|
VIDAS DIVERGENTES Las cosas de Don Sixto Tengo pruebas
suficientes
para creer que la tía Mini y el cura Don Sixto, párroco
del Santísimo Cristo de
las Candelas, siempre se llevaron bien. Este
no es un hecho que fuera conocido por todos; pero
soy un tanto cotilla y me entero de
ciertas cosas ocultas. El cura nunca se
refirió a la casa de la Mini diciendo que fuera una casa de
putas. Recuerdo la
primera vez
que se conocieron. Estaba yo en el
salón de mi casa en una tarde ventosa de mucho frío; se
oía el viento silbando
por las rendijas de las ventanas. A
cada momento entraba un temible aire frío pues el viento me
había volado el
cartón que tenía puesto donde faltaba un cristal de la
ventana. Me cansé del juego de
volver a poner el
cartón y acabé poniendo un amasijo de trapos metidos
dentro de un jersey viejo
para tapar el agujero. Yo estaba con la
chaqueta puesta, jersey y bufanda mientras miraba por la ventana. Allí estaban la Mini y el cura. Los vi a los dos cruzarse en la Plaza de la
Cebada. Era un día muy ventoso,
pero
esto nos les impidió detenerse un momento para verse las caras. El cura echó vistazo rápido a su
alrededor y
vio que no había nadie. Había
un frío
muy intenso y el viento te cortaba la piel. Allí
estaban los dos, mirándose a corta
distancia, la madama y el
cura.
Tuve
un placer extraño imaginando su conversación.
Don
Sixto agradeció la cortesía y se despidieron amablemente
en medio de aquel
tiempo horrible. Ambos, la Mini y el
cura, era gente con coraje. Gente que
se siente envalentonada con un día de viento helado. Bueno, estos fríos nunca duraban
demasiado. Porque, a pesar de las
apariencias, ambos
tenían un corazón tierno y no hubieran soportado un
frío prolongado.
Hay cosas que no te las pasan los censores. Por
eso algunas cosas yo las escribía en cuadernos
de color verde. Tampoco tenía
esperanza de que fueran
aceptados pero me producía un placer malsano escribirlas. De modo que ¡Vade retro, Satanás! Pero si quieres refocilarte un poco con
escenas que te rozan... no sé si se dice así, que te
rozan en la parte esa de
la lascivia, pues adelante.
No me
hagáis mucho caso. Solo lo
sé de
oídas. Cierta noche apareció
el cura
vestido de paisano. Era una noche
oscura y el hombre llegaba ocultándose a medias con un abrigo
largo y un
sombrero de fieltro tapándole la cara. Al
verlo de aquella facha, la Mini pensó: ¡Pobrecito! Y luego con
voz
discreta le dijo: Pase, caballero. Pase.
Mientras
entraba el cura, la Mini pensaba: ¡Qué apuros no debe
pasar este pobre con las
angustias de la entrepierna! Vive en
esa edad en que los hombres no se pueden aguantar fácilmente. O quizás ya no le ven ningún
sentido a
contenerse en estas necesidades. Y
caminando por el pasillo de la casa, le dijo al cura.
¡Qué alegría verte!
Y
añadió con voz cariñosa: “Hace
tiempo
que te esperaba”. Lo dijo arrastrando
lentamente las palabras, deleitándose en la frase.
El cura
estaba un poco cohibido. Era la primera
vez que venía a esta santa casa. La
Mini sabía que no debía llevarlo al salón pues se
sentiría cortado al ver a
gente conocida de la parroquia. Da como
un poco de corte, ¿no? Así
que le pasó
a una habitación donde encendió una luz muy tenue. Luego le envió a Sari, muy habilidosa
ella y muy pulcra para que
le atendiera en todas sus necesidades.
