyó Raimond.
   Cuando llegó el domingo, Martha estuvo toda la mañana recordando a Jimmy que debía ir a casa de su primo. Le dijo que se duchara y se afeitara... y al ver la cara de Jimmy totalmente imberbe, se dio cuenta del error, y le dijo, “bueno, no hace falta que te afeites”. Luego le planchó una camisa y unos pantalones. Y llevada de su fe sobre la importancia de las apariencias, hasta le planchó la chaqueta. Después de ducharse, Jimmy tuvo que soportar, como si fuera un niño pequeño, que su tía de llevara de nuevo al baño, y le peinara de una manera decente, pues tenía un pelo que se declaraba en rebeldía mostrando unos rizos indómitos.
   -Debes ir a cortarte el pelo. -Dijo la tía Martha.
   -¿Pero si no lo tengo largo?
   -Es que estos rizos... no hay manera de meterlos a camino.
   -¿Qué le pasan a estos rizos? A mí me gustan.
   -Si fueras una muchacha, estarías encantado con estos rizos. Pero eres un chico, y los chicos no pueden ir por la vida luciendo rizos.
   -¿No pueden?
   -No. Eso es solo privilegio de las chicas.
   La tía Marta hizo grandes esfuerzos por aplastar los rebeldes rizos de Jimmy con espuma de jabón. Y casi consiguió meter los rebeldes pelos de Jimmy dentro de un orden.
   -¿Ves? Así te queda mejor.
   Martha le recordó a Jimmy que debería ir a cortarse el pelo. El lunes sin falta. Luego, su tía le dio instrucciones para que pudiera dar con la casa de Raymond.
   Cuando llegó a la casa, la madre de Raymond había preparado una lujosa bienvenida en el comedor con una mesa llena de comida. Algunas de aquellas cosas... Jimmy no sabía lo que eran pues no las había visto antes. Los muchachos se persignaron y rezaron una volátil oración, luego se pusieron a comer con gran apetito. Jimmy estaba asombrado al verlos comer y no me atrevía a corromper la sacralidad de tanta abundancia. Era una pena que todo aquel bella composición se estuviera deshaciendo a toda velocidad. Los muchachos miraron a Jimmy y se dieron cuenta de que había comido nada, por lo que le animaron para que comiera. Él se mostró tímido pero ellos insistieron mucho hasta que lo vieron comiendo. Y así es como Jimmy participó tímidamente en aquella profanación. No quedó nada comestible sobre la mesa.

   Después de la merienda, Raimond lo presentó a sus amigos.
   -Este es Iovanni.
   Jimmy no sabía que hacer y le dio la mano.
   -Este es Renato.
   Le dio también la mano.
   Raimond le iba presentando a todos, de modo que su mente se hacía un barullo. No podía recordar tantos nombres con sus caras respectivas.
   -Este es Louis. Estudiante de bachillerato.
   Esta afirmación produjo un impacto en la mente de Jimmy.
   -Estudiante de... ¿de qué?
   -De bachillerato.
   Jimmy se quedó impresionado y no me atrevió a extender su mano hacia una persona tan importante.
   Pero Louis avanzó su mano decidido hasta Jimmy de modo que este tuvo que dejarle que estrechara su mano.
   Louis le apretó la mano con fuerza.
   -Hola, Jimmy. -Le dijo. -Es un honor... estrechar la mano... de un joven kiriwasino.
   Jimmy estaba mudo por la emoción, pues nunca había estrechado la mano de un bachiller. Y esta era emoción muy fuerte para Jimmy.
   -Me llamo Louis Ponferrato. Y creo que seremos buenos amigos.
   Jimmy no se lo podía creer, pues el joven bachiller había dicho que serían buenos amigos.
   Hubo una pausa de silencio hasta que alguien dijo.
   -¿Cómo son las islas Kiriwasi?
   -¿Eh? ¡Oh! Esto... las islas... Las islas Kiriwasi son... son volcánicas, y están situadas en el Océano Pacifico.
   Un ligero desencanto se reflejó en alguna cara.
   -¿Y los indígenas son caníbales?
   -Los... los indígenas? No. No lo son.
   -Y ¿los leones? -Preguntó otro.
   -¿Los leones? -Jimmy se quedó pasmado con esta pregunta tan comprometida. -En las islas Kiriwasi no hay leones.
   -¿No hay leones? -El chico parecía decepcionado.
   -No. Ya no hay.
   Jimmy se dio cuenta que había fallado en algo, pero no sabía bien en qué.
   Los muchachos habían leído muchos tebeos y seguro que se habían visto todas las películas de Tarzán.
   -¿Y los indígenas son muy belicosos?
   -¿Eh? ¡Oh, no! No lo son. -Dijo Jimmy que ignoraba totalmente los más elementales principios de la narración dramática.
   Un murmullo de decepción se perfiló en el ambiente.
   -Supongo que irán vestidos con taparrabos, ¿no?
   -No. Esos son otros nativos. Los de Kiriwasi no usan taparrabos.
   -Entonces... ¿es van por ahí con... con todo el colgante al aire?
   -¿Con qué colgante? ¡Ah! ¡Ya! ¡Oh, no! Van vestidos igual que tú y que yo, pero algo más... más de pobre.
   -¿Van vestidos como nosotros? -Preguntó uno extrañado.
   -Sí. Más o menos. –Dijo Jimmy.
   Hubo cierto desconcierto con esta declaración. Esto trastornaba toda su liturgia y hasta los fundamentos mismos de su fe.
   Jimmy se dio cuanta del escándalo provocado por sus palabras y trató de enmendar sus errores narrativos.
   -Ellos llevan menos ropa que nosotros aquí, pues allí no hace frío.
   -¡Ah! -Dijo otro.
   -¿Entonces, llevan pantalones y camisa?
   -Sí, claro.
   Los muchachos estaban desorientados.
   -Pero se quitan la camisa... cuando hace calor. -Dijo Jimmy al ver que se mascaba la decepción en sus caras.
   -Cuando el calor es sofocante... -Añadió Jimmy. -Los indígenas se quitan los pantalones.
   -¡Ah! Se quitan los pantalones. -Dijo uno.
   -Y se tiran al agua en calzoncillos para refrescarse.
   -¡Ah! Sí, claro.
   Este dato mejoró ligeramente el interés de la audiencia.
   Los muchachos le fueron preguntando a Jimmy sobre las selvas tropicales, los cocodrilos y todos los tópicos del tema tropical, como las serpientes venenosas y los escorpiones.
   Jimmy no tenía más idea que ellos, así que fue echando mano de las cosas que había leído en los tebeos en el colegio y algunas novelas de aventuras para muchachos.
   Alguien asoció las islas del Pacífico con los tifones.
   -¿Y cómo son los tifones?
   -Los tifones son... son muy destructivos. -Dijo Jimmy tratando de ser preciso.
   -¿Solo son destructivos?
   -¡No, no! Bueno, digamos que son... son totalmente devastadores.
   -Devastadores.
   -Sí. Son terribles. Es tanto el pavor que causan... que el corazón se te encoge.
   Los muchachos le miraban un tanto... un tanto aburridos.
   -Te cogen un barco... -dijo Jimmy, -un barco atracado en el puerto... y ¡zas! Lo levantan por los aires y te lo ponen en medio del parque de la Reina Kekonnen. Destrozando totalmente los tulipanes y los rododendros.
   Esta parte de la narración pareció efectiva y siguió hablando.
   -Los tifones vuelan las casas de los nativos y luego... tienen que volver a reconstruirlas.
   -¿Y las casas de los europeos?
   -No. Esas no. -Dijo Jimmy con aplomo. -Las casas de los europeos resisten muy bien a los tifones, porque están hechas de piedra volcánica. Solo se les vuela alguna que otra teja.
   -¿Y que más?
   -¿Qué más? Los tifones arrasan las plantaciones de cocoteros y miles de hectáreas de ananás.
   -¿Ananás? ¿Y eso que es?
   -Ananás es una fruta muy sabrosa que... en el colegio... solo nos la daban para comer... cuando ya estaba algo podrida.
   -¿Algo podrida? ¡Puag! ¡Que asco!
   Jimmy se dio cuenta que debía enmendar ese error de inmediato.
   -No. No es eso. Tú no lo entiendes. Esta fruta... es muy singular.
   -¿Y eso que es? -Es singular porque... es muy amarga... pero mejora. Mejora mucho su sabor... cuando empieza a ponerse pocha.
   Se podía ver en sus caras que esta fruta podrida carecía totalmente de interés.
   -Y ¿las nativas... fo... foll...? Quiero decir que... que si lo hacen... con los europeos.
   -No he entendido la pregunta.
   -Pregunta que si las nativas... que si están todo el día con el triqui, triqui. -Aclaró otro.
   -¿Qué es el triqui-triqui?
   Alguien le aclaró las ideas haciendo un gesto obsceno con las manos.
   -Ya sabes, el triqui-triqui. -El chico metía y sacaba un dedo en el hueco de su mano cerrada.
   -Ah. ¿Eso? En Kiriwasi se dice rave, rave.
   -Bueno, ¡qué! ¿Las nativas hacen mucho de eso que dices?
   -Esto... no. Las... las nativas... son temerosas de Dios.
   Todas las caras llenas de curiosidad se apagaron súbitamente. Jimmy había metido la pata de un modo ignominioso.
   Se dio cuenta que el interés de aquellos muchachos por las islas Kiriwasi se había desplomado. ¿Qué interés podían tener unas islas felices... si las nativas no hacían triqui triqui con los europeos? Eso no eran islas paradisíacas, ni eran tropicales, ni eran nada de nada. No eran otra cosa que un lamentable fraude.
   Tras el decepcionante informe sobre las Islas del Paraíso, los amigos de Raimond se dividieron en dos grupos. Unos se pusieron a hablar de fútbol y otros de cine. Jimmy se quedé totalmente descolocado pues no sabía una palabra de una cosa ni de la otra. Pensó que un día debería ir al cine y otro día al fútbol, a fin de paliar la ignorancia total que padecía en materias de tanto interés social.
   En este momento, con su gloria en eclipse total, Louis se acercó a Jimmy para salvarle del oprobio y la desolación.

