Don Sixto:  Fragmento de la novela

VIDAS DIVERGENTES

Las cosas de Don Sixto

    Tengo pruebas suficientes para creer que la tía Mini y el cura Don Sixto, párroco del Santísimo Cristo de las Candelas, siempre se llevaron bien.  Este no es un hecho que fuera conocido por todos;  pero soy un tanto cotilla y me entero de ciertas cosas ocultas.  El cura nunca se refirió a la casa de la Mini diciendo que fuera una casa de putas. 

    Recuerdo la primera vez que se conocieron.  Estaba yo en el salón de mi casa en una tarde ventosa de mucho frío; se oía el viento silbando por las rendijas de las ventanas.  A cada momento entraba un temible aire frío pues el viento me había volado el cartón que tenía puesto donde faltaba un cristal de la ventana.  Me cansé del juego de volver a poner el cartón y acabé poniendo un amasijo de trapos metidos dentro de un jersey viejo para tapar el agujero.  Yo estaba con la chaqueta puesta, jersey y bufanda mientras miraba por la ventana.  Allí estaban la Mini y el cura.  Los vi a los dos cruzarse en la Plaza de la Cebada.  Era un día muy ventoso, pero esto nos les impidió detenerse un momento para verse las caras.  El cura echó vistazo rápido a su alrededor y vio que no había nadie.  Había un frío muy intenso y el viento te cortaba la piel.  Allí estaban los dos, mirándose a corta distancia, la madama y el cura.      Tuve un placer extraño imaginando su conversación.
    -Tú eres Herminia.  La que tiene la casa de...  la casa de la concupiscencia.
    Esta frase le quedó muy fina
-pensó la Mini-  No en vano es un hombre con estudios.  Es que no es lo mismo; tener, o no tener, una educación.
    -Llámeme Mini, por favor.
    Mini estaba agradecida por el trato cortés del cura y añadió:

    -Padre, ya sabe.  Si algún día tiene alguna necesidad...  no lo dude ni un momento.  Mi casa está siempre abierta para usted.  A cualquier hora… de la noche.  -Y recalcó con cierta intensidad la palabra noche.

    Don Sixto agradeció la cortesía y se despidieron amablemente en medio de aquel tiempo horrible.  Ambos, la Mini y el cura, era gente con coraje.  Gente que se siente envalentonada con un día de viento helado.  Bueno, estos fríos nunca duraban demasiado.  Porque, a pesar de las apariencias, ambos tenían un corazón tierno y no hubieran soportado un frío prolongado. 

    Hay cosas que no te las pasan los censores.  Por eso algunas cosas yo las escribía en cuadernos de color verde.  Tampoco tenía esperanza de que fueran aceptados pero me producía un placer malsano escribirlas.  De modo que ¡Vade retro, Satanás!  Pero si quieres refocilarte un poco con escenas que te rozan... no sé si se dice así, que te rozan en la parte esa de la lascivia, pues adelante. 

    No me hagáis mucho caso.  Solo lo sé de oídas.  Cierta noche apareció el cura vestido de paisano.  Era una noche oscura y el hombre llegaba ocultándose a medias con un abrigo largo y un sombrero de fieltro tapándole la cara.  Al verlo de aquella facha, la Mini pensó:  ¡Pobrecito!  Y luego con voz discreta le dijo:  Pase, caballero.  Pase. 

    Mientras entraba el cura, la Mini pensaba: ¡Qué apuros no debe pasar este pobre con las angustias de la entrepierna!  Vive en esa edad en que los hombres no se pueden aguantar fácilmente.  O quizás ya no le ven ningún sentido a contenerse en estas necesidades.  Y caminando por el pasillo de la casa, le dijo al cura.  ¡Qué alegría verte!  Y añadió con voz cariñosa:  “Hace tiempo que te esperaba”.  Lo dijo arrastrando lentamente las palabras, deleitándose en la frase. 