Al principio don Sixto se sentía un poco cortado. Pues
sólo hay una primera vez en todas las cosas, y
era la primera vez
que entraba en la casa de la concupiscencia. Digamos
que estaba en el día de su estreno; si
exceptuamos la habilidosa agilidad de su mano podría decirse que
era virgen. Tampoco es cosa de
extrañarse pues era un cura católico.
Si no
fuera por la promesa del celibato, un cura sería un buen partido
para
cualquier muchacha decente y temerosa de Dios. Me
refiero a una muchacha que tenga afición por las pompas divinas. Me imagino que le hubiera venido bien
casarse con una muchacha
de... no se como decirlo.
Una muchacha con deseos potentes y una gran capacidad de
recepción. Digo esto
porque don Sixto no solo era un buen partido por su status profesional;
sino
que tenía un cuerpo fornido y era bastante alto.
Digo
eso porque me da reparo mencionar otras virtudes. Por
ejemplo, tenía unos pies de gran medida y ya conocen el
dicho: a pie grande, cosa grande. Y
según todos los rumores esa virtud natural tampoco era para
echarla a menosprecio.
La carne es débil. Es un dicho muy
socorrido y nunca discutido. Nadie
podía ser más consciente que don Sixto sobre los
problemas existentes entre el
espíritu y la carne. Era solo un
muchacho de catorce años en el seminario de San Sulpicio cuando
ya empezó su
lucha diaria con el pecado de la lujuria. Las
primeras erecciones le vinieron de improviso un
día temprano por la
mañana, poco antes del rezo “ad maitines”. Al
principio casi no se dio cuenta. Esa cosa
crecía sola sin más. Pero
un día se dio cuenta que la cosa empezó a agitarse y
padecía extrañas palpitaciones. Mejor
si decimos que parecían
sobresaltos. Se dio cuenta que “eso”,
lo que su madre llamaba “la cosa fea”, hasta entonces tan modosita y
tan
callada, se había puesto muy dura. Llevaba
unos años en el seminario y sabía de sobra que esa dureza
inesperada de la
carne era un pecado que se mentaba mucho. Al
parecer no existían pecados de mayor
trascendencia. Nunca entendió bien
el por qué. Días más
tarde se enteró que el asunto de
"la dureza misma" no era un pecado "per se", según le
explicó el confesor Don Atinaldo. Sino
que el pecado consistía en deleitarse con la mentada
inflamación. También le
aclaró que era pecado la
ejecución de tocamientos manuales con fines placenteros. Eso excluía las sacudidas que se le dan
después de la micción.
Esas
durezas le visitaban de preferencia por las mañanas; una hora
antes del toque
de maitines, cuando suena la campana al levantarse.
Un día se dio cuenta el joven que no eran
necesarios los
tocamientos prohibidos para sentir el placer libidinoso.
Bastaba con el simple roce del calzoncillo
al andar y la cosa levitaba sin más. El
confesor le aconsejaba que a la ocurrencia de tal fenómeno
recitara unas
jaculatorias milagrosas para exorcizar las maléficas erecciones. Al principio estas oraciones surtieron
algún
efecto, pero pronto se les fue desgastando su poder milagrero. De modo que el joven Sixto cambió de
jaculatorias ocho o diez veces. Probó
con el Avemaría y con el Padre Nuestro sin resultado. Probó con el Credo y con la Salve y
realizó también habilidosas
combinaciones y permutaciones entre las diversas oraciones sin mayores
resultados. Ejecutó también
diversos
exorcismos y rezó fórmulas milagrosas tomadas de un
librito, de hojas
amarillentas y desgastado por la incuria del tiempo.
Era una vieja copia del venerable Enchiridion, librito
enviado
por el Papa León III a su Muy Católica Majestad Carlos
Primero de España y
Quinto de Alemania.
Había
en ese libro un exorcismo especialmente pensado para estos avatares. “Contra las erecciones pertinaces y los
ataques súbitos de lujuria”. Pero
ni
con esas milagrosas oraciones había conseguido reducir la
hinchazón pecaminosa
más allá de un ligero alivio. Por
eso
me atrevo a decir que la cosa se le estaba poniendo cada día
más dura al joven
seminarista.