   -Hola, Jimmy. Quiero que me cuentes cosas de tu vida en las islas Kiriwasi.
   Jimmy recordó con agrado su bello nombre, Louis Ponferrato. Pero no sabía que le podía contar. Se sentía fracasado.
   Louis le fue haciendo preguntas poco comprometidas sobre las islas. Él hizo lo posible por complacer su curiosidad, lo que implicaba decirle alguna... decirle muchas mentiras. El muchacho se había pasado la vida encerrado a cal y canto en aquel colegio religioso durante nueve años. De modo que no sabía nada de nada de las islas paradisíacas, ni de los trópicos. De las islas Kiriwasi solo sabía algo de verlas en el mapa. Conocía un poco como era el color del cielo, pues miraba hacia arriba cada día entre las paredes del patio. Así podía ver que el cielo todo azul, de un color precioso, y que algunas nubes blancas que se deslizaban flotando bellamente por ese fondo azul ligeramente lechoso.
   Sin embargo Jimmy se había ilustrado muy bien sobre las islas cuando iba en un autobús camino del puerto. Desde la ventanilla del autobús pudo ver muchas de las maravillas de las islas Kiriwasi.
   Así que le pudo contar a Louis algo sobre las montañas de la isla, que se veían a lo lejos rodeadas de algo verde que serían las selvas impenetrables, llenas de serpientes. Le contó que las montañas de Kiriwasi están siempre coronadas por nubes perpetuas. Y añadió que las interminables plantaciones de cocoteros te tapan totalmente la vista. Solo podrías ver los límites de esas fincas si volaras en un aeroplano. Le habló también de los campos de ananás. Esa fruta protegida por unas hojas tan espinosas que parece que te muerden cuando vas a cortarles el fruto. Y es que estos cultivos, el cocotero y la piña, son la base de la economía de las islas.
   Jimmy le confesó su ignorancia sobre las cosas tropicales. Y le dijo que solo sabía escribir letras finas. Podía escribir con plumilla ancha de letra gótica. Sabía escribir muy bien con letra redondilla, así como el uso de la letra cursiva y la letra inglesa. Además era el mejor de su clase haciendo problemas de aritmética. La regla de tres y el cálculo del interés compuesto no tenían secretos para él. Lo entendía todo sobre quintales y las libras; entendía de millas, galones, toneladas métricas, hectolitros, kilómetros y todo el barullo del sistema métrico decimal. Le contó que de niño había aprendido de memoria el padrenuestro en latín, así como la salve, el credo y el avemaría. También le dijo que sabía recitar unas poesías clásicas, y tenía buena voz para declamar con mucho sentimiento.
   Louis estaba muy interesado en la narración de Jimmy al que ya se le habían soltado algunos rizos de su lindo pelo rubio.
   -Durante, el mes de mayo, -le contó Jimmy, -a los más guapos del colegio nos vestían de angelitos con unas enaguas de tul ilusión y unas alitas de ángel.
   Louis estaba fascinado con la narración y Jimmy se dio cuenta que iba por el buen camino como narrador. -Así vestidos, recitábamos poesías a la virgen María, reina de los cielos y de las flores. Jimmy movía la cabeza con cierta coquetería. -Declamábamos los versos con una sonatina que decía, la lalá, laralá, la lala lalará. Y esta musiquilla se iba repitiendo una y otra vez, pues es así como se recitan estos versos piadosos a la virgen María.
   Jimmy se desordenó ligeramente el pelo, pues le molestaban los rizos aprisionados por la espuma de jabón, ya reseca, que su tía le había aplicado.
   Louis no sabía bien la razón, pero estaba encantado oyendo a Jimmy.
   -Eran una pesadez aquellos versos, -confesó Jimmy, -porque los hacían muy largos. Por eso, a algún angelito, de pronto, se le bloqueaba la memoria y se quedaba con la mente en blanco. No podía seguir.
   -¡Oh! -Dijo Louis.
   -Y por mucho que el apuntador le dijera al ángel como seguían los versos, ya no era capaz de seguir con aquella piadosa cantinela. Yo tuve mucha suerte, -dijo Jimmy, -pues nunca me falló la memoria.
   Había cosas que Jimmy no se atrevía a contarle a Louis, pues pensaba que perdería todo su prestigio.
   Pero tuvo un arranque de sinceridad y se lo dijo.
   -A los angelitos nos pintaban los labios de rojo y nos empolvaban con colorete las mejillas; para que pareciéramos ángeles de verdad.
   -¡Qué interesante! -Dijo Louis.
   Louis se imaginó la linda cara de Jimmy con los labios pintados y el colorete en las mejillas.
   -Y los muchachos que no habían sido elegidos para el angelismo sentían envidia de nosotros.
   -¡Oh, que fuerte!
   Esto animó a Jimmy.
   -Y, a escondidas del cura, te hacían señas groseras.
   -¿Señas groseras?
   -Sí. Me hacían el "rave, rave", así con los dedos.
   Jimmy hizo el gesto obsceno del rave, rave de Kiriwasi.
   -Y te decían en voz baja, ‘estás muy guapa’, o echaban los labios hacia fuera para indicar que te daban un beso.
   -¡Oh!
   -A mí me molestaban estas bromas de los muchachos nativos lanzándome besos. Uno... uno de los nativos me pellizcaba con frecuencia el culo.
   -¡Caramba! ¡Qué atrevido!
   Louis se imaginó a sí mismo pellizcando el culo de Jimmy.
   -A mí no me gustaba decir aquellas poesías. Y me sentía muy raro vestido de ángel. Pero, yo no tenía valor para enfrentarme al padre Amerindo que llevaba la cosa esta de las poesías marianas, pues era un padre muy rencoroso.
   -¿Muy rencoroso? -Preguntó Louis extrañado.
   -Ya vi lo que le pasó a otro angelito, blanco como yo, que se negó a seguir con esto de los versos a la virgen.
   -Ah.
   -Pues, yo no. Yo me tendría que fastidiar con las bromas pesadas de los nativos. Pues solo eran bromas. No se iban a pensar en serio que yo era una niña blanca.
   -Claro. Claro.
   -Solo era uno o dos nativos los que me pellizcaban el culo.
   -Ah, ya.
   -Otros me... me pasaban las manos por el hombro... o me rozaban discretamente el culo... y me decían palabras cariñosas. Pero, eran de broma. Me hablaban como si yo fuera una chica.
   -Ya. Claro.
   -Yo me sentía muy bien, con aquellos que me decía palabras cariñosas.
   -¿Te sentías muy bien?
   -Sí. Porque me sentía muy solo en aquel colegio, ¿sabes?
   -¿Te sentías solo? ¿No tenías a tu madre?
   -No. Mi madre trabajaba. Solo venía a verme cada dos o tres meses.
   -Ya entiendo.
   -Me hubiera gustado que el padre Amerindo... me quisiera. Pero él ya tenía a “su hijo predilecto”. Que era un chico muy guapo.
   -Tenía un chico predilecto.
   -Recuerdo que cierto día... uno de aquellos nativos que me decía palabras cariñosas... fue muy atrevido.
   -¿Qué pasó?
   -Un día estábamos solos, en un cuarto. Y como nadie nos miraba, me besó en la boca.
   -¿Te besó?
   -Sí. Pero yo le dije que eso no se podía hacer, pues era pecado.
   -Sí, claro. Es pecado.
   -Y al saber que eso era pecado, pues ya dejó de besarme y no volvió a intentarlo más. Y eso me entristeció, pues dejó de decirme palabras cariñosas.
   -Sí, claro. Es lógico.
   -A los nativos nunca los vestían de ángel. Pues como tienen la piel más oscura... pues no dan el perfil.
   -¿No dan el perfil? ¿Qué quieres decir?
   -Es bien sabido que los ángeles tienen la piel clara y los cachetes colorados.
   -Oh, sí. Claro... los nativos no tienen el perfil de ángel.
   -Bueno, eso tampoco es... tampoco es siempre así.
   -Ah, ¿no lo es?
   -Existen algunas excepciones.
   -Ya. Siempre hay excepciones, claro.
   -El padre Amerindo tenía un capricho. Creo que ya te dije algo de eso. Era un muchacho nativo que era muy guapo y muy dócil. El padre lo tenía totalmente amaestrado.
   -¡Ah!
   -Y todos los años lo elegía para hacer de ángel, aunque no tenía la piel blanca. Pero este nativo no era muy negro. Tenía la piel más clara que los otros. Todos le llamaban el guapo Makito. Y era... se dice que... bueno, se dice que... que era hijo de un blanco europeo, un hombre rico, con una nativa que trabajaba en un cabaret.
   -Ya entiendo.
   -Entonces, el padre Amerindio le empolvaban bien la cara a Makito para angelizarlo. Luego le pintaba los labios como a los demás angelitos blancos, y le ponían colorete en las mejillas como a todos. Y como tenía el pelo negro y lacio, el padre le ponía una peluca rubia de ángel, pues la melena de los nativos tiene muy poco de apariencia angélica.
   -Ya. Muy interesante.
   -A los que hacíamos de ángel, nos permitían tener pelo largo, pues es bien es sabido que los ángeles tienen unas preciosas melenas.
   -Sí, claro. Los ángeles... tienen grandes melenas.
   Jimmy se sacudió ligeramente los rizos de su pelo, como si tuviera una imaginaria melena angelical. Se sentía encantado hablando con Louis que le entendía perfectamente. Jimmy pensó que a Louis le gustaban los ángeles. Y eso le hizo sentirse muy bien. “Creo que seremos muy buenos amigos”, pensó Jimmy.

   En casa de Raimond se dio por concluida la reunión a petición de su madre y Jimmy tenía que volverse a casa.
   Louis Ponferrato se entristeció de que se acabara la reunión.
   -Nos tenemos que ver otro día, Jimmy. -Dijo Louis. -Me ha encantado charlar contigo.
   -Sí, claro. Otro día nos vemos.