    El cura estaba un poco cohibido.  Era la primera vez que venía a esta santa casa.  La Mini sabía que no debía llevarlo al salón pues se sentiría cortado al ver a gente conocida de la parroquia.  Da como un poco de corte, ¿no?  Así que le pasó a una habitación donde encendió una luz muy tenue.  Luego le envió a Sari, muy habilidosa ella y muy pulcra para que le atendiera en todas sus necesidades. 

    Al principio don Sixto se sentía un poco cortado.   Pues sólo hay una primera vez en todas las cosas, y era la primera vez que entraba en la casa de la concupiscencia.   Digamos que estaba en el día de su estreno; si exceptuamos la habilidosa agilidad de su mano podría decirse que era virgen.  Tampoco es cosa de extrañarse pues era un cura católico.  Si no fuera por la promesa del celibato, un cura sería un buen partido para cualquier muchacha decente y temerosa de Dios.  Me refiero a una muchacha que tenga afición por las pompas divinas.  Me imagino que le hubiera venido bien casarse con una muchacha de... no se como decirlo.  Una muchacha con deseos potentes y una gran capacidad de recepción.  Digo esto porque don Sixto no solo era un buen partido por su status profesional; sino que tenía un cuerpo fornido y era bastante alto.  Digo eso porque me da reparo mencionar otras virtudes.  Por ejemplo, tenía unos pies de gran medida y ya conocen el dicho: a pie grande, cosa grande.  Y según todos los rumores esa virtud natural tampoco era para echarla a menosprecio.  

    La carne es débil.  Es un dicho muy socorrido y nunca discutido.  Nadie podía ser más consciente que don Sixto sobre los problemas existentes entre el espíritu y la carne.  Era solo un muchacho de catorce años en el seminario de San Sulpicio cuando ya empezó su lucha diaria con el pecado de la lujuria.  Las primeras erecciones le vinieron de improviso un día temprano por la mañana, poco antes del rezo “ad maitines”.  Al principio casi no se dio cuenta.  Esa cosa crecía sola sin más.  Pero un día se dio cuenta que la cosa empezó a agitarse y padecía extrañas palpitaciones.  Mejor si decimos que parecían sobresaltos.  Se dio cuenta que “eso”, lo que su madre llamaba “la cosa fea”, hasta entonces tan modosita y tan callada, se había puesto muy dura.  Llevaba unos años en el seminario y sabía de sobra que esa dureza inesperada de la carne era un pecado que se mentaba mucho.  Al parecer no existían pecados de mayor trascendencia.  Nunca entendió bien el por qué.  Días más tarde se enteró que el asunto de "la dureza misma" no era un pecado "per se", según le explicó el confesor Don Atinaldo.  Sino que el pecado consistía en deleitarse con la mentada inflamación.  También le aclaró que era pecado la ejecución de tocamientos manuales con fines placenteros.  Eso excluía las sacudidas que se le dan después de la micción.

    Esas durezas le visitaban de preferencia por las mañanas; una hora antes del toque de maitines, cuando suena la campana al levantarse.  Un día se dio cuenta el joven que no eran necesarios los tocamientos prohibidos para sentir el placer libidinoso.  Bastaba con el simple roce del calzoncillo al andar y la cosa levitaba sin más.  El confesor le aconsejaba que a la ocurrencia de tal fenómeno recitara unas jaculatorias milagrosas para exorcizar las maléficas erecciones.  Al principio estas oraciones surtieron algún efecto, pero pronto se les fue desgastando su poder milagrero.  De modo que el joven Sixto cambió de jaculatorias ocho o diez veces.  Probó con el Avemaría y con el Padre Nuestro sin resultado.  Probó con el Credo y con la Salve y realizó también habilidosas combinaciones y permutaciones entre las diversas oraciones sin mayores resultados.  Ejecutó también diversos exorcismos y rezó fórmulas milagrosas tomadas de un librito, de hojas amarillentas y desgastado por la incuria del tiempo.  Era una vieja copia del venerable Enchiridion, librito enviado por el Papa León III a su Muy Católica Majestad Carlos Primero de España y Quinto de Alemania. 