Según
pasaban los meses, Sixto se dio cuenta que otros seminaristas
también sufrían
del mismo mal. En un impulso inocente
un día le preguntó al confesor si la hinchazón era
achacable a los efectos
perniciosos de la estación equinocial; pero
el confesor le cortó diciendo "¿te
quish'ya, quillo?"
pues el cura era sevillano y a veces se controlaba mal los espasmos de
la
lengua. Los demás seminaristas se
enfrentaron a este mal de un modo nada original. Se
dejaban llevar por la tentación del momento agitando su pecado
por unos minutos hasta que la dureza se disipaba en eyecciones
placenteras. Pero el joven Sixto en
esto era diferente. En un principio se
conformó con el placer que le proporcionaba el simple roce de la
ropa contra su
carne sensible; pero semanas más tarde accedió a los
tocamientos
perniciosos. En ocasiones le
resultó
muy difícil resistirse a la tentación de los tocamientos
y estos le llevaron
hasta el punto de mojarse, tras lo cual le sobrevino una súbita
calma y se
durmió beatíficamente. Pero,
en
general, esto le ocurría pocas veces, pues trataba de evitar el
proverbial
camino fácil. Sí, ese mismo. Ese que siguen todos y nos lleva por
praderas floridas, árboles frutales y viñedos. En lugar de esa senda, Don Sixto
prefería el camino
que aconsejan los
santos padres: se debe andar por los senderos pedregosos; esos que van
serpenteando
por las zonas deshabitadas llenas de zarzales, escorpiones, serpientes
venenosas, criminales y lobos hambrientos. Bueno,
pues como iba por este camino tan difícil y
lleno de peligros no
es de extrañar que cada vez le resultara más
difícil dominar el poder de la
carne henchida y las tentaciones voluptuosas.
Los
viernes eran días de confesión y sentía miedo de
contar sus frecuentes
pecados. Y don Atinaldo, santo
varón de
sesenta años, al escucharle no pareció ni este poco de
impresionado por la
magnitud de sus pecados. El joven Sixto
se sobresaltó cuando el confesor le preguntó de
sopetón:
Desde
entonces, el joven Sixto evitaba que sus tocamientos llevaran las cosas
hasta
la culminación eyacular. No
quería ser
más pecador de lo que fuera necesario por un mismo caso de
tocamiento; aunque había
días en que no podía evitar la
culminación del evento pecaminoso que se disparaba en un
surtidor
inevitable. Preocupado hasta cierto
punto con la salvación de su alma, le pidió al padre
Atinaldo que le consiguiera
un cilicio para combatir mejor los embates de la lujuria.
Este cilicio es un artefacto a modo de
cincho con púas y se pone alrededor de la cintura o del pecho
para mortificar
la carne pecadora. Pero ocurrió que
su
carne era demasiado poderosa. Y
así,
con el simple gesto de quitarse la camisa para colocarse el cilicio ya
se le
provocó una hinchazón que no se aminoraba para nada con
las punzadas metálicas
del artefacto penitencial. No solo no
se aminoraba sino que al moverse para andar, sentarse, abrir un libro,
santiguarse, etc. las punzadas metálicas del cilicio exacerbaban
las
pulsaciones y la hinchazón del apéndice pecador. Tan intensas y continuas eran éstas que
le proporcionaban una
sensación entre dolorosa y placentera. Fue
por esa razón que al cabo de dos semanas el joven Sixto
dejó de ponerse el
cilicio y la excitación pecadora disminuyó de un modo
notable. En cualquier caso, el joven no
pudo evitar
seguir con sus erecciones sobre todo muy de mañana, en la hora
que precede a
los maitines. Las excitaciones
pecaminosas se prolongaban por un tiempo. Tanto
que no era nada raro que se prolongaran desde
maitines hasta
laudes. Se me ocurre que se prolongaban
tanto porque el joven Sixto evitaba darle fin a la excitación
lasciva con unos
decisivos meneos de su mano.