   Esa reunión había sido un fracaso, a excepción de la charla con Louis. Jimmy se sentía culpable de ese fracaso. Pensaba que si él hubiera sido más... más ilustrado... les habría contado algunas aventuras donde se veía a sí mismo haciendo el foqui-foqui con las nativas. Les habría contado historias emocionantes sobre los feroces nativos que van saltando de árbol en árbol como Tarzán de los monos; tal como se ve en los tebeos. Les contaría una historia emocionante sobre los nativos y sus rituales caníbales. De como van cortando al hombre blanco en pequeñas porciones con un cuchillo de pedernal, y luego pinchan el trozo de carne con un palito afilado para asarlo a la brasa. Que esto lo vio Jimmy en un tebeo.
   Jimmy les contaría historias sobre el modo en que los salvajes se pelean entre sí y se hieren con sus agudas lanzas, pues el ganador tiene el derecho a comerse en exclusiva el colgante del hombre blanco, y como segundo mejor bocado, le sigue en importancia la bolsa que le cuelga del mismo sitio, y que contiene dos bolas.
   Les contaría a los lectores como esos salvajes indígenas confiesan sin pudor alguno que ‘esa ese colgante es la parte más exquisita y sabrosa del hombre blanco’. ¡Qué asquerosidad! Pero así es como son los salvajes nativos. Y es que son muy refinados a la hora de comer.
   Si Jimmy hubiera sido más ilustrado, les habría contado como los nativos van caminando por las selvas frondosas... con todo el colgante de color chocolate agitándose al aire, sin sentir ni un poco de vergüenza. Pues realmente, los nativos tienen un colgante de color chocolate que es una pieza muy interesante. Que esto lo vio Jimmy muchas veces en las duchas del colegio. Y es que los nativos no sienten ni una pizca de temor de Dios. Y hasta perecen orgullosos de su colgante oscuro, pues no sienten ninguna vergüenza de mostrarlo y así es que lo agitan delante de Jimmy para que lo vea bien. Jimmy por el contrario, estaba avergonzado de su cosa, pues era toda blanca, y hasta parecía algo ridícula pues era una cosa pequeña. Esa pequeñez no les pasó inadvertida a los nativos del colegio religioso, pues señalaban con el dedo la cosa de Jimmy y se reían entre ellos. Y volviendo al asunto narrativo, Jimmy se dio cuenta que necesitaba mejorar mucho en esta habilidad si de verdad quería ser escritor. Pensó que debía aprender a fabular preciosas historias de nativos salvajes devorando hombres blancos, o torturándolos para hacerlos sufrir. Jimmy no tenía aún muy claro de que modo se pueden infligir torturas a un hombre blanco. Pero un día se tendría que informar bien sobre este tema.
   Por lo que había visto en los tebeos, a Jimmy le interesaba la cosa del sufrimiento. Y muchas veces soñaba que el padre Amerindio le hacía sufrir mucho y él gritaba y lloraba como una nena. Pero el padre le tapaba la boca con la mano para que sus gritos de agonía no se oyeran fuera de su despacho.
   Fue muy emocionante la vez que se vio solo con el padre Amerindo en aquel despacho. Tenía un gran mueble lleno de libros, y una mesa enorme. Era tan grande como una cama. Y el padre Amerindo era muy atlético, muy guapo y tenía un cuerpo enorme. Jimmy se sentía muy cohibido y manso delante del padre. El padre le iba a castigar por alguna pequeña infracción cometida. Y Jimmy estaba allí, un poco temblando, cuando el padre le dijo, “bájate los pantalones”. Jimmy se bajó los pantalones tímidamente.
   -Quítatelo todo. -Dijo el padre.
   Jimmy se puso a quitarse los calzoncillos. El padre le iba a castigar por su mala conducta.
   -Quítate la camisa. -Le dijo.
   El padre cogió a Jimmy por la cintura y lo colocó sobre el borde de la mesa, con el culo al aire.
   -Te voy a dar unas nalgadas como penitencia.
   Y empezó a darle. Y Jimmy lloraba y le escocía cada golpe. Primero una nalgada, luego le dio otra.
   -No grites tanto, jodido. Qué esto lo hago porque te quiero.
   Jimmy lloraba como una Magdalena.
   -Te voy a enseñar las virtudes de la penitencia. -Dijo el padre.
   Le dio dos nalgadas más. Jimmy estaba muy escocido y lloraba.
   -Te voy a penetrar con la fuerza del espíritu santo.
   Jimmy no llegó a penetrarse del espíritu santo porque sonó el teléfono.
   ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!
   Era un sonido horrible y Jimmy quedó totalmente descentrado. Toda la emoción que le invadía, pensando que un espíritu muy fuerte iba a penetrarle... quedó cortada de raíz.
   El padre Amerindo hablaba y hablaba por teléfono. Parecía visiblemente molesto con quien hablaba del otro lado, pues le había interrumpido un importante sacramento.
   Esta conversación telefónica le había mudado el ánimo. De modo que al acabar la conversación, le dijo a Jimmy con cierto mal humor.
   -Vístete ya. Ya hemos acabado.
   -¿Hemos acabado? -Preguntó Jimmy decepcionado.
   -Sí. Vete.
   -Y ¿qué pasa con la penetración del espíritu santo?
   Jimmy deseaba que ser penetrado por el espíritu. Pero, no se atrevía a pedírselo al padre.
   -Vete. Ya hablaremos de eso otro día.
   -Sí, señor.
   -No vuelvas a pecar, hijo. -Le dijo el padre.
   -No, padre. No volveré a pecar.
   Y de esta forma concluyó el recuerdo de Jimmy sobre el padre Amerindo. Nunca tuvo la fortuna de ser penetrado por el espíritu santo. Pero recordó con cierto placer que el padre Amerindo era muy guapo, y que le había dado unas nalgadas con su mano... Jimmy se puso a recordar la mano del padre Amerindo, que era muy grande, y por tanto era una mano poderosa. La mano del padre era una mano muy santa y le castigaba muy bien. Como solo un padre de verdad sabe hacerlo. El padre Amerindo era muy guapo. Y era grande como una torre, y muy fuerte. El padre Amerindo le recordaba al padre que Jimmy echaba tanto en falta. Era como el padre que nunca había conocido. Por ese motivo sentía tanta envidia del guapo Makito, que era el capricho eterno del padre Amerindo.
   Cuando el padre empolvaba la cara de Makito con harina de arroz, Jimmy sentía mucha envidia. Y cuando le pintaba los labios... ¡oh! ¡qué fuerte! Jimmy tenía que apartar la vista pues se sentía mal. Luego el padre le colocaba la peluca a Makito, y le acariciaba el trasero bajo la túnica de tul blanco con disimulo. Jimmy estaba impaciente esperando que le llegara el turno, pues deseaba que el padre le pintara los labios y lo tocara. No le importaba que le diera unas nalgadas como su mano poderosa de atleta en su culo desnudo. Y realmente dolían mucho, pero no le importaba porque eran nalgadas de amor. Por encima de todo, Jimmy deseaba tener un padre. Y si uno desea tener una padre, debe estar dispuesto a cualquier sacrificio por obtener ese amor que tanto desea.
   De otra parte, el padre Amerindo era un hombre fuerte, tenía una voz grave y tronante. Era impresionante oír su voz. Jimmy pensaba que todo muchacho tenía el derecho a tener un padre. A veces soñaba que el guapo Makito se moría y que el padre Amerindo quedaba para él solo. Luego, como en sueños, se imagina que la comunidad le reprobaba y se lo prohibía. Pues no le permitían tener un hijo blanco, ni aunque tuviera una preciosa melena rubia llena de rizos. Y entonces, el padre Amerindo llegaba a su cama en medio de la noche, lo cogía en sus brazos y le decía, “¡chisss! No grites.” Y se fugaban del colegio para siempre. Y Jimmy tendría un padre para él solo. Uno padre para toda la vida. Y vivirían fugitivos por los montes, cazando jabalís y tigres. Y de cuando en cuando, su papá le daría unas nalgadas en el culito, para que le penetrara bien toda la fuerza del espíritu santo.
   Pero cuando Jimmy volvía en sí de estas cavilaciones, se daba cuenta que el guapo Makito tenía una salud de hierro y que jamás se iba a morir. Una voz interior le decía, “el guapo Makito se morirá de viejo”.
   Y así fue como Jimmy tuvo que conformarse con su suerte. Aceptó el concepto filosófico de que nunca nos salen las cuentas a la medida de nuestros deseos.





Jimmy y la trascendencia


   Unos días más tarde, al pasar por el sitio donde se entrenaban los socialistas levantando pesas, Jimmy sintió una gran tristeza. Recordó que no podía ser escritor porque aún no había nacido. Esto no le gustó nada, pues se pasaría toda su vida trabajando en la construcción, colocando ladrillo sobre ladrillo, y sufriendo de sabañones en invierno. No es que eso importara mucho, pero no se había preparado para esta eventualidad.
   Jimmy se pensó que no sabía que hacer con su vida. Y meditando esto se repetía, ¿cómo podré vivir careciendo totalmente de trascendencia? ¿Cómo podré pasar una vida sin guerras, sin condenas de cárcel o penas de muerte?
   El muchacho pasó varios días muy triste. Y es que si llevas una vida sin trascendencia no sabes que hacer. Has perdido totalmente el norte.
   Llevaba varios días con estas preocupaciones cuando Jimmy se acordó que hacía tiempo no veía a su amigo Dave. Lo echaba de menos, pues él le distraía con sus bromas pesadas y le hacía olvidar sus preocupaciones. Su sonrisa perpetua le hacía sentirse feliz y centrado. Dave se alegraba mucho con solo verle. Y esta alegría de alguna manera le penetraba y le cambiaba el ánimo. Cuando veía a Dave a diario en el trabajo no sentía este vacío, esa horrible nausea, esta falta de trascendencia que le dejaba reseco.