    Había en ese libro un exorcismo especialmente pensado para estos avatares.  “Contra las erecciones pertinaces y los ataques súbitos de lujuria”.  Pero ni con esas milagrosas oraciones había conseguido reducir la hinchazón pecaminosa más allá de un ligero alivio.  Por eso me atrevo a decir que la cosa se le estaba poniendo cada día más dura al joven seminarista.

    Según pasaban los meses, Sixto se dio cuenta que otros seminaristas también sufrían del mismo mal.  En un impulso inocente un día le preguntó al confesor si la hinchazón era achacable a los efectos perniciosos de la estación equinocial;  pero el confesor le cortó diciendo "¿te quish'ya, quillo?" pues el cura era sevillano y a veces se controlaba mal los espasmos de la lengua.  Los demás seminaristas se enfrentaron a este mal de un modo nada original.  Se dejaban llevar por la tentación del momento agitando su pecado por unos minutos hasta que la dureza se disipaba en eyecciones placenteras.  Pero el joven Sixto en esto era diferente.  En un principio se conformó con el placer que le proporcionaba el simple roce de la ropa contra su carne sensible; pero semanas más tarde accedió a los tocamientos perniciosos.  En ocasiones le resultó muy difícil resistirse a la tentación de los tocamientos y estos le llevaron hasta el punto de mojarse, tras lo cual le sobrevino una súbita calma y se durmió beatíficamente.  Pero, en general, esto le ocurría pocas veces, pues trataba de evitar el proverbial camino fácil.  Sí, ese mismo.  Ese que siguen todos y nos lleva por praderas floridas, árboles frutales y viñedos.  En lugar de esa senda, Don Sixto prefería el camino que aconsejan los santos padres: se debe andar por los senderos pedregosos; esos que van serpenteando por las zonas deshabitadas llenas de zarzales, escorpiones, serpientes venenosas, criminales y lobos hambrientos.  Bueno, pues como iba por este camino tan difícil y lleno de peligros no es de extrañar que cada vez le resultara más difícil dominar el poder de la carne henchida y las tentaciones voluptuosas.

    Los viernes eran días de confesión y sentía miedo de contar sus frecuentes pecados.  Y don Atinaldo, santo varón de sesenta años, al escucharle no pareció ni este poco de impresionado por la magnitud de sus pecados.  El joven Sixto se sobresaltó cuando el confesor le preguntó de sopetón:
    -¿Hubo eyaculación?
    -¿Qué?
    -Que si te tocaste hasta que salió un líquido pegajoso.
    -Sí que salió.
    -Entonces el pecado es mayor.
    -¿Cuántas veces lo hiciste?
    -Solo una vez.
    -Una de tocamientos impuros con eyaculación, eso hace tres Avemarías, una Salve y cinco Padre Nuestros. 

 

    Desde entonces, el joven Sixto evitaba que sus tocamientos llevaran las cosas hasta la culminación eyacular.  No quería ser más pecador de lo que fuera necesario por un mismo caso de tocamiento;  aunque había días en que no podía evitar la culminación del evento pecaminoso que se disparaba en un surtidor inevitable.  Preocupado hasta cierto punto con la salvación de su alma, le pidió al padre Atinaldo que le consiguiera un cilicio para combatir mejor los embates de la lujuria.  Este cilicio es un artefacto a modo de cincho con púas y se pone alrededor de la cintura o del pecho para mortificar la carne pecadora.  Pero ocurrió que su carne era demasiado poderosa.  Y así, con el simple gesto de quitarse la camisa para colocarse el cilicio ya se le provocó una hinchazón que no se aminoraba para nada con las punzadas metálicas del artefacto penitencial.  No solo no se aminoraba sino que al moverse para andar, sentarse, abrir un libro, santiguarse, etc. las punzadas metálicas del cilicio exacerbaban las pulsaciones y la hinchazón del apéndice pecador.  Tan intensas y continuas eran éstas que le proporcionaban una sensación entre dolorosa y placentera.  Fue por esa razón que al cabo de dos semanas el joven Sixto dejó de ponerse el cilicio y la excitación pecadora disminuyó de un modo notable.  En cualquier caso, el joven no pudo evitar seguir con sus erecciones sobre todo muy de mañana, en la hora que precede a los maitines.  Las excitaciones pecaminosas se prolongaban por un tiempo.  Tanto que no era nada raro que se prolongaran desde maitines hasta laudes.  Se me ocurre que se prolongaban tanto porque el joven Sixto evitaba darle fin a la excitación lasciva con unos decisivos meneos de su mano.