Al cabo
de un tiempo se dio cuenta que podía pasarse varias horas con la
cosa enhiesta,
sin necesidad alguna de tocarla con la mano, ni mirarla tan siquiera. Y cada día al despertarse se daba
cuenta que
la carne pecadora tenía vida propia, se excitaba y se
ponía tensa como un
muelle. Algo más tarde le
ocurría el
mismo prodigio a la hora sexta, que es como se le llaman en San
Sulpicio a la
hora de la siesta. Y no quisiera
cansarles diciendo que también le ocurrían estas
tremendas erecciones bien
pasada la hora de vísperas; que así se le llama a la
puesta de sol.
Creo
que las erecciones pecadoras del joven Sixto tuvieron un resultado
prodigioso. Se acostumbró el
miembro a
estas erecciones sostenidas que duraban una o más horas tres
veces al día. Así fue como
el agente pecador se fue
ejercitando durante meses, por no decir años.
Como resultado de estar erecciones largo tiempo mantenidas
se provocó un
crecimiento extraordinario del apéndice carnal que llegó
a tener unas
dimensiones que se hicieron proverbiales en el seminario de San
Sulpicio.
Cuando
le empezaron las pecadoras excitaciones, la colita no medía sino
cosa de dos
pulgadas; pero al cabo de año y
medio
pasó a tener más de un pie de largura.
Dicen
los asombrados testigos que era algo impresionante de ver.
Pero no me hagáis caso, tal vez esto no sean
más que habladurías. De
todos modos,
este reputado fenómeno convirtió al apéndice del
joven en un objeto de culto;
lo que dio lugar a algunas historias y a bastante envidia.
El
joven seminarista siguió con su carrera de pecados carnales. Pero en esto era también diferente a
los
demás. Mientras los otros
incidían en
sus eyaculaciones casi a diario sin mayores problemas de conciencia,
nuestro
amigo las evitaba en lo posible. Esto
no se consigue sin algo de ayuda sobrenatural. Con
este propósito el confesor le trajo la cinta
milagrosa de Santa
Genoveva; cinta esta que tiene mucha fama en el negocio de protegernos
de la
lujuria. Era una cinta rosa de raso,
muy fina al tacto, y generosa en medida, pues tenía casi tres
pies de largo y
una pulgada de anchura. Pero el
confesor no le dio ninguna instrucción sobre el modo de empleo,
así que el
joven Sixto no tuvo más remedio que improvisar.
Le pareció que la cinta era larga en demasía
y no sabía que hacer
con ella. Tampoco era cosa de cortarla,
ni tijeras tenía para el caso. De
modo
que se decidió a envolver la carne pecadora con la cinta. Mientras realizaba la operación el
pedazo de
carne despertó de su inocente sueño y empezó a
crecer de un modo
amenazante. Algo iba mal porque la
cinta milagrosa no dejaba crecer a su pecado según la medida
acostumbrada y la
cosa se ponía amoratada. Eso era
debido
a que se estaba dificultando la circulación y tuvo la
inspiración de aflojar la
atadura. No sabía que otra cosa
hacer
de modo que se anudó la cinta rosa alrededor de la cintura y
sujetó en un
gracioso y amplio lazo el apéndice pecador para mantener su
erección
discretamente cerca del vientre. Desde
entonces, Sixto llevó durante muchos años la cinta
milagrosa de Santa Genoveva
alrededor de la cintura. Gracias a esta
ayuda milagrosa conseguía disimular hábilmente las
persistentes erecciones de
cada día.
Don
Eufronio, el profesor que le daba las clases de Moral y
Parapsicología, decía
que “la carne es débil”. Esta frase
se
repetía mucho en el seminario de San Sulpicio.