   Jimmy estuvo varios días cavilando sobre su falta de trascendencia y se sentía mal. No tenía ganas de leer, pues la lectura le parecía banal e intrascendente. No tenía ganas de trabajar, pues eso era algo que carecía totalmente de finalidad. Y hasta resultó que estaba perdiendo el apetito, pues el comer le parecía ridículo. Solo una buena cárcel llena de ratas podría redimirle. Ya se las imaginaba acercándose a sus pies y mordisqueando su zapato. El momento de más tensión era cuando se imagina a una rata paseando por su cara para olerlo.
   Jimmy se vio que no podía hacer nada porque estaba sujeto por cada extremidad al suelo. Solo podía defenderse de la rata haciendo una mueca de asco. Pero, esa rata en particular no parecía impresionada por una mueca impotente. Mientras tanto, otra rata correteaba por encima de su cuerpo. Estaba claro que ya empezaba a sentir un cierto anticipo, una cierta percepción trascendental, pero ¿a qué coste? ¿Le devorarían las ratas antes de que pudiera tener una iluminación trascendente? Y si su mente se iluminaba, ¿podría alguien enterarse de que la luz de la trascendencia le había penetrado? Y si no se enteraba nadie, ¿cuál era el propósito de la trascendencia? ¿Sirve de algo que uno se ilumine, que tenga un destello místico? Y si sirve ¿para qué sirve? Jimmy había entrado en barrena. No era la primera vez que su mente se veía inundada por estos pensamientos subversivos. Era consciente de que tenía mucha vida interior. Así es como creo que se dice este asunto. Pero esta vida interior... era turbadora y le dejaba totalmente trastornado. Le robaba los deseos de vivir, los deseos ordinarios y vulgares de la vida, como esa cosa llamada hambre, o los placeres vulgares e intranscendentes, como el comer o leer. Cuando estaba más ensimismado en estos pensamientos perdía el noventa por ciento del apetito; y a pesar de estar más flaco que un fakir de la India, por unos días estuvo comiendo casi lo mismo que un pajarito. Su tía Martha estaba preocupada por esta faceta desconocida del muchacho y empezaba a sentirse culpable de su estado. Incluso se arrepentía de haber aceptado ese paquete de su hermana; recibir en su casa a un sobrino adolescente que parecía un poco... algo así como... místico, o chiflado.
   Jimmy estuvo de este modo meditando, durante varios días. Su mente estaba obsesionada con las elucubraciones trascendentes. “Solo si me torturan, -pensaba Jimmy- podrá la trascendencia infiltrarse en mis circunvoluciones cerebrales.” Jimmy se deleitó en esta frase... y se dio cuenta que iba por el buen camino para llegar a ser escritor. Poco a poco se fue imaginando diversas torturas. Pues en esto también era un adolescente virgen. Se imaginó que lo ataban a un poste y le daban latigazos. El látigo le golpeaba en la espalda, como en un tebeo que vio en Kiriwasi, y con cada golpe, sentía un momentáneo desvanecimiento, pero recuperaba el sentido enseguida, para recibir el siguiente latigazo. Y con cada golpe, Jimmy sentía que su mente se iba impregnando de una sutil esencia trascendente. Al percatarse de esta singularidad, Jimmy sentía que ya no estaba a ras del suelo, como cualquier persona vulgar, sino ya se hallaba en algún lugar impreciso del espacio, entre el cielo y la tierra. Pero, pensó que no estaba a mucha altura; solo a unas pocas pulgadas del suelo. Eso parece que se conoce con el nombre de levitación. Y Jimmy se sintió reforzado con este pensamiento.
   Fue tal vez otro día, cuando Jimmy sintió que se hallaba en una situación diferente. Estaba encadenado en un calabozo, triste y solo. Sus brazos estaban en una extraña posición alzados por encima de su cuerpo. Ya habían dejado de dolerle y no los sentía. Le pareció que llevaba varios días en la oscuridad de aquella mazmorra y que el aire estaba muy húmedo y frío. Su cuerpo por momento tiritaba de frío por momentos, pero era tal su agotamiento que pronto desfallecía y dejaba de tiritar. El frío lo sentía ahora en el pecho, pues sus piernas y brazos ya estaban insensibles, como si fueran de madera.
   Jimmy se extrañó que nadie viniera para mortificarle y a mostrarle su desprecio. Esta soledad le estaba atormentando y echaba de menos a sus torturadores. Se le ocurrió que si le faltaban los torturadores perdía toda su fuerza. Aislado en la soledad del calabozo pensó que no se podía ejercitarse proyectando el odio hacia fuera. Deseaba ver a sus carceleros para expulsar de su mente su odio concentrado escupiéndolo al rostro de sus enemigos. Pero, la angustia le atormentaba al no ver a los carceleros. Malo será tener carceleros y torturadores, pero puede ser peor si no los tienes. Jimmy sintió una tremenda angustia ante esta imprevista soledad. No tener siquiera enemigos, carceleros o torturadores a los que odiar con toda la fuerza de su... Fue entonces cuando se percató de su situación horrible. “Si te faltan los enemigos no eres nadie. Eres la pura inanidad, el vacío absoluto.” Jimmy pensó que esta frase era sublime. Pero, se dio cuenta de que estaba solo. No tenía a quien odiar. Era como un héroe que languidece solo en el espacio infinito.
   Su mente siguió divagando. “¿Cómo es que no viene nadie por aquí? ¿Cómo es que no me traen un poco de pan y agua?”
   Como respuesta a estas preguntas Jimmy oyó el chirrido quejumbroso de una puerta de hierro. Una luz cegadora deslumbró a Jimmy que cerró los ojos.
   -¡Buenos días, kiriwasino!! -Dijo una voz alegre y amistosa.
   Jimmy abrió los ojos y vio a Dave, el muchacho de la obra. Estaba en lo alto de la escalera y le miraba con su encantadora sonrisa.
   -¡He venido a rescatarte!!! -Le dijo el muchacho con voz poderosa.
   La figura de Dave resaltaba como un cuerpo glorioso y deslumbrante.
   Su agradable sonrisa llenó de luz y calor la oscura mazmorra. Jimmy sintió un gran alivio al verlo, pues ya se sentía a punto de morir de soledad en aquel calabozo.
   Jimmy se alegró al verlo, pero le faltaron las fuerzas para sonreír y mostrarle su gratitud. Le pareció que el frío de su cuerpo se desvanecía lentamente al ver el rostro feliz de Dave sonriendo.
   Fue entonces cuando empezó a fijarse en el cuerpo triunfante de Dave. Iba sin camisa, mostrando todo el esplendor desnudo de sus potentes pectorales. Vestía un pantalón muy corto que ocultaba púdicamente la proverbial hinchazón que padecía. Y, aquella luz, casi cenital, resaltaba todo el poder de sus muslos. Jimmy se acordó de la figura atlética de San Sebastián, atrayendo sobre su cuerpo las flechas mortíferas de los paganos. Aquel asombroso santo mostraba el triunfo de su fe cristiana desde la corporeidad gloriosa de su atlético cuerpo desnudo.
   Jimmy se sintió impresionado por el cuerpo glorioso de Dave que venía a rescatarlo de su desoladora trascendencia.
   El ánimo de Jimmy recuperó algo de fuerza y pensó, “¿Cómo es que Dave viene tan veraniego?” Y se acordó de una escena en una playa de Kiriwasi. Unos jóvenes nativos iban sin camisa, solo llevaban un pantalón corto. Era un día horrible de calor y se tiraban de cabeza al mar para refrescarse.
   Dave hizo un gesto brusco con su brazo y se oyó un golpe seco en el aire. Parecía el estallido de un látigo. El cuerpo glorioso de Dave llevaba un látigo en la mano y lo hacía restallar, una y otra vez. Como en los tebeos de Indiana Jones en el Templo maldito, Dave hacía restallar su látigo en el aire. Zaaas!!! Ese ruido causó un gran temor a Jimmy. Pero Dave no parecía tan terrible pues le mostraba su sonrisa encantadora de siempre.
   -He venido a traerte un poco de trascendencia. -Le dijo.
   Jimmy se sorprendió de oír a Dave hablando así.
   -¿Quieres sufrir un poco, eh?
   Jimmy no sabía que debía contestar. Dave le dio un fuerte pellizco en una tetilla y se la retorció con fuerza.
   -¡Ay!!! -Gritó Jimmy espantado.
   -Me han comisionado para satisfacer tus deseos.
   Dave acercó mucho su cara a la de Jimmy.
   -Mírame bien a los ojos.
   Jimmy obedeció como un perrito manso.
   -Te voy a meter una dosis brutal de trascendencia.
   Dave se echó atrás un par de pasos y giró su torso para darle impulso a su látigo. Jimmy cerró los ojos y sintió un fuerte latigazo en la frente que sacudió con fuerza la relojería de su cerebro.
   Jimmy sintió un fuerte mareo y abrió los ojos. Vio agua que corría por todas partes en el suelo y estaba lloviendo con fuerza. Sintió un frío que le subía por el trasero y se dio cuenta de que estaba sentado en la calle mojada. El agua le había empapado los pantalones y los calzoncillos. Estaba tiritando de frío.
   ¿Qué hacía sentado delante de una farola? ¿Por qué tenía un dolor en la frente y en la nariz?
   Luego empezó a recordar lo del calabozo. Y la figura de Dave sonriente que restallaba su látigo en el aire. Recordó el latigazo que sintió en la frente y retornó a su situación de ese momento, sentado en el suelo, mojado y tiritando.
   Se dio cuenta de que había tenido una alucinación y pensó, ¿me estaré volviendo loco? ¿Es esto lo que le ocurre a uno cuando carece de trascendencia?
   Cuando llegó a casa, debía tener muy mala cara porque su tía se percató de inmediato.
   -¿Que te pasó en la cara?
   -¿Eh? Nada.
   -¿Cómo que nada? Tienes un chichón en la frente.
   -¿Qué tengo un chichón?
   -Sí, tienes un chichón.
   Jimmy se fue al baño para mirarse en el espejo. Era cierto, tenía un chichón en la frente. Volvió a la cocina.
   -¿Qué te pasó?
   -Nada. Tropecé con una farola.
   -¿Tropezaste con una farola? ¿En que estabas pensado?
   -Alguien en un calabozo me dio un latigazo.
   -¿Qué?
   -Nada. No es nada. Fue una pesadilla que tuve.
   -¿Una pesadilla? ¿Mientras ibas por la calle?
   -No sé. De pronto me vi sentado en el suelo y me dolía la frente.
   -¿Qué es eso del calabozo?
   -Qué me vi metido en un calabozo. Tenía las muñecas sujetas con unas cadenas en la pared. Y un joven muy simpático llegó con un látigo y me atizó un fuerte latigazo. Luego me vi sentado en el suelo.
   -Niño, esas cosas te pasan por no comer todo lo que te pongo en el plato. Te vas a volver tísico.
   -Es que últimamente no tengo hambre.
   -Pues tienes que hacer un esfuerzo y comer. Si sigues así, comiendo tan poco, vas a acabar loco.
   Por más que insistió la tía Martha, no consiguió que Jimmy comiera más de dos o tres cucharadas de un puchero de habas. Sentía náuseas con aquella comida y se acordaba de la escena del calabozo; aún se veía atado allí con cadenas a la pared. Pero no le dijo nada a la tía Martha, pues no deseaba alarmarla. Jimmy pasó varios días inapetente y cavilando sin tregua. No podía soportar la idea de que no pudiera ser escritor. No podía soportar la idea de que aún no había nacido, que estaba totalmente desprovisto de trascendencia. Pasaba por momentos en que se daba cuenta de la anormalidad de todas estas preocupaciones, pero eso no impedía que volviera a padecer estas manías.
   Fue sopesando lo que le dijo aquel levantador de hierros y escuchó de nuevo sus palabras: “Hasta que no estés en una guerra, en la cárcel, perseguido por la justicia, huyendo como una rata por las alcantarillas, no has empezado a vivir.” Con estas preocupaciones y estas obsesiones había momentos en que Jimmy se sentía como en estado de previo a la trascendencia. Por lo menos, ya estaba sufriendo algo y hasta había perdido el apetito. Claro que donde estuvieran unos buenos latigazos, o una tortura china como esa que dicen de la gota de agua... que cae lentamente sobre tu cabeza, no se pueden comparar los sufrimientos.
   Jimmy estuvo varios días obsesionado con la trascendencia y cavilando. No podía soportar la idea de que no podía ser escritor por una falta de nada. No podía soportar la idea de que aún no había nacido y que carecía del menor atisbo de trascendencia.
   Así que se preguntó por enésima vez, ¿de qué puedo hablar? Bueno, esto no se lo dijo el levantador de hierros, pero es como si se lo hubiera dicho. El levantador de pesos tenía razón. Jimmy se daba cuenta de había venido de las islas Kiriwasi, pero era como si no hubiera estado nunca allí. No había visto nunca a los caníbales de Kiriwasi, ni había presenciado ninguna guerra entre los salvajes guerreros. Es más, ni siquiera había oído una sola palabra sobre las guerras de los salvajes guerreros. Tampoco había presenciado ningún ritual de antropofagia y ni había visto el de Capricornio. No había estado nunca en las frondosas selvas tropicales, ni me había picado jamás una mamba negra, serpiente en extremo venenosa. ¿Qué es lo que podía contar?
   Su único sufrimiento serio, aparte de la tristeza que le asaltaba frecuentemente, fue una picadura de avispa. Pero, Jimmy era consciente de que esta experiencia, aunque fue dolorosa, no podía impresionar a nadie. Cualquiera puede haberse caído de una bicicleta en marcha o una yegua feroz le había roto una pierna de una patada.
   Así que iba Jimmy andando sin rumbo y melancólico, cuando casi tropezó con Louis Ponferrato.
   -¿Qué te pasa? -Louis le preguntó.
   -Nada.
   -¡Oh! No me digas eso. Tienes muy mala cara.
   -No. No es nada. Solo estoy indispuesto.
   -No. Esa cara no es de estar indispuesto. No te pareces nada al chico que conocí en casa de Raimond contando sus aventuras de Kiriwasi.
   -Estoy... un poco triste. Eso es todo.
   -Dime que te pasa. Quiero ser tu amigo.
   -Nada.
   -Cuenta, hombre. ¿Qué te preocupa?
   -Quiero... quiero ser escritor.
   -¡Eso es estupendo!
   -¿No te parece algo absurdo?
   -¿Absurdo? ¡No! No tiene nada de absurdo.
   -¿No es absurdo?
   -No. Es una idea estupenda. Un tipo tan inteligente como tú... que además estuvo en las islas felices... Es una idea muy buena.
   -¿Estás seguro?
   -¡Claro! Yo te compro el primer libro.
   -Pero, ese no es el problema.
   -Entonces, ¿cuál es?
   -Me han dicho que no he vivido lo suficiente para ser escritor.
   -¿Cómo? ¿Qué edad tienes?
   -Diecisiete años.
   -¡Oh! ¡Zola escribió su primera novela a los dieciocho!
   -¿Quién?
   -Zola.
   -¿Y quién es ese?
   -¿Zola? Es un escritor francés.
   -¡Oh!
   -Si empiezas ya a escribir... dentro de un año tendrás lista tu primera novela. Igualito que Zola.
   -¿Tú crees?
   -Claro. Tienes mucho talento.
   -No sé. No sé. Nunca he escrito nada.
   -Ese no puede ser. Estuviste en el colegio, ¿no?
   -Sí, claro.
   -¿Hiciste alguna redacción, no?
   -Sí. Era muy bueno escribiendo.
   -Pues ya lo tienes.
   -¿El qué?
   -Que empieces ya a escribir. Un kiriwasino, como tú, tiene que haber vivido fabulosas aventuras en las islas tropicales.
   -Es que yo...
   Jimmy no me atrevía a confesar su secreto.
   -¿Qué problema tienes?
   -Que soy... que soy tímido.
   -¿Tímido? Casi todos los escritores lo son.
   -¿Son tímidos?
   -Sí. Absolutamente. Un escritor es una especie de narrador compulsivo... que siente miedo de hablar en público. Tiene dificultades para contar en público lo que ha pensado o vivido en privado.
   -Tiene dific... ¿le da miedo hablar... en público?
   -Creo que sí. Eso leí en alguna parte.
   -¿Lo leíste?
   -Sí. A los escritores les encanta hablar, pero son tímidos.
   -Son tímidos...
   -Sí. Igual que tú. Cuando te preguntábamos cosas de las islas Kiriwasi te ponías colorado y tartamudeabas.
   -¿Me puse colorado?
   -Sí  Pero hablaste muy bien.  Daba gusto oírte contar cosas.
   -¡Oh!
   -Los escritores son tímidos. Es por eso que escriben.
   -¿Es por eso que escriben?
   -Sí. La gente que les escucha... son los lectores.
   -Son los lectores.
   -Pero los lectores están a cientos kilómetros de distancia. Puede que estén a miles de kilómetros. Los lectores no saben como es la cara del escritor.
   -¡Oh! Eso es cierto. Yo no sé la cara que tiene Jack London.
   -Ahí tienes una prueba de lo que digo.
   -¡Oh!
   -Mira. Cómprate un cuaderno y escribe algo. Yo te ayudo al principio que soy estudiante. Te leo y te doy ánimos. -Pero, tú crees que siendo un obrero yo puedo...
   -¡Claro que sí, hombre! Muchos escritores no hicieron el bachillerato.
   -Esto no lo sabía.
   -Escribir es un arte. Es algo que no se aprende.
   -No se aprende.
   -Es algo que nace... que nace de dentro.
   -Nace de dentro. ¿Pero se puede aprender?
   -Se aprende lo mismo que se aprende a andar.
   -Lo mismo que... y ¿cómo se aprende a andar?
   -Andando. Así es como aprendemos a andar. Y se aprende a escribir escribiendo. Eso está claro.
   -¿Se aprende a escribir escribiendo?
   -Sí. Ahora no recuerdo quien lo dijo. Pero es razonable.
   -O sea. Que yo me pongo a escribir... y voy aprendiendo.
   -Eso es.
   -Pero alguien me dijo que... si no he vivido aventuras, no puedo escribir.
   -Cuando eres joven, tus escritos son propios de tu edad. Pero, los lectores no se dan cuenta porque ellos son igualmente jóvenes.
   -Ya.
   -Al escribir, estás aprendiendo a inventar historias.
   -Aprendiendo...
   -Exacto. Aprendes a escribir.
   -Pero la experiencia de tener aventuras... ¿no sirve?
   -Un hombre raramente ha vivido las aventuras que escribe. Un escritora inglesa, escribió apasionadas historias de amor.
   -¿Sí? Y ¿tenía mucha experiencia?
   -Se cree que murió virgen. Una muchacha decente no puede tener aventuras de amor. Solo puede tener experiencia amorosa cuando se casa.
   -¿Se murió virgen? Igual me va a pasar a mí.
   -No digas eso, hombre. Que eres un muchacho muy guapo.
   Louis se quedó mirando a Jimmy con ojos... apreciativos. Realmente se dio cuenta de que el chico era guapo. Eso le turbó, sintió que le resultaba muy atractivo. Por ese motivo decidió cambiar de tema.
   -Un hombre no vive nunca lo suficiente como para tener argumentos para sus novelas. Todo se lo imagina. No suele ocurrir que haya vivido lo que escribe.
   -O sea que no ha vivido... la cosa sobre la que escribe.
   -Eso es. Pero el hábito de buscar... el modo de seguir con una historia...
   -¿Sí?
   -Ese hábito... se desarrolla... Es como jugar al fútbol. Solo aprendes a jugar al fútbol jugando. Y cuanto más juegas, mejor lo vas haciendo.
   -Es una idea muy linda.
   Jimmy tuvo un destello de optimismo que se le manifestó en una sonrisa encantadora.
   -Ahora me parece que te sientes mejor.
   -Sí. Me has quitando un gran peso de encima.
   -Me alegro mucho de poder ayudarte. Pues ya veo que vives sin la ayuda de una madre. Y eso es muy duro.
   -¿Cómo lo sabes?
   -Me lo dijo Louis. Mira, cómprate un cuaderno y empieza a escribir.
   -Me compro un cuaderno y...
   -Sí, claro. Necesitas un equipo de escribir.
   -¿Un equipo?
   -Cuadernos, portaplumas... pluma y tintero. Como en la escuela, ¿recuerdas?
   -¿Todo eso?
   -Si no compras una pluma, tendrás que escribir con un lápiz.
   -¡Oh! Sí, claro. Compraré una pluma. Y un tintero.
   Luego hablaron de algunas cosas sin importancia y Louis le dijo que se tenía que ir a casa a estudiar.