    Al cabo de un tiempo se dio cuenta que podía pasarse varias horas con la cosa enhiesta, sin necesidad alguna de tocarla con la mano, ni mirarla tan siquiera.  Y cada día al despertarse se daba cuenta que la carne pecadora tenía vida propia, se excitaba y se ponía tensa como un muelle.  Algo más tarde le ocurría el mismo prodigio a la hora sexta, que es como se le llaman en San Sulpicio a la hora de la siesta.  Y no quisiera cansarles diciendo que también le ocurrían estas tremendas erecciones bien pasada la hora de vísperas; que así se le llama a la puesta de sol. 

    Creo que las erecciones pecadoras del joven Sixto tuvieron un resultado prodigioso.  Se acostumbró el miembro a estas erecciones sostenidas que duraban una o más horas tres veces al día.  Así fue como el agente pecador se fue ejercitando durante meses, por no decir años.  Como resultado de estar erecciones largo tiempo mantenidas se provocó un crecimiento extraordinario del apéndice carnal que llegó a tener unas dimensiones que se hicieron proverbiales en el seminario de San Sulpicio. 

    Cuando le empezaron las pecadoras excitaciones, la colita no medía sino cosa de dos pulgadas;  pero al cabo de año y medio pasó a tener más de un pie de largura.  Dicen los asombrados testigos que era algo impresionante de ver.  Pero no me hagáis caso, tal vez esto no sean más que habladurías.  De todos modos, este reputado fenómeno convirtió al apéndice del joven en un objeto de culto; lo que dio lugar a algunas historias y a bastante envidia. 

    El joven seminarista siguió con su carrera de pecados carnales.  Pero en esto era también diferente a los demás.  Mientras los otros incidían en sus eyaculaciones casi a diario sin mayores problemas de conciencia, nuestro amigo las evitaba en lo posible.  Esto no se consigue sin algo de ayuda sobrenatural.  Con este propósito el confesor le trajo la cinta milagrosa de Santa Genoveva; cinta esta que tiene mucha fama en el negocio de protegernos de la lujuria.  Era una cinta rosa de raso, muy fina al tacto, y generosa en medida, pues tenía casi tres pies de largo y una pulgada de anchura.  Pero el confesor no le dio ninguna instrucción sobre el modo de empleo, así que el joven Sixto no tuvo más remedio que improvisar.  Le pareció que la cinta era larga en demasía y no sabía que hacer con ella.  Tampoco era cosa de cortarla, ni tijeras tenía para el caso.  De modo que se decidió a envolver la carne pecadora con la cinta.  Mientras realizaba la operación el pedazo de carne despertó de su inocente sueño y empezó a crecer de un modo amenazante.  Algo iba mal porque la cinta milagrosa no dejaba crecer a su pecado según la medida acostumbrada y la cosa se ponía amoratada.  Eso era debido a que se estaba dificultando la circulación y tuvo la inspiración de aflojar la atadura.  No sabía que otra cosa hacer de modo que se anudó la cinta rosa alrededor de la cintura y sujetó en un gracioso y amplio lazo el apéndice pecador para mantener su erección discretamente cerca del vientre.  Desde entonces, Sixto llevó durante muchos años la cinta milagrosa de Santa Genoveva alrededor de la cintura.  Gracias a esta ayuda milagrosa conseguía disimular hábilmente las persistentes erecciones de cada día. 