Le hizo gracia al joven Sixto la expresión. Fue ese mismo día cuando se le
ocurrió una idea que implicaba el
descubrimiento de un cierto relativismo filosófico.
Pero nunca dijo nada a nadie, ni se confesaba nunca de sus
elucubraciones lógicas más atrevidas.
Porque
Dios hizo al hombre libre e inteligente para ejercitarse en su potente
raciocinio. Se dio cuenta que la
debilidad,
de estar en alguna parte, estaba más bien en la parte del
espíritu; pues era
evidente que la carne resultaba muy poderosa. Y
la prueba de ello la tenía todos los días
enhiesta y protegida por la
cinta de Santa Genoveva. Tal vez don
Eufronio, moralista y parapsicólogo eminente, decía estas
cosas porque...
vamos, pudiera tratarse de que él mismo no padeciera para nada
de las
mortificantes erecciones. Al constatar
este paradigma, “el espíritu es débil, la carne
poderosa”, dejó de sentirse mal
con sus palpitaciones y sus tentaciones carnales. No
solo dejó de sentirse mal, sino que a partir de esa
inspiración divina ya no tuvo ningún empacho en disfrutar
con sus erecciones
diarias y con algunas eyaculaciones varias veces a la semana.
Los
jueves era el día de baños y se desnudaban todos en el
cuarto de duchas. Allí se pudo dar
cuenta, el joven Sixto, que
su colgante carnal era el foco de miradas furtivas que se
volvían con cierta
frecuencia para repetir la ojeada. Pensó
que lo hacían para asegurarse de la realidad de la
percepción. Sin embargo, algunos
parecía que se
deleitaban en este testimonio de la vista, por mucho más tiempo
del que fuera
razonable. En cualquier caso, el joven
Sixto adquirió el convencimiento de que su colgante pecador era
objeto de una
admiración sin tapujos. Esto parece
que
se confirmaba cuando se dio cuenta que algunos al cruzarse por los
pasillos le
miraban en dirección a la entrepierna con mucho interés.
Ahora
Don Sixto se encontraba en la casa de la concupiscencia de la
tía Mini. Estaba sentado en la cama
cuando llegó la
Sari y se sentía cohibido. Se
extrañó
un tanto por la tardanza de su apéndice para elevarse en toda su
potencia, pues
nunca se había mostrado remiso. Poco
tiempo le duraron las dudas y la Sari constató asombrada las
virtudes de aquel
generoso instrumento. Fue en ese
momento cuando le vino la frase un tanto profana, “¡es un cipote
divino!”. La frase no parecía tan
desafortunada si
consideramos que el cura era un representante de Dios en la tierra. O sea que tiene sin lugar a dudas ese asunto
carnal tenía algo de divino.
Hacía
tiempo que la Sari no veía una cosa tan virtuosa y tan tensa,
pues, mayormente,
la clientela, aunque solvente económicamente, ya pasaba algunos
años de la
cuenta. Vamos que abundaban las pichas
flojas. Así que la Sari sin
preguntar
nada a nadie, de dejó llevar por sus impulsos y se lanzó
de cabeza a deleitarse
con aquella obra singular de la madre naturaleza.
Bueno,
no voy a decir nada más porque se acabó el texto del
cuaderno verde. Así que ya lo
saben, esta parte de la
historia no pasa la censura. Ni
siquiera lo intento. Fragmento de "Vidas Divergentes". Nota:
AUTOR: LEOPOLDO PERDOMO |
Puede visitar mi página literata AFRODISIA
Mis trastornos literatos en CRÓNICAS DE LA INTERNET
Regreso al índice de CUENTOS
Mi primer libro: NIÑOS INTELIGENTES Y FELICES
Si desea hacerme algunos
comentarios
Esta es mi
dirección
electrónica:
<leopoldo.perdomo@gmail.com>