   Aquella tarde Jimmy pasó por la librería y se compró lo necesario para empezar su carrera de escritor. Se sentía muy ilusionado. El sábado por la tarde se puso a escribir una historia ambientada en las montañas de Suiza. Tenía todos los ingredientes necesarios, sus casitas de piedra, sus chimeneas echando humo, sus vacas lecheras y un oso salvaje que arrasaba la comarca, devorando ovejas, niños perdidos y perros.
   Jimmy se pasó varias horas escribiendo y mi tía Martha estaba muy contenta al ver el cambio de humor que se había operado en él.
   -¿Que estás haciendo, Jimmy?
   -Estoy escribiendo una novela.
   -¡Que bien! Ya va siendo hora de tener un escritor en la familia.
   Al cabo de una hora Martha llamó a Jimmy para cenar y se puso muy contenta al verlo con el apetito recobrado.
   Después de comer, su tía le pidió que le leyera lo que había escrito. Puso mucha atención y al acabar, lo inundó de halagos, comentando lo inteligente e imaginativo que era. Jimmy no cabía dentro de su propio pecho y se puso a escribir con ánimos reforzados.
   Una par de horas más tarde, su tía se iba ir a dormir y le dijo que dejara ya la escritura.
   -Es que en este momento estoy inspirado.
   -Tienes que descansar. O no te quedarán fuerzas para escribir mañana.
   Él alegó algo para seguir escribiendo, pero ella insistió para que lo dejara.
   -No podemos gastar tanta luz, -le dijo. -Además, si te fatigas en exceso, pronto la vas a dejar.
   -¿Eh?
   -Lo que digo. Debes darle tiempo a tu mente para que se refresque y descanse.
   Jimmy creyó que su tía tenía razón. Notó que me dolía un poco la cabeza, y me acordó de Louis al que le duele la cabeza de tanto estudiar. Al pensar esto sintió cierto orgullo, pues de alguna manera se estaba asemejando a Louis, el estudiante de bachillerato.
   Con estos pensamientos reconfortantes, se durmió imaginando detalles para añadir a su novela.
   Jimmy se pasó el domingo al lado de una ventana escribiendo. Su tía Martha se reía, al ver el entusiasmo que le había provocado aquella aventura. Y mientras cosía unos trajes a máquina disfrutaba al ver a su sobrino feliz escribiendo. Luego, al cabo de un rato sintió curiosidad.
   -¿Por qué no me lees eso que estás escribiendo?
   A Jimmy le sobrevino una sensación placentera ante la idea de leerle esa historia a su tía.
   Estuvo leyendo un buen rato y vio que ella sonreía con frecuencia de mis ocurrencias.
   Cuando acabó de leer todo...
   -Es una historia muy linda.
   -¿Te gusta?
   -¡Claro que me gusta! Tienes la misma labia que tu madre.
   -¿La misma... labia?
   -El mismo palabrerío. A ella también le gustaba contar historias.
   -¿Le gustaba?
   -Sí, claro. ¿De donde crees que te viene a ti todo ese derroche de charlatanería?
   -¿Me viene de ella?
   -Claro, mi niño. ¿De dónde, si no?
   -¿Entonces te gusta?
   Jimmy deseaba oír a su tía repetirlo otra vez.
   -Es una historia muy linda.
   -¿Seguro?
   -Sí, claro. Escribes igual que esa gente de las radionovelas.
   -¿Igual que las radionovelas?
   -Bueno... las radionovelas tienen más diálogos.
   -¿Más diálogos?
   -Sí. Pero, tratan de enredos amorosos. Pero, tú eres muy joven para escribir de esas cosas.
   Jimmy, después de disfrutar una pausa, se puso a escribir de nuevo. Esta vez iba como un loco escribiendo. Lo hacía tan deprisa que estaba cometiendo muchas faltas de ortografía.
   Hubo un momento en que le asaltó una idea; tenía que dejar el trabajo de la construcción. Se lo dijo a mi tía.
   -¡Ni hablar del peluquín!
   -¿Por qué no?
   -¡Porque no! El trabajo no lo dejas.
   -Pero es que... si tengo mucho trabajo me faltará tiempo para escribir.
   -De eso nada, monada. Tú vas todos los días a trabajar, y cuando vuelves a casa te pones a escribir.
   -Y ¿si estoy cansado?
   -Si estas cansado descansas. Así de simple.
   -Entonces... no podré escribir.
   -Mira, niño. Trabajar físicamente te hará mucho bien. Si no trabajas el cuerpo se te afloja y hasta el cerebro se te afloja.
   -¿El cerebro se me afloja?
   -Sí, claro. El cuerpo es como una máquina. Hay que trabajar para comer. Y si no trabajas algo se escacharra, aunque comas. Tuvo que dejar esa idea de dejar el trabajo. Había que trabajar. Los plazos mensuales que pagaba su tía por el piso eran... algo así como muy fuertes. Se había comprado un piso en una zona elegante de la ciudad. Es cierto que el piso solo tenía ventanas a un patio, por un lado. Y por el otro daba a un solar, lleno de escombros. Pero a la casa se entraba por una calle muy elegante.
   Al cabo de la semana Jimmy tenía el cuaderno acabado. Se fue a casa de Raimond para preguntar por la dirección de Louis Ponferrato. Y desde allí se fue directamente a la casa de su amigo el bachiller. Tocó el timbre y él salió a la puerta.
   -¡Hola, Jimmy! ¿Qué te trae por aquí?
   -Ya he terminado este cuaderno.
   Louis se puso a pasar las hojas llenas de escritura.
   -Me tienes impresionado.
   -Pero no lo has leído.
   -Me tiene impresionado que has podido escribir todo eso en una semana.
   -¡Oh!
   -Pasa, pasa. Quiero leer esto con tranquilidad.
   Entraron en una salita algo oscura, todas sus ventanas estaban tapadas con cortinas. Y en un país como Foggarty eso garantizaba casi una noche completa en pleno día. Louis se acercó a un sofá y pulsó algo en un cable eléctrico. Se encendió una luz extraña que había sobre un pie de hierro justo al lado del sofá. Esta luz estaba rodeada de un extraño sombrero de forma cilíndrica.
   Louis se sentó en el sofá con el cuaderno en la mano.
   -Este es el sofá preferido de mi padre. Le gusta sentarse aquí para leer sus novelas francesas.
   -¿Novelas francesas?
   -Sí. A mí me tiene prohibido leerlas.
   Después de decir esto, se puso a leer el cuaderno. Jimmy estaba preocupado por los resultados, “¿entenderá bien mi letra? Igual le cuesta leer esa historia debido a lo mal que escribo.”
   Jimmy estaba nervioso y no paraba de mover los pies en el suelo. Se puso a mirar en derredor en aquel salón tan... tan de buena calidad. Tenía infinidad de cosas extrañas como aquella luz con sombrero. Una luz que solo iluminaba al que estaba leyendo, dejando el resto del salón un poco en la penumbra. Jimmy tenía el alma en un brete esperando los comentarios de Louis. Su carrera de escritor dependía de lo que él le dijera. ¿Le gustaría esa historia? Jimmy temía que él le dijera: “Tienes que hacer el bachillerato nocturno.” O tal vez estallara en cólera como el padre Amerindo cuando encontraba faltas de ortografía en un escrito. Jimmy pensó que no le gustaba la idea de hacer el bachillerato nocturno, pues no quería padecer los mismos dolores de cabeza que Louis.
   Jimmy estaba tan nervioso que estuvo a punto de acercase hasta un mueble que estaba lleno de libros. Pero, no se atrevió no fuera Louis a enfadarse por tomarse estas confianzas.
   Pasaban los minutos y Jimmy no paraba de mover los pies debido al nerviosismo.
   Louis interrumpió la lectura.