    Don Eufronio, el profesor que le daba las clases de Moral y Parapsicología, decía que “la carne es débil”.  Esta frase se repetía mucho en el seminario de San Sulpicio.  Le hizo gracia al joven Sixto la expresión.  Fue ese mismo día cuando se le ocurrió una idea que implicaba el descubrimiento de un cierto relativismo filosófico.  Pero nunca dijo nada a nadie, ni se confesaba nunca de sus elucubraciones lógicas más atrevidas.  Porque Dios hizo al hombre libre e inteligente para ejercitarse en su potente raciocinio.  Se dio cuenta que la debilidad, de estar en alguna parte, estaba más bien en la parte del espíritu; pues era evidente que la carne resultaba muy poderosa.  Y la prueba de ello la tenía todos los días enhiesta y protegida por la cinta de Santa Genoveva.  Tal vez don Eufronio, moralista y parapsicólogo eminente, decía estas cosas porque... vamos, pudiera tratarse de que él mismo no padeciera para nada de las mortificantes erecciones.  Al constatar este paradigma, “el espíritu es débil, la carne poderosa”, dejó de sentirse mal con sus palpitaciones y sus tentaciones carnales.  No solo dejó de sentirse mal, sino que a partir de esa inspiración divina ya no tuvo ningún empacho en disfrutar con sus erecciones diarias y con algunas eyaculaciones varias veces a la semana. 

    Los jueves era el día de baños y se desnudaban todos en el cuarto de duchas.  Allí se pudo dar cuenta, el joven Sixto, que su colgante carnal era el foco de miradas furtivas que se volvían con cierta frecuencia para repetir la ojeada.  Pensó que lo hacían para asegurarse de la realidad de la percepción.  Sin embargo, algunos parecía que se deleitaban en este testimonio de la vista, por mucho más tiempo del que fuera razonable.  En cualquier caso, el joven Sixto adquirió el convencimiento de que su colgante pecador era objeto de una admiración sin tapujos.  Esto parece que se confirmaba cuando se dio cuenta que algunos al cruzarse por los pasillos le miraban en dirección a la entrepierna con mucho interés. 

    Ahora Don Sixto se encontraba en la casa de la concupiscencia de la tía Mini.  Estaba sentado en la cama cuando llegó la Sari y se sentía cohibido.  Se extrañó un tanto por la tardanza de su apéndice para elevarse en toda su potencia, pues nunca se había mostrado remiso.  Poco tiempo le duraron las dudas y la Sari constató asombrada las virtudes de aquel generoso instrumento.  Fue en ese momento cuando le vino la frase un tanto profana, “¡es un cipote divino!”.  La frase no parecía tan desafortunada si consideramos que el cura era un representante de Dios en la tierra.  O sea que tiene sin lugar a dudas ese asunto carnal tenía algo de divino. 

    Hacía tiempo que la Sari no veía una cosa tan virtuosa y tan tensa, pues, mayormente, la clientela, aunque solvente económicamente, ya pasaba algunos años de la cuenta.  Vamos que abundaban las pichas flojas.  Así que la Sari sin preguntar nada a nadie, de dejó llevar por sus impulsos y se lanzó de cabeza a deleitarse con aquella obra singular de la madre naturaleza. 

    Bueno, no voy a decir nada más porque se acabó el texto del cuaderno verde.  Así que ya lo saben, esta parte de la historia no pasa la censura.  Ni siquiera lo intento. 

  
*      *      *

Fragmento de "Vidas Divergentes".

Nota: 
Si recibo algún interés por parte de los lectores, iré poniendo más de esta historia.

AUTOR: LEOPOLDO PERDOMO


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