   -Es una historia estupenda.
   -¿Es estupenda?
   -Sí. Lo es realmente. Especialmente... es buena, considerando que es tu primera experiencia escribiendo historias.
   -Mi primera experiencia...
   -Sí. Pero tiene mucho mérito.
   -Tiene mérito.
   -De esto no hay duda. Se puede decir que tienes madera de escritor.
   -Tengo madera.
   -Sí, claro. Pero tengo que acabar de leer esto.
   Louis se puso de nuevo a leer.
   Jimmy ya estaba un poco más tranquilo, pero le hubiera gustado estar dentro de la cabeza de su amigo, para ver el efecto que causaban sus palabras.
   Al cabo de un rato interminable para Jimmy,
   -Muy bueno. -Dijo Louis.
   -¿Seguro?
   -Sí. Me da que tienes un aire a Beaudelaire.
   -¿Tengo un aire a Beau de l’Air?
   -Sí. Tienes algunas faltas de ortografía, pero eso no tiene importancia.
   -¿No tiene importancia?
   Jimmy se sintió aliviado de que Louis le dijera que no tenía importancia. Pero como manifestaba algunas dudas, le regaló un diccionario viejo.
   -Toma esto. Es un diccionario. Es un poco viejo pero te servirá.
   -¿Un diccionario?
   -Sí. Te lo regalo.
   Jimmy no acaba de creerse que su amigo le hiciera este regalo, por lo que Louis insistió para que lo aceptara. Este regalo fue algo muy valioso para Jimmy, pues era el primer libro que tenía.
   -Cuando tengas una duda ortográfica, miras el diccionario.
   -Sí, claro.
   -Y si no estás seguro del significado de una palabra, la buscas y ya está.
   -Muchas gracias, Louis.
   -De nada. Y ahora, Jimmy... Tengo mucho que estudiar.
   -Adiós.
   -Adiós


   Jimmy se fue a casa lleno de júbilo. Louis le había dicho que tenía influencias de no sé quien... “de L’Air” y eso era probablemente una buena cosa. Trató de recordar aquella palabra durante varios minutos sin resultado. Poco más tarde pensando en otra cosa, recordó el nombre del autor francés, era Beau de l’Air. Le pareció que era un nombre muy interesante.
   Al pasar por delante de la librería la encontró cerrada. Tendría que hacer otra cosa, pues no tenía donde escribir más.
   Al llegar a casa, Jimmy habló con su tía Martha sobre lo que le había dicho Louis y no dejó de contarle lo mejor, tenía influencias de Beau de l’Air.
   -¿De quién?
   -De Beau de l’Air.
   -Y ¿ese quién es?
   -Debe ser un escritor francés, pues su padre lee novelas francesas.
   -Y ¿eso es bueno?
   -Seguro. Los franceses han dado los mejores novelistas del mundo.
   -Ah.
   -Tengo que leer un libro de este Beau de l’Air.
   -Y ¿para qué lo vas a leer? Tú no sabes francés. -Bueno... pues tienes razón. Pero, mira... yo me sé algunas palabras, ¿sabes?
   -¿Sabes algunas palabras de francés?
   -Sí. Había un chico belga en Kiriwasi. Estuvo allí un tiempo, y yo me hice su amigo. De modo que me aprendí algunas palabras de francés.
   -Que bien. Pero, saber unas palabras no es bastante para leer una novela.
   -Oh, claro. Pero puedo leer esas novelas en español. Creo que las novelas se traducen. Yo por ejemplo he leído algunas novelas de Julio Verne.
   -Y ¿para que dices que vas a leer?
   -No lo sé. Louis dice que tengo influencias de Beau de l’Aire. Entonces... quiero leerlo para... -No te hace falta, Jimmy. Si tienes influencias sin haberlo leído pues está muy bien. No sé quien es ese Delair. Pero, me da a mí que lo que tienes que hacer es escribir. Y no vas a aprender a escribir si te pasas la vida leyendo.
   -¿No se puede aprender a escribir leyendo?
   -Yo no entiendo de estas cosas. Pero, me parece que si quieres ser escritor debes emplear todas tus energías en escribir.
   -¿Por qué?
   -Bueno, mientras estás leyendo no puedes escribir.
   -Mientras...
   -Sí, claro. O haces una cosa o haces la otra.
   -Entonces...
   -Nada. Tú haz lo que quieras. Pero, si coges el vicio de leer no vas a ser escritor en toda tu vida.
   -Y ¿eso como lo sabes?
   -Tu primo Angelo cogió un gran vicio de leer, pero no veo que haya escrito nunca nada. Si hubiera escrito algo yo me habría enterado.
   -¿Angelo no ha escrito nada?
   -No. Además, para escribir tienes que desarrollar ideas.
   -¿Ideas?
   -Sí, claro. Y cuanto más practicas eso... mejor se te da.
   -Pero, si leo...
   -Sí lees te acostumbras a que las ideas te las den ya hechas.
   -Si leo... me acostumbro a que...
   -Claro. Te acostumbras a que te sirvan las ideas en bandeja.
   -¿En bandeja?
   -Sí. Es como si fueras un inválido. Alguien pone la comida en una bandeja y te la lleva a la cama. ¿No lo ves?
   -¿Un inválido?
   -Sí. Si estás enfermo o inválido... por eso te dan de comer. Y si no puedes mover las manos te alimentan a cucharadas.
   -¡Oh! Entonces no leo a Beau de l’Air?
   -Tú sabrás lo que quieres hacer. Pero, me parece que ya te has cansado de ser escritor.
   -Yo no me he cansado. Solo que se me acabó el cuaderno y la librería estaba cerrada. Por eso no pude comprar otro cuaderno.
   -Cuando vuelvas... compra tres o cuatro cuadernos de una vez.
   -Tienes razón. Compraré tres o cuatro cuadernos.
   -Eso si quieres seguir escribiendo. Si no quieres lo dejas y ya está. No tienes ninguna obligación.
   Jimmy se sintió mal de que su tía dudara de sus deseos de ser escritor. Trató de arreglar eso preguntándoles si quería que le leyera la historia. Ella aceptó y se quedó muy impresionada con la narración. Pero al parecer no estaba contenta del todo con la historia.
   -¿Pero como has matado tan pronto al oso?
   -Había que matarlo, ¿no? Era un oso muy criminal.
   -Bueno, yo no he leído nunca una novela, pero he escuchado algunas radionovelas por la tele.
   -¿Radio que?
   -Radionovelas. Estas novelas no son de matar osos, sino historias de amores imposibles. Y veo que le van dando vueltas y más vueltas. Así que no hay modo de que el joven heredero se case con la humilde muchacha, pues la familia de él se opone a la boda porque no tiene clase social.
   -¡Oh!
   -Y por parte de la familia de ella, tampoco quieren que se case, pues la tienen todo el día haciendo de fregona y no quieren perder una esclava.
   -¡Oh, ya!
   -Por eso creo que debes volver a empezar a escribir esa historia.
   -¿Empezar otra vez?
   -Sí, claro. No te vas a creer que te sale una novela perfecta, así de golpe, la primera vez que te pones a escribir.
   -No sale de golpe.
   -No. No puede salir.
   -No sale.
   -No te desanimes. Para ser la primera vez te ha salido casi perfecta.
   -¿Casi perfecta?
   -Claro.
   -¿Cómo sabes tanto de novelas, tía?
   -Ya te lo dije. Todas las tardes escucho la radionovela.
   -¡Ah!
   -Yo creo que escribir novelas algo muy sencillo. Si yo supiera escribir... se me daría muy bien escribir novelas.
   -¿Se te daría muy bien?
   -Sí, claro. Solo tienes que darle vueltas a las cosas. ¿Qué pasaría si en vez de ir a ese sitio el personaje se hubiera ido a otra parte? Que pasaría si cuando llegó a la casa de fulano se encuentra que ella estaba otro y... el mozo tiene que escapar saltando por la ventana, o se esconde en el armario o debajo de la cama... pueden ser cosas muy variadas.
   -Entonces...
   -Todos es cuestión de darle vueltas y más vueltas al asunto. Tienes que introducir variantes, pequeñas historias. Es como si fueran cuentos cortos donde los diversos personajes hacen cosas diferentes.
   -¿Es una cuestión de darle vueltas?
   -Claro. ¿No puedes acabar esa historia tan pronto.
   -Y ¿qué hago?
   -El tipo no encuentra nunca al oso. Cuando llega a donde dicen que anda el oso, este ya ha desaparecido. Mientras tanto, el joven ese va haciendo amigos, enamorando muchachas... cortando leña... Etcétera, etc.
   -¿Y si no encuentra al oso... ¿cómo puede matarlo?
   -Vamos a ver. Tú complicas la historia con mil aventuras. Y al final, cuando el joven está a punto de casarse con Ofelia... y todos están allí, en un día de sol, para celebra la boda con el cura y los invitados... aparece el oso que se ha metido en la cochinera.
   -¿Aparece el oso?
   -Sí. Aparece el oso y todo el mundo echa a correr en todas direcciones.
   -¿Todo el mundo se echa a correr?
   -Sí, claro, pues le tienen miedo. Y entonces, el joven que se había acostumbrado a llevar el cuchillo al cinto, sale a por el oso, lucha con él y lo mata de una certera puñalada en el corazón. Pero el oso le ha hecho unos arañazos en la cara y le ha rasgado la ropa de la boda con sus uñas.
   -¡Oh! ¡Qué lindo! De verdad que sabes inventar historias, tía.
   -Bueno. No es nada.
   -¿Entonces no se casan?
   -¡Que cosas tienes chiquillo! ¡Claro que se casan! Cuando la gente ve al oso muerto en el suelo, todo el mundo sale de su escondite y se reúnen de nuevo. Ella se acerca y le da al novio un beso en la boca, aunque no estaban casados todavía.
   -¡Oh!
   -Entonces, la gente dice, ¡qué venga el cura! ¡Qué venga el cura! Y el cura aparece y casa al muchacho con la muchacha y todos son felices para siempre y se comen infinidad de perdices.
   -¡Oh, tía! Quiero inventar historias igual que tú.
   -Bueno. Tú aprenderás enseguida a inventar historias. No es tan difícil.
   -¡Qué bien!
   -Resumiendo. Lo que te decía. Esa novela tienes que volver a empezarla y seguir más o menos las ideas que te he dicho. Porque si la historia es muy corta no puede ser una novela, solo sería un cuento.
   -Solo sería un cuento.
   -Ya entiendo. Claro, si es corto, es un cuento.
   -¿Es que no te enseñaron en ese colegio como se escribe una novela?
   -No. Solo me enseñaron la ortografía, la historia, y el sistema métrico decimal.
   -Bueno. ¿Sabes lo que te digo?
   -¿Qué?
   -Que no puedes estar metido en casa todo el día. Tienes que salir a calle y pasear. Te conviene tomar el aire, o vas a coger una tisis por no respirar bastante el aire fresco. La gente joven deben tomar bien el aire fresco. Es algo saludable.
   Jimmy pensó que su tía tenía razón, cogió el impermeable y salió a pasear a la calle.



CONSULTA CON LOUIS

   De cuando en cuando Jimmy iba a ver a Louis para enseñarle lo que había escrito y este le colmaba de halagos.
   -Serás el nuevo Balzac.  -Dijo Louis tras leer el cuaderno.
   -¿El nuevo Balzac? -Preguntó Jimmy entusiasmado.
   -Bueno, Balzac, lo que se dice Balzac, no vas a ser.  Sino algo diferente como... Jimmy de la Pirandola, por ejemplo.  Ya me lo imagino los titulares, Jimmy de la Pirandola, el nuevo genio de las letras foggartinas.
   -¿Jimmy de la Pirandola? -Dijo Jimmy con una mueca de rechazo.
   -¿No te gusta ese nombre? Puedes pensar en otro. Necesitas un "nom de guerre".
   -¿Jimmy de la Fontaine?
   -Bueno. No sé. De la Fontaine es francés y Jimmy es un nombre americano. Parece que no casan bien los dos nombres.
   -No casan. ¿Y qué es lo que decías de la guerra?
   -Un "nom de guerre". Es un nombre falso que usa el autor para ocultar quien es a los ojos del público.
   -¿Y para qué se oculta? ¿No debería estar orgulloso?
   -No lo sé. Se oculta por alguna razón, supongo. Es algo frecuente.
   -¿Es frecuente? No lo entiendo.
   -Imagínate que un autor se llama Gundemaro Garriviris. Pues eso está feo, ¿no? Entonces el tipo se dice, tengo que buscar un nombre que sea más "eufónico".
   -¿Eufónico? Y ¿eso que es?
   -Eso significa "que suena bien".
   -Ah, ya. Eufónico. Y ¿de dónde viene eso?
   -Viene del griego. Eu significa bueno, y fónico vienen de fono, sonido. Yo estoy hablando de que tienes que pensar en un nombre. Un nombre bonito, que tenga pocas letras.
   -Gui de la Tour.
   -Caramba, suena muy bien. ¿Cómo te ha salido tan fácil?
   -¡Oh! Eso lo saqué del colegio de Kiriwasi. Había allí un chico belga que se llamaba Gui de la Tour.
   -Me parece un nombre muy bueno. Y no debe haber ningún escritor con un nombre así. Además tiene algo de belicoso; suena como a nombre medieval.
   -¿Te parece belicoso?
   -Sí. Lo belicoso tiene un gran atractivo popular.
   -¡Es cierto! Como los tres mosqueteros.
   -Otro punto popular es... el amor imposible.
   -¡Oh! De eso no sé nada. -Dijo Jimmy con un toque de tristeza.
   -Supongo que eres muy joven para eso. A nuestra edad todos los amores son imposibles. No tenemos medios económicos para casarnos.
   -No tenemos medios económicos.
   -Yo estoy estudiando y no puedo trabajar. Otra gente, como tú, está trabajando pero gana muy poco para poder casarse.
   -Oh, claro.
   -Tú lo que tienes que hacer es entrenarte.
   -¿Entrenarme? ¿A que te refieres?
   -A escribir, claro. Tienes que escribir mucho. No te preocupes si no consigues la novela a los dieciocho años como Balzac. Ni te preocupes porque le saquen muchos defectos a tu novela. Siempre la van a criticar, por muy buena que sea.
   -Siempre... ¿la van a criticar?
   -No tengas dudas sobre eso. Muchos grandes novelistas fueron rechazados no solo cuando empezaron. Sino, cuando ya tenían una gran carrera como escritores. Debes contar siempre con que te están esperando las malas críticas. Esas son tan previsibles como los días de lluvia en Foggarty.
   -¡Ah!
   Jimmy estaba abrumado con la inteligencia de Louis. Entonces, este hizo un gesto lastimoso y señaló un libro de filosofía sobre la mesa.
   -Tengo que empollar un gran rollo de este libro.
   Con estas palabras Jimmy entendió que le Louis le indicaba que ya no podía seguir charlando, pues tenía mucho que estudiar.
   Jimmy se sintió afortunado de no verse en esos apuros. Pensó que la inteligencia de Louis tuviera mucho que ver con el tiempo que se pasó aprendiendo las declinaciones en latín. Esto de las declinaciones es algo que oyó decir en el colegio. El latín es una lengua muerta que desarrolla mucho la inteligencia. Eso fue lo que le dijeron. Esa debía ser la razón de que Louis fuera tan inteligente.


   Jimmy bajaba por la escalera de su casa cuando una muchacha se detuvo delante de él. Ella miraba a Jimmy con una expresión que le pareció muy extraña. Exhibía una sonrisa bastante irreal, y al fijarse mejor Jimmy pensó que sus ojos eran "ardientes". No sé de donde pudo sacar el muchacho esa expresión de "ojos ardientes". La expresión probablemente la cogió Jimmy de algún dicho de cualquier chico del colegio en Kiriwasi. Sería probablemente una expresión procaz de los nativos de las islas. Pues aunque el colegio de Kiriwasi era religioso, la mayoría de los niños se pasaban las vacaciones de verano con su familia. Y es seguro que allá fuera aprendían cosas muy diferentes a las que se enseñaban en el colegio.

   Jimmy, al ver a la muchacha, justo delante, pensó que estaba siendo muy torpe y entorpecía la subida de la muchacha, por lo que cortésmente se apartó a un lado.
   -Usted perdone, señorita. -Dijo Jimmy.
   Pero ella se movió justo al mismo lado que Jimmy con lo cual quedaban de nuevo frente a frente. El muchacho dijo, "perdone mi torpeza" y volvió de nuevo al centro, lo que imitó ella al instante. En ese momento Jimmy se quedó un poco a la expectativa. Se sentía un poco torpe, sin saber que hacer. Entonces, por pura chiripa, Jimmy se fijó en la cara de la muchacha. Esta le miraba con unos ojos que parecían decirle algo. Tenían esos ojos un extraño fulgor que... No, no podía ser fulgor, era más bien un... ¿un brillo extraño? Es como si esos ojos poseyeran un extraordinario... ¿brillo? Soy muy torpe para expresar de un modo correcto la situación de Jimmy. No podía ser eso. Tal vez el problema de Jimmy se debía básicamente a que no tenía la menor expectativa de que una chica pudiera manifestar sobre su persona la más leve curiosidad. Tal vez, debido a esta circunstancia, Jimmy se quedó obnubilado ante la mirada persistente de la muchacha.
   Ustedes me dirán, "mira que novedad. Jimmy siempre anda obnubilado". Y eso es cierto. Pero, esto se debe a que siempre anda metido en introspecciones transcendentes. Pero esta vez, el muchacho se quedó de verdad enganchado a los "ojos ardientes" de la muchacha. Y espero que no se sientan molestos por tomar prestada esta expresión popular de las islas Kiriwasi.
   Jimmy sintió que los ojos de aquella muchacha le tenían atado. Y durante unos segundos se quedó obnubilado en el fulgor de aquellos ojos. Trató el muchacho de huir de alguna manera para no ofender al pudor de la muchacha, y su mirada vino a dar con unos labios carnosos que hacían como una extraña mueca como si estuvieran dando un beso lleno de pasión a unos labios imaginarios. Esas muecas labiales resultaron muy seductoras para Jimmy, pero no supo que hacer con ellas debido a su total falta de experiencia en este campo.
   -Hola, soy Christina. ¿Eres tú el muchacho que ha venido de Kiriwasi? -Preguntó la muchacha. -¿Eh? ¿De... Kiriwasi? Sí, ese soy yo.
   -¡Eres el muchacho que vino del paraíso! -Dijo ella como extasiada.
   -Eh... sí, claro. De Kiriwasi.
   -Eres muy guapo, ¿lo sabes?
   -¿Qué?
   -Tienes el pelo rubio. Y esos labios... ¡ñam, ñam!
   -¿Eh?
   -Se te ha puesto la cara colorada.
   -¡Oh! Esto... me estás sacando los colores.
   -Ahora pareces un ángel. Espero que no te haya molestado con...
   -¿Molestado? ¡Oh, no! ¡No!
   Hasta ahora, ella que estaba mirando a Jimmy desde un escalón inferior y subió un escalón a un lado y lo agarró y lo hizo girar hasta tenerlo cara a cara. Aproximó su cara al cuello de Jimmy e inhaló ruidosamente el olor de su cuerpo.
   Jimmy sintió que su cuerpo se estaba caldeando. Una extraña agitación se apoderó de él y sintió un extraño engrosamiento. Luego, inspirando por la acción de la muchacha, él inspiró profundamente el aroma del cuerpo de la muchacha. Esto le produjo una embriaguez que le dejó medio atontado. La muchacha tuvo el atrevimiento de apoderarse de los labios de Jimmy y absorberlos dentro de los suyos. El muchacho se dejó hacer al verse sorprendido por la inesperada iniciativa. Realmente, Jimmy no estaba preparado para estos lances, y no había fantaseado nunca con este tipo de experiencias. Tal vez, si hubiera leído algunas novelas sobre esta temática, hubiera estado mejor preparado. Jimmy sintió la lengua de ella explorando el interior de su boca, y no le pareció una mala cosa. De hecho, cuando sintió la lengua de ella acariciando sus labios, se enteró que esto era muy agradable. De modo que estaba experimentando con nuevas sensaciones, y esto le empezaba a dar una perspectiva sobre las razones que justifican los besos de los amantes.
   Jimmy solía racionalizar todas sus impresiones, resumirlas, acotarlas, y levantar acta de ellas, por decirlo de alguna manera. Y al resumir la globalidad de la experiencia de un beso, pudo catalogarlo como placentero, aunque un tanto extraño de principio, pues le quedaba esa vaga idea infantil que considera la intimidad de otra persona como... por ejemplo, su lengua metiéndose en tu boca, una idea básicamente desagradable. Solo al sentir ahora ese placer de una lengua extraña acariciando sus propios labios, al percatarse de toda la pasión que ella ponía en aquel beso, él se vio contagiado por su entusiasmo y lo aceptó como una cosa buena. Aceptó de buena gana que la lengua de la muchacha explorara su boca, que acariciara sus encías... y ahora que ambas lenguas se estaban frotando mutuamente. Esto de las lenguas no era igual de placentero, pero ella volvió a frotar con su lengua los labios de Jimmy. "Esta es la parte más placentera de un beso", pensó él y trató de almacenar este detalle en su memoria como una información importante a tener en cuenta. Jimmy sintió que los brazos de la muchacha le apretaban con fuerza, como queriendo fundir ambos cuerpos en uno solo. Él sintió un ligero ahogo al respirar y ella aflojó un poco. Ahora las manos de ella exploraban sus glúteos y le apretaba los músculos como si estuviera amansando harina para hacer un gran pan.
   Luego, tan rápido como todo empezó el dulce beso se acabó. Ella se separó de él y le miró con dulzura.
   -Entonces, tú eres el verdadero muchacho que vino de Kiriwasi.
   -Sí. Ese soy yo.
   -Tenemos que vernos más a menudo. Necesito que me cuentes historias del paraíso.
   -¿Historias?
   -Eso es. Siempre soñé con un muchacho venido de Kiriwasi.
   -¡Oh!
   -Eres tan guapo...
   -Oh.
   Ahora tengo que dejarte, pues llevo mucha prisa. Pero creo que te podré pillar otro día.
   -¡Oh!
   -Tengo planes maravillosos para ti.
   La muchacha se fue corriendo escaleras arriba.
   -Perdona, pero es que llevo mucha prisa. -Dijo ella mientras se perdía en un recodo de la escalera.
   Jimmy se quedó allí parado. Un poco sin saber que hacer, pues aquello que le había ocurrido era como insólito y le había dejado totalmente descentrado. Se sentí un poco raro pues se le había quedado algo duro en su centro.
   Al cabo de medio minuto fue bajando la escalera y salió a la calle. El aire húmedo y fresco le pareció algo extraño; como si acabara de desembarcar del vapor que le trajo a Foggarty. Por algún motivo le pareció que estaba en otro mundo. Algo totalmente diferente a la experiencia que había tenido en la escalera, que era luminosa, cálida y tropical. Allí afuera, había un cielo plomizo cubierto nubes, la ligera imperceptible llovizna le recordó la triste realidad; estaba en Foggarty. Se fue andando de un modo automático por la calle y de pronto se percató de que no sabía a donde iba.
   Trató de recrear en su mente la escena aquella de la muchacha en la escalera diciéndole piropos. Su mente se iluminó al recrear la imagen de su cara, sus dulces ojos que parecían exudar amor. Y recordó sus labios carnosos haciendo leves muecas, como guiños pícaros, pidiendo un beso apasionado.
   Fue en este momento preciso cuando cambió la imagen de su mente. Y se vio en una salita pequeña con una mesa y ocho niños de diversas edades que correteaban alrededor de la mesa y saltaban sobre un sofá viejo y algo machacado.
   -¿Ya te vas? -Preguntó la muchacha.
   -Se me hace tarde para el trabajo.
   -Aún tenemos tiempo de hacerlo.  De pronto se produjo una especie de plop en su mente y se apagó la escena. Trató de capturar la imagen de nuevo, pero solo vio vagamente a los ocho niños en fila que le miraban sonriendo y le saludaban con la mano. Uno de ellos andaba gateando por delante de la fila.
   Volvió en sí de nuevo al tiempo nublado. La idea de los ocho hijos de produjo cierta zozobra, pero enseguida vio la cara de Christina, la bella muchacha que le decía, "¿Eres el muchacho que vino de Kiriwasi?" Y al ver su preciosa cara y aquellos labios carnosos, Jimmy se dio cuenta de no podía negarle nada a aquella muchacha. Sabía que sería capaz de hacerle tantos hijos como ella le pidiera. Era irresistible. Era una fuerza imparable de la Naturaleza.
   Otro plop afortunado le volvió a la realidad de la calle. Y de pronto fue consciente de que solo andaba paseando en una calle totalmente normal de Foggarty. Era un cambio algo brusco. Recordó borrosamente a los niños saltando sobre el sofá. Con tantos niños, pensó Jimmy, no podré nunca ser escritor. No alcanzaré nunca un estado trascendente. Me pasaré la vida trabajando en la construcción para dar de comer a todos esos chiquillos.
   Jimmy tenía la idea de que ser escritor era algo complicado. Era una empresa arriesgada, de fortuna incierta. Si deseaba ser escritor no podía dejarse encandilar por la belleza y el fuego de aquella muchacha. Debía sopesar bien sus opciones. Esa muchacha estaba buscando un buen chico que fuera razonablemente trabajador y que le hiciera ocho o diez niños. Y ese muchacho se tendría que deslomar trabajando para darle de comer a toda esa tropa. Lo tenía claro. Debía elegir entre el amor carnal y la trascendencia totalmente desmineralizada. Tuvo un flash de inteligencia súbita y pensó que la trascendencia era virtual, áspera, dura, sufrida, desamorada, dolorosa, grande y olímpica. Mientras que el amor carnal era dulce, esclavizado, prosaico y pletórico de niños. Jimmy pensó, no podré resistir la cara sonriente de esos niños cuando vuelva del trabajo cada día. Y esa esclavitud debía ser total. Se pasaría la vida poniendo ladrillo sobre ladrillo para poder seguir viendo a esos niños sonreír. Probablemente se dedicaría a poner baldosas, tantos el pie cuadrado, para tenerlos a todos felices.
   Y si no trabajas lo suficiente, esos niños no van a sonreír al verte. Y sentirás que eres un hijo de perra que no te mereces la sonrisa de esos niños.
   Jimmy sintió un repentino escalofrío. Una brisa fresca empezó a soplar y tuvo que apretar el paso para calentarse. Siguió caminando sin rumbo por las calles grises de Foggarty. Trató de enfriar su mente y de no pensar en nada. Pero su mente padecía la mala costumbre de andar siempre agitada dándole vueltas a cualquier problema. De cuando se le aparecía en la mente de Jimmy la cara de la chica que le preguntaba, "¿eres tú el muchacho que vino de Kiriwasi?" Entonces, Jimmy agitaba bruscamente su cabeza, le daba unas sacudidas, tratando de quitarse de encima aquella imagen encantadora, aquella promesa de miles de copulaciones y una gran cantidad de niños. Muchísimos niños.
   Jimmy se dio cuenta de que se hallaba en una bifurcación obligatoria. A la derecha tenía el camino y placentero. El camino donde le aguardaba la bella muchacha, gloriosa y sonriente y una casita llena de niños sonrientes que esperaba su comida. Este era un camino recto de baldosas anaranjadas y estaba lleno de placeres. En lo bordes del camino había plantas floridas y abejas libando el néctar. Yendo por este camino, Jimmy se dio cuenta de que nunca dejaría de trabajar en la construcción. Y cada dos años o menos tendría un nuevo niño gateando por la casa. Habría que vestirlo, darle comer, comprarle zapatos y libros para el colegio.
   A la izquierda estaba el camino abrupto y zigzagueante. Una camino preñado de peligros y fieras carnívoras. Un camino de piso irregular donde fácilmente te ibas a torcer un tobillo, y los arbustos espinosos de la orilla del camino, escondían y serpientes terribles de veneno mortífero. Todos estos peligros eran coherentes con el concepto mismo de la senda trascendente. Y tras sufrir todas las penalidades y las fatigas posibles, así como el agobio y el hambre y la fatiga muscular más extrema, Jimmy pensó que se encontraría casi muerto a las puertas mismas del parnaso. Y oyó una vez tronante que le decía,
   -Tras esa puerta mortal, te espera la gloria, Jimmy.
   -¿La gloria?
   -La gloria, sí. El Olimpo de los dioses literarios que te aplaudirán con mesurada cortesía. La imagen de Christina apareció de nuevo en su cabeza sonriendo. Y sus ojos llenos de amor carnal le preguntaban, ¿eres tú el chico que ha venido de Kiriwasi? Tengo planes maravillosos para ti. Pasó por delante de la puerta de cristales donde los socialistas se entrenaban levando pesas, pero no se sentía con ánimos para hablar con ellos. Le habían causado una gran impresión, pero al mismo tiempo, el joven aquel de las pesas había creado en su mente una gran zozobra. Estaba a punto de naufragar, pero casi no se daba cuenta. El joven aquel de las pesas había introducido en su mente un sutil veneno más peligroso que el de la proverbial mamba negra.
  



Leopoldo Perdomo
Fragmentos de "Jimmy La Fonte"



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